Archivo mensual: mayo 2022

BARRIO

Andrómeda encadenada a una roca, de Gustave Doré

Then I’ll dig a tunnel from my window to yours.

Neighbourhood #1 (Tunnel), Arcade Fire

Y te quedaste mirando la nada.

«Amigo Piedra», El mató a un policía motorizado

Me quedé mirando la nada, la nada, la nada, la nada, la nada que anda y nada, por primera vez el 27 de septiembre de 1975, en el barrio de Almagro, seguramente, parado en el borde de piedra del cordón de una esquina a lo largo de algunas horas. No tenía nada para hacer porque tenía el día libre, y la idea de observar más detenidamente el mero transcurrir de la sucesión innumerable de  acontecimientos transcurridos en una porción minúscula de la urbe, con toda su carga de unicidad en la repetición, me produjo ese día una fascinación exhilarante. Lo primero que observé fue mi acto de observar, no es que yo mismo estuviera reflejado en ese momento en el cristal espejado de una vidriera comercial, si no que el mero hecho de haberme detenido, sin hacer nada, contra un poste de luz primero, y luego contra el tronco de un árbol ralo, primero con un cigarrillo en la boca, pero después ya más acostumbrado a ejercer el acto privado de no tener nada para hacer en público, generó a mi alrededor una oscura sensación de sospecha entre los transeúntes y los automovilistas que se cruzaban, raudos, ajenos a mis pensamientos, siempre en líneas rectas, excepto en los casos en que tenían que esquivarme, por ejemplo cuando un niño con su guardapolvo blanco manchado de barro en las bocamangas y de hollín en el bolsillo derecho se quedó por unos instantes mirándome fijamente a los ojos, como si le recordara a alguien conocido, un familiar, o el padre de un amigo, o tal vez el almacenero o el kiosquero. Tenía los ojos de un verde claro algo ambarino, con pequeñas manchas negras en las pupilas, y por su forma de pestañear, presurosa, para defenderse de los rayos del sol de la tarde que caían sobre ambos, vi en su pestañear no el batir de las alas de una mariposa o un ave, sino la certeza de que, habiendo empezado y dejado la carrera de oftalmología, ese niño iba a necesitar de grande anteojos para poder ver mejor, y que con el paso del tiempo el vidrio de los lentes iba a tener que ser cada vez más grueso, y que lo más probable es que terminara quedando ciego. Ese cálculo sobre el desarrollo de la acuidad ocular futura me había quedado muy interiorizado gracias a las clases del profesor Mendicutti, que decía que el mejor oftalmólogo no ve, como los amantes o las madres, el alma en el globo ocular, sino una miríada de potenciales patologías a primera vista, que solo un parpadeo de un ojo entrenado alcanza para comprender, sin necesidad de los costosos instrumentos que solo tienen los centros de ojos más avanzados de la ciudad, todo lo que el ojo vio y verá, la cantidad de túneles subterráneos que atravesará en su vida, si el sol lo enceguecerá o los decilitros por metro cúbico de llanto en la edad adulta, la posibilidad de una sequedad en el miotelio, la presbicia, el glaucoma, la perentoria necesidad de usar catalejos para observar las orillas distantes de las tierras de ultramar, sin mencionar los efectos a largo plazo nocivos de la contemplación del fuego de las pantallas de los televisores, que en ese momento ya habían empezado no solo a popularizarse sino a emitir unos rayos catódicos multicolores mucho más precisos que el triste blanco y negro y grises que en el pasaje del papel a la pantalla de cine y de ésta al pequeño formato del aparato de televisión, apodado “la tele”, claramente había perdido contraste, definición, profundidad de campo, grano, una relación química entre las emulsiones y los rayos de las luces solares o artificiales, que pasaron a ser barridos, barridos eléctricos diminutos, esas formas de circular de los puntos que hacen que en los momentos en que se producen interferencias las imágenes se deformen de una manera particular, onduladamente sinusoidal, que la línea recta de una columna vertebral humana se quiebre como si se tratara de una serpiente arrastrándose por el desierto, y así la carne también, los contornos de la figura humana se desvanecen a partir de su forma original, analógica, la que captan los ojos de los satélites, y cuerpos gordos parecen esbeltos, y las chicas más delgaditas unas figuras morrudas, aunque claro que esto depende mucho de la altura de los cuerpos: el enano o el basquetbolista deformados por la lente retransmisora adquieren medidas inéditas a veces, pero no como si se enfrentaran a un espejo deformante que los volviera cómicos para sí mismos o para los demás, si no que aparecen en contextos nuevos, como cuando uno dice “enano” a un niño o “lungo” a alguien que solo es alto para la media de las alturas circundantes, esas alturas que hacen que el niño, cuando mira hacia arriba, hacia el adulto, alto o no, lo vea desde la perspectiva en que un caminante observa una catedral o un rascacielos, con ese mismo grado de extrañeza, como si se tratara no solo de una especie no humana, o mejor dicho, de una creación no humana, si no como si tampoco tuviera relación alguna con las torres que construyen las termitas o los hormigueros que se patean al quedar con el pie atrapado por una montaña de tierra y hormigas. ¿Pero quién diría que iba a ponerme a pensar en hormigas, rojas y negras y de otros tonos más sutiles, cuando lo que ocurría era que estaba parado, inmóvil, contra un poste de luz que se extendía hacia lo alto y transmitía la electricidad con una velocidad casi fotovoltaica, cables y cables tendidos por manos y cuerpos humanos coordinados que imaginaba más o menos así: el primer hombre dice, “Que el poste de luz sea”, y se hace el poste de luz; el eco llega hasta los oídos del