Legendary Hearts

Observo “Forty Guns” de Samuel Fuller en cámara lenta. Si no me equivoco en el cálculo, a una velocidad de seis cuadros por segundo. La lentitud le sienta bien, como si le permitiera mostrar mejor los detalles que pasan desapercibidos, los gestos de las manos, las expresiones de los rostros, los decorados, todo. Como si hiciera realidad ese impulso del cine de volver hacia la fotografía que lo constituye, de quebrar la ilusión del movimiento revelándolo como ilusión, devolviendo las palabras a su condición de movimiento de la boca y deshaciendo los límites en el espacio, realzando el contacto de los cuerpos en su carácter violento y desesperado, de búsqueda de protección, desocultando la desconexión entre las causas y los efectos, un mundo donde la vida no vale nada, y donde los hechos no guardan relación entre sí, la mujer muerta parece revivir, y hay hombres vivos que parecen muertos, un universo más especular, donde uno puede hablar con aquel que fue o con otro para dirigirse a uno mismo y donde cada paso tiene peso y materialidad, no uno detrás de otro sino uno nuevo a cada paso y sin saber si en el siguiente va a haber un apoyo o uno va a caer, el paso como palabra. En cada expresión y cada cuerpo la nobleza y la maldad de una claridad táctil, como la alegría, todo un destino inscripto ya en la imagen.

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