Archivo mensual: abril 2013

There is no there

Documental sobre Gerhard Richter en el Bafici. Como si estuviera en parte adentro de un sueño o una película, me regalan la entrada y encuentro conocidos en la fila. Voy al Village Recoleta, que si no recuerdo mal no visito desde que vi la última película de David Lynch. Todo me sorprende como si fuera un niño en un parque de diversiones nuevo, los afiches electrónicos de las películas, la ropa de las mujeres, la decoración del festival. La película misma me impresiona como si fuera del sueño su realización. En ocasiones la entrevistadora oculta parece hacer las preguntas equivocadas y me resulta algo distante pero es algo que ocurre en algunas de las escenas solo. No tengo claro en el recuerdo la estructura sino algunos momentos, ciertas reflexiones que produce. En principio es muy gracioso ver a Richter pintar en ocasiones vestido con saco y guantes de látex, como si entrara en contraste con la imagen dominante del artista caótico, sucio, que forma parte de su propio material de trabajo mezclándose con él. Siempre guarda distancia y cuando se lo ve pintar es frío y cerebral, como si estuviera realizando un acto mecánico del que deja observar todos los pasos. Hay una estructura o una combinación de colores donde se produce un desequilibrio en la tela que conduce al siguiente movimiento creando un nuevo estado de cosas que nuevamente necesita ser reordenado o corregido de un modo que reproduce la experiencia más intuitiva de la relación con las formas y los colores o el mismo sentido (algo que asocio a ciertos experimentos que pueden hacerse con los programas de dibujo de las computadoras pero llevado a un plano de gran formato, de masas espesas de color, que R aplica con una brocha gorda como si pudiera ser un pintor de una pared). Esas imágenes del proceso creativo es como si captaran el acto híbrido en el que se confuden la razón con lo intuitivo y que casi parecerían ilustrar su dominio, como ninguna sobrepasa a la otra sino que se confuden en la pincelada.

Definitivamente compruebo que tiene una sensibilidad exquisita o excepcional, algo que mis compañeros de visión no parecen compartir plenamente. Intentaría describir de qué se trata pero no es una tarea sencilla. O en todo caso nadie de los que aparecen en la película hablando sobre las obras parece ser capaz de decir algo certero, ni el propio GR, en especial cuando está obligado a responder preguntas bobas, ni el crítico ni el galerista ni los asistentes. La única persona que parece entender de qué se trata es la hija, que tiene una breve aparición donde se muestra una suerte de código privado compartido, o en todo caso una ilusión de complicidad o de comprensión que la hija es capaz de crear, como si habitara el mundo de las pinturas y pudiera hablar desde ese lugar, o desde el lugar de quien puede entrar y salir de ellas. Ese es un breve momento conmovedor que parece captar algo que nada del aparato que se construye y se muestra en torno a la obra es capaz de revelar.

Sobre el tema del aparato es muy interesante la forma en que aparece de repente toda una carrada de fotógrafos que parecerían estar disparándole en el sentido más balístico del término, de una forma un tanto carroñera, apresándolo, ante lo que él permanece más o menos indiferente, como si hubiera aprendido a interpretar su papel de artista reconocido. Hay una mirada medio sociológica sobre la figura del artista que es interesante o parecería desnudarlo un poco que apunta a la construcción del lugar de poder: GR es mostrado continuamente rodeado por quienes lo aprecian exclusivamente, como si fuera de algún modo alguien a quien se le hizo creer que es bueno, o tiene un talento especial, que es algo que él termina creyendo, como si fuera siempre acompañado por un séquito que va construyendo a su paso alrededor el mundo en el que él ocupa un rol central, que la cámara duplica con su presencia en la intimidad. Termina ubicando al artista en un lugar medio gracioso, de genio ingenuo, de emperador desnudo, ante el que éste reacciona burlándose, de las modas del mundo del arte y como alguien ajeno a su aparato pero de una forma susurrada y ubicado paradójicamente en una posición central. El artista de la zona en la que se diluye la idea de la paranoia porque encarna el sostenimiento mismo de un mundo que gira a su alrededor: museos, galerías, oficinas, película, mercado, que sin su presencia no existirían. De forma muy discreta, no hay referencia a cuestiones económicas como el valor de las obras o nada parecido, no sé si decir por suerte o en contradicción con ese tono de deconstrucción del lugar social del artista.

