Archivo mensual: febrero 2017

Grisel, Joyce, la ciencia ficción y los besos

Me demoro en escribir estas notas. Hoy vi a Grisel después de mucho tiempo. Me produjo un efecto extraño. De familiaridad. Como si no hubiese pasado tanto tiempo desde la época en que salíamos juntos. Cuando le dije que me encontraba solitario y ermitaño me dijo que siempre fui así, lo que me tranquilizó un poco. Yo no recuerdo bien quién era en el pasado. Necesito testimonios. En mi casa, me puse a acomodar papeles y muebles de una forma peculiar.
Empecé a estudiar a Joyce. Se lo conté. Joyce. Está atravesado en o por o a través de mi vida igual que ella. Porque lo leí tempranamente, y porque lo seguí leyendo mientras estudiábamos juntos y después solo por mi cuenta. No puedo creer a veces todas las personas que se interesaron por Joyce en la historia. ¿Es un interés legítimo o es una respuesta melancólica a la vida, ocuparse de la obra de un escritor, o más de un escritor, de un traductor, etc.?
En mi caso tiene algo melancólico, pero a la vez festivo. Es como si dijera que las grandes obras (literarias o no) de la humanidad, me pertenecen, en tanto miembro de la historia de la humanidad. Es lo poco que queda en un mundo que se cae a pedazos día a día. Es algo sólido, que se sostiene, a pesar de sus irregularidaades, las distintas versiones, etc.
De repente en un encuentro sobre ciencia ficción me encuentro tomando la palabra como queriendo exponer mi punto de vista y hacer que se imponga en cierto modo sobre los demás, aunque todas son opiniones. Siento un deseo extremo de manifestarme, acicalado por el hecho de que la conversación se registra electrónicamente. Al mismo tiempo, pienso, es algo que quiero decir para manifestarme yo en el mundo de las sombras lectoras silenciosas de autores que permanecen como células ocultas del mundo excepto en el caso de que publiquen su opinión en elgún lado. Todas las lecturas de Joyce perdidas. SM, que me dijo, Joyce es Shakespeare. ¿Qué me quiso decir? ¿No exagera? ¿O es verdad? Es como el centro del canon occidental dentro del siglo xx, es decir, para el siglo xxi. Todo lo que se haga o se hizo tiene que ver con él, directa o indirectamente, porque se burla de ello o porque lo anticipó.
También experimenté algo raro en la semana (pasada): besarme con una desconocida a pedido. Una de esas cosas que suceden a través de Internet: una conciliación de los deseos pasajeros, y de las formas de escapar a la rutina que se combinana. Una ilusión romántica no perdida del todo. Eso que se manifiesta en la admiración por la belleza femenina o el candor que despiertan las parejas que se abrazan o caminan de la mano en la calle. Un tipo de historia muy joyceana: la vida familiar después del noviazgo, con todas sus complicaciones. Eso que no pudieron depurar Proust ni Kafka, la vida pequeñoburguesa desde la perspectiva del pater familias, bastante atribulado necesariamente en el caso dramático que me ocupa, en parte por necesidades de la trama (sé dramático) pero tambi{en porque se trata de las experiencias básicas, condensadas, en la vida de un ser humano de ciertas características: los celos, la convivencia, los apetitos carnales y culinarios, el paseo, el descentramiento, la multitud (“here comes everybody”), experiencias comunes a la vida de la ciudad a principios del siglo xx que se expandieron y multiplicaron exponencialmente con el paso de los años y los avances técnicos.
Escribo todo esto como si fuera un secreto. El punto en el que se cruzan mi experiencia individual y la de un autor reconocido mundialmente. Me remite de una forma directa, necesaria, a mi propia experiencia, a la idea de la paternidad, a la juventud (Stephen), a los celos, en mi caso muy variados según los casos, al deseo de un conocimiento del mundo lo suficientemente sólido como para sostenerlo en pie. El universo, las estrellas, y al mismo tiempo, los “homeless”, las pasiones instantáneas, los encuentros fortuitos que adquieren significados ocultos, la literatura popular, todo eso que los comentaristas señalaron o pasaron por alto porque se trata de la esencia, de algo intrínseco, que no puede ser abordado sin perder algo de la propia intimidad en el camino. Es como si nadie hubiese abordado a Joyce desde ese punto de vista, porque el problema de la intimidad no era tan acuciante como lo es ahora, o al menos como lo es para mí. La ausencia de la intimidad, la intimidad compartida con máquinas, todo eso ya estaba, “in nucce”, en el Ulises. Sólo que mediatizado por la técnica de la época: las cartas, el periodismo; no la radio ni la televisión ni internet, que son sus continuadoras directas.
Durante el día escucho después de mucho tiempo a Jesus and Mary Chain: Psychocandy. Es un efecto de planear el encuentro con Grisel y remitirme a la época en que lo escuchaba cuando era más chico. Con los parlantes de la computadora el sonido es mucho más sucio y potente que como lo escuchaba cuando era chico. Crea una pantalla protectora de ruido de la que me sirvo para no escuchar a los autos y a las motonetas que se toman el trabajo de pasar frente al edificio en el que vivo en la ciudad.
En la semana intercambio mensajes con Manuela. Tienen algo triste y algo festivo. Nos impulsan intereses comunes, o puedo ver algo que compartimos, que no es físico sino metafísico, el interés por los libros y las películas. Sigo enamorado de ella? Cuando aparece en el celular me alegra, que es algo que no me pasa con todo el mundo. A la vez, es como si sin esa intermediación no pudiéramos comunicarnos, pasamos mucho tiempo alejados uno del otro, y aparte ella me dijo que no tenía un interés romántico por mí, y yo le creí, que es lo que hago generalmente en este último tiempo. Por qué alguien va a decir algo que no siente? Si la conversación es clara todos nos entendemos. El problema es que la conversación no es clara, es ambigua, y lleva a todo tipo de malentendidos.

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Silencio eso.

