Archivo de la categoría: Autobiografía sucinta

Recordar

Enigma, la máquina de los mensajes de guerra cifrados.

***

More I remember

Recuerdo el sonido que hacía el plástico al saltar la soga, de cortar el aire.

Recuerdo haber hecho un rompecabezas que tenía la imagen de una casa cubierta de nieve y haberlo pegado sobre una plancha de telgopor.

Recuerdo los números del uno al diez en alemán antes de que empezaran los torneos de Telemach.

Recuerdo a Mazinger-Z.

Recuerdo el primer nunchaku que vi, en el cumpleaños de un amigo. Me parecía un arma letal e inmanejable.

Recuerdo cómo fallaba el botón de fuego de los joysticks con rapidez y ya no se podía seguir jugando.

Recuerdo el lápiz óptico.

Recuerdo haber descubierto a los rabanitos después de haberlos cosechado en la huerta de la escuela. Me gustaba la forma y no el sabor.

Recuerdo los experimentos que hacía con motorcitos, el hecho de que las pilas los hicieran girar me resultaba increíble.

Recuerdo haber participado de cinchadas.

Recuerdo el momento en que el auto de F-1 entraba a boxes y un equipo le cambiaba los neumáticos en el Pole Position.

Recuerdo haber hecho que el fuego tuviera un color verde.

Recuerdo alejarme para poner a prueba el alcance de los walkie-talkie hasta que se dejaba de escuchar.

Recuerdo, aunque muy vagamente, las fantasías que tenía con mis compañeras de la escuela.

Recuerdo haber jugado al amigo invisible.

Recuerdo haber jugado maniáticamente al ta-te-ti, llenando hojas y hojas.

Recuerdo haber hecho cuentas de multiplicar con muchos números para entretenerme en la sala de espera de la dentista.

Recuerdo unos chupetines que venían con sorpresa. La sorpresa era algún muñequito o un objeto de plástico que no estaba muy bueno y salían repetidos. Creo que se llamaba Topolín.

Recuerdo el mejor muñeco que me regalaron de chico. Se le podían poner patas de rana y una máscara para respirar bajo el agua.

Recuerdo el Chasqui-Bum.

***

Recuerdo un tocadisco que tenía una cobertura de acrílico ahumado. Como tenía problemas crónicos en la púa la experiencia de la música que tenía era visual y ausente, miraba las tapas de los discos que no podía escuchar.

Recuerdo unos cassettes raros con forma de cartucho que nunca pude escuchar tampoco. Estaban repartidos entre la casa de mis padres y la de mis abuelos. Eran objetos que no despertaban mucha curiosidad, un poco feos.

Recuerdo haber destruido un minicomponente arrojándolo repetidamente contra el piso hasta que la carcasa se deshizo. No recuerdo el por qué.

Recuerdo los cassttes con música que compilaba de los temas que pasaban en la radio. Lo hacía porque con el tiempo dejaban de pasar los temas pero lo cierto es que después casi nunca los escuchaba. Los numeré y llegaron a ser más de veinte. En todos anotaba los nombres de las canciones y los intérpretes.

Recuerdo la Z-95.

Recuerdo a Roxette.

Recuerdo a un montón de músicos que hoy me parecen patéticos o me avergüenzan y que preferiría no ser capaz de recordar.

Recuerdo una lapicera con la que se podía escribir en plateado. La usaba para ponerle los números a los cassettes con música compilada.

Recuerdo una serie donde había una niña robot. Tenía un vestido rojo y una batería en el pecho. Era una cruza entre hija adoptiva y empleada doméstica.

Recuerdo la tecla de copiado rápido de distintos pasacassttes. Todo se escuchaba agudo y acelerado. La copia completa de un cassette tenía algo mágico y también daba la sensación de estar atravesando algún tipo de límite que gráficamente estaba representado por una pestaña de plástico que había que romper o cubrir con una cinta.

Recuerdo la época en que se vendían cassettes copiados. En general la calidad del audio era deficiente y por eso no me gustaban.

Recuerdo las casas de computación donde se vendían juegos en cassette, y después en diskettes de 5″1/4. Tenían listas impresas con los títulos de los juegos adentro de carpetas que eran como un tesoro. Tengo la impresión de que estaban hechas con un cuidado extremo.

Recuerdo los distintos métodos que había para vulnerar los sistemas de seguridad de los juegos, que eran todos pirateados. Algunas eran listas con dibujos que parecían jeroglíficos y en otros círculos de papel con perforaciones que había que girar para encontrar la clave.

* * *

Recuerdo “La aventura del hombre”.

Recuerdo las colecciones que tenía de chico antes de entender algo del arte de la colección. Son cosas que a la distancia me parece incomprensible querer haber reunido, como la etapa en la que junté tapas de envases de yogur, no caracterizadas precisamente por su atractivo.

Recuerdo juntar caracoles en el verano en la playa en baldes y llevarlos después a mi casa y no saber qué hacer con los caracoles y tirarlos cuando empezaban a dar olor.

Recuerdo la revista Micromanía. Tenía un formato tabloide gigantesco. Todos los meses anunciaba novedades en la tapa que para mí eran verdaderos acontecimientos.

Recuerdo haber visto en la televisón escenarios gigantes con piezas de dominó de distintos colores que iban cayendo en cascada. Sigo sin entender cómo alguien puede dedicar tanto tiempo a algo así.

Recuerdo uno de los primeros libros de un autor argentino que me impresionó. Era de Abelardo Castillo. En la tapa tenía un detalle de un cuadro de El Bosco, tal vez “El Jardín de las delicias”. Formaba una serie con otros libros, pero los otros no me gustaron.

* * *

Recuerdo las obras de teatro escolares en las que actuaba de chico. Solía tener papeles secundarios. Una vez fui el paje de un rey.

Recuerdo a Merlín, el mago electrónico.

Recuerdo la muerte de mi perro Mason. De alguna forma es como si su muerte hubiera ensombrecido los otros recuerdos que tengo de él. El recuerdo de los animales parece ser distinto a otro tipo de recuerdos.

Recuerdo las bolitas de los primeros mouse. Había que sacarlas de vez en cuando para limpiar unas rueditas internas que se llenaban de polvo solidificado y pelos y todo lo que se encontraban en el camino y si no se la limpiaba dejaba de funcionar en una dirección en particular.

Recuerdo haber tenido de forma recurrente e interrumpida durante años flashes de una película que vi de chico sobre un mundo sumergido y fantástico habitado por criaturas no humanas.

Recuerdo la época en que compraba paquetes de figuritas.

Recuerdo las competencias improvisadas por figuritas que consistían en ubicarlas en el piso y darlas vuelta con la mano en forma de cueva haciendo que las impulse el aire pero sin tocarlas.

Recuerdo haber completado así muchos álbumes.

Recuerdo la Commodore 64.

Recuerdo la Commodore 128, que no era tan buena como como la Commodore 64.

