Archivo mensual: julio 2013

Post Tenebras Lux

Notas encontradas en un cuaderno

Un film apacible.

Sin la angustia existencial de Japón (2002), sin la seriedad de Stellet Licht (2007).

Muy interesante en la descripción de los contrastes de la sociedad mexicana, los paralelos –irreconciliables– entre las fiestas de la burguesía y las clases populares. Las que más soprenden son las primeras, porque desde hace años el mundo popular es un objeto privilegiado del cine arte latinoamericano: el cine como redentor ontológico de la pobreza.

Antológica: una secuencia de orgías semi-masónicas, en la línea de Eyes Wide Shut pero más naturalista y dicharachera.

También son muy bellas las escenas de la naturaleza –los bosques, el mar, los animales– y el retrato de la infancia, en especial en el comienzo, cuando tiene una carga siniestra, la amenaza de la oscuridad en el rostro de la niña que todavía no sabe hablar o dice palabras sueltas que pueden ser exclamaciones o preguntas o todo a la vez.

Todo el mundo infantil está muy bien representado, tiene el tono y el estilo del cine hogareño pero con una cámara poderosa detrás con algo que roza el tabú: no por el hecho de que sean los hijos del director sino por la forma en que se los muestra, como si uno fuera un invitado o un testigo mudo de su vida. Son escenas que reenvían directamente a la propia infancia, a la zona invisible al recuerdo, que se entremezclan con el deseo de paternidad o lo que sea que hay ahí –algo que va de los perros a los niños–.

La relación de pareja, banal, tonta, equívoca: puede ser un límite a la intimidad, una advertencia –el conflicto no se encuentra dentro de la relación de pareja, sino en su exterior, en todo lo que ésta no es– o un mero desinterés asociado a la sociedad mexicana, más machista hipotéticamente.

Toda la película desprende una impresión de extremo realismo muy misterioso, sin efectismos, con mucha jerga mexicana, pero es como si por fuera de eso que ofrece a la contemplación no hubiera un hilo conductor claro. Esto es muy liberador; finalmente, en la sucesión ni siquiera alternada de escenas de la vida burguesa y familiar con exploraciones hacia ámbitos más extraños y bajos y la naturaleza lo que aparece es un autorretrato al que se le subió el volumen en algunas partes y se distorsionó en otras.

Esto deja esa sensación de que no hya nada, fuera de la concatenación de escenas, ordenador, nada tiene ya un carácter trágico pero tampoco hay promesas de felicidad; todo es un poco inmóvil; y rígido; el tono es otoñal.

Creo que me gusta así un poco. Parece también la película de un cavador de túneles –cómo hizo todo eso para llegar hasta mí?– y despierta unas ganas terribles de vivir fuera de la ciudad, en una cabaña, alejado del ruido y de las masas, de llevar una vida simple, y de no hacer mucho. Quizás uno compra su entrada para que de vez en cuando se lo recuerden, es fácil de olvidar.

Por momentos aparecen escenas turbias, de cierta violencia sin explicación –unos golpes, un disparo– pero es como si se perdieran en la totalidad de algo que es más grande, tal vez lo natural.

El protagonista, muy bueno. Tiene algo que resulta familair y a la vez cierto anonimato, y es como un personaje sin psicología casi, o que nada de lo que dice o hace parece ser el resultado de una convicción o una reflexión, sino alguien que “está ahí”. Dejándose llevar, ni muy cariñoso ni muy distante, sin autoridad, sin rumbo, como alguien que cayó al mundo y más o menos intenta articular con lo que lo rodea pero desapasionadamente, no desafectado a la manera de cierto cine de vanguardia de base teatral sino con un cuerpo activo y atento que al mismo tiempo tiene algo vencido –son solo los empresarios y los obreros los que parecen ser lo suficientemente “ciegos” o haberse confundido con su máscara–, el protagonista, en comparación, es alguien que está desnudo, más cerca (¿existencialmente?) de los borrachos de la reunión de alcohólicos anónimos a la que claramente no pertenece.

Después hay hecho inexplicables y simpáticos como un personaje que empieza tirando de su pelo y termina arrancándose la cabeza (?). Es una metáfora visual tonta y al mismo tiempo seductora, una especie de suicidio imposible con el que uno se puede identificar. ¿No están nuestras cabezas demasiado llenas de cosas? ¿No es hora de sacárselas de encima? Pero en el momento en el que se lo hace el que muere es el cuerpo.

Por supuesto, todo esto casi susurrado entre la sucesión de planos extremadamente delicados, de orfebrería, diáfanos, despojados de todo lo accesorio excepto algunos pequeños vicios del cine de festivales. Un interrogante abierto sobre el arte de narrar y el pequeño mundo propio.

Post Tenebras Lux
(México, Francia, Holanda, 2012)

Carlos Reygadas

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Él caminó al supermercadó

Camino al supermercado, la ilusión de que existe un lugar (¿un depósito?) donde uno encuentra a su disposición todo lo que es, o todo lo que es y está la venta. Un lugar físico. No llego a concebir que sea inexistente ni imposible, me alegra.

Después pienso que si de todas las cosas existentes el conjunto de las que conozco es una parte muy reducida del total ese sitio hipotético podría ubicarse en un lugar pequeño que además prescinda de las cosas muy grandes sustituyéndolas por su versión en miniatura (pequeños rascacielos, pequeños submarinos). No importaría que las cosas reunidas estuvieran o no a la venta ni sería imprescindible incluir a todas las especies y minerales. Anticipadamente, es la impresión que me produce la perspectiva de la visita al supermercado, que es lo más parecido que encuentro a la colección más grande de objetos distintos entre sí. Es esa idea sintetizada en las famosas latas de sopa Campbell’s, que para mostrar lo extenso que es todo lo que hay elige dejar de lado casi todo. Antes de salir encuentro una de esas latas en una góndola cerca de la caja, y no la compro porque es de tomate. Habiendo tantos sabores…

A veces este tipo de fantasía me genera un cierto desaliento: ¿no debería volver a un museo real (¿pero cuál, a ver qué?) o visitar sitios exóticos? La pregunta se diluye antes de que entienda que se dirige a mí. Entonces imagino un mundo ideal donde el supermercado deja de reproducirse, no para regresar a las formas anteriores de hacer compras sino reemplazadas por un medio alternativo donde nadie las hace y cada uno recibe lo que le gusta con leves modificaciones en el tiempo. El dinero se reserva para cosas más importantes, tal vez la conquista del espacio.

Warhol, Campbell's Soup Can 1964

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