Archivo mensual: enero 2013

Sur aujourd’hui

Voy a un vivero donde me pierdo entre las plantas que me fascinan, me fascinan porque existían antes que los seres humanos y por su variedad, su variedad y sus texturas, como si cada una habitara un universo único. Pienso en mi deseo de dedicarme a la jardinería, que tal vez nació con Jonas Mekas, y que si no nació ahí fue él quien lo hizo aflorar. Esto me parece una declaración un poco exagerada y a la vez me gusta así. Hasta llegué a dedicarme al estudio de la biología de las plantas más o menos seriamente sin llegar a entender demasiado sobre cuestiones básicas de esquejes y reproducción. Era una época en que tenía sueños clasificatorios también: quería poder identificar cada hoja y cada flor por su imagen, como si el nombre científico, el origen o lo que se sabe de cada planta tuviera algo para decirme. Lo olvidé todo, afortunadamente o no, y me quedé a vivir en el plano sensorial. Ahora me intereso por cuestiones más simples o de tipo recreativo, cómo las plantas se relacionan con la música (hay quienes estudian eso). En el vivero llego a la conclusión de que no quiero conocer especies nuevas, solo quiero recuperar las plantas que tenía y perdí. Siguen existiendo, por suerte. Quién sabe qué significa esto. Creo que la única forma de incorporar una especia nueva sería a través del encuentro con alguien, tal vez un viaje, y esto no ocurrió, o no ocurrió mediado por el mundo vegetal. También veo a un jardinero anciano que parece haber incorporado la tranquilidad de las plantas a su vida. Ese no es mi caso.

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Archivado bajo Autobiografía sucinta

Mi Internet (J. Lethem)

Tengo una Internet adentro de Internet. Es una Internet propia, un lugar que se parece al que conocen salvo por el hecho de que no la conocen: es sólo mía. Nadie más puede entrar ahí.

En realidad, para no empezar complicando demasiado las cosas, técnicamente el lugar que estoy describiendo es una Internet adentro de una Internet adentro de Internet. Esto se debe a que, por empezar, soy miembro de una elite adentro de la Internet entera, parte de una Internet exclusiva y privada “sólo para miembros” compuesta por unas cien personas. Estas cien personas fueron elegidas una a una, por un líder que, sirviéndose de una impresionante capacidad de previsión, concibió la necesidad de esta Internet más privada y pequeña en los tiempos idos de la “primera” Internet. En aquellos días, parecía improbable que se permitiera a absolutamente todos el uso de Internet, o siquiera que muchos pudieran llegar a querer hacerlo. Tampoco nadie podía prever, excepto nuestro líder, que fueran a surgir tantas dificultades: dificultades tales como las del anonimato y el baile de disfraces y las olas migratorias tipo lemming de odio popular que actualmente definen  Internet. (Quiero decir la más grande y no exclusiva, la extensa y general donde, se me ocurre ahora, es probable que estén leyendo estas palabras). Es poco probable que estas tendencias hubiesen sido ya evidentes. Y sin embargo, nuestro líder las previó.

Quiero subrayar que esto ocurrió en un período bastante temprano. Según nuestro líder, en aquella época Internet sólo consistía de (y, por algún motivo, exactamente de) doscientas personas. Nuestro líder entonces hizo algo técnico (no soy bueno para los conceptos técnicos) y dividió la primera Internet por la mitad: unas cien personas por acá, otras cien personas por allá. En aquel entonces, era, según él (estas son sus palabras, sus palabras son todo lo que nos queda), una división en partes exactamente iguales.

Al abrigo de un aire de juguetona provocación, nuestro líder propuso algo parecido al juego de La Guerra de las Banderas, o Humanos vs. Zombies. Sugirió que las dos Internets fueran pensadas como dos equipos alegremente competitivos, realizando un lúdico experimento darwiniano para ver cuál iba a prosperar. Los otros cien, aquellos excluidos de nuestra Internet, aceptaron la propuesta. Los había seducido o engañado a través de la aparente equidad del acuerdo, de modo tal que apenas pudieron percibir que se los estaba excluyendo de algo. Entonces, llegada la etapa de implementación de esta alteración técnica, nuestro líder eligió rápidamente a sus cien personas y, a los fines de la “otra” Internet, desapareció. Nunca más se supo de él.

