Archivo mensual: abril 2017

Recordar

Enigma, la máquina de los mensajes de guerra cifrados.

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More I remember

Recuerdo el sonido que hacía el plástico al saltar la soga, de cortar el aire.

Recuerdo haber hecho un rompecabezas que tenía la imagen de una casa cubierta de nieve y haberlo pegado sobre una plancha de telgopor.

Recuerdo los números del uno al diez en alemán antes de que empezaran los torneos de Telemach.

Recuerdo a Mazinger-Z.

Recuerdo el primer nunchaku que vi, en el cumpleaños de un amigo. Me parecía un arma letal e inmanejable.

Recuerdo cómo fallaba el botón de fuego de los joysticks con rapidez y ya no se podía seguir jugando.

Recuerdo el lápiz óptico.

Recuerdo haber descubierto a los rabanitos después de haberlos cosechado en la huerta de la escuela. Me gustaba la forma y no el sabor.

Recuerdo los experimentos que hacía con motorcitos, el hecho de que las pilas los hicieran girar me resultaba increíble.

Recuerdo haber participado de cinchadas.

Recuerdo el momento en que el auto de F-1 entraba a boxes y un equipo le cambiaba los neumáticos en el Pole Position.

Recuerdo haber hecho que el fuego tuviera un color verde.

Recuerdo alejarme para poner a prueba el alcance de los walkie-talkie hasta que se dejaba de escuchar.

Recuerdo, aunque muy vagamente, las fantasías que tenía con mis compañeras de la escuela.

Recuerdo haber jugado al amigo invisible.

Recuerdo haber jugado maniáticamente al ta-te-ti, llenando hojas y hojas.

Recuerdo haber hecho cuentas de multiplicar con muchos números para entretenerme en la sala de espera de la dentista.

Recuerdo unos chupetines que venían con sorpresa. La sorpresa era algún muñequito o un objeto de plástico que no estaba muy bueno y salían repetidos. Creo que se llamaba Topolín.

Recuerdo el mejor muñeco que me regalaron de chico. Se le podían poner patas de rana y una máscara para respirar bajo el agua.

Recuerdo el Chasqui-Bum.

***

Recuerdo un tocadisco que tenía una cobertura de acrílico ahumado. Como tenía problemas crónicos en la púa la experiencia de la música que tenía era visual y ausente, miraba las tapas de los discos que no podía escuchar.

Recuerdo unos cassettes raros con forma de cartucho que nunca pude escuchar tampoco. Estaban repartidos entre la casa de mis padres y la de mis abuelos. Eran objetos que no despertaban mucha curiosidad, un poco feos.

Recuerdo haber destruido un minicomponente arrojándolo repetidamente contra el piso hasta que la carcasa se deshizo. No recuerdo el por qué.

Recuerdo los cassttes con música que compilaba de los temas que pasaban en la radio. Lo hacía porque con el tiempo dejaban de pasar los temas pero lo cierto es que después casi nunca los escuchaba. Los numeré y llegaron a ser más de veinte. En todos anotaba los nombres de las canciones y los intérpretes.

Recuerdo la Z-95.

Recuerdo a Roxette.

Recuerdo a un montón de músicos que hoy me parecen patéticos o me avergüenzan y que preferiría no ser capaz de recordar.

Recuerdo una lapicera con la que se podía escribir en plateado. La usaba para ponerle los números a los cassettes con música compilada.

Recuerdo una serie donde había una niña robot. Tenía un vestido rojo y una batería en el pecho. Era una cruza entre hija adoptiva y empleada doméstica.

Recuerdo la tecla de copiado rápido de distintos pasacassttes. Todo se escuchaba agudo y acelerado. La copia completa de un cassette tenía algo mágico y también daba la sensación de estar atravesando algún tipo de límite que gráficamente estaba representado por una pestaña de plástico que había que romper o cubrir con una cinta.

Recuerdo la época en que se vendían cassettes copiados. En general la calidad del audio era deficiente y por eso no me gustaban.

Recuerdo las casas de computación donde se vendían juegos en cassette, y después en diskettes de 5″1/4. Tenían listas impresas con los títulos de los juegos adentro de carpetas que eran como un tesoro. Tengo la impresión de que estaban hechas con un cuidado extremo.

Recuerdo los distintos métodos que había para vulnerar los sistemas de seguridad de los juegos, que eran todos pirateados. Algunas eran listas con dibujos que parecían jeroglíficos y en otros círculos de papel con perforaciones que había que girar para encontrar la clave.

* * *

Recuerdo “La aventura del hombre”.

Recuerdo las colecciones que tenía de chico antes de entender algo del arte de la colección. Son cosas que a la distancia me parece incomprensible querer haber reunido, como la etapa en la que junté tapas de envases de yogur, no caracterizadas precisamente por su atractivo.

Recuerdo juntar caracoles en el verano en la playa en baldes y llevarlos después a mi casa y no saber qué hacer con los caracoles y tirarlos cuando empezaban a dar olor.

Recuerdo la revista Micromanía. Tenía un formato tabloide gigantesco. Todos los meses anunciaba novedades en la tapa que para mí eran verdaderos acontecimientos.

Recuerdo haber visto en la televisón escenarios gigantes con piezas de dominó de distintos colores que iban cayendo en cascada. Sigo sin entender cómo alguien puede dedicar tanto tiempo a algo así.

Recuerdo uno de los primeros libros de un autor argentino que me impresionó. Era de Abelardo Castillo. En la tapa tenía un detalle de un cuadro de El Bosco, tal vez “El Jardín de las delicias”. Formaba una serie con otros libros, pero los otros no me gustaron.

* * *

Recuerdo las obras de teatro escolares en las que actuaba de chico. Solía tener papeles secundarios. Una vez fui el paje de un rey.

Recuerdo a Merlín, el mago electrónico.

Recuerdo la muerte de mi perro Mason. De alguna forma es como si su muerte hubiera ensombrecido los otros recuerdos que tengo de él. El recuerdo de los animales parece ser distinto a otro tipo de recuerdos.

Recuerdo las bolitas de los primeros mouse. Había que sacarlas de vez en cuando para limpiar unas rueditas internas que se llenaban de polvo solidificado y pelos y todo lo que se encontraban en el camino y si no se la limpiaba dejaba de funcionar en una dirección en particular.