Recuerdo las PC XT, pero no exactamente el momento en que pasé de las Commodore a las PC, como si hubiera en el medio un período en blanco, en que no usaba ninguna computadora.

Recuerdo la época en que sólo yo sabía usar una computadora en mi familia.

Recuerdo haberme ocupado siempre de las conexiones de los cables entre dispositivos, como el televisor y el video.

Recuerdo leer detenidamente manuales de instrucciones de videograbadoras. Tenían una seriedad y un grado de detalle al principio que con el tiempo se fue simplificando hasta llegar a prácticamente la nada.

Recuerdo los manuales de instrucciones que acompañaban a las primeras computadoras hogareñas. Eran pequeños libritos espiralados impresos en un papel grueso y brillante.

Recuerdo cuando quise aprender por mi cuenta a programar en código máquina. Empezaba y abandonaba muy rápidamente.

Recuerdo los estuches para guardar discos de 5″1/4. Tenían una tapa deslizable que se levantaba hacia arriba como el puente levadizo de un castillo.

Recuerdo ir en auto por calles inundadas.

Recuerdo las canciones de María Elena Walsh que pasaban en la radio a la mañana. Las pasaban en una época en que ya no era chico.

Recuerdo haber jugado al fútbol, al hockey, al vóley, al softball, al rugby.

Recuerdo practicar cómo se hace un tacle.

Recuerdo haber tenido clases de baile folcrórico en la escuela. Eran pasos de baile medio desubicados.

Recuerdo haberme entusiasmado en esa época con el zapateo. Había siete posiciones que había que repetir con cada uno de los pies, indefinidamente.

Recuerdo a los vendedores de “kits” escolares en la puerta de la escuela. Parecían fantásticos porque incluían muchas cosas pero al final eran muy decepcionantes por algún motivo. Creo que incluía objetos de mala calidad pero muy coloridos. En la parte de atrás tenía un plano donde estaban representados todos los objetos incluidos.

Recuerdo haber leido durante años la revista “Muy interesante” desde el principio hasta el fin.

Recuerdo una brújula en forma de globo que estaba en la guantera de un auto.

Recuerdo las manijas metálicas cromadas en las puerta de los autos.

Recuerdo los autos con dos puertas. Tenían este sistema que permitía levantar los asientos para llegar atrás pero era incómodo y había que desarrollar habilidades especiales para llegar hasta el otro lado sin quedar atrapado o golpearse en el camino.

Recuerdo haber sido reprendido por atravesar límites espaciales en la escuela. De chico, por haber trepado a una zona que era un techo o contrafrente. Después, por caminar por una zona dentro de una base militar que quedaba en el exterior de la escuela. Me molestaba porque no había ninguna indicación que estableciera que había cruzado un límite en el espacio. Era una época en que tenía conversaciones-caminata.

Recuerdo los “asaltos”. Tenía la impresión de que eran un fraude y que nunca pasaba nada de lo que prometían.

Recuerdo las peleas en la infancia. Una vez me dejaron un ojo morado y una vez le di una golpiza a un chico. Lo que no recuerdo es el motivo de las peleas.

Recuerdo a los chicos a los que tomaban “de punto”. En general tenían alguna debilidad física, eran frágiles o bajos.

Recuerdo una chica que había repetido de grado. Eso le daba un aura especial, como si supiera más cosas que los demás.

Recuerdo un chico que se ponía violento más seguido que los demás. Era el hijo de uno o más abogados.

Recuerdo cuando el mundo de los adultos no existía.

Recuerdo que de chico lo único que quería hacer era crecer para dejar de ser chico. Llegó un momento en que los demás chicos me parecían unos tarados y yo quería estar solo con gente más grande.

Recuerdo la primera vez que probé whisky. Fue en un bar. Me pareció horrible.

Recuerdo un verano en que todas las tardes iba en secreto a un bar y me tomaba una cerveza. Creo que no hacía nada más. Iba, la tomaba, y después me volvía.

Recuerdo escuchar la radio en un walkman en la escuela al mediodía. Era la época en que la escuela ya no me interesaba.

Recuerdo haber querido aprender a manejar antes de poder sacar el registro y que cuando podía sacarlo había dejado de interesarme.

Recuerdo los primeros CDs que compré en el extranjero.

Recuerdo haber leido “La peste” entero en un viaje de avión mientras todos los demás pasajeros estaban dormidos.

Recuerdo todos los viajes en avión que hice, que se confunden en un único mega-viaje. Extraño viajar en avión.

Recuerdo los juegos de luces y las máquinas de humo de las primeras discotecas a las que fui a bailar. La música no era buena pero la pasaba bien porque iba en grupo y era un inconsciente.

Recuerdo haber conocido a una chica a través de un programa de radio. Tenía una historia personal super-trágica. Hablamos por teléfono y nos vimos un par de veces y no pasó nada. Se llamaba Adriana. Creo que fue la primer chica con la que hablé por teléfono.

Recuerdo haber hecho amigos por correspondencia. En algunos casos nos encontrábamos personalmente y después los perdía de vista. Uno era un chico cordobés. El día en que nos encontramos un sacado quiso robarnos, le dio un cabezazo y terminamos en una sala de guardia.

Recuerdo lo difícil que era decidirnos a comprar una revista pornográfica con mis amigos de la escuela. Nadie quería hacerlo, todos querían que lo hiciera otro.

Recuerdo las tapas de las revistas pornográficas que tenía, que no eran muchas, los colores. Penthouse me gustaba más que Playboy.

Recuerdo que uno de mis platos favoritos de chico eran las papas noisette. Era la época en que los acompañamientos son más importantes que el plato principal. Después, no sé cómo ni por qué, no volví a verlas en mucho tiempo.

Recuerdo que otro plato que me gustaba y que pedía siempre que iba a un restaurante con mi familia era la suprema a la Maryland con papas fritas grillé.

Recuerdo los viajes en que había más de un auto yendo en la misma dirección, el momento en que uno pasaba al otro, y también mirar por el parabrisas hacia atrás para ver si estaba.

Recuerdo la letra que tenía de chico. Era más alargada.

Recuerdo el día en que decidí dejar la escuela. En la memoria se presenta como una decisión categórica y definitiva, pero en los hechos fue el resultado lento de una larga ebullición en la que día tras días me rompieron las pelotas de distinto modo por estupideces, durante años.

