Perplejidad

Asisto a un debate entre dos diputadas jóvenes. Ahora de vuelta es como si todo me interesara o cautivara con facilidad –brevemente– de un modo que interpreto como afán novelístico o de catalogación del mundo, que a veces son más o menos lo mismo. La charla es insufrible, como un programa de televisión malo. Sólo retórica y estilos, bravuconadas con asistencia de la técnica. A la vez, por supuesto, si poseen o encarnan algún tipo de poder es como si quisiera saber de qué se trata, pero no hay nada visible digno de atención. Tienen una gestualidad medio mecánica, como de cuerpos acostumbrados al registro de las cámaras. Como si habitáramos mundos paralelos, y uno de ellos pretende aparentemente mi representación. El tema era la reducción de la edad de voto, que me lleva a pensar si a los 16 años yo ya era alguien potencialmente elector. En general pienso que tenía una claridad mayor.

Hay un día en que mantengo muchas conversaciones y eso me devuelve un poco a la tierra, como si fuera algo que me faltara.

Leo a Heidegger sobre el origen de la obra de arte. No sé bien qué dice exactamente pero me envuelve, por ejemplo con el tema del enfrentamiento entre la tierra y el mundo. Tiene un tono poético-religioso, al estilo presocrático tal vez. Ayuda a conciliar el sueño.

Las mujeres. Ahora todo el tiempo en ocasiones siento que se presentan seduciéndome abiertamente, a veces mujeres muy hermosas, y no sé bien qué hacer o cómo actuar.

Almuerzo en la esquina de Aráoz y Velasco, un bar que está muy cerca del departamento de RP. Es como un obstáculo superado –aunque me sirvan platos deficientes– y la paso bien después de no haber comido afuera en tanto tiempo y a la vez me produce unos raptos melancólicos terribles del tipo ayer mismo salí por esa puerta y ahora estoy acá afuera y tengo que pensar en algo ya. Es medio increíble y es así: en el fondo sigo creyendo que todas la historias son así, nunca terminan y siguen abiertas. Es algo que experimento a veces de forma múltiple y no sabría demostrar ni describir. En todo caso hay algo ahí, una interrupción, algo que no hice todavía y puede ser modificado tal vez o resuelto imaginariamente o algo.

Enfrente hay sentada una mujer gorda que me lleva a recordar una película que me gustaba de chico, “El amor es una mujer gorda”. De hecho esta mujer está sentada con un hombre que parece ser su esposo o estar enamorado de ella sin manifestarlo de una forma espamentosa, solo en la atención que parece dispensarle.

De le mujer gorda paso a pensar en Holanda o en las distintas Holandas que conocí: primero en las películas holandesas de Agresti –una con dos viejitos, que no recuerdo cómo se llama*–, en amistades holandesas de G., en Holanda la perra de Ana, y en la zona anecdótica menor, los viajes familiares, el descubrimiento de que La Haya queda en Holanda, los pocos autores que conozco que son de, o vivieron, ahí. De todas esas Holandas me pregunto cuál es más real y llego a la conclusión de que es la pequeña Holanda de joven, Oli, más real que los mapas antiguos o las noticias, siempre escuetas y misteriosas por otra parte, como las referencias en las canciones.

Me reencuentro con mi instructora de yoga. Como vengo de un día terrible no nos conectamos tan bien, me choco con las personas que están a los costados y después hablamos un poco. Al hablar es como si parte del misterio que nos unía se diluyera y a la vez esto es algo que se presenta como oculto detrás de la máscara de la sociabilidad. Mi impresión en estos casos es que lo entrevisto es más real o más esencial que lo que se presenta. Tal vez lamente un poco no poder conectarme directamente con eso en lo inmediato o recrearlo o retribuirlo. Su frase, que decía más o menos que “solo existe el presente” fue o es mi leitmotiv.

Por supuesto, de los estados, sus intensidades, transiciones, su alternancia o mutabilidad, cómo me toman o con qué me conectan, todas estas palabras apresuradas no logran decir mucho, por no decir que no dicen nada. Siento que esto requeriría una mayor atención, mayor disponibilidad aún, más apertura, más tiempo, menos racionalidad, más conexión con la fantasía también –quién soy, dónde estoy, en los distintos momentos–, algo que a veces logro convocar y otras veces no.

*Probablemente se trate de “The Lonely Race” (Holanda, 1992). [N. de E.]

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Autobiografía sucinta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s