Recuerdo haber tenido de forma recurrente e interrumpida durante años flashes de una película que vi de chico sobre un mundo sumergido y fantástico habitado por criaturas no humanas.

Recuerdo la época en que compraba paquetes de figuritas.

Recuerdo las competencias improvisadas por figuritas que consistían en ubicarlas en el piso y darlas vuelta con la mano en forma de cueva haciendo que las impulse el aire pero sin tocarlas.

Recuerdo haber completado así muchos álbumes.

Recuerdo la Commodore 64.

Recuerdo la Commodore 128, que no era tan buena como como la Commodore 64.

Recuerdo las PC XT, pero no exactamente el momento en que pasé de las Commodore a las PC, como si hubiera en el medio un período en blanco, en que no usaba ninguna computadora.

Recuerdo la época en que sólo yo sabía usar una computadora en mi familia.

Recuerdo haberme ocupado siempre de las conexiones de los cables entre dispositivos, como el televisor y el video.

Recuerdo leer detenidamente manuales de instrucciones de videograbadoras. Tenían una seriedad y un grado de detalle al principio que con el tiempo se fue simplificando hasta llegar a prácticamente la nada.

Recuerdo los manuales de instrucciones que acompañaban a las primeras computadoras hogareñas. Eran pequeños libritos espiralados impresos en un papel grueso y brillante.

Recuerdo cuando quise aprender por mi cuenta a programar en código máquina. Empezaba y abandonaba muy rápidamente.

Recuerdo los estuches para guardar discos de 5″1/4. Tenían una tapa deslizable que se levantaba hacia arriba como el puente levadizo de un castillo.

Recuerdo ir en auto por calles inundadas.

Recuerdo las canciones de María Elena Walsh que pasaban en la radio a la mañana. Las pasaban en una época en que ya no era chico.

Recuerdo haber jugado al fútbol, al hockey, al vóley, al softball, al rugby.

Recuerdo practicar cómo se hace un tacle.

Recuerdo haber tenido clases de baile folcrórico en la escuela. Eran pasos de baile medio desubicados.

Recuerdo haberme entusiasmado en esa época con el zapateo. Había siete posiciones que había que repetir con cada uno de los pies, indefinidamente.

Recuerdo a los vendedores de “kits” escolares en la puerta de la escuela. Parecían fantásticos porque incluían muchas cosas pero al final eran muy decepcionantes por algún motivo. Creo que incluía objetos de mala calidad pero muy coloridos. En la parte de atrás tenía un plano donde estaban representados todos los objetos incluidos.

Recuerdo haber leido durante años la revista “Muy interesante” desde el principio hasta el fin.

Recuerdo una brújula en forma de globo que estaba en la guantera de un auto.

Recuerdo las manijas metálicas cromadas en las puerta de los autos.

Recuerdo los autos con dos puertas. Tenían este sistema que permitía levantar los asientos para llegar atrás pero era incómodo y había que desarrollar habilidades especiales para llegar hasta el otro lado sin quedar atrapado o golpearse en el camino.

Recuerdo haber sido reprendido por atravesar límites espaciales en la escuela. De chico, por haber trepado a una zona que era un techo o contrafrente. Después, por caminar por una zona dentro de una base militar que quedaba en el exterior de la escuela. Me molestaba porque no había ninguna indicación que estableciera que había cruzado un límite en el espacio. Era una época en que tenía conversaciones-caminata.

Recuerdo los “asaltos”. Tenía la impresión de que eran un fraude y que nunca pasaba nada de lo que prometían.

Recuerdo las peleas en la infancia. Una vez me dejaron un ojo morado y una vez le di una golpiza a un chico. Lo que no recuerdo es el motivo de las peleas.

Recuerdo a los chicos a los que tomaban “de punto”. En general tenían alguna debilidad física, eran frágiles o bajos.

Recuerdo una chica que había repetido de grado. Eso le daba un aura especial, como si supiera más cosas que los demás.

Recuerdo un chico que se ponía violento más seguido que los demás. Era el hijo de uno o más abogados.

Recuerdo cuando el mundo de los adultos no existía.

Recuerdo que de chico lo único que quería hacer era crecer para dejar de ser chico. Llegó un momento en que los demás chicos me parecían unos tarados y yo quería estar solo con gente más grande.

Recuerdo la primera vez que probé whisky. Fue en un bar. Me pareció horrible.

Recuerdo un verano en que todas las tardes iba en secreto a un bar y me tomaba una cerveza. Creo que no hacía nada más. Iba, la tomaba, y después me volvía.

Recuerdo escuchar la radio en un walkman en la escuela al mediodía. Era la época en que la escuela ya no me interesaba.

Recuerdo haber querido aprender a manejar antes de poder sacar el registro y que cuando podía sacarlo había dejado de interesarme.

Recuerdo los primeros CDs que compré en el extranjero.

Recuerdo haber leido “La peste” entero en un viaje de avión mientras todos los demás pasajeros estaban dormidos.

Recuerdo todos los viajes en avión que hice, que se confunden en un único mega-viaje. Extraño viajar en avión.

Recuerdo los juegos de luces y las máquinas de humo de las primeras discotecas a las que fui a bailar. La música no era buena pero la pasaba bien porque iba en grupo y era un inconsciente.

Recuerdo haber conocido a una chica a través de un programa de radio. Tenía una historia personal super-trágica. Hablamos por teléfono y nos vimos un par de veces y no pasó nada. Se llamaba Adriana. Creo que fue la primer chica con la que hablé por teléfono.

Recuerdo haber hecho amigos por correspondencia. En algunos casos nos encontrábamos personalmente y después los perdía de vista. Uno era un chico cordobés. El día en que nos encontramos un sacado quiso robarnos, le dio un cabezazo y terminamos en una sala de guardia.

Recuerdo lo difícil que era decidirnos a comprar una revista pornográfica con mis amigos de la escuela. Nadie quería hacerlo, todos querían que lo hiciera otro.

Recuerdo las tapas de las revistas pornográficas que tenía, que no eran muchas, los colores. Penthouse me gustaba más que Playboy.

Recuerdo que uno de mis platos favoritos de chico eran las papas noisette. Era la época en que los acompañamientos son más importantes que el plato principal. Después, no sé cómo ni por qué, no volví a verlas en mucho tiempo.