Recuerdo haber hecho un video documental semiclandestino sobre la escuela secundaria. En las imágenes tiene el mismo grado de inocencia que los desfiles que filmó Leni RIefensthal, solo que mucho menos espectaculares por supuesto.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Autobiografía sucinta, Letters to You, The Suburbs

Pantalla de la computadora

letters__
Me cuesta creer que del otro lado de la pantalla de la computadora (o en la pantalla misma) hay otras personas, o la manifestación de otras personas. La última vez en que eso ocurrió fue hace unos días, chateando con Flora. Se impuso como si solo existiéramos nosotros y mantuvimos una conversación sobre la banda punk que queremos crear, corazones rotos era uno de los nombres posibles, y la letra decía “te voy a violar la mente/te voy a violar la mente” o algo así. Después nos vimos y me di cuenta de que me sigue gustando como cuando vivíamos juntos.
La impresión general que me da el uso de la computadora es que del otro lado hay una especie de loco malvado, a veces, y otras veces una abstracción que podría ser la totalidad de la humanidad, o de la humanidad computarizada, pero en general gana la idea del loco malvado que está conectado con las empresas de transporte y los comerciantes y los medios y también con las personas que me rodean. Por supuesto, esta visión entra en contradicción con mi visión más bien idealizada de las computadoras, que es una visión infantil, un tanto desautorizada por el conocimiento de la historia. En la visión infantil la computadora es el imperio del juego y de las posibilidades desconocidas y misteriosas de la programación, arte en el que me ejercité de forma amateur desde mi primer “Hello World” infantil hasta hoy con muchas alzas y bajas. En la perspectiva más radical de la programación, los sistemas operativos son compiladores de alto nivel y todos los usuarios de computadoras son programadores sin saberlo.
Pero dejando de lado la parte especulativa el tema de qué es lo que veo en la pantalla es problemático en sí. Alguna vez hablé con un psicoanalista de este tema, o no exactamente de esto sino de algo parecido y me di cuenta de que no nos entendíamos mucho: a fin de cuentas, habíamos nacido en distintas épocas, que es como decir en distintos mundos; no porque creyera que las épocas no pueden comunicarse entre sí, pero era como si quisiera establecer un estado de las cosas independiente de mi experiencia, que es algo que otras veces volvió a ocurrir más tarde.
Las computadoras: tampoco sé qué lugar otorgarles en esta historia, pero son la presencia que más parece haberse modificado a mi alrededor después de mi cuerpo en el tiempo. Su ubicuidad, por ejemplo, me resulta un poco inconcebible, graciosa tal vez pero finalmente amenazante. Estas mismas palabras que escribo, que son como la continuación de las que escribía cuando era más chico en la computadora antes de acostarme, medio en secreto, en una máquina tantas veces menos rápida que no podría calcularlo, tienen que hacer un esfuerzo para no quedar desplazadas por toda la exterioridad que ahora la computadora representa o trae al interior del hogar. Antes también se trataba de exterioridad, pero era una producción mediada por las compañías de software, que eran como el equivalente de los estudios de cine antes de la aparición del cine independiente. En todo caso, el paradigma se modificó, convivimos armoniosamente unos veinte años, las actualizaciones de los clones, y los avances en los microprocesadores 8086 hasta que los perdimos de vista porque dejaron de ser designados con números, desde la aparición de los primeros modems (1993?) e impresoras hasta hace unos pocos años (2009?) en que algo se descalabró técnicamente.
En qué consiste exactamente el descalabro es algo que no podría describir exactamente. Por ejemplo, podría pensar que se asemeja a la experiencia del “crack-up” de fitzgerald, que tiene muy buenas descripciones, pero en mi caso creo que se trata de un acontecimiento no tan íntimo exclusivamente, sino algo de naturaleza más social o hasta mediática y global – éxtimo? Ahora cada vez que surge una duda sobre la existencia de una palabra el impulso automático es a buscarla en internet pero es un impulso reflejo un poco extraño, parecido a rascarse cuando a uno le pica algo, pero nada pica, y aparte no se sabe bien qué se puede encontrar en la búsqueda.
No sé a dónde apunto exactamente o qué es exactamente esa experiencia del hundimiento que experimento o experimenté y de la que creo que las computadoras o la forma que adoptan los medios de interconexión en el presente forman parte, por no decir que fueron sus instigadores o el medio utilizado para su primera aparición tal vez. Los medios: siempre está claro que podrían haber adoptado muchas formas distintas a la actual, eso lo saben los que estudian sus orígenes, por ejemplo, la zona de ebullición que es aplacada (que también es algo que hoy puede observarse en las prohibiciones de acceso al contenido… pero si no se puede acceder, por qué aparecen en los resultados de la búsqueda????).

Para volver al tema del loco malvado, tal vez siempre estuvo ahí y no podía verlo… llamémoslo el espíritu de Von Neuman… el loco maldito y genial que lo inventó todo, y si no lo inventó todo da lo mismo, podría haberlo inventado… el loco malvado es también la mirada superadora (la mirada satelital) que tiene un objetivo de captura y control de todo, que puede mover multitudes, pagar agentes para patear pisos de departamentos, simular atracos, generar incendios, embotellamientos, paros, que controla el contenidos de los medios, y a la vez… es inofensivo, o es inofensivo fuera del ámbito de la mente y de los efectos de la mente sobre el cuerpo, en el sentido de que no utiliza (no requiere) de la violencia física, o en todo caso, solo en muy contadas ocasiones, y en ese caso lo hace bajo la apariencia de la defensa del orden a través de agentes policiales, que serían como los que hacen el trabajo sucio.

internet… tiene algo de bazar de sorpresas continuas que es una fuente de placer y a la vez de aislamiento. es como poder estar tirado en una biblioteca con acceso libre, donde aparte se puede fumar y no se escuchan voces de desubicados y no hay que depender del financiamiento deficiente del estado. pero por supuesto no articula bien. es dificil entenderlo en términos de quienes nacen en un mundo que ya es así: por ejemplo, podría pensar qué piensa/pensaba de la prensa alguien que naciera en el momento de su incepción; no tengo idea.

es como si despertara esa relación de amor/odio absoluto porque de alguna forma haría realidad algún tipo de sueño de posibilidad de acceso al mundo de la fantasía y el ocio como un espectáculo de feria letrado pero a la vez tiene el costo de la inmovilización o el vaciamiento (aun para los supuestos medios moviles, que requieren de la inmovilidad para el uso de la mayoría de sus funciones nuevas).

a veces siento que me la paso dando vueltas sobre el o los mismos temas sin resolver nada. por qué no “puedo” escribir tranquilamente un mensaje de correo como en otras épocas: en otras épocas, escribía largos mensajes de correo, en algunos casos divertidos, un poco kitsch tal vez vistos a la distancia, o cursis a veces, pero ahora siento que ese tipo de mensajes no aparecen o no tienen un destinatario claro y lo que queda por escribir es como una bazofia, el equivalente del procesamiento de los desechos urbanos transplantado al ámbito informático: comunicaciones con operadores anónimos o con mandarines medio deficientes, que no aportan nada, o que afectivamente, o comercialmente, o intelectualmente no aportan nada. Siento que el tema del silencio es algo que tiene que ser pensado.

No el silencio es términos ontológicos a la manera de, no sé, el sacerdote que escribe poemas sobre el silencio de dios. No me interesa el silencio de dios ni la teología en el fondo, me interesa mi propio silencio, y también el silencio o lo que interpreto como el silencio de personas cercanas, eso que si no es silencio es una comunicación en una señal de onda que está cerca del cero, sin picos, sin ondulación, como una interferencia más que un sentido. ¿De dónde sale eso, y por qué tiene un efecto contagioso, o silenciador?