Fue esta “otra” Internet la que creció y se convirtió en la que conocen tan bien, ocupada por tantos miles de millones de personas diferentes y que, si he de ser franco, se llenó de tantas situaciones confusas. (Apenas si puedo utilizarla sin entrar en un estado de confusión, aunque imagino que si estuviera allí más seguido aprendería a aceptar las condiciones como normales). Mientras tanto, los cien vivieron dentro de su Internet apacible y superior bajo la mano refinada del líder. Nuestro líder tenía solo dos reglas, ambas de una simplicidad brillante: no al dinero, no a los animales. Las implicancias eran enormes. Figúrense, si lo desean, su propia Internet sujeta a estas restricciones; dudo que puedan. Dentro de nuestros límites tensos, millones de flores se reproducen. Los límites suelen crear la ocasión para la belleza, y nuestra belleza se parece a la de un jardín japonés; puede ser valioso concebir la imagen de la nuestra como una especie de Internet “bonsai”. Tenemos, solo a modo de ejemplo, nuestro propio modo de establecer vínculos con las cosas, uno completamente distinto al de ustedes, con un “hipervínculo sensorial” completamente distinto –de hecho, como acabo de descubrir en una búsqueda en su Internet, el término linkfeel ni siquiera existe para ustedes–. Para expresarlo de un modo simple, eso que ustedes hacen rápido, nosotros lo hacemos lento. Esto es importante. Esta y otras precondiciones técnicas que legislan la naturaleza de nuestra Internet de cien personas fueron aseguradas por unas pocas decisiones hábiles tomadas por nuestro líder en el comienzo, insertas en los fundamentos que él llamó “la infraestructura”. Nuevamente, más allá de mi ámbito.

Nuestros cien dependen de nuestro líder para la descripción de los primeros días porque a decir verdad ninguno de nosotros formó parte de esta acción original. En cierto modo llegamos después, tropezando en el camino con la Internet más grande como le podría haber ocurrido a cualquiera. Sin embargo, como los miembros de esos primeros cien decidieron regresar a la Internet más amplia, o de algún modo decepcionaron a nuestro líder y se los desterró, él eligio individualmente, mediante una invitación encubierta, reemplazos para quienes habían partido. Yo fui uno de los reemplazantes.

La centena fundadora había jurado guardar silencio sobre el asunto (por todo cuanto sé mi voz puede estar al alcance de alguno de ellos ahora). De modo que los cien actuales sólo pueden especular acerca de los primeros días, comparando notas sobre cuando fuimos transplantados por nuestro líder. Nuestra población es bastante estable en la actualidad, si bien aún ocurre que alguien desaparece y es sustituido. Todos trabajamos en conjunto para permitir a los nuevos alcanzar la velocidad adecuada.

Y sin embargo, últimamente he sentido el impulso de una incursión aún más profunda, la necesidad de una exclusión aún mayor, y esto es lo que me ha llevado a la creación de una Internet absolutamente propia. La motivación, si bien apenas deseo hablar de este tema, llegó cuando descubrí el hecho incómodo de que después de muchos despidos recientes de nuestro cuerpo de élite de cien nuestro líder decidió no reemplazar a los que perdimos con nuevos participantes si no, en su lugar, “inventar” personas. Quiero decir que él mismo fue detectado pretendiendo ser muchos de nosotros. No sé cuántos, en realidad, ni sé por cuánto tiempo ha estado poniéndolo en práctica. En efecto, no se encontró a nuestro líder comportándose así. En realidad, lo reveló a través de una serie de pistas cada vez más evidentes, pequeños gestos provocadores que, si bien son inconfundibles, se niega a confirmar. Me fueron revelados, a mí y tal vez a uno o dos más, si bien cabe la posibilidad de que esos otros que lo saben sean en realidad rostros de nuestro líder.