Recuerdo que otro plato que me gustaba y que pedía siempre que iba a un restaurante con mi familia era la suprema a la Maryland con papas fritas grillé.

Recuerdo los viajes en que había más de un auto yendo en la misma dirección, el momento en que uno pasaba al otro, y también mirar por el parabrisas hacia atrás para ver si estaba.

Recuerdo la letra que tenía de chico. Era más alargada.

Recuerdo el día en que decidí dejar la escuela. En la memoria se presenta como una decisión categórica y definitiva, pero en los hechos fue el resultado lento de una larga ebullición en la que día tras días me rompieron las pelotas de distinto modo por estupideces, durante años.

Recuerdo haber hecho un video documental semiclandestino sobre la escuela secundaria. En las imágenes tiene el mismo grado de inocencia que los desfiles que filmó Leni RIefensthal, solo que mucho menos espectaculares por supuesto.

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Archivado bajo Autobiografía sucinta, Letters to You, The Suburbs

Pantalla de la computadora

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Me cuesta creer que del otro lado de la pantalla de la computadora (o en la pantalla misma) hay otras personas, o la manifestación de otras personas. La última vez en que eso ocurrió fue hace unos días, chateando con Flora. Se impuso como si solo existiéramos nosotros y mantuvimos una conversación sobre la banda punk que queremos crear, corazones rotos era uno de los nombres posibles, y la letra decía “te voy a violar la mente/te voy a violar la mente” o algo así. Después nos vimos y me di cuenta de que me sigue gustando como cuando vivíamos juntos.
La impresión general que me da el uso de la computadora es que del otro lado hay una especie de loco malvado, a veces, y otras veces una abstracción que podría ser la totalidad de la humanidad, o de la humanidad computarizada, pero en general gana la idea del loco malvado que está conectado con las empresas de transporte y los comerciantes y los medios y también con las personas que me rodean. Por supuesto, esta visión entra en contradicción con mi visión más bien idealizada de las computadoras, que es una visión infantil, un tanto desautorizada por el conocimiento de la historia. En la visión infantil la computadora es el imperio del juego y de las posibilidades desconocidas y misteriosas de la programación, arte en el que me ejercité de forma amateur desde mi primer “Hello World” infantil hasta hoy con muchas alzas y bajas. En la perspectiva más radical de la programación, los sistemas operativos son compiladores de alto nivel y todos los usuarios de computadoras son programadores sin saberlo.
Pero dejando de lado la parte especulativa el tema de qué es lo que veo en la pantalla es problemático en sí. Alguna vez hablé con un psicoanalista de este tema, o no exactamente de esto sino de algo parecido y me di cuenta de que no nos entendíamos mucho: a fin de cuentas, habíamos nacido en distintas épocas, que es como decir en distintos mundos; no porque creyera que las épocas no pueden comunicarse entre sí, pero era como si quisiera establecer un estado de las cosas independiente de mi experiencia, que es algo que otras veces volvió a ocurrir más tarde.
Las computadoras: tampoco sé qué lugar otorgarles en esta historia, pero son la presencia que más parece haberse modificado a mi alrededor después de mi cuerpo en el tiempo. Su ubicuidad, por ejemplo, me resulta un poco inconcebible, graciosa tal vez pero finalmente amenazante. Estas mismas palabras que escribo, que son como la continuación de las que escribía cuando era más chico en la computadora antes de acostarme, medio en secreto, en una máquina tantas veces menos rápida que no podría calcularlo, tienen que hacer un esfuerzo para no quedar desplazadas por toda la exterioridad que ahora la computadora representa o trae al interior del hogar. Antes también se trataba de exterioridad, pero era una producción mediada por las compañías de software, que eran como el equivalente de los estudios de cine antes de la aparición del cine independiente. En todo caso, el paradigma se modificó, convivimos armoniosamente unos veinte años, las actualizaciones de los clones, y los avances en los microprocesadores 8086 hasta que los perdimos de vista porque dejaron de ser designados con números, desde la aparición de los primeros modems (1993?) e impresoras hasta hace unos pocos años (2009?) en que algo se descalabró técnicamente.
En qué consiste exactamente el descalabro es algo que no podría describir exactamente. Por ejemplo, podría pensar que se asemeja a la experiencia del “crack-up” de fitzgerald, que tiene muy buenas descripciones, pero en mi caso creo que se trata de un acontecimiento no tan íntimo exclusivamente, sino algo de naturaleza más social o hasta mediática y global – éxtimo? Ahora cada vez que surge una duda sobre la existencia de una palabra el impulso automático es a buscarla en internet pero es un impulso reflejo un poco extraño, parecido a rascarse cuando a uno le pica algo, pero nada pica, y aparte no se sabe bien qué se puede encontrar en la búsqueda.
No sé a dónde apunto exactamente o qué es exactamente esa experiencia del hundimiento que experimento o experimenté y de la que creo que las computadoras o la forma que adoptan los medios de interconexión en el presente forman parte, por no decir que fueron sus instigadores o el medio utilizado para su primera aparición tal vez. Los medios: siempre está claro que podrían haber adoptado muchas formas distintas a la actual, eso lo saben los que estudian sus orígenes, por ejemplo, la zona de ebullición que es aplacada (que también es algo que hoy puede observarse en las prohibiciones de acceso al contenido… pero si no se puede acceder, por qué aparecen en los resultados de la búsqueda????).

Para volver al tema del loco malvado, tal vez siempre estuvo ahí y no podía verlo… llamémoslo el espíritu de Von Neuman… el loco maldito y genial que lo inventó todo, y si no lo inventó todo da lo mismo, podría haberlo inventado… el loco malvado es también la mirada superadora (la mirada satelital) que tiene un objetivo de captura y control de todo, que puede mover multitudes, pagar agentes para patear pisos de departamentos, simular atracos, generar incendios, embotellamientos, paros, que controla el contenidos de los medios, y a la vez… es inofensivo, o es inofensivo fuera del ámbito de la mente y de los efectos de la mente sobre el cuerpo, en el sentido de que no utiliza (no requiere) de la violencia física, o en todo caso, solo en muy contadas ocasiones, y en ese caso lo hace bajo la apariencia de la defensa del orden a través de agentes policiales, que serían como los que hacen el trabajo sucio.

