Archivo mensual: octubre 2012

Legendary Hearts

Observo “Forty Guns” de Samuel Fuller en cámara lenta. Si no me equivoco en el cálculo, a una velocidad de seis cuadros por segundo. La lentitud le sienta bien, como si le permitiera mostrar mejor los detalles que pasan desapercibidos, los gestos de las manos, las expresiones de los rostros, los decorados, todo. Como si hiciera realidad ese impulso del cine de volver hacia la fotografía que lo constituye, de quebrar la ilusión del movimiento revelándolo como ilusión, devolviendo las palabras a su condición de movimiento de la boca y deshaciendo los límites en el espacio, realzando el contacto de los cuerpos en su carácter violento y desesperado, de búsqueda de protección, desocultando la desconexión entre las causas y los efectos, un mundo donde la vida no vale nada, y donde los hechos no guardan relación entre sí, la mujer muerta parece revivir, y hay hombres vivos que parecen muertos, un universo más especular, donde uno puede hablar con aquel que fue o con otro para dirigirse a uno mismo y donde cada paso tiene peso y materialidad, no uno detrás de otro sino uno nuevo a cada paso y sin saber si en el siguiente va a haber un apoyo o uno va a caer, el paso como palabra. En cada expresión y cada cuerpo la nobleza y la maldad de una claridad táctil, como la alegría, todo un destino inscripto ya en la imagen.

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Perplejidad

Asisto a un debate entre dos diputadas jóvenes. Ahora de vuelta es como si todo me interesara o cautivara con facilidad –brevemente– de un modo que interpreto como afán novelístico o de catalogación del mundo, que a veces son más o menos lo mismo. La charla es insufrible, como un programa de televisión malo. Sólo retórica y estilos, bravuconadas con asistencia de la técnica. A la vez, por supuesto, si poseen o encarnan algún tipo de poder es como si quisiera saber de qué se trata, pero no hay nada visible digno de atención. Tienen una gestualidad medio mecánica, como de cuerpos acostumbrados al registro de las cámaras. Como si habitáramos mundos paralelos, y uno de ellos pretende aparentemente mi representación. El tema era la reducción de la edad de voto, que me lleva a pensar si a los 16 años yo ya era alguien potencialmente elector. En general pienso que tenía una claridad mayor.

Hay un día en que mantengo muchas conversaciones y eso me devuelve un poco a la tierra, como si fuera algo que me faltara.

Leo a Heidegger sobre el origen de la obra de arte. No sé bien qué dice exactamente pero me envuelve, por ejemplo con el tema del enfrentamiento entre la tierra y el mundo. Tiene un tono poético-religioso, al estilo presocrático tal vez. Ayuda a conciliar el sueño.

Las mujeres. Ahora todo el tiempo en ocasiones siento que se presentan seduciéndome abiertamente, a veces mujeres muy hermosas, y no sé bien qué hacer o cómo actuar.

Almuerzo en la esquina de Aráoz y Velasco, un bar que está muy cerca del departamento de RP. Es como un obstáculo superado –aunque me sirvan platos deficientes– y la paso bien después de no haber comido afuera en tanto tiempo y a la vez me produce unos raptos melancólicos terribles del tipo ayer mismo salí por esa puerta y ahora estoy acá afuera y tengo que pensar en algo ya. Es medio increíble y es así: en el fondo sigo creyendo que todas la historias son así, nunca terminan y siguen abiertas. Es algo que experimento a veces de forma múltiple y no sabría demostrar ni describir. En todo caso hay algo ahí, una interrupción, algo que no hice todavía y puede ser modificado tal vez o resuelto imaginariamente o algo.

Enfrente hay sentada una mujer gorda que me lleva a recordar una película que me gustaba de chico, “El amor es una mujer gorda”. De hecho esta mujer está sentada con un hombre que parece ser su esposo o estar enamorado de ella sin manifestarlo de una forma espamentosa, solo en la atención que parece dispensarle.

De le mujer gorda paso a pensar en Holanda o en las distintas Holandas que conocí: primero en las películas holandesas de Agresti –una con dos viejitos, que no recuerdo cómo se llama*–, en amistades holandesas de G., en Holanda la perra de Ana, y en la zona anecdótica menor, los viajes familiares, el descubrimiento de que La Haya queda en Holanda, los pocos autores que conozco que son de, o vivieron, ahí. De todas esas Holandas me pregunto cuál es más real y llego a la conclusión de que es la pequeña Holanda de joven, Oli, más real que los mapas antiguos o las noticias, siempre escuetas y misteriosas por otra parte, como las referencias en las canciones.