Me miro en un espejo y no me reconozco. Mi cuerpo es una jaula. El dolor se extiende como una sombra sobre lo vivo y lo muerto. Es de día. Eso lo sé por la luz que entra de la ventana. Aunque es poca luz. Mejor sería que no hubiera luz. No vería este cuerpo envejecido que no sé si me pertenece. Cumplo órdenes. O no. Estoy vivo, eso es lo importante. ¿Pero para quién? Tengo una mente. La mente me dice que todo está mal, que todo va a ser peor. No quiero escuchar a mi mente. No sé cuánto tiempo me queda de vida. No sé qué vida llevé. ¿Tengo recuerdos? Todo es borroso. Como si se tratara de la vida de otro. Muchas impresiones, que se acumulan unas sobre otras, que se suceden unas a otras. Nada que me sirva para guiarme. Al menos tengo un cuerpo. Aunque no sé si es lo que quiero. El cuerpo que tengo me anuncia dolores que antes (¿antes?) no tenía. Si sólo pudiera salir. Pero no hay puertas. Sólo hay una ventana. O hay una puerta y está cerrada, es lo mismo. No puedo salir. Hay un espejo. No tolero la imagen que el espejo refleja. Es como si no fuera yo. Pero si no soy yo, ¿quién es? Entre los recuerdos aparecen nombres, pero sin imágenes. Nombres que la memoria registró. Igual tengo muy mala memoria. No sé quién soy. Sólo recuerdo nombres. Y si pudiera salir, ¿a dónde iría? No tengo a dónde ir. Tengo hambre. Hay un pan seco tirado en el piso que no quiero agarrar. Mejor pasar hambre que comer mal. Dejar que el hambre produzca sus efectos de debilitamiento. Perder la conciencia. Dejar de preocuparme. Eso necesito. Dormir. Olvidar lo poco que sé. No quiero recordar quién soy. Quiero dejar de existir. Aunque eso está más allá de mis posibilidades. ¿Seré un fantasma? Un fantasma que no tiene a quién asustar. Ni siquiera sé si estoy vivo. Este lugar es muy extraño. Si sólo pudiera encontrar a alguien, o recordar a alguien. Alguien que no sea un nombre nada más. Establecería un diálogo. No hablaría solo. Igual es inútil. El cuerpo que veo en el espejo tiene ropas andrajosas, quizás soy un pordiosero. O alguien que perdió todo lo que tenía. Ahora no tengo nada. Soy libre. Pero no sirve de nada. Al menos me entretengo pensando todo esto. Si no tuviera una voz interior estaría todavía más perdido. Así que permanezco inmóvil, atento a cada sonido. Pero no se escucha nada. Esto es como una cárcel. Pero no tiene la apariencia de una cárcel. Es como un departamento de un ambiente. Sólo que no se puede salir.
Si alguien me contara un cuento todo sería distinto. Pero no hay nadie. Y yo no sé ningún cuento. Un cuento o un chiste. Algo que me permita pasar el tiempo. El tiempo no pasa. La luz no cambia de lugar. Debo estar en la nada. Algo habré hecho. Si no estaría feliz, o infeliz, en otro lugar. Un lugar abierto, verde, natural. Mi vida no tiene progresión. Siento que estoy en este estado hace mucho tiempo. Un día como hoy parecido a un día como ayer o mañana. Si es que hay días. Eso no lo sé claramente. Quizás esto es la muerte. Un sitio donde permanecer sin nada para hacer. O el purgatorio. El lugar en el que recaen las almas tibias. ¿Fui tibio? ¿O me excedí? Fui muy apasionado. O no, fui nu pusilánime. Igual no lo puedo saber. No tengo buena memoria. Nada de lo que pasó tiene un significado claro. Lo único real es lo que percibo. Y no tengo muchos lugares donde detener la mirada. Quiero decir, fuera del espejo, la ventana, el pan seco y la puerta cerrada. Somos como un sistema. Y yo soy el único que cree estar vivo. Vivo a medias. Aunque quizás alguien va a abrir la puerta. Eso se llama una esperanza. No hay que perderla. O quizás es mejor no tenerla. No esperar nada. Dejar que el tiempo pase y decida. Alguna vez fui amado. Eso lo recuerdo. No sé si en la infancia o después. Hubo personas que me cuidaron. Si no no podría haber llegado a esta edad. Amar, qué palabra. No se me ocurre otra. Hubo una época en que todo lo hacía de a dos. Dos que intentaban ser un solo cuerpo. Pero eso pasó. Ahora tengo un solo cuerpo. No sé dónde hay otros cuerpos. No sé qué se puede hacer con otros cuerpos. Para qué sirven. Ya no quiero que haya otros cuerpos. Algo debe haber pasado. Algo terrible. O que me parece terrible. Un castigo. Algo que me dejó en esta situación. Pero por qué. ¿Fui malvado? No creo. Igual pude haber hecho cosas que afectaron negativamente a otros. Como el que atropella a alguien en su auto. Va tranquilo por la ruta, alguien se interpone, y lo mata. Quizás maté a alguien. Maté a alguien o a algo. Debe ser eso. Maté ilusiones o expectativas. No fui un buen ciudadano. Todo es borroso, algo se interpone en mi recuerdo, pero creo que debe ser así. Quizás maté a alguien. O fui violento. No lo sé. No me está permitido recordar. Pero algo debe haberme llevado a este estado. Algo malo. Si hago un esfuerzo quizás lo recuerde. La diferencia entre las películas y la realidad. La diferencia abismal, que se acorta y se alarga.
Aunque quizás no. Fui bueno. Se equivocaron conmigo. No hice nada malo. Me tomaron por alguien que no era. Todo era muy difícil. Quizás hice cosas de las que no soy consciente. En ese caso no puedo ser culpable. Cosas hechas con inocencia. Una inocencia no reconocida. Me persiguieron. Me ataron las manos. Me golpearon. Me humillaron. Por eso estoy acá. Es el estadío final, o el estadío intermedio. No me mataron para que sufra intencionadamente. Como si mi destino fuera sufrir. Pero no quiero. Me rebelo. Quiero paz, pero no hay paz. Quizás pueda imaginar un estado distinto. Cerrar los ojos. Imaginar un lugar natural, verde, abierto. Pero sería inútil. Siempre hay que abrir los ojos. Y en ese momento volvería a la realidad. A esto. A lo que queda de mí. A la falta de todo. Al dolor. Aunque no sé bien qué tipo de dolor es. ¿Es físico? Es un cansancio. Que se manifiesta en todo el cuerpo. O no. Es algo mental, que invade el cuerpo, pero viene de afuera. No importa. Ese es mi estado. Yo soy la sombra que recorre el espacio que cubren lo vivo y lo muerto. Ya no soy un ser humano. Soy una sombra. Me trataron mal. Me convirtieron en una sombra. Nunca me voy a recuperar de eso. No porque sea sensible. Porque es así. Si sólo pudiera volver el tiempo atrás. Hasta el momento anterior a que esto ocurriera. Anterior a encontrarme acá. Seguramente lo pasaba mejor. Tenía cosas con las que entretenerme. Estaba relacionado con otros. Seguro que antes era mejor. Aunque no sé. Quizás siempre fue así. En ese caso… no hay salida. O la única salida es la muerte. Y no voy a morir todavía. La muerte se extiende por mi cuerpo pero lo hace poco a poco. No me va a dejar morir así como así. Quiere cobrarse cada minuto.
Quizás todo esto no es real. Eso sería bueno. Estar soñando. Una pesadilla. Algo que se va a acabar. Pero no. No tiene los signos de una pesadilla. Soy demasiado consciente. De mi cuerpo. De todo. Los colores no son ni muy brillantes ni muy opacos. La materialidad de las cosas es consistente. Las paredes son paredes. No tengo a dónde despertar. Sería fácil. Pensar que se trata de un sueño. Despertar a una vida mejor que ésta. A otro mundo. Un mundo donde alguien cuide de mí, donde el espacio no estuviera tan cerrado. Pero no. No es un sueño. Ya pasó tanto tiempo. Tendría que haber despertado. Hasta creo que desperté después de un sueño. Y el sueño se parecía a lo que veo. Podría seguir. Pero no voy a seguir. Mejor el silencio. Que todo lo que dije se destruya. Si dejara de pensar todo estaría más tranquilo. Dejar de pensar. Entrar en el silencio. Eso.