Hay por supuesto muchas hipótesis sobre este tema, que tal vez no sean muy importantes. Por ejemplo, está la hipótesis que dice que la conciencia, el pensamiento o lo que sea no es un objeto al que se pueda acceder a través del lenguaje entonces todos los intentos son medio en vano y bien pueden ser descartados; después está la hipótesis utilitaria, según la cual las personas que poseen algún tipo de poder, aunque sea menor, lo obtienen precisamente a través del manejo del silencio, o de la utilización adecuada del silencio, porque en caso contrario eso que les permite estar en el poder sería de conocimiento de otro que podría quitarle el lugar, la idea del poder como fuente de distracción, de embrutecimiento, que es un poco la idea de la educación moderna tal vez, el ocultamiento de la naturaleza de las cosas antes que su develación, o en todo caso la creación de especialidades, etc.; después no sé si hay muchas hipótesis más: está la idea de que nada puede ser transformado también, la idea de la derrota, de que fui derrotado?, o de que nada tiene sentido ni finalidad, y que mis objetos de identificación son los animales antes que las personas porque las personas se me presentan como demasiado animales para convertirse en objeto de identificación, no las personas en su totalidad sino muchas personas desconocidas, pero las suficientes como para establecer algún tipo de estadística genérica que me lleva a creer que son, digamos, la mayoría, podría ser el grupo de no-lectores de Henry James o cualquier otro grupo equivalente, esta es una idea medio estúpida que cuenta con el aval de no sé, mucha gente, es un poco la visión de mi familia tal vez, si se lleva a un extremo, la de la valoración de las cosas que no poseería o que sólo me volverían valioso en caso de poseerlas -dinero, influencia, hijos?-.

Me volví a perder un poco en el hilo de la argumentación. En todo caso, lo cierto es: demasiadas personas (y cosas) que no merecían atención alguna fueron escuchadas en sus puntos de vista y por supuesto, de la síntesis de múltiples puntos de vista distintos no surge una visión unificada mayor sino un menjunje no comestible. Las grandes visiones, o las visiones que perduran, o se pueden transmitir, no son conjuntos de infinitas o numerosas visiones necesariamente, son síntesis que funcionan a través de la exclusión de otras visiones. También la informática es un poco así: primero se aproxima, después se apropia, finalmente toma el poder (quizás la odio por haber extendido la traducción automática o asistida???). No deja de ser un caso de éxito, también Robert Walser es un caso de éxito, imagino que en parte disímiles, en todo caso uno puede “procesar” al otro. Por eso creo que si lograra “procesar” la informática, o “procesar” el derecho, por pensar en dos zonas que se presentan o se presentaron como conflictivas, no la informática o el derecho en sí, sino tal vez la forma en que son utilizados, o incluso su interconexión, la forma en que la informática se lleva puesto cualquier tipo de derecho a la privacidad por ejemplo, que es algo que aparentemente habría que tolerar o aceptar o entender como lógica imperante para toda actividad humana, que es algo que no termina de cerrar, porque no podrían explicarse, no sé, los ataques secretos y un montón de otros fenómenos. Por qué la tecnología creará ese efecto de ser constantemente vigilado y estar absolutamente controlado??? ¿Y es real o es una fantasía? Porque también es muy fácil utilizar una serie de repeticiones idiotas, de números, de nombres, de palabras, de datos, para crear una ilusión de efecto de amenaza, así como es fácil crear un efecto de amenaza por teléfono simplemente realizando llamados que no son activados, quiero decir, a los que no se responde, por ejemplo cuando se repiten, o en todo caso para alguien criado en un contexto donde eso no ocurre habitualmente. La cuestión en parte es: quién procesa a quién. Eso también es algo que hay que recordar. En particular cuando uno se relaciona con instituciones o zonas del saber y del poder, o incluso al salir a la calle a hacer las compras al supermercado.

letter soup

¿Por qué la calle se convirtió en una zona tan apestada, tan sucia, tan poco interesante también? Ahí es donde veo como distintas zonas del “mundo” se presentan como cada vez un poco más cerradas. Acá también hay muchas respuestas posibles, hipótesis. Una es que la calle se presenta como un teatro malo que oculta todo, o en todo caso que oculta algo que sería “lo real”, aunque no queda del todo claro en qué podría consistir eso. La economía de la vida cotidiana, por ejemplo, ocultaría la economía a gran escala, el funcionamiento de los grandes flujos de dinero, la depreciación de la moneda, las desigualdades en el acceso, etc.??? La cuestión es también, cuál sería el problema en ese caso… como si quisiera que la ciudad fuera un libro de economía abierto que me explique por qué en este momento no tengo el dinero suficiente para, no sé, viajar a tailandia?, que es algo que a personas más sensatas seguramente nunca se les habría ocurrido. Con la economía por supuesto me hago más problemas de los que debería tal vez, tomando en cuenta que puedo prescindir de los grandes lujos a los que seguramente nunca pueda acceder y que en el fondo solo me interesan en ocasiones como curiosidad, en tanto saber de la existencia de castillos o Fabergè eggs es mejor que no saber de su existencia, o eso creo, como cuando se descubre el nombre de una ciudad nueva, o como cuando se la descubría antes en la literatura, sin preocuparse por saber a qué país pertenecía, y entendiendo que el momento en que se lo descubre tiene a veces algo de maravilla o de fatal, de final de la fantasía y localización, algo abstracto, de coordenada.

