La ardilla roja

Hoy fui a una veterinaria en busca de un conejo. Había una pareja de jóvenes muy rara que me generó cierta inquietud. En realidad ya estaba inquieto de antes y fui con la idea de que tener un animalito cerca o en los alrededores que no se pueda escapar como un gato y que no plantee tantas exigencias como un perro podía hacerme bien. Es como si pronosticara días de soledad frente a la computadora y necesitara contrarrestarlos con algo que no sea yo o una actividad de la que participe, algo que tenga cierta independencia y también que provenga de una época en que no existían las seres humanos.

Creo que la inquietud tiene que ver en parte con encontrarme traduciendo nuevamente con cierta regularidad, no con el hecho de traducir sino con el contenido. Son lecciones para alumnos estadounidenses de la escuela que me resultan muy absorbentes. No solo absorbentes, sino que parecen muy avanzadas en relación al recuerdo que tengo de mi educación en esa época, por momentos parecerían tener cierto cinismo, pero dejando esto de lado, es como la preparación para una relación con el mundo completamente distinta a la que recibí y también a la que tengo. Esto me ubica en un lugar un poco extraño. Quizás, como en otras ocasiones, son culturas superiores, más poderosas, en todo sentido, con las que tengo que lidiar, y de alguna forma me golpean, o el hecho de tener que traducirlas me lleva a tener que atajar sus golpes. Como en otras ocasiones, son condiciones de trabajo muy precarias también, algo que en otra época no me preocupaba mucho, hasta que los efectos de la precariedad me afectaron personalmente.

No sé, me mantiene ocupado y aprendo un montón de nombres de animales, eso está bien. Después, es como si no tuviera casi una vida. Los únicos momentos de tranquilidad que encuentro son los diálogos imaginarios que tengo con Inés, pienso y pienso en escribirle y eso me tranquiliza, siento que nos entendemos. Después pienso que necesito identificar mejor qué cosas me hacen bien y qué cosas me hacen mal en la vida cotidiana. Creo que escucho demasiada música y eso me hace un poco bien y bastante mal, quiero decir, a veces me entrega demasiado fácilmente a una intensidad emocional que me excede. Lo hago porque me acostumbré a las emociones fuertes, o las extraño y mi vida es un poco vacía. A diferencia de lo que pasa con la música, los libros y las películas no me hacen daño, quizás porque operan en otra duración, son otros códigos. Claramente el lugar de la música en mi vida se volvió excesivo. Está bueno porque la variedad que ofrece es casi infinita y permite hacer viajes sin esfuerzo pero tiene algo un poco demoníaco. Facebook también me hace mal en general, lo estoy usando menos, lo veo como un entretenimiento de oficinistas para descargar tensiones, y si uno se engancha las recibe todas juntas, quiero decir, no es que sea eso, sino que es usado así en general, me cansa. Internet me hace primero bien y después muy mal, demasiado vasta, demasiado informe, demasiadas conexiones posibles, muchos pequeños mundos autónomos a explorar de los que no sé qué se saca en claro, mucha gente aparentando y demasiados datos y cosas de las que se puede prescindir. La desconectaría de poder hacerlo, pero también la necesito para averiguar cosas concretas. El diario, ni fu ni fa, lo leo evocando un poco mis lecturas del pasado, y en general siempre encuentro al menos una nota de interés, un relato, noticias policiales exóticas que permiten creerse por unos minutos sherlock holmes o el caballero dupin resolviendo crímenes sin salir de la casa. El gimnasio, bien y mal a la vez, me libera y me ata, me deja dolorido, a la vez funciona como entretenimiento ver a los levantadores de pesas y las chicas sobre máquinas, hay una en particular que hace algo raro con el cuerpo que parece reproducir el movimiento que se hace al escalar que me gusta o produce un efecto armónico y erótico a la vez.

En fin, no sé bien qué pensar. Mantenerme ocupado hace que piense menos en parte pero a la vez me revuelve un poco interiormente de una forma parecida a como lo hace la máquina en general, generando estímulos múltiples, continuos, que se asociacian a recuerdos, que a veces abren puertas y otras hacen que me sienta atacado, o peor sometido a algún tipo de orden impersonal (el conjunto de las mentes de los programadores? o de sus jefes o de los accionistas, qué se yo).

También veo “La ardilla roja” en internet y me convenzo de que en realidad ese o muy parecido a ese es mi mundo, o es mi mundo o es donde viví o donde me gustaría haber vivido o donde me gustaría vivir, que es un mundo imaginario que tiene algo de real, me produjo un efecto muy extraño, también reconfortante, en contraste con otros relatos que pululan hoy que mre resultan más desestabilizadores. Medem mismo, no sé si las cosas que hizo después están tan buenas. Es una de esas películas con un aura especial, con leves toques lyncheanos que en otro momento no había llegado a percibir. Me pregunto cómo habrá que hacer para poder seguir habitando ese mundo después de que la película termina, si es que hay que hacer una película o recobrar algo que me parece perdido en la vida, o si es que no existe, que es solo una ilusión, como esa idea que crea la literatura de que existe un mundo donde solo existe la literatura y que no está en ningún lado, o que está solo en algunos encuentros pero físicamente no, como una proyección. Es como si propusiera un tipo de relato para entender la vida que me interesa pero no es fácil de sostener, y aparte qué estaría haciendo ahora acá escribiendo esto si formo parte de un relato de ese tipo, ¿estoy conectado con las personas para las que esa película significa algo nada más? No parece suficiente. Muestra además esas formas de vida que existen fuera de las grandes ciudades que son finalmente con las que más me identifico, que tienen algo siniestro pero no tan siniestro como la ciudad y su suciedad y su encierro. Es como si me recordara que quiero otro tipo de vida y que en ocasiones apareció o pude vislumbrarla pero se me escapó y tenía la impresión de que era algo que ocurría solo, o en todo caso cuando ocurrió medio que ocurrió solo, y ahora solo no ocurre casi nada, excepto que la máquina envíe mensajes en mi nombre sin mi autorización, que no es una buena noticia a fin de cuentas, es solo un grano de arena más en la historia de las cosas siniestras.

Mentalmente, a lo largo de los días, muchas idas y vueltas alrededor de mujeres, que la película organizó un poco, pero que me deja agotado. Algo como planes que parecen estar siempre al borde de la realización y que no avanzan, fantasías sobre futuros posibles que se presentan un poco como bloques de mármol o algo así, soluciones definitvas, algo muy idealizado que no tiene mucho fundamento pero que es como opera mi mente o la mente, por momentos tiene el efecto de una limpieza y otras veces no, son encuentros proyectados o que se realizan en el interior, más diálogos en secreto con las figuras de lo romántico o personas concretas que imagino a mi lado antes de dormir, nos quedamos dormidos juntos y al otro día no están.

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Archivado bajo Autobiografía sucinta, The Films in my Life

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