(2017)

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Draider y el caso del encuentro alienígena

Draider, debido a su familiaridad con la casa del ser, recibió un pedido especial de parte de una organización no gubernamental: fue convocado para intentar establecer algún tipo de contacto con los seres extraterrestres recién llegados de una galaxia lejana. Draider se preparó: decidió olvidar todas sus concenptualizaciones y abrirse al exterior como una planta en el momento de florecer. Lo llevaron en un auto automático hasta la casa de los alienígenas y salió con cierta precaución del vehículo. Se encontró con Eso. Eso era una formación que no pertenecía claramente a ninguno de los reinos conocidos por la humanidad. No era claramente una planta ni un animal ni un mineral. Era parecido a un puré de papas con membranas de insecto. Draider se colocó el traductor universal sobre la cabeza. Escuchó: Prrrffummrpffffff.

El Tiempo Financiero escribió, después del encuentro: “Ellos, antes, podían. Tripulaban, maltrechos, las naves, hasta llegar, exhaustos, a otras galaxias. No entendían, de la comunicación, nada. Se erguían, incólumnes, ante lo desconocido, y expectoraban, sobre el aire, palabras. Hoy, en cambio, el intercambio, no conduce, realmente, a nada”. Los Tiempos de Nueva York adscribieron: “Cada centrímetro en que la humanidad se acerca a lo extraterrestre es como el hundimiento en el fondo sin fondo de la posibilidad de establecer un contacto real. Si hasta ahora no nos entendíamos entre nosotros, ahora no nos entendemos tampoco con los seres de otro planeta”.

Draider no leyó nada de esto. Estiró su mano y habló por el traductor universal. Dijo: “Eso, nosotros, ellos, nada, el espacio, todo, cada uno, había una vez, como si mintieran, algo, comúnmente, rayos, años, segundos, pelícanos y mucho más allá”. El extraterrestre estiró una membrana y cubrió a Draider de una película de baba que le impedía moverse con facilidad. En ese momento Draider pensó, “Qué difícil es ser un intérprete de la voluntad humana. Mejor me quedo en mi casa mirando películas de ciencia ficción en la tele, en especial la de los años cincuenta, en que se especulaba con encuentros, antes de que se fingiera, a los fines del espectáculo político, encuentros inexistentes”.

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VIVO EN UNA CAJA DE ZAPATOS

Vivo en una caja de zapatos. Soy un hamster. No tengo que dar explicaciones. La caja tiene un hueco que a veces deja pasar luz. Lo llamo “la ventana”. Ahora, por ejemplo, hay luz. Tengo un plato. Regularmente, alguien deja en el plato un líquido verde al que llamo “comida”. No sé por qué lo hace. También tengo una rueda para entretenerme. Nadie me observa cuando lo hago. Giro para mí o para nadie, por el placer de girar.

No tengo muchos recuerdos. Nunca viví fuera de una caja de zapatos. Sí lo hice en una caja más chica, que compartía con otro hamster. No teníamos reglas claras de convivencia y eso generó muchos problemas. Prefiero olvidar esa época.

Durante un tiempo me intrigó saber si la luz que entraba por el hueco al que llamo “la ventana” era natural o artificial. Llevé anotaciones para determinar si se cumplía algún ciclo que permitiera hacer predicciones. Fue inútil. Si hay ciclos, no los pude descubrir. La luz se iba y volvía en cualquier momento. Ahora, por ejemplo, no hay luz.

Creo que prefiero la luz. En la oscuridad imagino que desaparecen el plato donde me sirven eso que llamo “comida”, la rueda donde giro (por el placer de girar) o “la ventana” que a veces deja pasar luz. Después, cuando la luz vuelve, el plato, la rueda y “la ventana” aparecen también, exactamente donde estaban, ajenos a mis fantasías.

(2005)

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convertido en Eso.C

Siguiendo con la ola de honestidad brutal, que en realidad me inspira más el suburbio que la ciudad, hoy… fui a retirar unas fotografías digitalizadas y en el negocio había una chica que tení…

