Beginnings: Espacio vacío

Anna Waterman oyó a dos gatos peleándose toda la tarde. A eso de las diez salió al patio y llamó al gato macho. Hacía unos diez años, su hija Marnie, de trece y ya insondable, le había otorgado a este animal el nombre “James”. El término del verano desplegaba arreboles sobre el fondo de un cielo estrellado. El patio de Anna era largo, tal vez de unos cincuenta metros por veinte, tenía manzanos con líquenes sobre un césped salvaje y un cobertizo torcido que parecía haber salido de una película rusa de los setenta: derruido, rodeado de canteros descuidados, cubierto por todas esas cosas que se abandonan sin tirarlas. La vitalidad de los canteros era insalubre. Todos los años, cuidados o no, producían unas mezcolanzas densas de hierbas autóctonas, flores silvestres y –desde el calentamiento de mediados de los 2000– unas plantas exóticas de pétalos enormes y hojas carnosas, arrastradas desde semillas quién sabe de dónde.

—¡James! —dijo Anna.

James no le hizo caso, pero tampoco se escuchaba que provinieran sonidos donde formara parte de una cacería, fuera el atacante o la presa. Anna estaba animada.

Lo encontró en el comienzo del seto al final del patio, donde guardaba algo arrinconado entre las raíces y tierra seca. Estaba oliéndolo, lo golpeó con las patas delanteras, ronroneaba para sí. Ella lo acarició y él hizo caso omiso.

—Tonto —le dijo.—¿Qué hallaste?

Eran unas cositas gelatinosas sueltas cubiertas de tierra. Excepto por el tamaño y el color, parecían órganos interiores. Tenían la curva henchida del riñón de cerdo y desprendían un resplandor leve.

Anna recogió uno y lo soltó de inmediato – era cálido al tacto. El gato, encantado, saltó sobre éste y lo derribó de un golpe.

—Eres tan asqueroso, James —dijo Anna.

Después se puso unos guantes de goma, deslizó dos o tres de los objetos en una bolsa de plástico y los llevó a la casa. Ahí los vació en un plato de vidrio. Hundidos en la mesada parecían entrañas, no acostumbradas a sostenerse por sí mismas. Los colores se parecían a los de los frascos con líquido que todavía se veían detrás de los vidrios de las farmacias cuando Anna era joven –azules, verdes y de un permanganato fuerte– ahora desteñidos y algo acidificados bajo una luz halógena. Anna extrajo su mejor cuchillo Wüsthof del taco y luego, sin el coraje suficiente, lo dejó donde estaba. Se quedó observando el contenido del plato desde ángulos distintos, después fue hasta el teléfono para hablar con Marnie.

—¿Para qué llamas? —dijo Marnie, cinco minutos después.

—Creo que sólo quería contarte lo afortunada que fui. En todo tipo de cosas.

A primera vista, Anna lo sabía, parecía absurdo. Fue anoréxica a los veinte; intentó suicidarse dos veces. Michael, su primer esposo, que no estaba mucho mejor, se había metido al mar a pie una noche en Mann Hill Beach, al sur de Boston. Nunca hallaron el cuerpo. Había sido un hombre brillante y desequilibrado.

—Fue un hombre brillante —decía Anna— que se tomó las cosas demasiado en serio.

Pero después se había vuelto a casar, parió a Marnie, tuvo una vida. La vida que construyó con el padre de Marnie fue una buena vida, primero en Londres, después en esta casa tranquila, cara, cercana al río. A Michael no le hubiera gustado. Para él la vida consistía en el esfuerzo; era una especie de castigo.

—Nosotros no sabíamos vivir —dijo ahora.

—Anna…

—Él tuvo algunas dificultades.

Marnie lo recibió en silencio.

—Ya sabes —dijo Anna—. Dificultades sexuales. Tu padre fue mucho mejor en ese sentido.

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