Archivo mensual: febrero 2014

Beginnings: Espacio vacío

Anna Waterman oyó a dos gatos peleándose toda la tarde. A eso de las diez salió al patio y llamó al gato macho. Hacía unos diez años, su hija Marnie, de trece y ya insondable, le había otorgado a este animal el nombre “James”. El término del verano desplegaba arreboles sobre el fondo de un cielo estrellado. El patio de Anna era largo, tal vez de unos cincuenta metros por veinte, tenía manzanos con líquenes sobre un césped salvaje y un cobertizo torcido que parecía haber salido de una película rusa de los setenta: derruido, rodeado de canteros descuidados, cubierto por todas esas cosas que se abandonan sin tirarlas. La vitalidad de los canteros era insalubre. Todos los años, cuidados o no, producían unas mezcolanzas densas de hierbas autóctonas, flores silvestres y –desde el calentamiento de mediados de los 2000– unas plantas exóticas de pétalos enormes y hojas carnosas, arrastradas desde semillas quién sabe de dónde.

—¡James! —dijo Anna.

James no le hizo caso, pero tampoco se escuchaba que provinieran sonidos donde formara parte de una cacería, fuera el atacante o la presa. Anna estaba animada.

Lo encontró en el comienzo del seto al final del patio, donde guardaba algo arrinconado entre las raíces y tierra seca. Estaba oliéndolo, lo golpeó con las patas delanteras, ronroneaba para sí. Ella lo acarició y él hizo caso omiso.

—Tonto —le dijo.—¿Qué hallaste?

Eran unas cositas gelatinosas sueltas cubiertas de tierra. Excepto por el tamaño y el color, parecían órganos interiores. Tenían la curva henchida del riñón de cerdo y desprendían un resplandor leve.

Anna recogió uno y lo soltó de inmediato – era cálido al tacto. El gato, encantado, saltó sobre éste y lo derribó de un golpe.

—Eres tan asqueroso, James —dijo Anna.

Después se puso unos guantes de goma, deslizó dos o tres de los objetos en una bolsa de plástico y los llevó a la casa. Ahí los vació en un plato de vidrio. Hundidos en la mesada parecían entrañas, no acostumbradas a sostenerse por sí mismas. Los colores se parecían a los de los frascos con líquido que todavía se veían detrás de los vidrios de las farmacias cuando Anna era joven –azules, verdes y de un permanganato fuerte– ahora desteñidos y algo acidificados bajo una luz halógena. Anna extrajo su mejor cuchillo Wüsthof del taco y luego, sin el coraje suficiente, lo dejó donde estaba. Se quedó observando el contenido del plato desde ángulos distintos, después fue hasta el teléfono para hablar con Marnie.

—¿Para qué llamas? —dijo Marnie, cinco minutos después.

—Creo que sólo quería contarte lo afortunada que fui. En todo tipo de cosas.

A primera vista, Anna lo sabía, parecía absurdo. Fue anoréxica a los veinte; intentó suicidarse dos veces. Michael, su primer esposo, que no estaba mucho mejor, se había metido al mar a pie una noche en Mann Hill Beach, al sur de Boston. Nunca hallaron el cuerpo. Había sido un hombre brillante y desequilibrado.

—Fue un hombre brillante —decía Anna— que se tomó las cosas demasiado en serio.

Pero después se había vuelto a casar, parió a Marnie, tuvo una vida. La vida que construyó con el padre de Marnie fue una buena vida, primero en Londres, después en esta casa tranquila, cara, cercana al río. A Michael no le hubiera gustado. Para él la vida consistía en el esfuerzo; era una especie de castigo.

—Nosotros no sabíamos vivir —dijo ahora.

—Anna…

—Él tuvo algunas dificultades.

Marnie lo recibió en silencio.

—Ya sabes —dijo Anna—. Dificultades sexuales. Tu padre fue mucho mejor en ese sentido.

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Juegos de invierno

Ese carácter apaciguador de la escritura, sin finalidad, parece haber desaparecido con la llegada de la medicación. No encuentro del todo la relación. Tal vez sea ansiedad-escritura y su negación. ¿O es el temor a escribir desde este estado de una cierta mayor frialdad? No lo sé. También es el hecho de escribir y acumular páginas que se van perdiendoo o son olvidadas en cajas y cuadernos. Como si esperara que tuvieran una finalidad, ¿pero cuál? En principio, la publicación. En un ámbito donde tenga algún tipo de seguridad de ser leído.

El efecto que ahora me producen los libros también es extraño. Los libros en mi biblioteca, dormidos. En las librerías, no despiertan interés, o por el contrario, son tantos los que despiertan el interés que es lo mismo que nada. El tiempo dedicado a la lectura, ya no sé cuál es. ¿Cómo pudieron acumularse los libros? ¿Cuánta dedicación les prestaba? Ahora, sin embargo, vuelvo sobre los no leídos y me sorprenden. Tal vez tenía que ser más grande para entenderlos realmente, en su amplitud y sus estrategias. Madame Bovary en una nueva traducción, la biografía de Walsh. Igual un poco me cansan. Como si ya lo hubiera leído todo (falso) o hubiera antes algo más urgente (¿pero qué?). A veces vuelvo a soñar con ser librero, actividad que desarrollé muy poco tiempo, que me hizo feliz y a la que no sabría bien cómo volver. Tal vez me resulte más difícil asociar cada libro a una época o una experiencia como hacía antes. Ansío guías: qué leer, cómo separar lo valioso de entre todo lo que se edita, y añoro el trabajo de traducción, el trabajo directo sobre el lenguaje, íntimo, casi con el autor sobre el hombro.