Source: convertido en Eso.C

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convertido en Eso.C

Siguiendo con la ola de honestidad brutal, que en realidad me inspira más el suburbio que la ciudad, hoy… fui a retirar unas fotografías digitalizadas y en el negocio había una chica que tenía unas calzas grises, gris y negro, con un diseño al estilo de william morris, que es el fondo que aparece en una página de internet porno que a veces visito. me pareció inconcebible el traslado y a la vez invisible, como si no pudiera tolerar la posibilidad de que un diseño observado en la intimidad se exteriorizara. es otra de esas situaciones que finalmente resultan frustrantes, en tanto no reproducen la fuente o el origen del placer sino solo su superficie, bellas piernas envueltas que se presentan como inaccesibles, no del modo en que lo que se muestra en la pantalla es inaccesible sino de una forma más despiadada, como si pudieran ser accesibles de alguna forma que desconozco. por otro lado, sólo estaba interesado en retirar las copias digitales de los negativos que había llevado, que eran como una suerte de recompensa o reconversión simbólica del hecho de que todos los momentos de mi vida que fueron fotografiados se encuentran por fuera del ámbito de lo digital, y que cuando la digitalización llegó mi vida en cierto modo desapareció o dejó de tener momento dignos de ser registrados o tuvo muchos momentos que no fueron registrados.
El tema de la fotografía, o las modificaciones que la informática incorporó a la fotografía como tema o como problema. No es algo que observe exclusivamente de forma abstracta sino como una parte de mi vida: la tendencia o la aparición de las imágenes de las vidas de personas que quiero y también desconocidas multiplicándose casi indefinidamente mientras mi imagen permanece oculta. ¿Qué significa esto, o tiene algún significado? Es ese efecto de la imagen digital de reafirmación de la existencia que es un poco irreal -a fin de cuentas todos existimos- pero que opera así. Lo veo al observar las fotos del pasado digitalizadas, de las que siento que en cierto modo fui expropiado por no conservar copias en las que poder observarme, o en las que poder observar los lugares en los que estuve, ¿es importante o no? ¿Me impulsa el hecho de verlas a querer viajar a otros lugares? El paisaje… me doy cuenta de que hace años que no veo un paisaje que me conmueva. Bueno, quizás ahora todo me conmueva un poco de una forma exagerada, los atardeceres y las paredes y los automóviles modernos, pero la montaña es la montaña y la ciudad extranjera es la ciudad extranjera, no el interior del propio departamento. Cómo se produjo esa transición, de la deriva o la circulación por territorios extranjeros a la introspección espacial es algo que no llego a comprender del todo. Tiene que ver con los problemas de dinero pero es algo que va más allá, de pronto es como si los paisajes hubieran rehuido de mi vida…
Esto puede ser interpretado de distintos modos… por ejemplo, como una señal de que privilegio la experiencia en la ciudad como ámbito de circulación, intercambio y producción, la ciudad propia que a la vez nunca termina de ser apropiada, el ámbito de lo inesperado, escindido del turismo que se presentaría como un divertimento pasajero, y sin embargo, la ciudad es agotadora, no ofrece una morada sino una sucesión de conflictos que parecen ir in crescendo, el problema de los servicios, el problema de los vecinos, el problema de la comunicación con la propia “manada”, algo que parecería reducirme al problema de la supervivencia en su carácter más elemental, a la pregunta acerca de cómo vivir y qué hacer con la propia vida, como una fuente continua de ansiedad y de insatisfacción y de desviación hacia caminos que se presentan como menores, o hacia los reinos de la apariencia y la falsedad como estrategias, o como estrategias de los otros con las que lidiar, la apariencia o la apariencia de apariencia que en el fondo son más o menos lo mismo.
Las fotos también son un recordatorio de la extensión de la vida en el planeta mucho más eficaz que los artículos de wikipedia o las fotos de mujeres árabes desconocidas o viajeros a los que conozco personalmente, en tanto muestran que yo estuve ahí, aún en el caso de que no lo recuerde bien, y que ahí es un sitio inasimilable, de costumbres exóticas, y cuerpos distintos, geográficamente disímil, y también que en el registro del pasado hay algo del orden de lo paradisíaco, en las fotos A. es más joven y los lugares capturados son sitios en los que sin duda preferiría estar o hubiera preferido estar en muchas ocasiones, tal vez en tanto eran el espacio del ocio despreocupado, o porque las preocupaciones que conllevaba no quedaron registradas en la imagen y fueron olvidadas y apenas sobreviven en cierta tensión que puedo observar en mi apariencia en algunas de las imágenes, como si no todo estuviera bien o no todo hubiese estado bien, tal vez la tensión de la experiencia de lo extranjero en sí o de las tensiones de la relación que la imagen capturó, Leo como animal amenazado en un terreno desconocido. La ausencia de argentinos, de todos modos, resulta estimulante.

También me doy cuenta, en comparación con fotos anteriores, o posteriores, que me gusta el ojo que capturó esas imágenes, como si tuviera cierto entrenamiento sin ser profesional, y se fijara en cosas que realmente llaman la atención, algo que también tal vez sea propio de la técnica, de la cámara analógica que lleva a concebir la imagen o la captura de la imagen de una forma que los medios digitales tal vez ya no permiten, como instantes privilegiados, en un sentido casi económico, en tanto la película es un bien escaso, a proteger, y la memoria digital se confunde demasiado fácilmente con el desperdicio o la saturación y conduce al exceso, a la repetición y al descarte, o tal vez al film, en todo caso a la explotación de otro tipo de capacidades. Algo que tal vez nunca llegué a experimentar plenamente, en tanto como fotógrafo digital arrastraba una lógica analógica, o lo que se presentó como objeto a fotografiar era menos significativo afectivamente o peor aún se perdió como se pueden perder los dispositivos digitales y sus memorias.

En las imágenes parecerían acumularse así todos los viajes deseados y no realizados que tal vez sean solo un efecto de copia o dominó, pero que están ahí, como fantasía.

Extrañamente, reencuentro a A. después de mucho tiempo sin vernos y no le digo nada sobre el tema, como si guardara tal vez algún tipo de resentimiento (?) o sintiera que es una experiencia personal -mi reencuentro con nuestras imágenes del pasado- donde ella está y no está presente. Es como si tuviera este recuerdo de haberla necesitado en algún momento y de haber sido abandonado o rechazado, algo complejo, que se mezcla con su depresión, con belgrano, con las fotos de su vida donde aparecen otros hombres, o con la incomprensión de la situación actual en la que pareceríamos ser amigos desconocidos, que tiene algo intolerable, y el tiempo en que estuvimos juntos algo secreto que busca ser revelado para no desaparecer.