internet… tiene algo de bazar de sorpresas continuas que es una fuente de placer y a la vez de aislamiento. es como poder estar tirado en una biblioteca con acceso libre, donde aparte se puede fumar y no se escuchan voces de desubicados y no hay que depender del financiamiento deficiente del estado. pero por supuesto no articula bien. es dificil entenderlo en términos de quienes nacen en un mundo que ya es así: por ejemplo, podría pensar qué piensa/pensaba de la prensa alguien que naciera en el momento de su incepción; no tengo idea.

es como si despertara esa relación de amor/odio absoluto porque de alguna forma haría realidad algún tipo de sueño de posibilidad de acceso al mundo de la fantasía y el ocio como un espectáculo de feria letrado pero a la vez tiene el costo de la inmovilización o el vaciamiento (aun para los supuestos medios moviles, que requieren de la inmovilidad para el uso de la mayoría de sus funciones nuevas).

a veces siento que me la paso dando vueltas sobre el o los mismos temas sin resolver nada. por qué no “puedo” escribir tranquilamente un mensaje de correo como en otras épocas: en otras épocas, escribía largos mensajes de correo, en algunos casos divertidos, un poco kitsch tal vez vistos a la distancia, o cursis a veces, pero ahora siento que ese tipo de mensajes no aparecen o no tienen un destinatario claro y lo que queda por escribir es como una bazofia, el equivalente del procesamiento de los desechos urbanos transplantado al ámbito informático: comunicaciones con operadores anónimos o con mandarines medio deficientes, que no aportan nada, o que afectivamente, o comercialmente, o intelectualmente no aportan nada. Siento que el tema del silencio es algo que tiene que ser pensado.

No el silencio es términos ontológicos a la manera de, no sé, el sacerdote que escribe poemas sobre el silencio de dios. No me interesa el silencio de dios ni la teología en el fondo, me interesa mi propio silencio, y también el silencio o lo que interpreto como el silencio de personas cercanas, eso que si no es silencio es una comunicación en una señal de onda que está cerca del cero, sin picos, sin ondulación, como una interferencia más que un sentido. ¿De dónde sale eso, y por qué tiene un efecto contagioso, o silenciador?

Hay por supuesto muchas hipótesis sobre este tema, que tal vez no sean muy importantes. Por ejemplo, está la hipótesis que dice que la conciencia, el pensamiento o lo que sea no es un objeto al que se pueda acceder a través del lenguaje entonces todos los intentos son medio en vano y bien pueden ser descartados; después está la hipótesis utilitaria, según la cual las personas que poseen algún tipo de poder, aunque sea menor, lo obtienen precisamente a través del manejo del silencio, o de la utilización adecuada del silencio, porque en caso contrario eso que les permite estar en el poder sería de conocimiento de otro que podría quitarle el lugar, la idea del poder como fuente de distracción, de embrutecimiento, que es un poco la idea de la educación moderna tal vez, el ocultamiento de la naturaleza de las cosas antes que su develación, o en todo caso la creación de especialidades, etc.; después no sé si hay muchas hipótesis más: está la idea de que nada puede ser transformado también, la idea de la derrota, de que fui derrotado?, o de que nada tiene sentido ni finalidad, y que mis objetos de identificación son los animales antes que las personas porque las personas se me presentan como demasiado animales para convertirse en objeto de identificación, no las personas en su totalidad sino muchas personas desconocidas, pero las suficientes como para establecer algún tipo de estadística genérica que me lleva a creer que son, digamos, la mayoría, podría ser el grupo de no-lectores de Henry James o cualquier otro grupo equivalente, esta es una idea medio estúpida que cuenta con el aval de no sé, mucha gente, es un poco la visión de mi familia tal vez, si se lleva a un extremo, la de la valoración de las cosas que no poseería o que sólo me volverían valioso en caso de poseerlas -dinero, influencia, hijos?-.

Me volví a perder un poco en el hilo de la argumentación. En todo caso, lo cierto es: demasiadas personas (y cosas) que no merecían atención alguna fueron escuchadas en sus puntos de vista y por supuesto, de la síntesis de múltiples puntos de vista distintos no surge una visión unificada mayor sino un menjunje no comestible. Las grandes visiones, o las visiones que perduran, o se pueden transmitir, no son conjuntos de infinitas o numerosas visiones necesariamente, son síntesis que funcionan a través de la exclusión de otras visiones. También la informática es un poco así: primero se aproxima, después se apropia, finalmente toma el poder (quizás la odio por haber extendido la traducción automática o asistida???). No deja de ser un caso de éxito, también Robert Walser es un caso de éxito, imagino que en parte disímiles, en todo caso uno puede “procesar” al otro. Por eso creo que si lograra “procesar” la informática, o “procesar” el derecho, por pensar en dos zonas que se presentan o se presentaron como conflictivas, no la informática o el derecho en sí, sino tal vez la forma en que son utilizados, o incluso su interconexión, la forma en que la informática se lleva puesto cualquier tipo de derecho a la privacidad por ejemplo, que es algo que aparentemente habría que tolerar o aceptar o entender como lógica imperante para toda actividad humana, que es algo que no termina de cerrar, porque no podrían explicarse, no sé, los ataques secretos y un montón de otros fenómenos. Por qué la tecnología creará ese efecto de ser constantemente vigilado y estar absolutamente controlado??? ¿Y es real o es una fantasía? Porque también es muy fácil utilizar una serie de repeticiones idiotas, de números, de nombres, de palabras, de datos, para crear una ilusión de efecto de amenaza, así como es fácil crear un efecto de amenaza por teléfono simplemente realizando llamados que no son activados, quiero decir, a los que no se responde, por ejemplo cuando se repiten, o en todo caso para alguien criado en un contexto donde eso no ocurre habitualmente. La cuestión en parte es: quién procesa a quién. Eso también es algo que hay que recordar. En particular cuando uno se relaciona con instituciones o zonas del saber y del poder, o incluso al salir a la calle a hacer las compras al supermercado.

