Archivo mensual: julio 2012

Cold wind blowing

Miro ‘Miroir Noir’.

Es un regalo por accidente que me hago a mí mismo en sustitución de otro que recibí y no me interesaba tanto. Ahora tengo menos paciencia con las cosas que presiento que no se van a acomodar bien a las que me gustan. La cajera que hace el cambio se parece a Chloë Sevigny. Me pregunto qué podría hacer para seducirla, pero no se me ocurre, es del tipo de cosas que antes tal vez hacía sin pensar, ahora me quedo pensando y pensando y en general no hago nada, como si la imaginación se bastara un poco a sí misma, aunque en el fondo siento que no está bien, que la imaginación y la acción tienen que ir más de la mano, no tan separadas. Tengo mis hipótesis sobre este tema de todos modos.

Quiero encontrar una palabra que describa con precisión el efecto que me produce la película y se me ocurre “anhedonia” (anodinia), pero no es exactamente lo que quiero decir. “Anhedonia” es la ausencia de placer o de la capacidad para experimentarlo, y lo que quiero decir tiene que ver con el placer o con algo parecido, como el estado que inducen ciertas drogas o la meditación, una reconciliación con el mundo de tipo imaginario, es decir, a través de las imágenes. El mundo renace convertido en un lugar más amplio, confortable, donde uno no se choca contra las cosas o las personas, más como en casa y menos en el exilio. En el cine me había pasado, por ejemplo en otras época con Kurosawa, imagino que era por las películas en sí, y a la vez porque en aquel entonces no tenía una imagen clara sobre el paisaje o la vida en un país oriental. Ahora éstas aparecen más seguido en la televisión, pero son imágenes banales. En el caso de Miroir Noir el efecto es especular, literalmente, como si distintas escenas de mi vida privada absolutamente desconocidas, momentos no compartidos con nadie y que probablemente permanezcan así, ya que no sabría bien qué contar o a quién, hubiesen sido captados y convertidos en escenas fugaces, síntesis de estados de desolación, la zona menos glamorosa de la vida, que la memoria niega y que de todos modos despierta un cierto afecto. Diamond dogs.

Hace tiempo que Arcade Fire se entrecruza con mi vida. Creo que me gusta porque es una banda libresca, o que me gusta por el mismo motivo por el que me gustan ciertos autores y lo que hacen con el lenguaje, estirándolo y comprimiéndolo hasta hacerle decir cosas que parecerían estar más allá, o por fuera del lenguaje. El efecto que me produce escucharlos es impredecible. A veces es perturbador, a veces hasta produce desinterés, como si su embrujo pasara de largo. En el video la música está fragmentada, como si la película quisiera ser la antítesis de la traducción más literal del video musical. Es una música silenciada, unplugged, tocada en sitios inusuales, un ascensor, un balcón, el interior de un automóvil, música que está o puede estar en todas partes (portable) y reducida a sus partes descompuestas, sin sutura, como dentro de un estudio de grabación, revelador de su naturaleza ilusoria, de montaje, o como si la música tuviera que ser destruida.

Las canciones presentan un mundo horrible, al estilo del apocalipsis bíblico, sin el alivio del humor de muchas bandas inglesas. Las letras, lacónicas, cuentan cosas terribles, en ocasiones regurgitando la poesía modernista, volviéndola más impersonal, más sin sujeto, más enloquecida. No son canciones de protesta, no tienen la forma más tradicional del storyteller autorreflexivo en la estela de las canciones con moraleja de Bob Dylan, sino puro lenguaje sin sujeto de la experiencia, una reunión de palabras que podrían provenir de voces distintas hilvanadas de forma provisoria, y como si negaran la posición privilegiada misma del músico para convertirlo en nodo sobre el que se depositan sedimentos de un colectivo caótico. En este sentido es una banda nueva, el líder (Win) se presenta como un sujeto anti-carismático, que no sabe decir ni actuar, del que se puede sospechar que preferiría ser parte del público anónimo y siente que fue elegido como líder por error. Así aparece en el film, casi como un cuerpo sin cuerpo, una pura expresividad de autómata, excepto en una o dos ocasiones tal vez. Es el canto atrapado en un mundo de pesadilla de la que no se puede despertar, o de la que se despierta para hallar una pesadilla nueva que incluye a la anterior. Una pesadilla por otro lado demasiado parecida al mundo contemporáneo si éste fuera visto por los ojos de un niño perdido, o de un adolescente en busca de objeto para la rebelión, o de un adulto definitivamente no-reconciliado con la vida actual en un mundo hipertecnologizado y frío, de trabajos monótonos, mal pagos, donde los lazos entre las personas están medio vaciados. Un mundo infeliz, de violencia psíquica que continúa la violencia física de las guerras del siglo pasado bajo la forma de ataques más sutiles. Es un tipo de infelicidad no muy distinta a la que se refería Sigmund Freud imaginándose un auditorio imaginario en la Viena de entreguerras en “El malestar en la cultura” (1929) pero que hoy parecería discontinuada como objeto del discurso, así como en aquel entonces prácticamente a nadie se le hubiera ocurrido encontrarla en el arte, donde era lo nuevo, y lo indigerible.

También es cierto que hoy nadie escribiría como Freud, que empezó ese libro comparando la constitución de la mente con las sucesivas etapas en la construcción de Roma. ¿Cuántas personas conocen hoy o pueden interesarse por este tipo de detalles fascinantes? Aún cuando no se compartan todas sus intuiciones y hallazgos los valores de la burguesía vienesa de principios del siglo xx –la cultura que inventó la histeria que estudiaba– que los escritos captan permiten emprender un viaje en el tiempo y encontrarse con algo que suena extrañamente esclarecedor. Es gracioso, porque Freud escribe sobre sí mismo como si fuera una estrella, o en todo caso el protagonista de una biblia para agnósticos. Analiza sus sueños como si su interpretación pudiera ser de utilidad para todos (algo evidente para la fisiología y al menos dudoso para la vida mental) convirtiendo en pequeñas luminarias de su propio panteón semi-privado a sus enfermos más queridos. Un siglo después Win Butler hace exactamente lo contrario: los personajes de sus canciones casi no tienen entidad, a veces son un nombre, y otras veces ni eso, son emanaciones; su propia forma de relacionarse con el espacio del escenario o la técnica es equivalente. Si está en el centro lo hace a desgana, sin ninguno de los tics del artista producido, parece sentirse más cómodo entre el público al que se asemeja como working-class hero, con la apariencia de haber sido maltratado por la psiquiatría;  todas las coreografías ensayadas o improvisadas de los músicos sobre el escenario conocidas hasta ahora se convierten por arte de magia en shows de animación infantil para adultos que añoran el circo. El público se engancha, salta, repite las letras que son como el residuo de una letra verdadera más larga y clara inaccesible porque ya nuestras propias mentes parecerían incapaces de comprender un lenguaje lo suficientemente articulado y significativo. Igual funciona, como un exorcismo o un ritual laico para la era de las computadoras.

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Archivado bajo Ocean of Noise