El resto de las cosas no tienen mucha importancia o significado, o son un poco teatrales (estoy yendo más al teatro). Un temor vago, que no sé definir, se adueña de mí, no es el de las películas de Woody Allen, a la ausencia de dios o sentido exactamente, aunque tiene punto de contacto. Es algo que tiene que ver con las relaciones entre las personas, siempre quiero que sean más íntimas tal vez, no acepto los rechazos, quiero amor en el sentido más banal del término o el más directo, el amor como lo experimenté cuando le daba, a pesar de lo que pueda creer ahora, toda la importancia que merece, lo dejaba organizar mi vida y guiarme de un modo que solo vi reproducido en las mitologías, como si fuera un dios.

Ahora me invade el vacío, hacer un llamado telefónico puede convertirse en una odisea, las imágenes de alegría que llegan por internet tienen algo afectado a veces y otras me producen cierta envidia. ¿Por qué mi contexto no es ese? ¿O por qué no hay un registro visual de los contextos de mi felicidad? Es un poco una trampa. Quiero decir, si se lo sigue de cerca.

Lo único que queda es lo que había hasta ahora: las amistades, las palabras, los trabajos precarios, la familia. Es como si de cada uno hubiera que sacar lo mejor. No dejarse atrapar por los aparatos de captura, o saber elegir por cuáles. La desazón, la esperanza, la indiferencia, se entrmezclan. Lo que euqeda de eso soy yo.

No escribir, definitivamente, no está bien. Hace poco, en una charla de información para artistas, una leve sensación de pertenencia: no sabía nada de nadie excepto como se veían y podía atribuirles obras imaginarias que nunca hicieron; en su mayoría eran jóvenes y dejaban traslucir sus problemas en vivo tan poco como yo. Tenían algo gracioso, algo que aparece en algunas películas sobre los talleres para artistas; una esfera de ficción que nos protegía mientras los demás se ocuparían de cosas “serias”: la arquitectura, la economía. Fue en la Universidad di Tella, que desconocía, cerca de la cancha de River, a la que nunca había visto tan de cerca. Extrañamente, me reencantó con el deporte como práctica. Después vi un poco de los juegos olímpicos de invierno, competencias extrñas, que parecían un juego de bochas, y uno de bailarinas en patines que nunca terminaban de colmar las expectativas, de los jueces, ni de las mías, que se repetían, o hacían movimientos demasiado independientes de la música, y al mismo tiempo seducían, con la velocidad, y algunos de los giros. Patinadoras rusas, estadounidenses, coreanas, que al terminar recibían flores envueltas en celofán (¿por el frío?) y en general tenían algo imperfecto en las coreografías que las volvía cándidas. Intenté imaginar cómo sería la vida de una deportista después de retirarse, que es algo que quiero hacer desde hace un tiempo, y no pude, o lo hice a mi manera incompleta. Parecía haber algo infeliz inevitable en la vida del atleta olímpico, un final anticipado que no podía verse de antemano en el que ya nada era igual, no había prácticas ni público y el cuerpo perdía la belleza y la gracia. Una mirada sobre el deporte que nunca vi representada, quizás no tan distinta del que recuerda su juventud perdida, solo con un plus de melancolía.

Quizás me identifique en relación a la traducción que no practico como antes, como si me hubiera retirado, aunque sin retirarme. Por el contrario, la impresión es que el dominio sobre el lenguaje con el tiempo no se pierde sino que alcanza nuevos grados de lucidez, o madurez, aunque no sé si es cierto.

Mientras tanto, todo sigue más o menos como siempre, o como me dijeron hace poco, escribir es menos difícil que vincularse con las personas de una forma comprometida.

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Océano

Nuestra mitología contiene muchos relatos sobre el comienzo de las cosas. Tal vez el más viejo es aquel al que se refiere nuestro poeta más antiguo, Homero, cuando llama a Océano «origen de los dioses»y «el origen de todas las cosas». Océano era un dios-río; un río o corriente y un dios en la misma persona, como cualquier otro dios-río. Tenía poderes de procreación inagotables, como los de nuestros ríos, en cuyas aguas acostumbrababan bañarse antes del matrimonio las muchachas de Grecia, y que por eso se suponía eran los primeros ancestros de las antiguas razas. Pero Océano no era un dios-río ordinario, pues su río no era un río ordinario. Desde los tiempos en que todas las cosas se originaron en él, ha continuado fluyendo a lo largo del borde más externo de la tierra, desaguando siempre sobre sí mismo en círculo. Los ríos, manantiales y fuentes, el mar todo en realidad, brotan continuamenten de su ancha, poderosa corriente. Cuando el mundo llegó a estar bajo el gobierno de Zeus, sólo a él se le permitió permanecer en su lugar primitivo, que en realidad no es un lugar sino solamente un flujo, un límite y barrera entre el mundo y el Más Allá.

Karl Kerenyi, Los dioses de los griegos

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