letter soup

¿Por qué la calle se convirtió en una zona tan apestada, tan sucia, tan poco interesante también? Ahí es donde veo como distintas zonas del “mundo” se presentan como cada vez un poco más cerradas. Acá también hay muchas respuestas posibles, hipótesis. Una es que la calle se presenta como un teatro malo que oculta todo, o en todo caso que oculta algo que sería “lo real”, aunque no queda del todo claro en qué podría consistir eso. La economía de la vida cotidiana, por ejemplo, ocultaría la economía a gran escala, el funcionamiento de los grandes flujos de dinero, la depreciación de la moneda, las desigualdades en el acceso, etc.??? La cuestión es también, cuál sería el problema en ese caso… como si quisiera que la ciudad fuera un libro de economía abierto que me explique por qué en este momento no tengo el dinero suficiente para, no sé, viajar a tailandia?, que es algo que a personas más sensatas seguramente nunca se les habría ocurrido. Con la economía por supuesto me hago más problemas de los que debería tal vez, tomando en cuenta que puedo prescindir de los grandes lujos a los que seguramente nunca pueda acceder y que en el fondo solo me interesan en ocasiones como curiosidad, en tanto saber de la existencia de castillos o Fabergè eggs es mejor que no saber de su existencia, o eso creo, como cuando se descubre el nombre de una ciudad nueva, o como cuando se la descubría antes en la literatura, sin preocuparse por saber a qué país pertenecía, y entendiendo que el momento en que se lo descubre tiene a veces algo de maravilla o de fatal, de final de la fantasía y localización, algo abstracto, de coordenada.

La calle se volvió un poco así porque no estoy enamorado; esta es una hipótesis, no estoy enamorado o no soy querido por quienes quiero, o creo que no soy querido, o no encuentro la forma de transformar mi afecto en otra cosa, o algo así, también puede ser que crea que soy un insecto, o un superhombre o alguien más que humano para quien lo humano ya no es el medio de circulación, como un pez fuera del agua o un ave dentro del agua, o lo que sea que se encuentre fuera de su habitat, que si hiciera memoria tal vez sea una experiencia que se extiende en el tiempo desde la adolescencia o la infancia (esto y el capricho?) pero con el tiempo se volvió más radical, como si hiciera que no me entendiera con las cosas, con las cosas o las personas, como si condenara a las generaciones del pasado por haber conostruido espacios feos y a los del presente por continuarlos, o como si viera la fealdad de los seres humanos y no pudiera aceptarla, la fealdad de los viejos y de los jóvenes, en particular el componente aborigen americano que tiene algo realmente feo, o el rastro de la pobreza o de la genética deficiente (!seamos realistas!), y a las calles por estar hechas para los automóviles, a la publicidad por inundar el espacio, a las muchedumbres por amontonarse, a los dueños de perros por pasear perros, y así, alguien muy intolerante que como siempre qué sé yo, tengo razón y a la vez qué puedo hacer, mudarme, que es lo que debería haber hecho hace tiempo y no le encontré la vuelta porque la ciudad y la familia me atraparon, al menos hasta ahora, la ciudad como si fuera una familia ausente y visceversa, pero es algo que no parece tener solución casi excepto en el pasaje al mundo nocturno que es el que en el fondo siempre preferí, el mundo donde las madres no pasean a sus hijos y los idiotas miran la televisión o se masturban.
Igual en el fondo realmente creo que es una cuestión afectiva que espero que tenga algún arreglo. Es decir, no entiendo si le presto una atención excesiva a cosas que no tienen importancia, o a las que no tiene sentido prestarle importancia, como cuando me molestaba que hubiera una pintada política frente al departamento y a todos les chupaba un huevo, o cuando me molestaba que en los postes de luz pegaran propagandas políticas o propagandas publicitarias y a todos les chupaba un huevo, que son como las pruebas de las personas a mi alrededor son un poco deficientes o excesivamente tolerantes o lo que sea, pero que claramente son cosas que no estan o no estaban bien y no podían verlo y quizás yo en otra época no les prestaba atención y después casi dejé de prestarles atención pero me parece que no está bien, por no decir que es una negrada, o algo medio degradante, convertir el espacio público en espacio públicitario, que es una costumbre que no sé de dónde habrá salido pero en ciertas zonas de clase media es como si se hubiera extendido como una peste, el tipo de cosas que no llego a comprender y que me molestan o me molestaban, como los subtes graffiteados, esas cosas que no queda claro si son la fiesta del monstruo o algún tipo de deficiencia del control que estaría dirigido hacia algún tipo de objeto no identificado errado: no contra el afeamiento, excepto en el caso de que se pueda encontrar algún tipo de aporte en las caritas sonrientes de políticos pegados en postes o en los nombres de partidos o inmobiliarias o estudios de abogados, que obviamente no son, o eso espero, el objeto del problema, el problema es la desafección, la pérdida de algún tipo de centro en torno al cual giran las cosas, que en distintas ocasiones fueron personas y lugares que es como si no estuvieran del todo, o se transmutaron en figuritas de facebook, que en muchos casos tiene algo infernal: la experiencia vivida negada sintetizada, o la continuación de la vida en la que uno existe como recuerdo para el otro y visceversa en los casos en los que no está todo claro o resuelto sobre la relación o la naturaleza de la relación, o quién es cada uno, que tal vez es lo que ocurra en la mayoría de los casos, nada queda claro, ni qué fue lo que llevó a la atracción, ni qué fue lo que llevó a la separación, todo perdido en un torbellino de fragmentos de detalles de manos y paisajes que se entremezclan sin crear un super-paisaje total sino todo inconexo, como papeles que se despegan de las paredes o simulaciones digitales incompletas donde hay partes indefinidas que no muestran nada y en las que hay que instalarse por un tiempo para poder encontrar algo, un recuerdo perdido, una cama la altura de un techo una luz una forma de la oscuridad olores olvidados carreras cielos a través de ventanas acolchados esas cosas que a veces prefieren ser olvidadadas tal vez porque no se sabe qué quieren decir…