A esto se le agrega el reencuentro con Laura, que también me produce un efecto perturbador. Viajamos en un colectivo que hace mucho ruido y me doy cuenta de que es una de las pocas personas con las que puedo hablar de “la zona sucia” de mi vida. La zona sucia es la experiencia de la soledad, la incertidumbre, los conflictos con la ley, y también hechos concretos como mis estudios, los conflictos con los vecinos, pero ante todo mi fragilidad. No sé si esto es bueno o malo pero me devuelve o al menos me acerca a una zona de sanidad, como si hubiera alguien con quien entenderme. En un momento, afuera de su departamento, le digo algo que no sé bien qué es, algo que siento, y siento como si se transformara, como en una niña. Tiene una mirada que me seduce y rehuye mis ojos que es inocente, los ojos se le abren y el pelo se le desacomoda, y me dan ganas de besarla. Es como un reconocimiento momentáneo en el que no sé cómo avanzar o qué decir o hacer, que se extiende en el tiempo. Se parece a la vida de un modo en que la mayor parte de los acontecimientos de este último tiempo no lo parecen, y a la vez se me escapa. Me duele la cabeza, lo único que hice durante el día fue beber?, y siento que son demasiadas emociones para un único día. Me genera esa impresión de que recién nos conocimos ayer y tengo que hacer algo para alterar el curso de los acontecimientos y que no se repita lo que ocurrió hasta ahora, que es que no nos convertimos en “amantes” y a la vez es como si el hecho de que esto no haya ocurrido permitiera que nuestra relación mantuviera su apertura hacia algo incierto, eterno, definitivo, que puede ser modificado y conducido hacia el plano de la realidad, que claramente, según lo que cuentan los demás es un plano en el que vivo solo tangencialmente, en el que necesito recordarme quién soy, o qué edad tengo o cómo me llamo, porque podría ser cualquier cosa, o cualquier persona y vivir en cualquier tiempo de un modo que los demás, o las personas con las que conversé hoy, no sé si experimentan de la misma forma. Esa experiencia de encontrarme nuevamente como si se tratara de la primera vez constantemente, y de no saber qué hacer, de ser un adolescente, se repite un poco en distintos contextos. Tiene una parte que es divertida y otra que es fatal. Por supuesto, es una figura del lenguaje, porque cuando era realmente un adolescente era alguien que no hablaba prácticamente, según recuerdo, como esa chica que estuvo en un rincón toda la noche en silencio, y ahora hablo un poco por los codos casi, o como si cada conversación fuera la última o no tuviera a nadie que me escuchara, que en parte es verdad, demasiadas noches a solas jugando al solitario con la computadora me convirtieron en eso.

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Hundido en el metro de Helsinki

Hundido en el metro de Helsinki, enfundado en su gamulán negro de ojales metálicos, Tehuvo contempla a tres niñas parloteando sobre la sabiduría que miran de reojo sus pantallas de escolar.

–Para mí que el sabio es como el helado –dice una–. Viene en distintos sabores y consistencias, y si una se lleva uno a la boca de golpe le puede entumecer la nuca.

–¡Qué papa frita! –dice la segunda–. Si lo que sabe el sabio entrara en el cono del cucurucho todos seríamos felices, pero no es así. En todo caso será como la nieve que cae cuando se le canta y te mata si no estás bien protegida.

–¡Turuletas! –dice la tercera–. Con la nieve se pueden hacer muñecos y bolas de nieve para arrojar, pero con el sabio qué, es como si no sirviera de nada, se la pasa rumiando, nadie le da bolilla, y dice cosas que no se entienden, o que no se pueden compartir.

A Tehuvo lo impresiona la locuacidad del debate. Antes él mismo se interrogaba sobre el saber como si fuera un destino a alcanzar, la estación de Espoo en el espacio al que lo dirigen las vías –un camino inamovible, trazado– que nunca llegó o pasó de largo. Como Tehuvo es un especialista, se dice, un científico que se ocupa del movimiento browniano, estudia trayectorias de lo invisible con un grado de detalle que podría horrorizar a las niñas: un cuerpo humano, un seis seguido de veintiocho ceros…

Al pensar en ese número, la chica turquesa biaxial alza la vista de su pantallita russet y le guiña un ojo blando preguntándole si él destila el saber o si su saber está autocontenido, impermebale dentro de los límites de su esfera cógnica, que entonces la atrapa antes de que el despliegue de los tretagentes invada los resquicios libres de lo subterráneo.

En su respuesta los dos se van de paseo. En el paseo él es un gavilán migratorio y ella un lobo ártico que se cruzan con un pilar transportado hacia un puente colgante en construcción sobre un estrecho oceánico. Con el paso de los años, se desploma el pilar y el océano cubre los restos del puente sin dejar huellas.

Ahí es cuando se introduce una ola gélida en el ambiente que lo tienta a terciar en la conversación de las niñas como si el escalofrío que las amenazara le estuviera reclamando una opinión. Pero como el transporte móvil se había convertido en una extensión de sus bocas sobre el plano, se despierta entre los pasajeros un clamor de palacios y excesos que lo distrae.

En el palacio de los excesos él ya las conocía, eran tres ninfas que no sabían deletrear su nombre, con brazos colgantes que iban a crecer todavía para recorrerlo como los rodados a la autopista. Se iba a dejar seducir por sus palabras, por los desplazamientos mínimos de la lengua trabada por los incisivos, acostada sobre el paladar, prófuga del soplo, para decir cosas que venían de tierras distantes o de otras épocas, de las tierras donde el saber se había convertido en canto una vez agotado el tema del clima. El tema del clima tiene variaciones múltiples pero finalmente se agota, son cuatro combinaciones o cinco –el frío, el calor, la lluvia, la nieve, el viento, la lava– y se acabó. En cambio el saber podía llevar a intercambios de todo tipo porque siempre hay algo que no se sabe, verdaderas historias, y las cosas y las historias están cambiando todo el tiempo, como los cuerpos de las estudiantes, como los científicos compuestos de partículas.

Así fue como Tehuvo se distrajo de nuevo y perdió su estación de llegada, tuvo que ir y volver más de una vez y en el espacio vacío que dejaba lo ausente veía a las estudiantes de viaje, de vacaciones, con los cuerpos hasta la cintura en el agua color espárrago, distendidas, al sol, salpicándose, una arqueada en una malla roja hasta hundir el pelo en el agua, una de espaldas y cubierta hasta el pecho, la tercera con los ojos cerrados y las puntas de los dedos en el mentón.

 

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Los materiales del poeta de Robert Filliou

El poeta adulto tiene una estatura promedio de 1,65 m. y suele pesar cerca de 65 kilos.

Su cuerpo está cubierto y protegido por una membrana delgada y elástica, la piel, compuesta por la epidermis y la dermis del poeta. El pelo y las uñas del poeta son simples derivados de su piel. La superficie de la piel cubre aproximadamente 2 m² del cuerpo del poeta promedio.

El cuerpo del poeta está sostenido por un armazón de huesos denominado esqueleto. Cuando el poeta es un recién nacido, los huesos todavía están blandos; pero a medida que el poeta crece, sus huesos se endurecen.

