Archivo mensual: febrero 2013

La ardilla roja

Hoy fui a una veterinaria en busca de un conejo. Había una pareja de jóvenes muy rara que me generó cierta inquietud. En realidad ya estaba inquieto de antes y fui con la idea de que tener un animalito cerca o en los alrededores que no se pueda escapar como un gato y que no plantee tantas exigencias como un perro podía hacerme bien. Es como si pronosticara días de soledad frente a la computadora y necesitara contrarrestarlos con algo que no sea yo o una actividad de la que participe, algo que tenga cierta independencia y también que provenga de una época en que no existían las seres humanos.

Creo que la inquietud tiene que ver en parte con encontrarme traduciendo nuevamente con cierta regularidad, no con el hecho de traducir sino con el contenido. Son lecciones para alumnos estadounidenses de la escuela que me resultan muy absorbentes. No solo absorbentes, sino que parecen muy avanzadas en relación al recuerdo que tengo de mi educación en esa época, por momentos parecerían tener cierto cinismo, pero dejando esto de lado, es como la preparación para una relación con el mundo completamente distinta a la que recibí y también a la que tengo. Esto me ubica en un lugar un poco extraño. Quizás, como en otras ocasiones, son culturas superiores, más poderosas, en todo sentido, con las que tengo que lidiar, y de alguna forma me golpean, o el hecho de tener que traducirlas me lleva a tener que atajar sus golpes. Como en otras ocasiones, son condiciones de trabajo muy precarias también, algo que en otra época no me preocupaba mucho, hasta que los efectos de la precariedad me afectaron personalmente.

No sé, me mantiene ocupado y aprendo un montón de nombres de animales, eso está bien. Después, es como si no tuviera casi una vida. Los únicos momentos de tranquilidad que encuentro son los diálogos imaginarios que tengo con Inés, pienso y pienso en escribirle y eso me tranquiliza, siento que nos entendemos. Después pienso que necesito identificar mejor qué cosas me hacen bien y qué cosas me hacen mal en la vida cotidiana. Creo que escucho demasiada música y eso me hace un poco bien y bastante mal, quiero decir, a veces me entrega demasiado fácilmente a una intensidad emocional que me excede. Lo hago porque me acostumbré a las emociones fuertes, o las extraño y mi vida es un poco vacía. A diferencia de lo que pasa con la música, los libros y las películas no me hacen daño, quizás porque operan en otra duración, son otros códigos. Claramente el lugar de la música en mi vida se volvió excesivo. Está bueno porque la variedad que ofrece es casi infinita y permite hacer viajes sin esfuerzo pero tiene algo un poco demoníaco. Facebook también me hace mal en general, lo estoy usando menos, lo veo como un entretenimiento de oficinistas para descargar tensiones, y si uno se engancha las recibe todas juntas, quiero decir, no es que sea eso, sino que es usado así en general, me cansa. Internet me hace primero bien y después muy mal, demasiado vasta, demasiado informe, demasiadas conexiones posibles, muchos pequeños mundos autónomos a explorar de los que no sé qué se saca en claro, mucha gente aparentando y demasiados datos y cosas de las que se puede prescindir. La desconectaría de poder hacerlo, pero también la necesito para averiguar cosas concretas. El diario, ni fu ni fa, lo leo evocando un poco mis lecturas del pasado, y en general siempre encuentro al menos una nota de interés, un relato, noticias policiales exóticas que permiten creerse por unos minutos sherlock holmes o el caballero dupin resolviendo crímenes sin salir de la casa. El gimnasio, bien y mal a la vez, me libera y me ata, me deja dolorido, a la vez funciona como entretenimiento ver a los levantadores de pesas y las chicas sobre máquinas, hay una en particular que hace algo raro con el cuerpo que parece reproducir el movimiento que se hace al escalar que me gusta o produce un efecto armónico y erótico a la vez.

En fin, no sé bien qué pensar. Mantenerme ocupado hace que piense menos en parte pero a la vez me revuelve un poco interiormente de una forma parecida a como lo hace la máquina en general, generando estímulos múltiples, continuos, que se asociacian a recuerdos, que a veces abren puertas y otras hacen que me sienta atacado, o peor sometido a algún tipo de orden impersonal (el conjunto de las mentes de los programadores? o de sus jefes o de los accionistas, qué se yo).