letters

De alguna forma es como si siempre volviera o quisiera volver al mismo punto, cómo es que la vida se me escapó de las manos, o quién la está viviendo por mí, si la pregunta corresponde, no en términos de avatares o identificaciones imaginarias sino realmente. Imaginariamente está la posibilidad de que haya algo de eternidad en cada vida y que todo sea revivido continuamente, en ese caso no habría problema porque seguiría viviendo las partes buenas, el problema es con las partes malas, o por qué de alguna forma es como si se hubiera instalado lo malo de una forma fatal, fatal o tal vez exagere un poco pero comparativamente mal, mal en mayúsculas, como cuando uno está enfermo o vomita y el cuerpo responde mal o recuerda que es un instrumento frágil, que se puede romper demasiado fácilmente y que los cuidados nunca alcanzan, que los placeres nunca son suficientes, y en efecto no se presentan, o se presentan bajo la forma del aislamiento, que tiene algo placentero y también algo forzado que finalmente termino atribuyendo a la arquitectura, a la forma en que las comunicaciones parecen estar hechas para alejar a las personas, encontrarme rodeado de personas hundidas en sus teléfonos celulares por ejemplo, que es una experiencia del terror o del vaciamiento del espacio social, o de creación de agujeros, de pozos, como paredes, lugares en los que probablemente no tendría que haberme encontrado, quién sabe. Como cuando se aprenden cosas que son como patadas que no es la idea que tengo del conocimiento verdadero, o del verdadero aprendizaje, que idealmente es como en algún tipo de diálogo platónico en el que uno se va deshaciendo de las ideas falsas pero progresivamente, no a los ponchazos y por accidente como me ocurrió, que caí en lugares donde bien podría no haber estado, o eso creo, zonas muy especializadas con las que estoy y no estoy relacionado (la informática y el derecho?).

El problema en todo caso es la dificultad que encuentro o encontré todo este tiempo para escribir por ejemplo algo como esto: un volcado de memoria o un vómito de preocupaciones que son un ejercicio de libertad que por algún motivo no podría permitirme. Qué es lo que pasa ahí, qué fue lo que entró en cortocircuito es algo que no está claro, por qué paso el tiempo mirando estupideces en facebook que no me dicen nada, por ejemplo, o en proyectos que parecen caer un poco por fuera de mi área de conocimiento. Entiendo que hay un desafío en el aprendizaje de una disciplina nueva o que la traducción por ejemplo, en el caso de que sea mi especialidad, es flexible, puede hipotéticamente decirlo todo, o todo lo que puede ser dicho, que a los fines prácticos es todo, en tanto lo que no puede ser dicho, que es de alguna forma aquello por lo que estoy tomado, no tiene mucho valor o importancia o me excede o tiene que ser traducido en algún momento, como si hubiese sido tomado por algún tipo de devenir-animal? por fuera del lenguaje que se articula con una esfera de lo familiar y las profesiones que lo rodean, las profesiones o las charlatanerías que la sostienen o las empresas que la sostienen, un entramado donde el lenguaje no instrumental ocupa tal vez un lugar muy reducido porque todo es muy instrumental, más bien rígido, y está lleno de zonas no visibles o invisibles recortadas y es un mundo donde no sé si hay mucho lugar para vivir tranquilo, tiene algo asfixiante o que busca doblegar; o sea, entre eso, que no es muy bueno, y una masa de exterioridad invasora, rapaz, con la que no hay prácticamente vínculos posibles; en el medio, una capa más o menos indefinida de personas en las que confío que están ausentes o perdidas o de las que no sé nada o de las que en algún momento me distancié o que parecieron confundirse con esa masa exterior, como si en efecto buscaran algún tipo de afirmación de sí a través de mi negación (??), que o bien es una experiencia natural o es un problema, un problema en tanto parece haberse repetido en distintas circunstancias o con distintas personas desvinculadas entre sí, al parecer sin motivo alguno también, a menos que hubiera algún tipo de debilidad que mi presencia desprendiera como pidiendo ser aplastado, que hasta donde entiendo o creo no fue así, o tendría que haber sido algo que estuviera presente en el tono de voz o en las palabras y en el cuerpo de forma independiente entre sí porque podía operar telefónicamente, por email o concretamente, quiero decir presente.

Qué sé yo. La idea de poder escribir algo con un teclado verdadero, es decir, levemente ruidoso, sin llegar a la máquina de escribir, y sin tener que manosear las teclas viscosas de la laptop, y sin pensar que esto tiene que ser compartido con otros también tiene un efecto liberador. El peso de la idea de compartir, que es algo sobre lo que en ocasiones reflexiono y sigo sin encontrarle una respuesta, pero tiene una carga bastante pesada. Una versión sintetizada del conductismo más ramplón que me recuerda esa película de John Carpenter donde la publicidad revelaba su verdadero contenido o su contenido esencial a quienes las veían con unos lentes especiales? y era solo la palabra “Comprar” o “Consumir” que las imágenes o las palabras envolvían y llenaban de volutas. Es algo que tal vez tenga que intentar solucionar, técnicamente, así como hice desaparecer la publicdad de los exploradores, en la medida de lo posible, evitar ciertos gadgets, o evitar la interacción subhumana con exparejas, eso también tiene un efecto muy degradante que todavía no soy capaz de comprender plenamente, y que en el fondo tienen algo de venganza tal vez, de demarcación de territorio o de apropiación que no me hizo/hace bien, esa reducción de la complejidad de las relaciones a señales que no son más que miradas, la radiación de explosiones de estrellas en el pasado que tarda en llegar, algo pútrido en tanto no participa de nada significativo en el presente en la mayoría de los casos, y si se tratara de algún tipo de llamado o comunicación no queda en claro que se trate de eso (eso mismo, por supuesto, puedo decir sobre mis propias comunicaciones ineficaces, por supuesto). Ese componente especular de las relaciones o de las comunicaciones, últimamente, también se me aparece en ocasiones para presentarme como alguien “ineficaz” por decirlo de algún modo, pero también para revelarme algo que no llego a entender del todo sobre las relaciones entre las personas, cómo es que aparecen y desaparecen en la vida, y cómo es que una simple negación puede hacer desaparecer a alguien del mismo modo en que yo desaparecí para otro al recibir ese tipo de respuesta, algo que se presenta de un modo confuso o como un signo de un mal entendimiento del funcionamiento de la lógica de las relaciones que a la vez no termina de develarse, algo que explicaría el hecho de que en muchas ocasiones me haya encontrado últimamente solo cuando podría no haberlo estado, algo que tiene que ver con un mal manejo de cuestiones de agendas, que por supuesto también atribuyo en parte a cuestiones informáticas, a las cosas que las máquinas hacen de forma automatizadamente mal y las cosas que podrían hacer y no hacen, como si su presencia o su evolución fuera un componente del problema, la expansión/democratización de los servicios, o su extensión hacia personas que no saben utilizarlos o generan algún tipo de interferencia no digerible, algo que finalmente tiene que ser aceptado pero no queda tampoco del todo claro, como los débiles mentales o minusválidos que generan problemas nuevos para la vida en común, problemas de exteriorización de la exclusión de la que fueron víctimas y su proyección. Esa zona oscura de la vida social habitada por todo tipo de freaks, mogólicos, amputados, inválidos, pordioseros, agentes secretos, que también presenta el problema o la ilusión de que -y esto es realmente un problema- siempre habría algo que los otros saben que desconozco, algún tipo de control sobre la situación, o algún tipo de envío de señales, positivas, negativas, de colores o diseños, que me enviarían en alguna dirección, algo difícil de analizar, donde habría posibilidad de quedar como un rey o un ganador en pequeñas obritas de morondanga donde en general eso no ocurre, pequeñas obritas o no, quién sabe, cosas que se presentan como puertas o vías a la satisfacción del deseo sexual o afectivo, como comunicación de una forma medio primitiva, que no terminan de resolverse, o que en ocasiones llevan a una experiencia medio extática, de quedar sobrepasado, pequeñas maravillas de la inacción o la histeria de los cuerpos que no se deciden o no pueden o quedan inmovilizados como en uno de esos efectos ópticos digitales donde la figura vuela sin haberse movido del lugar en el que está, a veces rodeado de un aura en los bordes que puede ser verdosa, de esos momento muchos, o algunos importantes que constituirían solos un ranking de la contemplación de la belleza que desaparece para nunca más volver bajo la misma forma exacta que me afiebran y a la vez es como si no condujeran a nada, como si reconociera algo que podría convertir a una persona en una estrella y pasara de largo o tuviera que resignarme a aceptar su fugacidad, es eso que tienen las chicas como Flora que no sé qué es, tocada o elegida por los dioses, que es algo que tal vez esté en todos pero ahí está más concentrado, o no está en todos, porque en general soy demasiado bueno en ese sentido con el tema de la universalidad, es algo de lo que tal vez la mayoría de las personas carece, y cuando lo tienen lo pierden con mucha facilidad, y si no lo pierden solo lo pueden ver pocas personas.