contemplador ocioso de los bosques de abedules y pinos, y se hace eco, eco, eco, eko, eco que llega a los ojos y los oídos del leñador que va caminando por el monte con su hacha bajo el brazo, y la considera un instrumento idóneo, antes de que llegaran las motosierras eléctricas, para transformar un árbol caído en un poste de tendido de luz eléctrica eléctrica eléctrica, y así los árboles caídos se erigen nuevamente como postes para que el hombre recuerde que desciende del mono y de los gorilas en la niebla que los naturalistas y evolucionólogos hipotetizaron con tanto ahínco aunque sin tanto eco, el eco del árbol caído que se levanta totémico sobre el macadam de la ciudad sí, pero el impulso de trepar, latente, como los otros, no, ese queda un poco más sometido a las reglas de traslado espacial de la era espacial, o bien volar por los aires, teniendo cuidado de no caer, o bien llevar paracaídas en esos casos, o un instructor de ala delta, o bien avanzar rectilíneamente por las rutas y las calles que a veces sí, suben y bajan, forman lomas, pequeñas lomitas que ponen a prueba la tracción a sangre del ciclista y los caballos de fuerza de los automóviles, porque es verdad, solo a un idiota podría ocurrírsele construir una ciudad en la ladera de un monte o una montaña, produciría una cierta sensación de vértigo difícil de tragar, la idea de que avanzar y retroceder son operaciones que no se cumplen en el mismo lapso de tiempo, sino que siempre es más lento ascender, excepto en un ascensor, y bajar es algo que se hace rapidísimo, hay pendientes, uno puede caer rodando a toda velocidad y chocar contra piedras minerales en el camino, manojos de yuyos, arbustos, paredes de construcciones de distinto tipo y estructura y función, o que van a cambiar su función con el tiempo, porque nada sirve para siempre la misma función, esto es algo que se aplica a las hojas en las que se imprimen los papeles de los diarios y mucho más allá, no hay silla que no sirva para sentarse y a su vez para alguna otra cosa más, sobre una silla se puede coger, aunque para algunos resulte incómodo o inusual o sucio, se puede trepar sobre la silla y saltar de una silla a otra, como si se tratara no de la silla que el domador usa en el circo para protegerse del león, sino como el salto entre rocas al borde de un arroyo, esas corrientes de agua que nacen en la profundidad de fuentes más amplias y profundas, hasta que todo desemboca en algún lado, pero ese lado es desconocido, sería imposible seguir el trayecto de cada arroyo y contar sus lechos y afluentes, sería una tarea de topógrafo, de maniático de la clasificación y la numeración o la nominalización, esos antiguos maniáticos que le dieron nombres a los ríos y a los lagos y a los arroyos, a algunos les gustaba contarlos y le pusieron Primero, Segundo, Tercero, pero no sé si avanzaron mucho más en esa dirección, se volvía difícil contabilizar las cosas cuando había muchas cosas y se prefirió darles nombres, decir “Ego te baptiso in nomine patri et figli et spiritu sancti” arroyo Maldonado, y que así sea por los siglos de los siglos, amén (sin el amén), y así logramos entendernos y si tenemos que unir coordenadas de longitud y latitud, que son nombres numéricos, cabe la posibilidad de que un lugar tenga un nombre un poco más poético, llamémoslo, que otro, “La plata”, el río de la guita, de la guitarra y el guitarrear, que poético decir argentum y no, por ejemplo, El día de los trífidos, o Andrómeda, parecería de algún modo que las huellas de los nombres del pasado horadan las tierras, echan raíces que se pudren, y así es como todos nos identificamos con un lugar o con un nombre o con un río nauseabundo, vertiginoso, convertido en la tierra del esquí acuático de los grandes saltimbanquis, inaccesible para quienes no quieren o no saben que no quieren saber nadar, porque si nadaran no se ahogarían, como temen y vaticinan los promotores del nado recreativo y el scuba-diving, si no que se convertirían en hombre-pez, abandonarían la tierra, que dejarían para que los nacionalistas luchen por las precisiones cartográficas de sus fronteras y los productores de postes de electricidad para la electrificación de los corrales y las tranqueras, y los productores de otras cosas para que produzcan todo lo demás, lo necesario y lo innecesario, que finalmente o en ocasiones es lo más necesario, y saldría en busca de una sirena, iría a algún pueblito de pescadores para que le cuenten leyendas, con la sospecha de que las leyendas siempre tienen algo de cierto y algo de inventado, leyendas sobre los productos de los fabricantes de postes eléctricos, leyendas por todas partes para que algo parezca cierto y algo inventado, leyendas como la de Andrómeda, hija de Cefeo y Casiopeia, según lo cuenta Higinio en su Astronomia Poetica, que dice así: La madre de Andrómeda pretendía ser más hermosa que todas las Nereidas. Estas, celosas, habían pedido al dios Poseidón que las vengase de tal insulto, y este, para complacerlas, envió un monstruo que asoló Etiopía, las tierras de Cefeo. Interrogado por el rey, el oráculo predijo que el reino se vería libre de aquella plaga si Andrómeda era expuesta como víctima expiatoria atada a una roca para luego ser sacrificada. Perseo, de regreso de su expedición contra la Gorgona, la vio, se enamoró de ella, y prometió a Cefeo liberar a su hija si se la daba por esposa. Cefeo aceptó, y Perseo dio muerte al monstruo y se casó con la doncella. Solo cabe agregar que Fineo, hermano de Cefeo, que había sido el prometido de la joven, urdió una conjura contra Perseo. Al descubrir Perseo esta conspiración, mostró a sus enemigos la cabeza de la Gorgona, que los transformó en piedra.

Deja un comentario

Archivado bajo Fiction, Work In Progress