También veo “La ardilla roja” en internet y me convenzo de que en realidad ese o muy parecido a ese es mi mundo, o es mi mundo o es donde viví o donde me gustaría haber vivido o donde me gustaría vivir, que es un mundo imaginario que tiene algo de real, me produjo un efecto muy extraño, también reconfortante, en contraste con otros relatos que pululan hoy que mre resultan más desestabilizadores. Medem mismo, no sé si las cosas que hizo después están tan buenas. Es una de esas películas con un aura especial, con leves toques lyncheanos que en otro momento no había llegado a percibir. Me pregunto cómo habrá que hacer para poder seguir habitando ese mundo después de que la película termina, si es que hay que hacer una película o recobrar algo que me parece perdido en la vida, o si es que no existe, que es solo una ilusión, como esa idea que crea la literatura de que existe un mundo donde solo existe la literatura y que no está en ningún lado, o que está solo en algunos encuentros pero físicamente no, como una proyección. Es como si propusiera un tipo de relato para entender la vida que me interesa pero no es fácil de sostener, y aparte qué estaría haciendo ahora acá escribiendo esto si formo parte de un relato de ese tipo, ¿estoy conectado con las personas para las que esa película significa algo nada más? No parece suficiente. Muestra además esas formas de vida que existen fuera de las grandes ciudades que son finalmente con las que más me identifico, que tienen algo siniestro pero no tan siniestro como la ciudad y su suciedad y su encierro. Es como si me recordara que quiero otro tipo de vida y que en ocasiones apareció o pude vislumbrarla pero se me escapó y tenía la impresión de que era algo que ocurría solo, o en todo caso cuando ocurrió medio que ocurrió solo, y ahora solo no ocurre casi nada, excepto que la máquina envíe mensajes en mi nombre sin mi autorización, que no es una buena noticia a fin de cuentas, es solo un grano de arena más en la historia de las cosas siniestras.

Mentalmente, a lo largo de los días, muchas idas y vueltas alrededor de mujeres, que la película organizó un poco, pero que me deja agotado. Algo como planes que parecen estar siempre al borde de la realización y que no avanzan, fantasías sobre futuros posibles que se presentan un poco como bloques de mármol o algo así, soluciones definitvas, algo muy idealizado que no tiene mucho fundamento pero que es como opera mi mente o la mente, por momentos tiene el efecto de una limpieza y otras veces no, son encuentros proyectados o que se realizan en el interior, más diálogos en secreto con las figuras de lo romántico o personas concretas que imagino a mi lado antes de dormir, nos quedamos dormidos juntos y al otro día no están.

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Archivado bajo Autobiografía sucinta, The Films in my Life