Todo así hasta

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(12/12/2012 4:49)

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Ante el dolor de los demás. The Look of Silence (2014), de Joshua Oppenheimer

En el artículo “El efecto de lo real” Barthes se interroga sobre el significado de las descripciones en los novelistas (Flaubert) y los historiadores (Michelet). Llega a la conclusión de que son insignificantes, adornos analógicos que solo acompañan a la acción predictiva donde se libra la verdadera batalla en el esfuerzo por capturar lo real. Extrapolando su idea, uno podría preguntarse de qué sirven, en “The Look of Silence”, todos los planos de la familia del protagonista, los detalles de las larvas de mariposa, ver a Adi parado sobre su cabeza. Son un complemento de la trama pero no son la trama; paradójicamente, tienen el patetismo, o la belleza, de los que carecen las imágenes y las entrevistas a los asesinos indonesios, muchas de ellas grabadas por el director con anterioridad y vistas por el protagonista inmóvil frente a un televisor.

Empecemos de nuevo: no sabemos nada sobre Indonesia. Por algún extraño motivo, que tiene que ver con cuestiones geopolíticas, no conocemos nada de su historia (que fue una colonia neerlandesa hasta fines de la Segunda Guerra Mundial), de su geografía (está compuesta por 17.000 islas), de sus habitantes (actualmente, 255 millones de personas), de su forma de alimentación, de su vida cotidiana (no conozco a nadie que haya ido de vacaciones a Indonesia, por ejemplo). En el comienzo de la película hay una serie de carteles sucesivos que informan al espectador: “En 1965, el gobierno indonesio fue derrocado por el ejército. Todos los opositores a la dictadura militar podían ser acusados de ser comunistas: los miembros de sindicatos, los campesinos sin tierras y los intelectuales. En menos de un año, más de un millón de «comunistas» fueron asesinados; y los perpetradores aún están en el poder a lo largo y a lo ancho del país”. Es la misma advertencia que prologaba un film anterior de Joshua Oppenheimer, “The Act of Killing” (2012), de temática similar.(1) Pero “The Act of Killing” era un film diferente, ambivalente, casi revulsivo, que le daba la palabra (y la cámara) a dos matones de poca monta responsables de los asesinatos masivos de 1965-1966 en Indonesia para que describieran tranquilamente cómo se ocuparon de masacrar a los “comunistas”: ahorcándolos con alambre a uno detrás de otro para luego tirarlos al río; otorgándoles la cámara para que realicen su fantasía de hacer una película sobre ese período, kitsch, alucinada, musical, en la que las víctimas le pedían por favor a los asesinos que los mataran frente a un grupo de bailarinas. Es una película que durante un tiempo me resistí a ver por el asco que provoca: tal vez por primera vez en la historia del cine se puede contemplar el archivo de los verdugos y estos tienen un lugar de enunciación protegido y ejemplar, donde no sólo no se arrepienten de lo que hicieron, sino que se jactan del genocidio y reciben visitas ilustres y se los sigue en su vida cotidiana mientras se reúnen con sus nietos o se presentan como candidatos para seguir una carrera política y buscan entre la población no-actores para representar (reeenact) sus actos atroces del pasado.

“The Look of Silence”, que según el director iba a ser el primero de los dos films, es diferente. Aquí seguimos parsimoniosamente a Adi, cuyo hermano murió en el genocidio indonesio antes de que él naciera, mientras intenta reconstruir a través de entrevistas con los responsables del mismo qué ocurrió realmente. Como contraparte del progresivo show del horror que componen los legisladores y mafiosos que entrevista, se lo ve jugando con su hija y hablando con su madre o asistiendo a su padre senil. La madre es ejemplar, la voz de la cordura y de la memoria, la única que fue testigo del asesinato (el hijo vino corriendo a pedir ayuda desangrándose y se lo volvieron a llevar diciéndole que lo iban a enviar al hospital cuando el objetivo era matarlo) y que, más de cuarenta años después, guarda el rencor hacia personas con las que se ve obligada a cruzarse seguido en el pueblo, los responsables del asesinato de su hijo que quedaron sueltos porque los crímenes de estado que acompañaron la modernización del país no fueron asistidos por un avance en la evolución de los derechos humanos. Como en una ucronía de Philip Dick, en el pueblo indonesio los victoriosos son los enemigos, y éstos siguen dispersos, en algunos casos felizmente dispuestos a presentarse frente a una cámara para recrear las técnicas utilizadas para sus asesinatos.