El esqueleto del poeta tiene tres componentes elementales: la cabeza, el torso y las extremidades.

La cabeza. Está compuesta, primero, por el cráneo, una caja hueca que contiene el cerebro del poeta, con orejas a los lados; luego, por el rostro, que posee aberturas para los ojos, los orificios nasales y la boca del poeta.

El torso. También está compuesto por dos partes, el pecho y el vientre del poeta, separadas por un leve estrechamiento denominado cintura. En el torso se encuentra la columna vertebral del poeta, formada por las costillas del poeta doce pares de huesos curvos que protegen la médula—, el esternón, dos clavículas, dos omóplatos y, en el extremo inferior, la pelvis del poeta. Obsérvese que se encontrarán diferencias mínimas en el caso de los poetas dislocados.

Las extremidades. Así se denomina a los brazos y las piernas del poeta. Los brazos en total: dos están formados por tres partes articuladas: el brazo, el antebrazo y la mano del poeta. Sería superfluo enumerar los múltiples usos de la mano; gracias a su perfección, y a la guía de la inteligencia, el poeta es capaz de hacer realidad las maravillas de su arte.

Las piernas. El poeta también posee dos, formadas por tres partes articuladas. Una de las características más importantes que diferencia al poeta de los animales es la postura erecta. Sin embargo, lo que realmente lo distingue del mundo animal es su inteligencia y arte sublime.

Todos los poetas poseen las características mencionadas, pero distintos cúmulos de poetas manifiestan significativas diferencias entre sí, lo que nos conduce a elaborar la siguiente división.

el poeta amarillo tiene la piel amarillenta, pómulos prominentes, pelo copioso, ojos rasgados, nariz prominente y labios gruesos.

el poeta negro tiene una piel oscura, del café con leche al azabache, pelo rizado, nariz roma, labios gruesos y mandíbulas muy fuertes y potentes.

el poeta blanco tiene piel rosada, rostro ovalado, pelo lacio, ojos ovalados, nariz recta y labios finos.

el poeta pelirrojo tiene piel cobriza, pelo rebelde, pómulos salientes, nariz aguileña y labios delgados.

 

i—Acerca de la necesidad de alimentación

 

Así como un motor a vapor necesita agua y carbón para funcionar, y el motor de un automóvil se detiene si se le acaba la nafta, se debe alimentar al poeta con frecuencia para que éste suministre poesía. El alimento abastece al poeta de fuerza y calor.

Lo primero que hace el poeta con el alimento es masticarlo. Se denomina masticación al triturado del alimento en pequeños trozos, a los que luego el poeta combina con saliva para facilitar la deglución y la digestión. A este fin, el poeta necesita una dentadura completa, es decir, 32 dientes subdivididos en maxilares superior e inferior, formados por dientes caninos, cuya función es desgarrar, y molares, encargados de triturar.

Una vez que masticó el alimento, el poeta lo traga, y éste pasa por su garganta (o “esófago”) en dirección al estómago del poeta. Allí los jugos digestivos del poeta reducen la comida a una pasta semilíquida y ésta pasa por un tubo largo y fino llamado el intestino delgado del poeta, y luego desde este pequeño intestino, cuando corresponda, hacia el tubo más amplio del intestino grueso.

El estómago del poeta sigue en funcionamiento por lo menos durante dos horas después de cada comida.

Si el poeta no cuidara su estómago, se agotaría fácilmente. Por este motivo:

el poeta se alimenta a horas regulares

el poeta no traga rápido, para evitar la indigestión

el poeta mastica con parsimonia para impregnar de saliva el alimento

el poeta lleva una dieta balanceada: mantiene su cuerpo fuerte con carne magra, pescado, queso, yema y clara de huevo, arvejas, porotos, etc.; acumula energía con pan, papas, azúcar, manteca y margarina, pescado y carne con grasa; y protege su salud con verduras, frutas frescas, grasas animales y pan integral. (Pero el mejor alimento de todos es la leche, que tiene proteínas, hidratos de carbono, lípidos, vitaminas y sales minerales. Esto explica por qué los poetas beben tanta como pueden)

el poeta se cepilla los dientes a la mañana y a la noche, y después de terminar cada comida, ya que si no se quita los restos de comida que le quedan entre los dientes, éstos se descomponen y dan al hálito del poeta un olor desagradable

el poeta defeca al menos una vez en el día, ya que sus deshechos digestivos, en caso de permanecer demasiado tiempo al interior del intestino grueso que termina en el ano del poeta provoca cierta indisposición.

 

ii—La sangre del poeta

 

Cuando se hace un tajo en la yugular de un poeta, sale sangre de la herida hasta que el poeta muere. Pero si serruchamos a un poeta al que matamos hace poco por estrangulamiento, su cuerpo no sangra. Esto se debe a que la sangre del poeta muerto está inmóvil, mientras que la sangre del poeta vivo siempre se mueve, impulsada por su corazón, que la hace circular por los vasos sanguíneos.

La sangre del poeta es de un rojo vivo en las arterias, que son los vasos que recorre la sangre que sale del corazón. Tiene un color rojo amarronado o púrpura en las venas, que son los vasos que recorre la sangre cuando vuelve al corazón. La densidad de la sangre tiene un valor de entre 1050 y 1060 kg/m3. Su viscosidad es aproximadamente cinco o seis veces mayor que la del agua. En términos de magnitud, la sangre representa 5-7% del peso del cuerpo del poeta. Como un poeta adulto promedio pesa 65 kilos, esto equivaldría a entre 5 y 6 litros.

Aproximadamente el 59% de la sangre del poeta está compuesta de plasma, formada entre un 91 y 92% por agua. En consecuencia, hay algo evidente, y es que todos los poetas comparten una característica: el 55% de lo que corre por las venas y las arterias de un poeta es agua. El resto son glóbulos y plaquetas.

Como se demostrará a continuación, factores tales como la actividad y la gravitación determinan la distribución de la sangre del poeta. Si mientras lee un poema al público, el poeta levanta el brazo por encima de la cabeza, la piel de su mano se pondrá más blanca y las venas se ocultarán. Los poetas sedentarios a menudo tienen várices y congestiones venosas en el hígado y los intestinos. Los poetas trashumantes son menos propensos a esta dolencia, debido a que en su caso la circulación de la sangre a través de las venas recibe la ayuda de la acción estimulante de los músculos.