Me reencuentro con mi instructora de yoga. Como vengo de un día terrible no nos conectamos tan bien, me choco con las personas que están a los costados y después hablamos un poco. Al hablar es como si parte del misterio que nos unía se diluyera y a la vez esto es algo que se presenta como oculto detrás de la máscara de la sociabilidad. Mi impresión en estos casos es que lo entrevisto es más real o más esencial que lo que se presenta. Tal vez lamente un poco no poder conectarme directamente con eso en lo inmediato o recrearlo o retribuirlo. Su frase, que decía más o menos que “solo existe el presente” fue o es mi leitmotiv.

Por supuesto, de los estados, sus intensidades, transiciones, su alternancia o mutabilidad, cómo me toman o con qué me conectan, todas estas palabras apresuradas no logran decir mucho, por no decir que no dicen nada. Siento que esto requeriría una mayor atención, mayor disponibilidad aún, más apertura, más tiempo, menos racionalidad, más conexión con la fantasía también –quién soy, dónde estoy, en los distintos momentos–, algo que a veces logro convocar y otras veces no.

*Probablemente se trate de “The Lonely Race” (Holanda, 1992). [N. de E.]

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The Last Days of Disco

“Opposites attract,” they say –and it’s true. Scoundrels are forever being smitten with angels, and vice versa, and if such terms are objectionable, replace them with the secular equivalent, but it’s still true. Like so much that verges on the hackneyed, a wealth of human experience looks out from behind it. Opposites attracts, unfortunately, and the cost, in terms of subsequent despair, ruinous legal actions, divorce, fatherless –or motherless– families, cracks in the social welfare system and people falling through those cracks, even suicide and violence, is incalculably horrible. For that reason I pledged myself to oppose the whole sexy “opposites attract” dynamic any way I could.

Whit Stillman

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La forme des choses à venir

…to portray ordinary objects as they will be reflected in the kindly mirrors of future times; to find in the objects around us the fragrant tenderness that only posterity will discern and appreciate in the far-off times when every triffle of our plain everyday life will become exquisite and festive in its own right –the times when a man who might put on the most ordinary jacket of today will be dressed up for an elegant masquerade.

Vladimir Nabokov

Leo sobre los orígenes de The Mechanical Bride. Quince años de conferencias, con diapositivas y escritura.

Es un libro muy raro –visto desde el presente–, manifestación de una mente muy singular. Hay una zona atribuible a lo que solía denominarse el “clima” de época: ese interés por la cultura popular como cuerpo extraño desplegándose a la espera de ser viviseccionado. Antes, y también después, lo hicieron otros ensayistas, europeos como S. Kracauer o R. Barthes, aunque el tono de MacLuhan es más atípico que el de la reunión de ambos, tal vez por la influencia religiosa; en todo caso es un híbrido, heterodoxo, que habla y no se sabe bien a quién se dirige, a la manera de un Dr. O’Blivion. Ahí está su atractivo tal vez, en la construcción de un destinatario profano atípico, un amante de las variedades o un utopista cínico con un interés que alterna ventrílocuos, electrodomésticos, a Jakob Burckhardt y los book clubs. Desde cierto punto de vista, un freak letrado, fascinado por lo que desprecia, o en todo caso que le dedica tanta atención como si fuera su verdado objeto de deseo.

Las imágenes, por supuesto, son el otro atractivo, su carácter documental (secreto), que hoy parece provenir de otra era, y no solo de otro lengua. Esa temporalidad extraña de la publicidad que vuelve semejantes ciertos avisos a los de aquellas revistas dominicales o de historietas que ya en el momento de su lectura replicaban, como ciertos films de género, estilos perdidos y olvidados. Son avisos que despiertan una cierta nostalgia por el tiempo no vivido, esa cualidad que Nabokov describió, exiliado en Berlín en 1925, como el sentido de lo literario. Aunque leidos con un escalpelo.

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Here Comes Everybody

En el insomnio leo a Joyce, el capítulo de la taberna. Al principio genera resistencia pero es como tirarse al agua, después no se quiere salir. Las parodias del discurso jurídico revelan que en cien años el inglés formal o ciertas de sus zonas no cambiaron en nada. Tiene un tratamiento impresionante sobre el tema de los verdugos que no recuerdo haber visto nunca, algo así como el relato de su vida cotidiana, como si entre el mar de palabras arremolinadas alguien diera estocadas o estallaran pequeñas bombas irlandesas. Como escribiría una persona realmente libre de decir lo que piensa, y en ese sentido aún o quizás definitivamente adelantado al presente literario, que es más bien concilitario (¿o son mis últimas lecturas?), aún en su radicalidad, o que se radicalizó solo formalmente, a veces, y en relación al contenido atrasa. Pienso en cómo cambió su estilo hasta volverse casi ilegible… En qué es lo que lleva a eso, de la forma del cuento tradicional de costumbres a la apertura indiscriminada y satírica, y de ahí al delirio. Es como si lo viera y no pudiera entenderlo del todo, o como si la pregunta llevara directamente a la biografía, como si algo (¿terrible?) tuviera que haber ocurrido. Pueden ser las guerras europeas pero también algo más cotidiano, saturación perceptiva, frustración política o existencial, una hija loca. Después me quedo dormido.