La calle se volvió un poco así porque no estoy enamorado; esta es una hipótesis, no estoy enamorado o no soy querido por quienes quiero, o creo que no soy querido, o no encuentro la forma de transformar mi afecto en otra cosa, o algo así, también puede ser que crea que soy un insecto, o un superhombre o alguien más que humano para quien lo humano ya no es el medio de circulación, como un pez fuera del agua o un ave dentro del agua, o lo que sea que se encuentre fuera de su habitat, que si hiciera memoria tal vez sea una experiencia que se extiende en el tiempo desde la adolescencia o la infancia (esto y el capricho?) pero con el tiempo se volvió más radical, como si hiciera que no me entendiera con las cosas, con las cosas o las personas, como si condenara a las generaciones del pasado por haber conostruido espacios feos y a los del presente por continuarlos, o como si viera la fealdad de los seres humanos y no pudiera aceptarla, la fealdad de los viejos y de los jóvenes, en particular el componente aborigen americano que tiene algo realmente feo, o el rastro de la pobreza o de la genética deficiente (!seamos realistas!), y a las calles por estar hechas para los automóviles, a la publicidad por inundar el espacio, a las muchedumbres por amontonarse, a los dueños de perros por pasear perros, y así, alguien muy intolerante que como siempre qué sé yo, tengo razón y a la vez qué puedo hacer, mudarme, que es lo que debería haber hecho hace tiempo y no le encontré la vuelta porque la ciudad y la familia me atraparon, al menos hasta ahora, la ciudad como si fuera una familia ausente y visceversa, pero es algo que no parece tener solución casi excepto en el pasaje al mundo nocturno que es el que en el fondo siempre preferí, el mundo donde las madres no pasean a sus hijos y los idiotas miran la televisión o se masturban.
Igual en el fondo realmente creo que es una cuestión afectiva que espero que tenga algún arreglo. Es decir, no entiendo si le presto una atención excesiva a cosas que no tienen importancia, o a las que no tiene sentido prestarle importancia, como cuando me molestaba que hubiera una pintada política frente al departamento y a todos les chupaba un huevo, o cuando me molestaba que en los postes de luz pegaran propagandas políticas o propagandas publicitarias y a todos les chupaba un huevo, que son como las pruebas de las personas a mi alrededor son un poco deficientes o excesivamente tolerantes o lo que sea, pero que claramente son cosas que no estan o no estaban bien y no podían verlo y quizás yo en otra época no les prestaba atención y después casi dejé de prestarles atención pero me parece que no está bien, por no decir que es una negrada, o algo medio degradante, convertir el espacio público en espacio públicitario, que es una costumbre que no sé de dónde habrá salido pero en ciertas zonas de clase media es como si se hubiera extendido como una peste, el tipo de cosas que no llego a comprender y que me molestan o me molestaban, como los subtes graffiteados, esas cosas que no queda claro si son la fiesta del monstruo o algún tipo de deficiencia del control que estaría dirigido hacia algún tipo de objeto no identificado errado: no contra el afeamiento, excepto en el caso de que se pueda encontrar algún tipo de aporte en las caritas sonrientes de políticos pegados en postes o en los nombres de partidos o inmobiliarias o estudios de abogados, que obviamente no son, o eso espero, el objeto del problema, el problema es la desafección, la pérdida de algún tipo de centro en torno al cual giran las cosas, que en distintas ocasiones fueron personas y lugares que es como si no estuvieran del todo, o se transmutaron en figuritas de facebook, que en muchos casos tiene algo infernal: la experiencia vivida negada sintetizada, o la continuación de la vida en la que uno existe como recuerdo para el otro y visceversa en los casos en los que no está todo claro o resuelto sobre la relación o la naturaleza de la relación, o quién es cada uno, que tal vez es lo que ocurra en la mayoría de los casos, nada queda claro, ni qué fue lo que llevó a la atracción, ni qué fue lo que llevó a la separación, todo perdido en un torbellino de fragmentos de detalles de manos y paisajes que se entremezclan sin crear un super-paisaje total sino todo inconexo, como papeles que se despegan de las paredes o simulaciones digitales incompletas donde hay partes indefinidas que no muestran nada y en las que hay que instalarse por un tiempo para poder encontrar algo, un recuerdo perdido, una cama la altura de un techo una luz una forma de la oscuridad olores olvidados carreras cielos a través de ventanas acolchados esas cosas que a veces prefieren ser olvidadadas tal vez porque no se sabe qué quieren decir…

letters

De alguna forma es como si siempre volviera o quisiera volver al mismo punto, cómo es que la vida se me escapó de las manos, o quién la está viviendo por mí, si la pregunta corresponde, no en términos de avatares o identificaciones imaginarias sino realmente. Imaginariamente está la posibilidad de que haya algo de eternidad en cada vida y que todo sea revivido continuamente, en ese caso no habría problema porque seguiría viviendo las partes buenas, el problema es con las partes malas, o por qué de alguna forma es como si se hubiera instalado lo malo de una forma fatal, fatal o tal vez exagere un poco pero comparativamente mal, mal en mayúsculas, como cuando uno está enfermo o vomita y el cuerpo responde mal o recuerda que es un instrumento frágil, que se puede romper demasiado fácilmente y que los cuidados nunca alcanzan, que los placeres nunca son suficientes, y en efecto no se presentan, o se presentan bajo la forma del aislamiento, que tiene algo placentero y también algo forzado que finalmente termino atribuyendo a la arquitectura, a la forma en que las comunicaciones parecen estar hechas para alejar a las personas, encontrarme rodeado de personas hundidas en sus teléfonos celulares por ejemplo, que es una experiencia del terror o del vaciamiento del espacio social, o de creación de agujeros, de pozos, como paredes, lugares en los que probablemente no tendría que haberme encontrado, quién sabe. Como cuando se aprenden cosas que son como patadas que no es la idea que tengo del conocimiento verdadero, o del verdadero aprendizaje, que idealmente es como en algún tipo de diálogo platónico en el que uno se va deshaciendo de las ideas falsas pero progresivamente, no a los ponchazos y por accidente como me ocurrió, que caí en lugares donde bien podría no haber estado, o eso creo, zonas muy especializadas con las que estoy y no estoy relacionado (la informática y el derecho?).

El problema en todo caso es la dificultad que encuentro o encontré todo este tiempo para escribir por ejemplo algo como esto: un volcado de memoria o un vómito de preocupaciones que son un ejercicio de libertad que por algún motivo no podría permitirme. Qué es lo que pasa ahí, qué fue lo que entró en cortocircuito es algo que no está claro, por qué paso el tiempo mirando estupideces en facebook que no me dicen nada, por ejemplo, o en proyectos que parecen caer un poco por fuera de mi área de conocimiento. Entiendo que hay un desafío en el aprendizaje de una disciplina nueva o que la traducción por ejemplo, en el caso de que sea mi especialidad, es flexible, puede hipotéticamente decirlo todo, o todo lo que puede ser dicho, que a los fines prácticos es todo, en tanto lo que no puede ser dicho, que es de alguna forma aquello por lo que estoy tomado, no tiene mucho valor o importancia o me excede o tiene que ser traducido en algún momento, como si hubiese sido tomado por algún tipo de devenir-animal? por fuera del lenguaje que se articula con una esfera de lo familiar y las profesiones que lo rodean, las profesiones o las charlatanerías que la sostienen o las empresas que la sostienen, un entramado donde el lenguaje no instrumental ocupa tal vez un lugar muy reducido porque todo es muy instrumental, más bien rígido, y está lleno de zonas no visibles o invisibles recortadas y es un mundo donde no sé si hay mucho lugar para vivir tranquilo, tiene algo asfixiante o que busca doblegar; o sea, entre eso, que no es muy bueno, y una masa de exterioridad invasora, rapaz, con la que no hay prácticamente vínculos posibles; en el medio, una capa más o menos indefinida de personas en las que confío que están ausentes o perdidas o de las que no sé nada o de las que en algún momento me distancié o que parecieron confundirse con esa masa exterior, como si en efecto buscaran algún tipo de afirmación de sí a través de mi negación (??), que o bien es una experiencia natural o es un problema, un problema en tanto parece haberse repetido en distintas circunstancias o con distintas personas desvinculadas entre sí, al parecer sin motivo alguno también, a menos que hubiera algún tipo de debilidad que mi presencia desprendiera como pidiendo ser aplastado, que hasta donde entiendo o creo no fue así, o tendría que haber sido algo que estuviera presente en el tono de voz o en las palabras y en el cuerpo de forma independiente entre sí porque podía operar telefónicamente, por email o concretamente, quiero decir presente.