El día del meteorito

En Phoenix, Arizona se me ocurrió que podía llamarte, fue entonces que cayó un meteorito como de unas quince toneladas, y como había estado adentro de un supermercado sacando fotos a los paquetes de detergente para después pintarlos en mi estudio, lo primero que atiné fue a revisar el estado de la cámara después del impacto, que lamentablemente había perdido su objetivo, bueno, no era que lo hubiese perdido, sino que se había fragmentado, entonces al mirar por el visor se veían cosas de lo más extrañas, un poco como en un espejo deformante que hace gordos a los flacos y altos a los bajos, y cosas más extrañas también que no podría describirte, como personitas metidas adentro del lente que por más que apuntara la cámara en distintas direcciones seguían ahí, iban disfrazados como si se tratara de un carnaval, a veces se ponían a bailar pero en general se quedaban sentados charlando o dejando pasar el tiempo tomando mate, todo esto empezó a inquietarme porque era mi única cámara, un modelo simple y a la vez con cierta sofisticación, funciones que nunca llegué a entender del todo, que transformaban el día en noche y la oscuridad en luz, algo que el vendedor me quiso explicar sacando fotos a su alrededor pero combinando las teclas y los anillos de una forma que nunca pude reproducir, así que me enfrento a las personitas y les digo algo así como que qué se creen, que se meten en mi herramienta de trabajo y se ponen a bailar como si estuvieran en un carnaval, que yo tengo un proyecto (ahí les explico un poco sobre mis pinturas de envoltorios y paquetes, que parece interesarles, y al que asocian al arte pop) donde se están entrometiendo sin que nadie les diera permiso, primero, y después ensuciando todo, habiendo muchos lugares donde podrían instalarse, y ahí es cuando me dicen que para hablar más tranquilos que pase yo al lente porque se la tienen que pasar gritando para hacerse escuchar desde ahí, así que entro al lente y ahí aparece uno al que no había visto y me ataca por la espalda y me derriba y me patea y aparece otro y también me patea y todos se ponen a reír ja ja ja ja cómo cayó qué tarado mirá si vas a aceptar una invitación al lente de tu cámara, ja ja ja ja, no no, tarado no, reverendísimo tarado ja ja ja ja y así me quedo tumbado unas horas medio inconsciente desangrándome y sintiéndome miserable y atrapado mientras el grupo de personitas come unas barras de chocolate inmundas embadurnándose la cara con el chocolate que se les derrite alrededor de la comisura de los labios y escupiéndolo después de masticarlo, ahí es cuando me digo que tengo que buscar un lugar por donde escapar y no veo nada, uno se me acerca y se queda mirándome a los ojos como si yo fuera un animal de carga en un momento de reposo, y cuando se aleja un cambio en la luz hace que vea una abertura entreabierta que parece un túnel y me meto por ahí en un momento en que todos se habían puesto a bailar otra vez, ahora con un estilo distinto que parecía más agitado, con pasos que no daban bien porque requerían cierta destreza aunque mal que mal moviéndose al ritmo de una música mecánica un poco ruidosa que salía de un tocadiscos, ahora cómo salir de ahí me parece como querer sacar una foto a alguien ausente o que está muy lejos, y a la vez si quedara atrapado esto sería horrible como perspectiva, me vería obligado a interrumpir mi proyecto artístico al que llevo dedicados años y años de observación y reproducción, y no podría llamarte, eso si es que las líneas telefónicas no fueron afectadas por la caída del meteorito, que seguramente iba a aparecer como imagen en los periódicos y transmitida por la televisión y por internet hasta que todos se olvidaran salvo el meteorito, así que me digo que tengo que escapar de este destino horrible que es como si mi alma hubiera quedado atrapada en un meteorito lanzado al espacio para estrellarse contra la superficie de la tierra en una zona despoblada, entonces veo un sendero formado por haces de luces que forman un laberinto como los de los rayos láser que impiden que los ladrones roben joyas en las películas sin ser detectados antes de que suene una alarma y me meto por ahí, y detrás de mí escucho pasos como de alguien vestido de negro que me persigue a quien no puedo ver, y se me aparece un perro de tamaño medio de una raza desconocida que ladra y agita unas cadenas como si hubiera escapado de algún lado y pasa una moto a lo lejos a toda velocidad que levanta una polvareda, una moto antigua que larga un humo tóxico por el caño de escape, le hago señales al de la moto para que se detenga aunque no sé si las puede ver detrás del casco y cuando pasa a mi lado se detiene, ahí lo tiro al piso, le abro el visor del casco y le echo el polvo del camino en los ojos encegueciéndolo y enciendo la moto y salgo disparado, así voy recorriendo todo un camino donde no me cruzo con nadie salvo por unos camiones que transportan unas cargas que parecen vacas o alimento para vacas, y veo un cartel indicador en el camino que dice algo borroso y 10 MILLAS y una flecha curva en forma de ocho con la parte de arriba más amplia, o como dos ochos, qué se yo, me mando, igual ya no puedo volver al lugar de donde vengo, y además mi cuerpo parece haber adoptado una forma distinta, más grande o más pequeña, podría llegar a ser otra persona o no, y como no tengo donde mirarme reflejado no llego a poder comprobarlo.

(continuará.)

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McLuhan’s Folklore

McLuhan

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febrero 12, 2013 · 23:50