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Beyond The Barrier

¿Quiero escribir una novela de campus? Tal vez ya no porque encontré una. Es sobre la vida de un profesor que se multiplica y está en diez aulas a la vez y es acusado de un asesinato y se adentra en un universo paralelo. La novela es de Damon Knight, autor de ciencia ficción de culto que leí en la adolescencia. Tiene un cuento sobre extraterrestres llegados a la tierra para fabricar hamburguesas con carne humana (“To Serve Man”), que si no es perfecto es famoso. Knight posee un tono leve, irónico que lo vuelve querible, de profesional de dime-novels, un poco a la manera de Philip Dick, que también tiene cuentos exóticos con profesores.

Si tuviera que escribir ahora lo haría sobre la atracción pasajera que me despiertan los videojuegos de los teléfonos, en particular Angry Birds, pero es un tema que me excede: entender qué quieren decir sobre el presente.

Como esto me llevaría a disparar en cualquier dirección, intentaría en cambio escribir sobre mi última experiencia como practicante de yoga. Me enamoré de mi instructora, pero de esa forma tonta que tengo de hacerlo, quedándome a vivir en un mundo de ensueño solitario que no comparto, prácticamente sin haberla visto, apenas escuchándola y siguiendo sus indicaciones en los ejercicios. En un momento me cubrió con una manta y me di cuenta de que es un gesto que ya casi nadie hace por mí, o que tal vez hicieron pocas personas. Me di cuenta también de que seguir instrucciones sencillas produce un efecto benéfico. Fue una de las pocas experiencias que se presentaron como verdaderas últimamente, revelando lo falso que hay en todo lo demás. Extrañamente, el esado de bienestar se tradujo en experimentación literaria computarizada –mi proyecto de un diálogo entre entes del que no se sabe si son humanos, en el que avancé un poco, llevándolo a su mínima expresión: al borde del silencio–. Todo eso bien, housekeeping en el límite de la manía, y después nada, o no quedó prácticamente nada más de interés o con lo que poder conectarme. En la radio, todo el tiempo anuncios promocionando viajes por el fin de semana largo de efecto depresivo. La ciudad durante los fines de semana largos parece últimamente especialmente fea, aunque creo que debe ser un efecto que produce la radio porque antes ni me enteraba cuándo ocurrían y no me daba cuenta. Enseñanza: abandonar la radio, ya abandonada.

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Social Studies Association

Entre los cuarenta y los cincuenta años se suele tener una extraña experiencia. Es la de descubrir que la mayor parte de aquellos con los que hemos crecido y con los que hemos seguido en contacto manifiestan síntomas de disfunción en las costumbres y en la conciencia. Uno descuida el trabajo hasta el punto de que su empresa se desmorona, otro destruye su matrimonio sin que la mujer tenga culpa alguna, otro incurre en apropiaciones indebidas. Pero incluso aquellos a los que no les suceden cosas decisivas presentan síntomas de disgregación. La conversación con ellos se torna insípida, vacua. Mientras antes, al envejecer, se recibía un impulso espiritual incluso de los otros, ahora se tiene casi la impresión de ser los únicos que conservan aun espontáneamente intereses objetivos.
Quien advierte esto tiende al principio a considerar el desarrollo de sus coetáneos como un caso infausto. Justamente ellos se han transformado para peor. Quizás depende de la generación y de su destino exterior específico. Por último descubre que la experiencia le es ya familiar, pero desde otro punto de vista: el de la juventud en relación con los adultos. ¿No estaba convencido ya entonces de que en este o en aquel maestro, en los tíos y en las tías, en los amigos de los padres, y luego en los profesores de la universidad o en el jefe, había algo que no marchaba? O que tenían algún rasgo de locura o de ridiculez o que su presencia era particularmente tediosa y desalentadora.
Entonces tal persona no se planteaba preguntas y tomaba la inferioridad de los adultos como un hecho natural. Ahora tiene la confirmación de ello: en las condiciones actuales, el simple desarrollo de la vida, a pesar de conservar determinadas capacidades técnicas o intelectuales, lleva ya en la madurez al cretinismo. Ni siquiera se salvan de ello los hombres prácticos y de mundo. Es como si los hombres, en castigo por haber traicionado las esperanzas de su juventud y por haberse adaptado al mundo, se vieran golpeados por una decadencia precoz.

Max Horkheimer – Theodor W. Adorno

Nueva York, 1944

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Dream

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