After Babble

De pronto me encuentro dentro de la biblioteca nacional. Como el tiempo pasó desde la última vez en que fui ahora se ven más computadoras y cámaras, pero el espíritu sigue siendo más o menos el mismo.

Voy con la intención de leer los originales de las aguafuertes de Arlt publicadas en el diario El Mundo, que es algo que logro solo a medias porque no puedo entrar a la hemeroteca con libros (!) y ahí es donde está mi bibliografía completa. Mah sí. Me cruzo con investigadores y bibliotecarios que conozco, amigos de amigos, a los que no saludo porque me sorprende un poco encontrarlos ahí, es como si el tiempo hubiera pasado y me costara un poco aceptar que hay personas instaladas en un espacio al que vuelven después de años (a diferencia de lo que ocurre, paradójicamente, con… ¿quiénes?). Ya venía entusiasmado con la idea de la biblioteca porque había encontrado en internet el catálogo del centro editor de américa latina, que de todas las colecciones o ediciones que leí de origen nacional es una de las que siempre más me sedujo. No en su totalidad sino un par de colecciones, la de poesía, la de narrativa extranjera rara y una de literatura nacional contemporánea de los ochenta; después títulos dispersos, algo de crítica literaria; también las biografías, que leí de chico en reediciones. En el contexto suburbano y aburrido de los noventa adolescente ocultaban pequeños tesoros, incluyendo muchos de los libros que más me impactaron. Ver la lista en un catálogo es un poco pobre y triste, como si se declarara su acta de defunción, pero me permite ver quién dirigió las colecciones que me gustaban, cuáles eran los títulos que nunca encontré, y también la zona de los despropósitos editoriales o las zonas que no me interesan tanto, históricas, teóricas, que desconozco que tan buenas serán. Igual me sigue pareciendo un super-proyecto editorial, que preanuncia los proyectos digitalizadores omnívoros, y que probablemente se conecte con proyectos editoriales de otros países que desconozco. El catálogo histórico de una gran editorial francesa, alemana, inglesa, son cosas que nunca investigué, y que probablemente aumentarían aún más el efecto de empequeñecimiento que produce su lectura. La parte que me gusta es la del capricho, la de la colección personal, que me parece que -en términos literarios- es la que mejor funciona, algo que parece tener un carácter casi íntimo, o que ese es el efecto que produce; también el recorte, el plan, la inclusión o la exclusión, que terminan determinando las lecturas futuras, el mundo.

El encuentro con Arlt, rarísimo. Leo solo tres meses del diario, uno en papel y dos microfilmados. El microfilm me gusta porque me retrotrae a imágenes de películas donde se usa el dispositivo, y también porque parece tener un efecto en el desplazamiento no muy distinto al de ciertos programas de lectura electrónica: la forma en que la página rueda, en un ciclo, con distintas velocidades, perdiendo su naturaleza de origen. Igual el efecto de lectura de microfilms es muy agotador, algo cercano al efecto que produce el uso de un aparato en una sala de montaje pero en mi caso sin finalidad, sin acción, sin escena a reconstruir. Me impresiona que no haya casi nadie ahí porque como experiencia está buenísima: las huellas del pasado en general en el papel son muy raras. Los diarios, cómo pueden mutar de estilo en tan poco tiempo, las publicidades antiguas de marcas que aún existen, y los recortes: las noticias sobre la guerra, muy caóticas, casi sin mapas, muy confusas, excesivas y poco clarificadoras (en oposición a la lectura de libros de historia). Muy sensacionalistas. Arlt, genial, siempre que lo encuentro. El final de la década del veinte, muy aburrido, como si nunca ocurriera nada. La impresión que me da es que el diario se vuelve más “arltiano” con los años, más reo, menos acartonado, pero también sin una ideología clara.

La sección de cine, increíble. Todo Buenos Aires parece plagado de salas de cine que ya no existen más, muchas en los alrededores de donde estoy, y las funciones, impresionantes también, en continuado, y todos los días películas distintas, un poco a la manera de la televisión hoy, si es que leí bien. Igual, muy poca información, el título, el nombre de un actor, y un sistema estelar poco desarrollado, o que promueve actores hoy olvidados casi, como Adolphe Menjou.

Por algún lado se cuelan las lecturas de McLuhan sobre la prensa, pero él era malo y sarcástico sobre su presente o pasado inmediato y mi mirada es más de sorpresa y también de impugnación de la prensa contemporánea, o de cuestionamiento de aquello que perdió y estaba bueno, o de cómo agrandó cosas que tenían un papel menor hasta la sección o la publicación independiente. El deporte, por ejemplo, muy poco espacio, como si a nadie le interesara, solo recuerdo un titular, Independiente gana 8 a 1 a Botafogo, muchas carreras de caballos, y cosas raras, water-polo (?).