No es necesario agregar que la atmósfera entre nuestros cien (si bien no estoy seguro de que “cien” sea el término adecuado ya) se ha alterado de una forma leve pero crucial. Las personas parecen estar hablando en “código”. Donde alguna vez hubiera dicho que no había secretos entre nosotros (cada correo dentro de nuestra Internet de élite era, en efecto, con “copia a todos”), ahora no estoy tan seguro. Ni siquiera estoy seguro de dónde es que “nosotros” comienza y termina. Me pregunto si nuestro líder ha descripto de forma adecuada qué tan profundamente esta incertidumbre afecta nuestra auto-percepción y nuestra moral en torno a los límites de nuestra Internet especial, dado el modo en que nuestros límites estrictos nos definieron al extremo desde el comienzo. Agréguense dinero y animales, y me pregunto si seguiríamos siendo tan distintos de la Internet mayor.

En todo caso, esto es lo que me ha conducido a crear mi propia Internet privada, un esfuerzo de muchas semanas que ya está finalmente completo. Créanme, para una persona no técnica esto no fue poca cosa, y sólo las circunstancias más espantosas pudieron darme las fuerzas para intentarlo. A diferencia de la Internet de cien personas, que está, si lo comprendo bien, sellada en una porción del ciberespacio en absoluta cuarentena aislada de la otra, he escondido mi nueva y más pequeña Internet allí donde cualquiera podría verla, y sin embargo nunca, ni por un instante se darían cuenta de qué es lo que han visto. La mía está oculta como un grano de arena en las playas de la Internet mayor que la baña, como los surfers a las olas, sin alterarla en lo más mínimo. Aquí es donde al fin puedo respirar tranquilo. Si “en Internet nadie sabe cuando eres un perro” (tuve que visitar la otra Internet para encontrar este chiste, porque, recuerden, tal como lo especificó nuestro líder, nada de animales), es posible que un temor aún mayor haya permanecido aún sin expresar: “En Internet, nadie sabe cuántos perros hay”. En mi Internet, no obstante, nadie se tiene que hacer esta pregunta. En mi Internet vos sabés quién sos: sos yo.

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I Remember

Recuerdo haber plantado un árbol en la vereda de la escuela donde aprendí inglés.

Recuerdo haber encontrado a mi maestro de séptimo grado en un tren y que me dijera que había dejado la enseñanza y se dedicaba a vender comida para perros.

Recuerdo a Paul y Carol de Snap!

Recuerdo unas hojas desplegables con la historia del universo desde el big-bang.

Recuerdo las palabras de dos letras que se repetían en los crucigramas.

Recuerdo las aventuras de Rouletabille.

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El libro sin tapas

Hay un libro que se llama así, de Felisberto Hernández, publicado en los años veinte. Es uno de esos libros que parecerían haber sido escritos mucho tiempo después. Si no me equivoco, el título corresponde al hecho de que en efecto era un libro que se publicó sin tapas, en una edición de muy pocos ejemplares, casi privada. Pienso mucho en ese título porque en efecto ahora muchos libros dejaron de tener tapas. Los libros electrónicos, por ejemplo. En algunos casos las tapas se volvieron más ornamentales, como si se tratara de obras autónomas, que compiten con el interior. Antes las tapas cumplían una función protectora, como si adentro se encontrara una desnudez a ocultar o también palabras que había que proteger de los ojos equivocados. En este sentido ahora todo parece estar vuelto patas arriba. Los libros que se podía imaginar reuniendo polvo o perdidos, agotados o inaccesibles reaparecen y presentan su valor o su inconsecuencia al instante.

Pensaba en esto al toparme con un libro de Thomas Elsaesser sobre el cine de Fassbinder, “Fassbinder’s Germany. History, Identity, Subject” (1996), sin traducción al español.

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