Qué sé yo. La idea de poder escribir algo con un teclado verdadero, es decir, levemente ruidoso, sin llegar a la máquina de escribir, y sin tener que manosear las teclas viscosas de la laptop, y sin pensar que esto tiene que ser compartido con otros también tiene un efecto liberador. El peso de la idea de compartir, que es algo sobre lo que en ocasiones reflexiono y sigo sin encontrarle una respuesta, pero tiene una carga bastante pesada. Una versión sintetizada del conductismo más ramplón que me recuerda esa película de John Carpenter donde la publicidad revelaba su verdadero contenido o su contenido esencial a quienes las veían con unos lentes especiales? y era solo la palabra “Comprar” o “Consumir” que las imágenes o las palabras envolvían y llenaban de volutas. Es algo que tal vez tenga que intentar solucionar, técnicamente, así como hice desaparecer la publicdad de los exploradores, en la medida de lo posible, evitar ciertos gadgets, o evitar la interacción subhumana con exparejas, eso también tiene un efecto muy degradante que todavía no soy capaz de comprender plenamente, y que en el fondo tienen algo de venganza tal vez, de demarcación de territorio o de apropiación que no me hizo/hace bien, esa reducción de la complejidad de las relaciones a señales que no son más que miradas, la radiación de explosiones de estrellas en el pasado que tarda en llegar, algo pútrido en tanto no participa de nada significativo en el presente en la mayoría de los casos, y si se tratara de algún tipo de llamado o comunicación no queda en claro que se trate de eso (eso mismo, por supuesto, puedo decir sobre mis propias comunicaciones ineficaces, por supuesto). Ese componente especular de las relaciones o de las comunicaciones, últimamente, también se me aparece en ocasiones para presentarme como alguien “ineficaz” por decirlo de algún modo, pero también para revelarme algo que no llego a entender del todo sobre las relaciones entre las personas, cómo es que aparecen y desaparecen en la vida, y cómo es que una simple negación puede hacer desaparecer a alguien del mismo modo en que yo desaparecí para otro al recibir ese tipo de respuesta, algo que se presenta de un modo confuso o como un signo de un mal entendimiento del funcionamiento de la lógica de las relaciones que a la vez no termina de develarse, algo que explicaría el hecho de que en muchas ocasiones me haya encontrado últimamente solo cuando podría no haberlo estado, algo que tiene que ver con un mal manejo de cuestiones de agendas, que por supuesto también atribuyo en parte a cuestiones informáticas, a las cosas que las máquinas hacen de forma automatizadamente mal y las cosas que podrían hacer y no hacen, como si su presencia o su evolución fuera un componente del problema, la expansión/democratización de los servicios, o su extensión hacia personas que no saben utilizarlos o generan algún tipo de interferencia no digerible, algo que finalmente tiene que ser aceptado pero no queda tampoco del todo claro, como los débiles mentales o minusválidos que generan problemas nuevos para la vida en común, problemas de exteriorización de la exclusión de la que fueron víctimas y su proyección. Esa zona oscura de la vida social habitada por todo tipo de freaks, mogólicos, amputados, inválidos, pordioseros, agentes secretos, que también presenta el problema o la ilusión de que -y esto es realmente un problema- siempre habría algo que los otros saben que desconozco, algún tipo de control sobre la situación, o algún tipo de envío de señales, positivas, negativas, de colores o diseños, que me enviarían en alguna dirección, algo difícil de analizar, donde habría posibilidad de quedar como un rey o un ganador en pequeñas obritas de morondanga donde en general eso no ocurre, pequeñas obritas o no, quién sabe, cosas que se presentan como puertas o vías a la satisfacción del deseo sexual o afectivo, como comunicación de una forma medio primitiva, que no terminan de resolverse, o que en ocasiones llevan a una experiencia medio extática, de quedar sobrepasado, pequeñas maravillas de la inacción o la histeria de los cuerpos que no se deciden o no pueden o quedan inmovilizados como en uno de esos efectos ópticos digitales donde la figura vuela sin haberse movido del lugar en el que está, a veces rodeado de un aura en los bordes que puede ser verdosa, de esos momento muchos, o algunos importantes que constituirían solos un ranking de la contemplación de la belleza que desaparece para nunca más volver bajo la misma forma exacta que me afiebran y a la vez es como si no condujeran a nada, como si reconociera algo que podría convertir a una persona en una estrella y pasara de largo o tuviera que resignarme a aceptar su fugacidad, es eso que tienen las chicas como Flora que no sé qué es, tocada o elegida por los dioses, que es algo que tal vez esté en todos pero ahí está más concentrado, o no está en todos, porque en general soy demasiado bueno en ese sentido con el tema de la universalidad, es algo de lo que tal vez la mayoría de las personas carece, y cuando lo tienen lo pierden con mucha facilidad, y si no lo pierden solo lo pueden ver pocas personas.

Todo así hasta

letters_

(12/12/2012 4:49)

Deja un comentario

Archivado bajo A History of Violence, Autobiografía sucinta, Ocean of Noise, Work In Progress

Imagen fugaz entrerriana

Consultando Internet en una estación de servicio, leyendo una frase de Clarice Lispector. Solo, al lado de una ruta vacía. Un recuerdo poco evocado por la dificultad para identificar las emociones, asociado a una sensación placentera infrecuente, la zona fronteriza, despoblada, la ausencia de coordenadas reconocibles, de controles, y algo que asocio a la afirmación, el rastreo y la expectativa, como si fuera la forma más palpable de la experiencia de la libertad, la posibilidad de no volver en la dirección de partida, muy distinta a la experiencia del viaje compartido o del errar urbano. Probablemente a causa del entrelazamiento solapado con fines eróticos de largo aliento, al escribir, deseo de recuperar algo de eso, del efecto de seguridad implícito en ese tipo de aventuras que desde entonces tienden a rehuir por algún motivo que desconozco, sustituido por la nada y sus múltiples encarnaciones bajo la forma del tedio el terror y la tristeza, una vida desligada, de supervivencia zombi, sin horizonte, crepuscular.

Deja un comentario

Archivado bajo Autobiografía sucinta, Letters to You, TrauerArbeit

Misterios

Cuando viajo a la casa de mis padres, me persigue la muerte. Es la mía, mi decadencia física, mis adicciones, mi sueño eterno, mis medicaciones, aunque en el fondo creo que se trata de una imagen reflejada, la de la vejez de mis padres. Mi papá tiene el pelo blanco y mi mamá problemas en la columna. Mi hermano está convertido en una mónada.

