Social Studies Association

Entre los cuarenta y los cincuenta años se suele tener una extraña experiencia. Es la de descubrir que la mayor parte de aquellos con los que hemos crecido y con los que hemos seguido en contacto manifiestan síntomas de disfunción en las costumbres y en la conciencia. Uno descuida el trabajo hasta el punto de que su empresa se desmorona, otro destruye su matrimonio sin que la mujer tenga culpa alguna, otro incurre en apropiaciones indebidas. Pero incluso aquellos a los que no les suceden cosas decisivas presentan síntomas de disgregación. La conversación con ellos se torna insípida, vacua. Mientras antes, al envejecer, se recibía un impulso espiritual incluso de los otros, ahora se tiene casi la impresión de ser los únicos que conservan aun espontáneamente intereses objetivos.
Quien advierte esto tiende al principio a considerar el desarrollo de sus coetáneos como un caso infausto. Justamente ellos se han transformado para peor. Quizás depende de la generación y de su destino exterior específico. Por último descubre que la experiencia le es ya familiar, pero desde otro punto de vista: el de la juventud en relación con los adultos. ¿No estaba convencido ya entonces de que en este o en aquel maestro, en los tíos y en las tías, en los amigos de los padres, y luego en los profesores de la universidad o en el jefe, había algo que no marchaba? O que tenían algún rasgo de locura o de ridiculez o que su presencia era particularmente tediosa y desalentadora.
Entonces tal persona no se planteaba preguntas y tomaba la inferioridad de los adultos como un hecho natural. Ahora tiene la confirmación de ello: en las condiciones actuales, el simple desarrollo de la vida, a pesar de conservar determinadas capacidades técnicas o intelectuales, lleva ya en la madurez al cretinismo. Ni siquiera se salvan de ello los hombres prácticos y de mundo. Es como si los hombres, en castigo por haber traicionado las esperanzas de su juventud y por haberse adaptado al mundo, se vieran golpeados por una decadencia precoz.

Max Horkheimer – Theodor W. Adorno

Nueva York, 1944

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