Archivo mensual: julio 2014

Abril, 2013

6.4.13

Primera y última vez que compro una botella de London dry gin, me produce una resaca que combina somnolencia, jaqueca y el comienzo de una arcada que aparece ocasionalmente sin conducir a nada, un efecto cercano a la intoxicación que nunca me produjo antes una bebida en dosis controladas, y aún descontroladas. Es el efecto que me acompaña en un recorrido por la autopista y vuelve el entorno absolutamente indiferente, como cuando un dolor se apodera del cuerpo y concentra toda la tensión.

Las excusas para hacer este tipo de viajes se volvieron cada vez menos frecuentes, como si cada vez menos cosas me movilizaran y el interés tuviera que estar muy expuesto. Por ejemplo, el dinero. Sigo sin saber bien para qué sirve pero logra que reorganice días y horarios. De pronto me encuentro de nuevo adentro de una oficina vacía al lado de una máquina para contar billetes y una calculadora donde todo ocurre fuera de cuadro. Escucho voces que hablan de operaciones bancarias, puertas que se abren y se cierran, y me quedo contemplando unas gomitas elásticas que me recuerdan las que mi abuelo usaba para envolver los billetes. Las teclas de la calculadora tienen siglas y símbolos que no llego a comprender. Recibo una suma de dinero pequeña pero siento que podría tratarse de una suma incalculable o de algo prohibido, una transacción con fines ocultos. Un leve desgaste en los billetes y el hecho de que se trate de una moneda extranjera hace que ya no sólo estén disociados de la actividad que me llevó a obtenerlos sino de la misma operatividad y realidad de la moneda, independizada de su poder de compra, absolutamente abstracta.

La presencia del dinero me lleva a prestar más atención a los precios de las cosas a mi alrededor y nuevamente me inavde la sensación de que no hay ninguna lógica: un portarretratos vale casi lo mismo que un par de auriculares, un café más que una entrada de cine, un diario igual que un paquete de cigarrillos, y así, todo muy fluctuante y sumando al efecto de irrealidad o absurdo. Es un poco la lógica de “Sopa de ganso”, que entro a ver para escapar del caos de la ciudad. Me resulta increíble y tan rápida que por momentos no la puedo seguir, además que sigo luchando contra los efectos somníferos de la bebida. Me produce esa impresión no tan frecuente de que mucho tiempo después va a seguir viéndose, de que tiene algo eterno. Primero se entrecruza con mis recuerdos como si me estuviera hablando en clave y después es pura fascinación y también curiosidad, como si no llegara a entender de dónde pudo salir o cómo se perdió esa libertad que parece anterior a la aparición de los géneros y su codificación. Groucho Marx actúa de una forma muy contenida, distinta a como aparece en otras películas, vaciado. La perspectiva sobre el poder y la guerra es rarísima, en particular sobre la guerra, es la perpectiva norteamericana de entreguerra, muy particular. Me doy cuenta de que es la primera película de los hermanos Marx que veo en el cine, aunque sea digitalizado, y esa también es una diferencia, el nivel de detalle es incomparable. Muchos diálogos en la línea de Lewis Carroll, que es una zona del lenguaje que el cine en algún momento abandonó.

Tengo el recuerdo de haber leído algún análisis de tipo filosófico sobre los hermanos Marx pero no lo encuentro, solo unas notas breves. Me reencuentro con el diccionario electrónico que me obsesionó durante días en mi antigua máquina con fondo de color billar y en el momento en que accedo deja de interesarme. No sé cómo se aplica este fenómeno a otras experiencias relacionadas con el software pero intuyo que es así en otras ocasiones también, que promueve un vínculo medio histérico donde el objeto deseado está siempre ausente y uno se encariña con características que ni siquiera sabe bien cuáles son hasta que las pierde.

A la mañana leo un cuento de Nicole Krauss, terrible, sobre la angustia existencial de un autor medio fracasado que se convierte en abuelo. Parece escrito por un hombre, pero es de una mujer. Algo en los nombres de los personajes hace que lo asocie a mi vida, y a pensar en la relación de mi yo actual, por llamarlo de algún modo, con mi antiguo yo, por llamarlo de algún modo, separados a veces por una brecha generacional. Después me sorprendo al descubrir que mi hermana la conoce y la leyó. En general tengo la impresión de haberlo leído todo, o de conocer los nombres de todos los autores que están de moda y que no lo están, pero no, los libros circulan de formas más extrañas de lo que parecería. Con mi hermana realizo el acto ritual de guardar libros en cajas. Me doy cuenta de que no puedo hacerlo por mi cuenta, y cuando lleva las pilas desde un punto a otro es como si transportara partes de mi cuerpo. Un poco tal vez exagero y a la vez, junto con la ropa, que está llena de prendas que no uso, es como si fuera mi única posesión material. El resto son cables y objetos de los que podría prescindir. Tal vez de los libros también. Es como si me reencontrara ensayando una escena que ya viví pero sin el glamour de otra época, como una operación que tiene que sobreponerse al cansancio y el peso, menos festiva que algunos años atrás aunque las cosas no hayan cambiado tanto, solo somos todos menos jóvenes. En la conversación me encuentro más rezongón pero sospecho que tiene que ver con un desfasaje, como si cada uno hablara con una versión desactualizada del otro, y no hubiera a la vista una forma de sincronizar del todo, que es algo que ya experimenté con mi familia, el hecho de haberme convertido en alguien desconocido. Es como su pudiera aceptar el hecho de ser un desconocido para mí mismo mucho mejor de lo que los otros lo son para mí y yo lo soy para los demás.

Todo esto por supuesto es más complejo, quizás incluye una fantasía sobre un mundo alternativo donde el encuentro no existe o adopta otra forma, no lo sé bien. Por eso finalmente antes y después me quedo mirando unos episodios de los Monthy Python, sketchs muy buenos, en una librería y en un tribunal, con la acidez que me falta y me tranquiliza. También exploro aspectos desconocidos de las conexiones de internet, algo sobre los DNS que no llego a entender del todo pero me interesa de esa forma un poco extraña que tiene internet de interesar, develando falsos secretos e incrementando el espacio que ocupa en la memoria los intentos de comprensión de su funcionamiento, que tal vez sea cierto tipo de contraprestación exigida a cambio del tiempo que se le dedica y el acceso que ofrece a información y todo el componente de fantasía y experimentación que propicia.

Cuando encuentro el disco indicado siento que puedo llegar a recuperar con suerte algo parecido a la vida que tenía antes de antes de la última mudanza pero esto ocurre en muy contadas ocasiones en que no me domina alguna forma de ansiedad, como creer que porque es sábado a la noche debería encontrarme en otro lugar incluso cuando la idea del sábado por la noche como algo especial pertenece a otro mundo al que de alguna forma ya no pertenezco. Es esa dificultad para estar en un lugar o para estar sin hacer nada en especial sin que se convierta en un problema o en un canal abierto al ruido y la confusión. En este momento siento que me encuentro en ese estado de tranquilidad, que a la vez es un estado muy frágil, hasta el hecho de mencionar su carácter frágil puede debilitarlo, como si requiriera de toda la atención y de todos los cuidados.

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Archivado bajo Autobiografía sucinta, The Films in my Life, The Suburbs