La idea, cuando los abandono, se me pasa. Dejo de ser el Hombre Perseguido por la Muerte para convertirme en el Hombre Perseguido por la Soledad. Entre la soledad y la muerte, ¿elijo la soledad? Escribo esto en silencio, sin que lo lea nadie, sin saber si algún día alguien lo va a leer. No sé a quién está dirigido, no sé cuándo ponerle un punto final.

Podría seguir, dejar que la conciencia fluya y me haga saber sus inquietudes. Pero también puedo ponerle un fin algo cruel y dejar lo que queda para otro momento. ¡No!, me grito. Nunca escribís. Sos el fantasma de un escritor. No sos tampoco demasiado bueno, los que te leen son tus amigos y a veces algún desconocido. Te cuesta sentarte, te cuesta soltarte, lo único que sabés hacer es encender cigarrillos. Odiás la literatura confesional: bueno, no, no la odiás, sólo te parece primitiva, o adolescente. No asumís que sos un escritor, no lo crees aunque hayas publicado dos libros y tengas planeado un tercero. Te considerás la imagen del fracaso: sin amor, sin trabajo, con una salud que tiende a mostrar sus hilachas.

Contra eso, la fuerza que a veces aparece, momentáneamente, la fantasía, los sueños, lo desconocido.

Deja un comentario

Archivado bajo Autobiografía sucinta

Mi vecina (un rescate)

 

Mi vecina tiene un gato que toma sol en el balcón.

* * *

Mi vecina suele quedarse dormida a la noche con el televisor encendido. Si no se queda dormida con el televisor encendido, tiene problemas para dormir.

* * *

Un día le saqué una foto a mi vecina desde mi departamento y cuando la mandé a revelar, en el papel, sólo se veía una ventana a lo lejos.

* * *

Una noche toqué el timbre de mi vecina. Eran las tres de la mañana. Una voz de mujer preguntó por el portero quién es. Yo no supe qué contestar y me fui.

* * *

Cuando empecé a hacer de mi vecina un tema de conversación recurrente, se empezaron a multiplicarse a mi alrededor las anécdotas sobre romances entre vecinos. Ninguna de las historias que me contaron me quedó del todo clara. En algunos casos, no eran experiencias directas, sino el relato de la experiencia de un familiar o un amigo. Si eran directas, habían sido olvidadas o alojadas en una zona no muy comunicable de la experiencia.

* * *

Hay una película donde un chico que trabaja en un supermercado se enamora de una vecina. Él la espiaba, le sacaba fotos, la conoce, y en un momento, creo que porque la ve con otros hombres, se abre las venas con una gillette en una bañera.

* * *

Hubo una época, antes de que la casa de mi vecina tuviera cortinas, en que cruzamos miradas. Por un momento se me nubló la vista. Sólo veía la figura recortada contra el fondo blanco de la pared iluminada. Ahora veo el resplandor nocturno de la tele, el gato trepado contra el vidrio o la ropa que deja a secar en el balcón.

* * *

En esa época, antes de que pusiera las cortinas, intenté comunicarme con ella. Elegía ropa que combinara con la suya. Pensé en hacerle un regalo. Una vez escribí un cartel gigante que decía HOLA! en una hoja de papel que había servido para envolver una planta y lo apoyé contra el vidrio. Nunca supe si llegó a leerlo a la distancia.

* * *

Cuando le presenté mi vecina (o la ventana de mi vecina) a Ana, me dijo que yo estaba flasheando.

* * *

Con la ayuda de internet y algo de especulación, llegué a averiguar cuál es el número de teléfono de mi vecina. Lo anoté en una servilleta de papel, que ahora no sé dónde quedó. Cuando marqué el número y la llamé, vi su cuerpo moverse hacia otra habitación como se movería alguien que está por atender un teléfono. Antes de que atendiera colgué, y nunca más la volví a llamar.

* * *

Hubo un período en que me olvidé de mi vecina, en que mi atención estuvo tan concentrada que prácticamente dejé de mirar por la ventana, o si lo hacía miraba sólo las nubes, las palomas o las antenas de televisión.

* * *

Antes de que llegara el período en que me olvidé de mi vecina, una paloma entró a mi casa. Por un rato se quedó apoyada sobre mi almohada. Llegué a creer que podía adoptarla, pero después empezó a chocarse contra los vidrios, con insistencia, incapaz de distinguir el interior del exterior.

* * *

Creo que mi obsesión por mi vecina nació en parte de la ausencia, hasta ese momento, de vecinas en mi vida.

* * *

Cuando le conté la historia de mi vecina a Laura, me sugirió comprar binoculares y me recomendó una casa de antigüedades donde hacerlo. Cuando fui, estaba cerrada, pero otro día en que iba caminando me crucé con un negocio que vendía, entre otras cosas, binoculares. Compré un modelo que tiene ocho aumentos pero nunca lo usé por temor a ser descubierto espiando.

* * *

Hubo dos ocasiones en que mi obsesión por mi vecina asumió un carácter, llamémoslo así, problemático. Una vez, de noche, hice sombras chinas sobre la pared con la ayuda de una vela, semidesnudo. Nunca supe si llegó a verlas. También encendí y apagué las luces muchas veces para llamar su atención o establecer un código secreto, tipo Morse, sin obtener respuesta.

* * *

El segundo momento en que mi obsesión asumió un carácter, llamémoslo así, problemático, creo que fue más problemático. Llegué a creer que mi vecina era una amiga mía que se había instalado ahí intencionalmente. Pensé que cuando yo “creía” ver a mi vecina, en realidad estaba viendo a mi amiga disfrazada, interpretando “el papel” de mi vecina. Era una idea absurda pero mi convicción era tan fuerte que la falta de solidez sólo le agregó solidez.

* * *

Ahora que lo pienso, hubo una tercera ocasión en que mi obsesión asumió etc. Una vez llegué a creer que mi vecina me espiaba. No sólo que me espiaba, sino que tenía un aparato (una cámara de video) registrando mis movimientos. No me imagino qué uso podría haberle dado a esa grabación.

* * *

Que mi obsesión por mi vecina no me abandonó lo indica una anotación que dejé anoche en unas fichas. Dice:

CARTA A MI VECINA

ESTIMADA SEÑORITA VECINA DE ENFRENTE,
NO SÉ NADA DE SU VIDA, PERO A VECES, SIN QUERER, LA OBSERVO, Y NOTÉ QUE MIRA MUCHA TELEVISIÓN DE NOCHE. YO TAMBIÉN TENGO PROBLEMAS PARA DORMIR. DEBEMOS SER TRES O CUATRO EN EL BARRIO.

* * *

Una noche vi a mi vecina bailar con dos amigas. Eso no lo imaginé. Fue unos días antes del comienzo de la primavera. Yo no suelo bailar, pero ese día hubiera bailado.

* * *

Al principio, incluso ahora, no estaba seguro de que mi vecina fuera una sola persona. Adoptaba al menos dos formas, como si fueran dos mujeres distintas, una chica de pelo lacio, oscuro, y otra más alta, de pelo enrulado. Durante un tiempo, sólo tenía el pelo enrulado. Ahora sólo tiene el pelo oscuro.

