Anna Magdalena Bach

Hace años que vengo leyendo noticias sobre el cine de Straub y Huillet y vi muy pocas películas de ellos, por no decir que vi una sola, una adaptación de los Diálogos con Leucó de Pavese, un libro que siempre me gustó mucho y que a primera vista parecería imposible de adaptar, por no decir antes imposible de escribir. Es una adaptación de ciertos diálogos, reproducidos literalmente, de una forma muy ascética, en planos fijos, con actores que visten como supuestamente vestirían los griegos, con un respeto al texto que de alguna forma reproduce el respeto del texto a la sensibilidad antigua, a la creencia en una multiplicidad de dioses y en el destino de una forma precristiana, con esas cosas que experimentan los personajes de las tragedias, las pasiones desenfrenadas y también la fatalidad, la traición, la muerte, todo eso que forma parte de la vida y que los relatos contemporáneos dominantes banalizan o relegan al melodrama como un asunto menor, femenino, casi a comedia de enredos.
El ascetismo es también la marca de esta película, pero ahí donde, más de treinta años después, el plano tenía algo de monótono y plano -¡un plano plano!- acá son de un detalle y de una amplitud inconcebibles. Esto creo que es algo muy difícil de describir porque es a la vez muy poco común, al punto de crear la impresión —por momentos— de que es una película que se lleva puesta o por delante toda la historia del cine posterior o que plantea un punto de inflexión que no fue muy perseguido, que paradójicamente se conecta, bajo su forma más vulgar, con muchas cosas que se pueden ver hoy en internet. Se tocan en el punto en que la narración o la representación deja de tener importancia y el plano adquiere poderío, el plano del registro documental, quiero decir, literalmente, de los documentos y su problemática o la serie de reflexiones que pueden despertar. Quizás ahí se acaban las similitudes, pero lo cierto es que la primera vez que vi una partitura antigua, por no decir una partitura en sí, fue en un monitor, y de no ser por los monitores o la infraestructura que tienen detrás nunca las hubiera visto.
En la película el misterio de la partitura se conecta con el misterio de la escritura, o del registro de la escritura y de la creación de una forma que se vuelve indisociable.
Muchos misterios se presentan indisociables en la película en realidad, y es como si permanecieran siendo misterios y hubieran manifestado algo que mantenían oculto.
Es un film tan misterioso… ya desde el principio en que se ve a un intérprete casi de espaldas con un instrumento que combina el piano y la pianola en un único aparato, y no solo eso, sino que el intérprete es un actor que está representando a Bach. ¿Quién sabe cómo era Bach, o qué gestos exactos hacía al tocar? Y a la vez, qué tiene eso para decir sobre su obra, ¿o tiene algo para decir? ¿Qué es eso teatral que tiene el músico que toca un instrumento, hay que creerle o son payasadas, formas de ocultar algo que lo excede, que conecta épocas y culturas dispares y saca provecho de un fenómeno físico que es indiferente a los usos que se hacen de él? El misterio del sonido, del canto de las aves, de la voz, que son los prototipos de la lengua o de todo lo que la lengua permite.
¿Y Bach? ¿Por qué es tan admirado por los músicos de una forma tan próxima a la divinización? ¿Y qué es lo que hizo que se resiste a la comprensión del lego? No sé, tengo el recuerdo de la lectura de Escher, Gödel, Bach, que de alguna forma imagino que sintetiza algo que encontré en otras partes, una visión sobre su lugar en el universo de la música que no es equiparable al de otros compositores o artistas. Bueno, quizás los músicos generan eso, los músicos alemanes, o la recepción alemana de los músicos, el problema es que les creo, no sé si es que creo en la idea de genio o hay algún tipo de club secreto al que me gustaría pertenecer, que es el de aquellos que pueden combinar una concepción de la belleza con cuestiones formales, y en el fondo medio religiosa, como de que habría algo del orden de lo divino que se revelara al menos en el hecho de que se hayan creado instrumentos para el placer de los sentidos y que se hayan explorado sus posibilidades y descubierto la armonía y que los músicos se entrenen y reproduzcan partituras, un montón de cosas que en sí es como si no tuvieran sentido fuera de su mismo ejercicio y que por eso devuelven hacia el misterio de la existencia y de la percepción y de la identidad.
Todas estas cosas en la película están muy presentes, al punto de que parecerían encarnar esta idea de Deleuze que siempre me llamó la atención y me parecía estar al borde del juego de palabras, la idea de que lo propio del cine es precisamente pensar con imágenes, como si el cine estuviera adelantado en relación a la filosofía o pudiera plantear en segundos problemas o cuestiones que arrastran milenios.
Cómo es que se produce esto es el gran achievement del film… su capacidad, su exceso. De pronto hay un plano inmóvil de unos músicos, que muy básicamente, en términos muy banales, es lo que compone gran parte de la película, y es como si algo no funcionara, hay un leve desajuste en la posición de la cámara, o la luz se cuela de una forma extraña que parece estar diciendo algo distinto sobre lo que se ve, como si tuviera un discurso propio que desnaturaliza la percepción del cuadro y de la pantalla, o lleva a preguntarse a dónde habría que mirar habiendo tantos focos posibles de atención, y a veces ninguno, que también es un problema a la hora de mirar, no tener qué mirar.
Al escribir esto por momentos tengo la impresión de que exagero un poco (por momentos) y después llego a la conclusión de que no. Por ejemplo, en la entrada del cine encuentro a unos manifestantes con banderas de la cta y algún tipo de conflicto gremial en el teatro pero es como si el tipo de asuntos que la película plantea fueran en cierto modo más importantes y también más urgentes, más a futuro también, y sólo a primera vista más ideales.
Porque hay que decir que es una película filmada con una mueca de desprecio hacia el estado de las cosas, de 1968 y del presente y del futuro, una mueca de indiferencia y hartazgo hacia todo lo podrido de la vida en sociedad, que niega la diferencia entre el siglo XVIII —ese misterio— y la actualidad, y elige, de la totalidad de los fenómenos que se pueden reproducir, una sola vida, desde una perspectiva muy particular —la de la mujer de Bach— y con un distanciamiento absoluto en relación a todo lo que compone las preocupaciones o las codificaciones de la vida burguesa o popular. Los hijos nacen y mueren, los príncipes ascienden y caen, y esto son apenas notas marginales en el relato, leídas apresuradamente, relegadas al lugar que merecen tal vez y que pocos relatos le otorgan (a excepción de cierto tipo de relato científico o corporativo, el primero no muy difundido, el segundo excesivamente difundido y algunos autores); es el mundo donde el arte como vía de existencia tiene un lugar primordial y es indiferente a todo lo que lo rodea.

