Archivo mensual: diciembre 2012

Plástico

Las lápidas de este cementerio tienen inscripciones curiosas: son perfiles de Facebook y de Linkedin con fotos a color enmarcadas junto a una descripción de las actividades del muerto o la muerta. Las fotos son de distinto tipo. Están los que parecen haber elegido cómo ser ilustrado antes de morir y otros que claramente no lo eligieron, porque la imagen no los beneficia. Cabe la posibilidad de que hayan elegido especialmente ese tipo de imagen para que la muerte no parezca tan desagradable o una pérdida tan grande de belleza y vivacidad para el mundo, pero es difícil de determinar. En la mayoría de los casos el Ayuntamiento recoge los datos de los sitios web y pasa la información directamente a la Sede Oficial de Enterramientos Interbalnearios. Sé qué es así porque trabajé durante un tiempo en sus oficinas, en la intersección de Comercio Exterior y Defunciones Públicas, una dependencia imprecisa que se disputaban distintos sectores de la organización, hasta desaparecer, suplantada por el Despacho de Moribundos Internacional. Mis tareas eran sencillas. Tenía que organizar a los nuevos muertos y elegir qué zona del cementerio otorgarles de acuerdo con su contribución al Tesoro Nacional y su Capital Simbólico. Esta era una tarea delicada porque desde hace tiempo que los cementerios están superpoblados. Yo participé de la campaña Desháganse de los Cuerpos Ya que lamentablemente no tuvo mucho eco porque traía recuerdos de masacres que no pudieron ser eliminados todavía. Así que lo hicimos fui construir tumbas subterráneas, primero un piso, después otro, y también hacia arriba. El Cementerio Central hoy es un pequeño rascacielos construido con las últimas innovaciones de la arquitectura, vidrios refulgentes en el exterior que impiden el traspaso del calor y los olores, ascensores para muchos deudos, y todo un sistema de visitas para los turistas interesados en la muerte del país. Los turistas cambiaron mucho sus gustos últimamente. Cuando empecé les interesaban las grandes figuras de la política y el espectáculo y después, de a poco, las personas comunes fueron convirtiéndose en el centro de sus intereses. Querían saber sobre la vida cotidiana de los muertos: cuál era el relleno de los sánwiches que preferían, si profesaban alguna creencia en el más allá y los detalles de la intimidad, por ejemplo sobre su vida sexual. Así se empezaron a diseñar los itinerarios especializados, o los sectores específicos, según adhesión a preferencias y orientación sexuales y también a tipo de organización familiar. Los recorridos incluían relatos más o menos pormenorizados de las vidas ausentes, cosas que había que resumir en relatos bastante breves, y que se basaban en el uso de la imaginación del autor para volver interesante las cosas anodinas que conformaban las vidas de las personas. Quizás una vez habían tenido una mascota que se había accidentado, o se operaron la dentadura, o les cayó un baldazo de agua mientras caminaban por la Avenida del Descanso de un inquilino que estaba limpiando el balcón. De la acumulación y combinación de estos hechos nacían pequeñas vidas insignificantes que era lo que más interesaba a los viajeros, y a los visitantes locales también. En algún momento, que no sé bien cuál fue, la épica perdió eco. Las grandes vidas se volvieron inútiles e insignificantes porque ya nadie creía en su carácter ejemplar o extraordinario. Ni los millonarios creadores de multinacionales ni los capos mafiosos o los dictadores generaban el entusiasmo que inspiraba un adolescente pueblerino con escapadas ocasionales al submundo de la marginalidad. A fin de cuenta, si ninguno de los lugares era accesible, por qué uno iba a tener más interés que el otro, si lo que valía era la diferencia, pero siempre que no fuera excesiva, porque la envidia se había convertido en un problema, un síntoma vergonzante que los desposeídos nunca inspiraban. ¿Quién iba a querer haber tenido la vida miserable del adolescente que mató a su familia con un cuchillo Tramontina? Probablemente nadie, pero su vida miserable servía de ejemplo para volverse hacia la propia vida con ojos de asombro y agradecimiento, que a fin de cuentas era una de las funciones de los Cementerios, según lo había determinado el Boletín Oficial.

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