Por momento me parece que hay muchos textos a partir de los que escribir, o cosas que simplemente reproducidas hoy se convertirían en algo digno de interés solo por la distancia temporal, pero no tengo anotador, la cámara no enfoca bien, y me gusta la idea de ir olvidando las cosas a medida que las leo para ir creando la ilusión de que llevo la vida de alguien que vivía en esas décadas y seguía de cerca las noticias. Si leía ese diario la visión que podía tener es más bien confusa, pero igual me atrae: el enfrentamiento entre Rusia y Finlandia, del que no tengo un registro prácticamente, ya ni siquiera recuerdo bien quiénes eran los aliados en la segunda guerra, todo está tan filtrado por el cine y la cultura norteamericana que es fácil sentirse en un nuevo 1984. Creo que fue Orwell también quien comparaba los precios de los productos de distintas épocas en unidades de paquetes de cigarrillos; es un efecto espontáneo casi al leer la publicidad, cuál es la relación entre el precio de un diario y un paquete de cigarrillos, entre un diario y una entrada de cine, un par de zapatos, etc. Son cálculos rápidos que producen algunos efectos sorpresivos que después se olvidan.

También veo en la estructura de collage del diario de la época el modelo de los resultados de la búsqueda de Internet. Ahí no sé qué pensar: si mis búsquedas reproducen algo que se puede encontrar con mayor facilidad, aunque limitadas temporalmente, en una colección de diarios antiguos, o si el montaje del diario es un modelo tan fuerte que atravesó las décadas hasta el mundo de las computadoras y ofrece, en ciertas zonas, algo parecido: muchos datos, poca sustancia, algo de parque de diversiones para la mente, que sirve de distracción pero en el fondo no ofrece mucho. Claro que Internet bien usado es poderoso; la prensa, no sé. Imagino que a falta de un buen archivo radial o televisivo es lo más cerca que se puede llegar a la experiencia del pasado por fuera de la literatura, por un lado no dice nada, y a la vez es casi lo único que hay, quiero decir, desde una perspectiva baja, micro, de reconstrucción de lo cotidiano.

Lo que me llama la atención es que la segunda guerra mundial tuvo últimamente un efecto muy perturbador sobre mí, y que al ver la visión de la prensa pierde su carácter singular o amenazador. Es solo otro conflicto en el que no se puede intervenir y que me excede y del que no se entiende mucho. Hay algo ahí que tiene que ver con los medios nortemaericanos y europeos que leo últimamente, la prensa y también wikipedia, que ofrece al instante noticias sobre masacres y juicios sobre personas y épocas. Tienen un efecto que es realista -el mundo es/fue eso- pero está muy en tensión con el entorno, creo. Como si ofreciera continuamente la visión de especialistas o el resultado de investigaciones cuando lo que predomina, entre los usuarios no entendidos de computadoras, los no usuarios, y hasta entre los usuarios entendidos fuera… no sé, ¿cierta indiferencia?

Son cosas que a largo plazo posiblemente tengan un efecto positivo pero que por ahora o en la ciudad de buenos aires apenas si se observan. Es decir, sigo sin encontrar respuesta a los ruidos molestos que hacen los colectivos a mi alrededor, que en el plano más inmediato de la vida cotidiana (viajar y volver desde la biblioteca) es relativamente importante. Ya bastante grande es el dolor de cabeza que produce consultar archivos antiguos: me veo por momentos como en esa foto de Benjamin acodado sobre documentos antiguos pero en mi caso sin proyecto (casi), en una época aparentemente menos violenta pero de todos modos molesta, mentirosa.

En la biblioteca también veo algunas chicas lindas, que no sé bien qué imagen pueden llegar a tener de mí. Espero no dar la imagen del investigador sesudo porque en el fondo sigo siendo un diletante con afición a las letras. Como siempre, no se me ocurre qué decir para iniciar una conversación y hasta llego a aceptar la posibilidad de que dos chicas que están sentadas fumando en el exterior de la biblioteca simplemente sean dos chicas que estén fumando en el exterior de la biblioteca, sin interés alguno en iniciar una conversación o ser abordadas por un desconocido, felices de que cada uno habite su mundo independiente en el que lo único que se cruzan son las imágenes de los cuerpos. Es una idea que no me convence del todo pero con la que puedo llegar a convivir cuando estoy absorbido por un tema o actividad.

Por otro lado me pregunto también si debo seguir en esta dirección o no, como si estuviera por un lado la figura de Arlt, que me interesa literariamente, y que puede disparar en muchas direcciones, y la investigación o la edición fuese de las distintas alternativas una medio extraña y un poco melancólica; también está la que conduce a la actividad literaria o el periodismo en el presente, o a la lectura del mundo del presente, que es una con la que me identifico aunque en ocasiones me vea bajo ciertas limitaciones; la del investigador se presenta como una tarea medio extraña, en particular cuando no están involucradas perspectivas reales de publicación o dinero; es un puro capricho que tiene algo placentero, como si atravesara una frontera que el presente crea para que no se pueda tener contacto con el pasado, que en general es lo que pienso del presente local en general, todo lo destruye, todo lo reemplaza, todo lo oscurece, y de lo que sobrevive nada explica del todo bien por qué lo hace, ciertas instituciones, ciertas formas de las relaciones sociales, ciertos objetos.

Imagino que dentro del contexto actual de ocio o disponibilidad en la ciudad no es una mala opción para alguien con fantasías de viajero en el tiempo. Igual sigue lejos de mi ideal, que no sé bien cuál es.

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Archivado bajo Autobiografía sucinta, The Book of Quotes

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