También se sabe que cuando un poeta está débil, se debe mantener su cabeza recostada, de modo tal que su cerebro reciba los nutrientes necesarios. En la mayoría de los casos, esto se asegura de forma automática mediante el desvanecimiento y la posterior caída del poeta al piso.

El corazón del poeta, una potente bomba con gruesas paredes musculares, impulsa la sangre a través del cuerpo del poeta. Su corazón está dividido en dos lados, derecho e izquierdo, y cada uno tiene una cavidad superior llamada “aurícula” y una cavidad inferior llamada “ventrículo”.

Alguna vez el difunto Pascal afirmó que el corazón es hueco y está lleno de basura. Sin embargo, no está claro qué quiso decir exactamente.

 

iii—La respiración del poeta

 

El poeta respira al escribir. De ahí la importancia de la respiración, que el poeta desarrolla con la ayuda de su nariz, su nasofaringe, su laringe, su tráquea, sus bronquios y sus pulmones. Si bien el poeta tiene fama de poder vivir durante varios días sin probar bocado, no podría estar ni un minuto sin absorber aire. Lo hace de forma constante, nunca se detiene, ni de día ni de noche.

Entre paréntesis, observemos no obstante que el poeta es incapaz de percibir que sus pulmones se deslizan de forma continua sobre las superficies internas de su pecho o, para el caso, que su estómago está en contacto con sus intestinos. Es evidente que el sentido del tacto del poeta se encuentra ausente en las zonas más profundas de su cuerpo. Se cree que en una época el poeta tenía conciencia de todos los mecanismos internos de su cuerpo pero decidió que sería mejor que se volvieran automáticos e inconscientes para que pudiera atender a cosas más elevadas.

Cuando dicho automatismo se interrumpe, cesan los movimientos respiratorios del poeta. Se los debe transmitir de forma artificial a la pared torácica hasta que el poeta reanude su respiración automática. Esto es muy importante en el caso del poeta que muestra signos de ahogo. La técnica de respiración artificial que se solía preferir era la descripta por Schafer: se colocaba al poeta boca abajo, con un almohadón o sobretodo plegado debajo de la parte inferior del pecho, y el resucitador se arrodillaba sobre el piso en posición transversal al poeta. Luego se inducía un movimiento del pecho hacia adelante y hacia atrás arrojando el peso del cuerpo sobre las manos, y a continuación se elevaba el cuerpo poco a poco a la posición erguida.

Otro método, preferido en la actualidad, se conoce como “respiración boca a boca”. El principio en el que se basa este método es que el aire expulsado por los pulmones del resucitador se introduzca al interior de los pulmones del poeta ahogado.

 

iv—La excreción del poeta

 

El cuerpo del poeta produce deshechos que hay que eliminar de distintos modos. Las glándulas sudoríparas eliminan una parte de los deshechos. Se trata de largo tubos enrollados que producen sudor, y el sudor abandona el cuerpo del poeta a través de pequeñas aberturas en su piel llamadas “poros”. Si se observa al poeta a través de una lupa se podrán ver sus poros.

Los riñones del poeta son sus órganos excretores más importantes. Se encuentran en la parte trasera del abdomen y la sangre circula a través de ellos. A través de un microscopio se puede observar que los riñones contienen muchos túbulos pequeños que filtran los deshechos de la sangre. El líquido amarillento que contiene estos deshechos recibe el nombre de la “orina” del poeta.

La orina desciende a través de dos conductos llamados “uréteres” a una bolsa denominada la “vejiga” del poeta, donde se la almacena hasta que deja el cuerpo. En los poetas de ambos sexos la orina deja la vejiga a través de un conducto llamado la “uretra”. Normalmente la uretra permanece cerrada por un aro de músculo debajo de la vejiga. Pero cuando la vejiga se llena, este músculo se relaja y permite que la orina del poeta corra.

En el caso de la poeta, la uretra se abre al exterior de su cuerpo, entre sus piernas. Precisamente detrás de su abertura urinal se encuentra la vagina de la poeta, que, en el caso de la poeta adulta virgen se encuentra cubierta por una fina membrana conocida como el “himen”. Alrededor de estas dos aberturas hay pliegues o labios de carne que forman lo que se conoce como la “vulva” de la poeta. Pero por supuesto se la elogia también por sus poemas, que son igual de hermosos.

En el caso de los poetas, la uretra atraviesa un tubo carnoso llamado el pene del poeta, que cuelga entre sus piernas.

La excreción es tan importante para el buen funcionamiento del poeta que el difunto sabio Leonardo da Vinci insistía en que “el poeta es un maravilloso mecanismo que transforma buen vino en orina”.

 

v—El cerebro del poeta.

 

Cuando el poeta no lleva ropa, que lo protege del frío, la lluvia, el calor y la curiosidad, se pueden observar sus músculos, llamados bíceps, tríceps, tendones, etc. El movimiento de sus músculos es el que hace al poeta sonreír o fruncir el ceño, guiñar un ojo o arrugar la nariz.

El poeta tiene muchos músculos y cada uno debe acortarse o extenderse justo en el momento adecuado y justo en la medida adecuada. Cuando el poeta contonea los dedos, o presiona su lapicera sobre la página, se pueden observar los movimientos de las fibras moverse debajo de la piel en la palma de la mano. Si no se mueven de forma correcta, el poeta puede escribir “No” cuando quería escribir “Si”. Si no se mueven lo suficientemente rápido, es posible que el poeta no termine una oración donde tenía la intención de hacerlo. De hecho, si los músculos de todo el cuerpo del poeta no se contrajeran o extendieran en armonía entre sí, ni siquiera podría pararse para leer sus poemas.

El movimiento de los músculos del poeta está controlado por su sistema nervioso, que incluye el cerebro del poeta, su médula espinal y sus nervios. Los mensajes eléctricos pasan de una célula nerviosa a la siguiente, y así viajan desde la cabeza hasta el pie del poeta en la fracción de un segundo. Este es el motivo por el cual el poeta se puede mover con rapidez si alguien arroja un objeto contra él.

Una propiedad esencial de todos los actos reflejos del poeta es que sus respuestas son puramente automáticas e independientes de su voluntad o deseo. Si se le hacen cosquillas a la planta del pie del poeta, sus dedos se enrulan y retira su pie, sin importar a qué escuela pertenezca el poeta. Del mismo modo, el poeta adulto promedio pasa cerca de un tercio de su vida durmiendo. Sin embargo, a los poetas adultos ancianos les alcanza con apenas cinco horas de sueño por día.