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Hay una escena donde una niña juega con un muñeco al lado de Anna M. que muestra de algún modo la diferencia, y el contacto, entre el niño que juega y el intérprete musical, pero la niña es como si no supiera qué hacer con su muñeco, el muñeco se agota, y la música permite un ejercicio sin fin. Al mismo tiempo el que toca el instrumento, ¿no es como el niño que juega, solo que más limitado en sus posibilidades? De ese tipo de imágenes la película está llena, son como preguntas que no se terminan de resolver.
Bach, cuando no está de espaldas, frente a un instrumento o un grupo de músicos, tiene algo plebeyo, también de poseso, más cercano al operario de una máquina que a todos los retratos de gordito rechoncho y medio bonachón que recuerdo haber visto, esa imagen medio solidificada del genio satisfecho, esto también es interesante sobre el tema de la representación del pasado en general, el hecho de que plantea abiertamente su apertura, muy anti-wikipedista en este sentido, que a pesar de permitir la reescritura tiene a clausurar o impide la irrupción, tiene algo que es muy manipulador y se presenta oculto, que es el hecho de que una vida puede contarse de muchas formas posibles y que el registro de todos los relatos sobre una vida no es necesariamente el mejor de los relatos posibles. Que los fragmentos de las vidas pueden ordenarse de muchas formas. Y también que siempre tienen una orientación o una agenda detrás. Acá Bach aparece como un revolucionario casi por momentos, y alcanza con elegir el texto de ciertas obras y dejar otras de lado.
También por supuesto queda la impresión de que un conocimiento mayor de su obra permitiría entender más o mejor qué es lo que ocurre, pero es una película generosa en ese sentido, más una invitación que un recordatorio del desconocimiento.
Pero de todo aquello que la película lleva a pensar mientras se la ve no creo haber dicho casi nada porque es demasiado genial, en el sentido de que lleva a pensar en un cine posible, futuro, que demanda la exhibición en una sala, donde la narración ocupa un lugar no marginal sino extrañado, en un gesto que otros adoptaron —¿Kluge?— pero sin la misma sensibilidad, que tiene algo táctil, tridimensional, no lisérgico sino puro, como un mineral, la mirada que podría tener un mineral sobre los asuntos humanos, cierta dureza, cierto desprecio que otorga la duración hacia las cosas transitorias que pasan a su lado.

Crónica de Anna Magdalena Bach
(Chronick der Anna Magdalena Bach, RFA/Italia), 1968
Jean-Marie Straub, Danièle Huillet

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Archivado bajo The Films in my Life

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