En cierto modo tal vez ese enfoque algo cerebral se corresponda bien con la obra mejor de lo que parecería a primera vista, es lo que lleva a ver la elección de reunir todos los retratos familiares en una sola sala en el NPG creo como un acto medio brutal o vulgar, porque la obra va claramente en otra dirección, es fragmentaria, espectral, repetitiva, vacua y triste, y se la intenta organizar bajo la lógica del álbum de fotos o el retrato ilustre. Creo que de la totalidad de la obra se muestra muy poco, todo está concentrado en unas últimas obras abstractas dejando de lado afanes más analíticos que quizás tampoco vienen al caso pero que crean una imagen que no sé que tan representativa es.

Dejando de lado los eventos sociales que son muy acartonados y otras partes que también resultan accesorias lo mejor son los momentos en que habla de su vida personal y cuando comenta unas reproducciones que tiene colgadas en su estudio. Son los momentos íntimos, más secretos, que en el fondo terminan siendo los más esclarecedores o los que realmente permiten intentar establecer alguna hipótesis explicativa sobre el carácter de la obra, de dónde provienen, si es que provienen de algún lado, o a qué pueden anclarse, todos esos efectos de disolución, de esfumatura, de suciedad, ese fondo oscuro que en el fondo es el que vuelve a las imágenes atractivas, como si pudieran dar cuenta de algún tipo de experiencia del horror, de la desconfianza, y también de la palidez de la esperanza, pero de un modo casi sistemático, hipertrofiado, y casi sin desvíos a lo largo del tiempo, de exploración y búsqueda y agotamiento de los medios hasta llegar a la síntesis del procedimiento que de alguna forma permitiría la creación de infinitas obras bajo una misma línea de trabajo y que lo vuelven casi innecesario, como si desapareciera en la forma.

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De una de las series que más me gusta, las fotografías pintadas, no se muestra nada. Imagino que es como una serie menor, medio secreta*, y también muy perturbadora, ajena a la historia conocida del arte abstracto hasta donde la conozco, son obras medio salvajes o infantiles, con algo de desprecio, de rabia acumulada, y también de interrogación sobre los medios y el tiempo, obras feas, anti-ornamentales, desesperadas, con algo de tabú en la era de la imagen fotográfica instrumentalizada y convertida en tantas cosas para las que ninguno de sus inventores probablemente haya siquiera podido imaginar un destino. Es la síntesis de la imagen del rechazo, que está en el resto de la obra, a veces de forma lúdica, combinatoria, sensual, y acá como puro gesto contenido, visceral y a la vez muy reflexivo, como el resultado de una larga cavilación y de una vida entera dedicada al trabajo con las formas, con algo de advertencia y de impugnación del arte futuro y del mundo presente, manchas que son como vómitos, informes, de materia que no fue bien digerida, la historia personal no digerida y la historia social no digerida, también con algo excrementicio, de defecación sobre la fotografía, es decir sobre sus poderes que tienen algo impropio o profano, a lo que estamos habituados solo por haber nacido en un mundo donde ya estaba ahí, algo que está presente en unas reflexiones sobre las fotografías de infancia de GR, que tienen la sencillez de lo inadvertido, sobre la relación entre el espacio que la imagen enmarca, la memoria y el olvido, ese efecto de traición que producen las imágenes sobre el propio pasado, no como si el mecanismo supliera una falta en la naturaleza, a la manera de la rueda, sino que la plegara sobre sí misma en un acto violento, como si tuviera algo del orden de lo prohibido ―a diferencia de la reproducción no mecánica― por la facilidad que tiene para confundirse con lo que es. Ese es el efecto que me produce ver antes de llegar al cine un televisor encendido en un edificio donde las imágenes de los torsos luminosos inmóviles detrás de una ventana abierta parecen confundirse con presencias reales de cuerpos vistos a la distancia a los que superan en brillo y actividad. La confusión que dura solo unos instantes me resulta algo graciosa y a la vez espeluznante. Parece querer decir algo sobre la televisión que no llego a comprender del todo.

Web: http://www.gerhard-richter.com

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