El cerebro del poeta es en realidad la parte superior, ampliada y muy desarrollada, de su médula espinal. Un poeta dijo una vez que su cerebro no era más que un pedazo de médula espinal con unos nudos. Estaba en lo cierto, pero podría haber agregado que es el asiento de su intelecto, sus emociones, su habla, su equilibrio y muchas otras cosas más.

Se debe evitar todo lo que pueda excitar el sistema nervioso del poeta. La asistencia frecuente al cine o la televisión es dañina. Asimismo, el uso de tabaco, alcohol y drogas tiene un efecto funesto sobre el cerebro y los nervios del poeta. Las manos del poeta empiezan a temblar. Su visión disminuye, se vuelve triste, tiene ataques súbitos de irritación e ira. Poco a poco pierde toda la dignidad y hasta puede hundirse en la locura. Además, se le hace difícil reproducirse.

 

vi—Reproducción y sentidos del poeta macho adulto

 

Los principales órganos encargados de la reproducción del poeta macho adulto son los testículos y el pene del poeta. Cuando el poeta macho adulto ve a una hembra, su cerebro la da al pene, qué es un músculo, las instrucciones correspondientes. Se dice entonces que el poeta tiene, o que no tiene, una “erección”. Es razonable suponer que sólo cuando se alcanza la erección, y cuando se asegura el consentimiento de la hembra, el pene del poeta puede introducirse en la vagina.

La frecuencia de estos actos depende de la información que su cerebro posea respecto a lo que sucede alrededor del poeta. Este es el motivo por el cual órganos especiales permiten al poeta oír, oler, gustar, sentir y ver.

Usted puede preguntarse cómo hace el poeta para oír cosas y voces. Esto se debe a sus tímpanos. El tímpano del poeta es capaz de vibrar en respuesta a un amplio espectro de tonos. El rango preciso difiere de poeta a poeta. Algunos son capaces de oír el chillido agudo de un murciélago, y algunos no.

El sentido del olfato es el más misterioso de todos los sentidos especiales del poeta, y aquel del que menos sabemos. Mientras que la mayoría de los poetas puede distinguir entre el delicado perfume de una rosa y el olor hediondo de una fábrica de gas, hay algunos poetas que, si mastican una cebolla con los ojos cerrados y la nariz tapada, no pueden distinguirla de una frambuesa. Esto se indica para demostrar que lo que se suele describir como los gustos de un poeta en realidad son olores.

La lengua del poeta es sensible a una variedad de gustos. Algunos poetas aprecian la dulzura en la punta de su lengua y la amargura en el extremo posterior de su lengua. Hay otros que aprecian la amargura en la punta de la lengua y la dulzura en la parte posterior. Sin embargo, todos los poetas hacen un abundante uso de sus lenguas para modular y articular los sonidos y las palabras de sus poemas.

En la piel del poeta hay terminaciones nerviosas sensibles que le indican cuándo, qué y a quién está tocando. Si se estudia un trozo de piel del poeta bajo un microscopio, se pueden observar estos “nervios táctiles” justo debajo de la superficie.

 

vii—Conclusiones

 

Supongamos, entonces, que el poeta ve pasar a una mujer. La mira, es decir, el lente de su ojo hace foco en ella. Su imagen se forma en la retina del poeta, pequeña e invertida. El nervio óptico del poeta transmite a su cerebro la información permitiéndole enteder el significado de la posición, la forma y el color exactos de la mujer ubicada frente al ojo del poeta.

El poeta debe luego decidir si esta mujer es su mujer, o mi mujer, o tu mujer, o la mujer de ella, o nuestra mujer, o la mujer de ustedes, o la mujer de ellos.

O, nuevamente, suponiendo que la mujer a la que mira es mayor, el poeta debe decidir si es su madre, o mi madre, o tu madre, o la madre de ella, o nuestra madre, o la madre de ustedes, o la madre de ellos.

Y si está saliendo de un auto, si es el auto de él, o tu auto, o el auto de ella, o nuestro auto, o el auto de ustedes, o el auto de ellos.

Y si todo esto ocurre en una ciudad, si es la ciudad del poeta, o mi ciudad, o tu ciudad, o la ciudad de ella, o nuestra ciudad, o la ciudad de ustedes, o la ciudad de ellos.

Y si es de noche, si es la noche de él, o mi noche, o tu noche, o la noche de ella, o nuestra noche, o la noche de ustedes, o la noche de ellos.

Y si la hora es de él, mía, tuya, de ella, nuestra, de ustedes, o de ellos.

E incluso antes de decidir, tal vez sea aburrido decidir. Mejor, piensa, es aceptar de antemano todas las posibilidades. Lo mejor es aceptar todas las posibilidades de antemano y aceptarlas siempre, para estar más allá de la región donde todo está repartido y todos pertenecen a aquello que les pertenece.

Éste, al menos, es su ideal.

Y expresa este ideal en un poema, porque es un poeta.

 

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La máquina de hacer aforismos

Marcel Bénabou concibió una máquina para fabricar aforismos; se compone de dos partes: una grmática y un léxico.
La gramática cuenta con cierta cantidad de fórmulas comúnmente utilizadas en la mayor parte de los aforismos; por ejemplo:

A es el camino más corto de B a C
A es la continuación de B por otros medios
Un poco de A nos aleja de B, mucho nos acerca
Los pequeños A hacen los grandes B
A no sería A si no fuera B
La felicidad está en A, no en B
A es una enfermedad cuyo remedio es B
Etcétera.

Si se inyecta el vocabulario en la gramática se produce ad libitum un sinfín de aforismos, algunos con más sentido que otros. De aquí en adelante, un programa de computación elaborado por Paul Braffort produce a pedido una buena docena en pocos segundos:

El recuerdo es una enfermedad cuyo remedio es el olvido
El recuerdo no sería recuerdo si no fuera olvido
Lo que viene por el recuerdo se va por el olvido
Los pequeños olvidos hacen los grandes recuerdos
El recuerdo multiplica nuestras penas, el olvido nuestros placeres
El recuerdo libera del olvido, pero ¿quién nos librará del recuerdo?
La felicidad está en el olvido, no en el recuerdo
Un poco de olvido nos aleja del recuerdo, mucho nos acerca
El olvido reúne a los hombres, el recuerdo los separa
El recuerdo nos engaña con mayor frecuencia que el olvido.
Etcétera.

Georges Perec, “Pensar/Clasificar” (trad. Carlos Gardini)

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