Las imágenes familiares, en este sentido, son reconfortantes. El padre ciego, centenario, que no puede caminar solo y cree tener dieciséis años; la hija que juega con los anteojos de Adi o se tira un pedo y se ríe; los nudos en las manos de la madre que muestran en un único plano su experiencia y su edad. Adi, como si se tratara de un efecto del azar narrativo, es oftalmólogo u oculista, aquel que se ocupa de arreglar la visión de los demás, los que no pueden o no quieren ver. Principalmente con esta excusa visita a los miembros de los escuadrones de la muerte y los testigos del asesinato de su hermano para recetarles anteojos y aprovecha para hacerles preguntas sobre el pasado. Pero de algún modo es como si no encontrara interlocutores: las personas no quieren recordar, prefieren el olvido y el silencio, están seniles o no sienten (al igual que en “The Act of Killing”) el más mínimo arrepentimiento por lo que hicieron, riéndose al recordarlo. Cuentan atrocidades, como la forma en que decapitaban a los enemigos con un solo golpe de machete, o cómo bebían su sangre, supuestamente como un “medio” para no volverse locos, cómo le cortaron los senos a una mujer, o cómo llevaron la cabeza de un decapitado a un comercio con el fin de asustar al comerciante.

En las entrevistas hay una progresión, desde las mujeres del barrio que no quieren evocar el pasado hasta el asesino que se niega a seguir hablando con la excusa de que no quiere hablar de política y los familiares de un asesino muerto que directamente se sacan los micrófonos y deciden interrumpir la grabación. El protagonista, de cuarenta y tres años, un hombre cuya vida corre riesgo por participar del film, y por lo tanto guarda secreto sobre su nombre y localidad de origen, tiene una impasibilidad y un laconismo ejemplar: es el detective, o el alter ego, del director, aquel que quiere averiguar sobre lo desconocido de sus propios orígenes, o los de su familia, y guarda por lo general una sangre fría envidiable. Sólo se quiebra en una de las entrevistas finales, en la que la hija de un asesino le pide perdón en nombre de su padre y ambos se abrazan y ella le pide que los considere parte de su familia. Algo que parece incomprensible a primera vista, que en el protagonista no haya sed de venganza sino solo un ansia de verdad. Como al enterarse que su propio tío fue en su juventud carcelero de la celda en la que su hermano estuvo atrapado y no hizo nada por salvarlo, aduciendo que no sabía que lo iban a matar junto a todos los demás.

Como observa David Oubiña en la introducción a una colección de ensayos sobre Jean-Luc Godard, podríamos decir que en este caso, como en el del último período del director francés, Oppenheimer “ha abandonado los rasgos de un hacedor de filmes (un filmmaker) para asumirse como un humanista que encuentra en el cine una dimensión utópica donde convergen el mundo, el pensamiento y la creación”.(2) O en palabras de Alain Badiou cuando se propone reflexionar sobre el siglo xx: “el siglo es el lugar de acontecimientos tan apocalípticos, tan espantosos, que la única categoría apropiada para decretar su unidad es el crimen”.(3) Esto por supuesto coloca al espectador en un lugar incómodo, de testigo de una investigación sobre un genocidio acaecido (como es mi caso) antes de haber nacido, en un país remoto, del que se desconoce la lengua y la cultura. Ya lo había señalado Susan Sontag en su reflexión sobre las fotografías de guerra: “Ser espectador de calamidades que tienen lugar en otro país es una experiencia intrínseca de la modernidad, la ofrenda acumulativa de más de siglo y medio de actividad de esos turistas especializados y profesionales llamados periodistas. Las guerras son ahora también las vistas y sonidos de las salas de estar. La información de lo que está sucediendo en otra parte, llamada «noticias», destaca los conflictos y la violencia −«si hay sangre, va en cabeza», reza la vetusta directriz de la prensa sensacionalista y de los programas de noticias que emiten titulares las veinticuatro horas− a los que se responde con indignación, compasión, excitación o aprobación, mientras cada miseria se exhibe ante la vista”.(4) Es a este lugar, conocido y desconocido a la vez, el del espectador de la catástrofe lejana ubicado en un lugar seguro que Kant asociaba a lo sublime, donde se arroja al espectador. Como contrapartida, en el sitio web de “The Look of Silence”(5) hay mucha información documental sobre el genocidio indonesio, pero eso no quita que estemos mirando una película, no ya un noticiero ni el paper de un historiador. El film nos lleva a interrogarnos sobre nuestra propia relación con el mal y la posibilidad de la venganza, sobre el influjo de la guerra o el terrorismo de estado en la vida familiar (por ejemplo, de nuestros abuelos o padres), o sobre hasta qué punto se puede sostener en un contexto adverso un resto de dignidad y memoria en nombre de los asesinados injustamente en el pasado. Algo que lleva directamente al problema del archivo de la memoria en el cine, a la posibilidad que tiene éste de detenerse para interrogar lo real o dar testimonio de aquello que por años fue escondido en silencio, incluyendo la esquiva humanidad del asesino.

Cabe señalar que en este documental, nominado al Oscar y producido por Errol Morris y Werner Herzog, en los créditos finales aparecen mencionados muchos de los colaboradores técnicos del film como “anónimos”. Esto se hizo así porque si se supiera que participaron del film su vida, aún hoy, correría peligro.

Leonel Livchits

leonellivchits@caligari.com.ar

(1) Sobre esta película puede leerse Sverdloff, Mariano. “El archivo de los verdugos. A propósito de The Act of Killing, de Joshua Oppenheimer” en Kilómetro 111. Ensayos sobre cine, Número 12. Historia política, Buenos Aires, junio de 2014.

(2) Oubiña, David (comp.), Jean-Luc Godard: el pensamiento del cine. Cuatro miradas sobre Histoire(s) du cinéma, Buenos Aires, Paidós, 2005.

(3) Badiou, Alain. El siglo. (trad. Horacio Pons). Buenos Aires, Manantial, 2005 (mi subrayado).

(4) Sontag, Susan. Ante el dolor de los demás. (trad. Aurelio Major). Buenos Aires, Alfaguara, 2005.

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