Juegos de invierno

Ese carácter apaciguador de la escritura, sin finalidad, parece haber desaparecido con la llegada de la medicación. No encuentro del todo la relación. Tal vez sea ansiedad-escritura y su negación. ¿O es el temor a escribir desde este estado de una cierta mayor frialdad? No lo sé. También es el hecho de escribir y acumular páginas que se van perdiendoo o son olvidadas en cajas y cuadernos. Como si esperara que tuvieran una finalidad, ¿pero cuál? En principio, la publicación. En un ámbito donde tenga algún tipo de seguridad de ser leído.

El efecto que ahora me producen los libros también es extraño. Los libros en mi biblioteca, dormidos. En las librerías, no despiertan interés, o por el contrario, son tantos los que despiertan el interés que es lo mismo que nada. El tiempo dedicado a la lectura, ya no sé cuál es. ¿Cómo pudieron acumularse los libros? ¿Cuánta dedicación les prestaba? Ahora, sin embargo, vuelvo sobre los no leídos y me sorprenden. Tal vez tenía que ser más grande para entenderlos realmente, en su amplitud y sus estrategias. Madame Bovary en una nueva traducción, la biografía de Walsh. Igual un poco me cansan. Como si ya lo hubiera leído todo (falso) o hubiera antes algo más urgente (¿pero qué?). A veces vuelvo a soñar con ser librero, actividad que desarrollé muy poco tiempo, que me hizo feliz y a la que no sabría bien cómo volver. Tal vez me resulte más difícil asociar cada libro a una época o una experiencia como hacía antes. Ansío guías: qué leer, cómo separar lo valioso de entre todo lo que se edita, y añoro el trabajo de traducción, el trabajo directo sobre el lenguaje, íntimo, casi con el autor sobre el hombro.

El resto de las cosas no tienen mucha importancia o significado, o son un poco teatrales (estoy yendo más al teatro). Un temor vago, que no sé definir, se adueña de mí, no es el de las películas de Woody Allen, a la ausencia de dios o sentido exactamente, aunque tiene punto de contacto. Es algo que tiene que ver con las relaciones entre las personas, siempre quiero que sean más íntimas tal vez, no acepto los rechazos, quiero amor en el sentido más banal del término o el más directo, el amor como lo experimenté cuando le daba, a pesar de lo que pueda creer ahora, toda la importancia que merece, lo dejaba organizar mi vida y guiarme de un modo que solo vi reproducido en las mitologías, como si fuera un dios.

Ahora me invade el vacío, hacer un llamado telefónico puede convertirse en una odisea, las imágenes de alegría que llegan por internet tienen algo afectado a veces y otras me producen cierta envidia. ¿Por qué mi contexto no es ese? ¿O por qué no hay un registro visual de los contextos de mi felicidad? Es un poco una trampa. Quiero decir, si se lo sigue de cerca.

Lo único que queda es lo que había hasta ahora: las amistades, las palabras, los trabajos precarios, la familia. Es como si de cada uno hubiera que sacar lo mejor. No dejarse atrapar por los aparatos de captura, o saber elegir por cuáles. La desazón, la esperanza, la indiferencia, se entrmezclan. Lo que euqeda de eso soy yo.

No escribir, definitivamente, no está bien. Hace poco, en una charla de información para artistas, una leve sensación de pertenencia: no sabía nada de nadie excepto como se veían y podía atribuirles obras imaginarias que nunca hicieron; en su mayoría eran jóvenes y dejaban traslucir sus problemas en vivo tan poco como yo. Tenían algo gracioso, algo que aparece en algunas películas sobre los talleres para artistas; una esfera de ficción que nos protegía mientras los demás se ocuparían de cosas “serias”: la arquitectura, la economía. Fue en la Universidad di Tella, que desconocía, cerca de la cancha de River, a la que nunca había visto tan de cerca. Extrañamente, me reencantó con el deporte como práctica. Después vi un poco de los juegos olímpicos de invierno, competencias extrñas, que parecían un juego de bochas, y uno de bailarinas en patines que nunca terminaban de colmar las expectativas, de los jueces, ni de las mías, que se repetían, o hacían movimientos demasiado independientes de la música, y al mismo tiempo seducían, con la velocidad, y algunos de los giros. Patinadoras rusas, estadounidenses, coreanas, que al terminar recibían flores envueltas en celofán (¿por el frío?) y en general tenían algo imperfecto en las coreografías que las volvía cándidas. Intenté imaginar cómo sería la vida de una deportista después de retirarse, que es algo que quiero hacer desde hace un tiempo, y no pude, o lo hice a mi manera incompleta. Parecía haber algo infeliz inevitable en la vida del atleta olímpico, un final anticipado que no podía verse de antemano en el que ya nada era igual, no había prácticas ni público y el cuerpo perdía la belleza y la gracia. Una mirada sobre el deporte que nunca vi representada, quizás no tan distinta del que recuerda su juventud perdida, solo con un plus de melancolía.

Quizás me identifique en relación a la traducción que no practico como antes, como si me hubiera retirado, aunque sin retirarme. Por el contrario, la impresión es que el dominio sobre el lenguaje con el tiempo no se pierde sino que alcanza nuevos grados de lucidez, o madurez, aunque no sé si es cierto.

Mientras tanto, todo sigue más o menos como siempre, o como me dijeron hace poco, escribir es menos difícil que vincularse con las personas de una forma comprometida.

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