Deja un comentario

Archivado bajo Autobiografía sucinta, La mirada del retrato

Ana

Hoy me encontré con Ana. Se enojó conmigo porque abrí un archivo en su computadora. No lo hice a propósito, fue sin querer queriendo. Esto me pasa cuando estoy con ella y fumamos: hago algo que la molesta. A la vez, no puedo resistirme a fumar con ella. Estaba con una amiga y se había olvidado que iba a ir a visitarla. Hablamos poco. La vi a Holanda, que está más gorda. Con Holanda jugamos un poco con un palo mordido que tiene. La chica que estaba con Ana me cayó bien. Parecía normal (a diferencia de las personas que conocí últimamente por Internet) y hablaba de la relación con su madre. Le molestaba que la llamara todos los días.
El taller de Ana creció, ahora hay una máquina de coser, y espacios diferenciados, tiene algo de oficina punk. Ana contó que se peleó con una vecina porque le quería sacar un cactus que tiene afuera sin ni siquiera preguntarle. La amiga de Ana contó que vende casetes en Palermo y hace trabajos de camarera para una escuela. El encuentro tenía algo adolescente que me gustaba. Yo miraba a la chica como si fuera alguien con más experiencia, o hubiera vivido más cosas, pero no sé si es verdad.
No sé por qué Ana se enoja conmigo. ¿Lo que hice está mal? ¿Solo quería hablar a solas con su amiga? A mi me gustaba estar ahí, y no saber qué hacer con la colilla de mi cigarrillo esperando ver qué hacían los demás. La dejé sobre una mesa. No sé si fue lo mejor.
Con mi psicoanalista hablé de que los medicamentos me sacaron las ganas de escribir y de los pensamientos suicidas, fueron temas que me dijo que consulte con mi psiquiatra. Es como si uno se mandara la pelota al otro y ninguno me diera una respuesta sobre mí. Después me fui a tomar una cerveza, que era lo que quería hacer con Ana, que no quería (tal vez porque estaba trabajando) y caí en un bar muy amigable llamado “La esquina”, no sé si sobre San Juan. Tomé una cerveza negra Barba Roja y después una Heineken con unos maníes. Estaba todavía (estoy) bajo los efectos de la marihuana y todo adquiría un doble sentido. Unos parroquianos hablaban con el empleado del bar, que podía ser su dueño.
En el camino seguí a una chica rubia que me recordaba a Natassa Kinski de joven pero la perdí en la salida de mi propia estación de subte de una forma tonta, empezó a caminar en una dirección y después se dio la vuelta, y yo tardé en dar la vuelta también, y la perdí. Hace mucho que no seguía a una chica, ni siquiera en un trayecto tan corto.
Todo el tiempo, miedo, o sensación parecida al miedo, como de estar haciendo algo fuera de lugar, temor o aprehensión ante los policías, aunque no hacía nada malo, solo tomaba una cerveza después de ir a visitar a una amiga a la que quiero y hace mucho que no veo.

Deja un comentario

Archivado bajo Autobiografía sucinta, Letters to You

Abril, 2013

6.4.13

Primera y última vez que compro una botella de London dry gin, me produce una resaca que combina somnolencia, jaqueca y el comienzo de una arcada que aparece ocasionalmente sin conducir a nada, un efecto cercano a la intoxicación que nunca me produjo antes una bebida en dosis controladas, y aún descontroladas. Es el efecto que me acompaña en un recorrido por la autopista y vuelve el entorno absolutamente indiferente, como cuando un dolor se apodera del cuerpo y concentra toda la tensión.

Las excusas para hacer este tipo de viajes se volvieron cada vez menos frecuentes, como si cada vez menos cosas me movilizaran y el interés tuviera que estar muy expuesto. Por ejemplo, el dinero. Sigo sin saber bien para qué sirve pero logra que reorganice días y horarios. De pronto me encuentro de nuevo adentro de una oficina vacía al lado de una máquina para contar billetes y una calculadora donde todo ocurre fuera de cuadro. Escucho voces que hablan de operaciones bancarias, puertas que se abren y se cierran, y me quedo contemplando unas gomitas elásticas que me recuerdan las que mi abuelo usaba para envolver los billetes. Las teclas de la calculadora tienen siglas y símbolos que no llego a comprender. Recibo una suma de dinero pequeña pero siento que podría tratarse de una suma incalculable o de algo prohibido, una transacción con fines ocultos. Un leve desgaste en los billetes y el hecho de que se trate de una moneda extranjera hace que ya no sólo estén disociados de la actividad que me llevó a obtenerlos sino de la misma operatividad y realidad de la moneda, independizada de su poder de compra, absolutamente abstracta.

La presencia del dinero me lleva a prestar más atención a los precios de las cosas a mi alrededor y nuevamente me inavde la sensación de que no hay ninguna lógica: un portarretratos vale casi lo mismo que un par de auriculares, un café más que una entrada de cine, un diario igual que un paquete de cigarrillos, y así, todo muy fluctuante y sumando al efecto de irrealidad o absurdo. Es un poco la lógica de “Sopa de ganso”, que entro a ver para escapar del caos de la ciudad. Me resulta increíble y tan rápida que por momentos no la puedo seguir, además que sigo luchando contra los efectos somníferos de la bebida. Me produce esa impresión no tan frecuente de que mucho tiempo después va a seguir viéndose, de que tiene algo eterno. Primero se entrecruza con mis recuerdos como si me estuviera hablando en clave y después es pura fascinación y también curiosidad, como si no llegara a entender de dónde pudo salir o cómo se perdió esa libertad que parece anterior a la aparición de los géneros y su codificación. Groucho Marx actúa de una forma muy contenida, distinta a como aparece en otras películas, vaciado. La perspectiva sobre el poder y la guerra es rarísima, en particular sobre la guerra, es la perpectiva norteamericana de entreguerra, muy particular. Me doy cuenta de que es la primera película de los hermanos Marx que veo en el cine, aunque sea digitalizado, y esa también es una diferencia, el nivel de detalle es incomparable. Muchos diálogos en la línea de Lewis Carroll, que es una zona del lenguaje que el cine en algún momento abandonó.

Tengo el recuerdo de haber leído algún análisis de tipo filosófico sobre los hermanos Marx pero no lo encuentro, solo unas notas breves. Me reencuentro con el diccionario electrónico que me obsesionó durante días en mi antigua máquina con fondo de color billar y en el momento en que accedo deja de interesarme. No sé cómo se aplica este fenómeno a otras experiencias relacionadas con el software pero intuyo que es así en otras ocasiones también, que promueve un vínculo medio histérico donde el objeto deseado está siempre ausente y uno se encariña con características que ni siquiera sabe bien cuáles son hasta que las pierde.

A la mañana leo un cuento de Nicole Krauss, terrible, sobre la angustia existencial de un autor medio fracasado que se convierte en abuelo. Parece escrito por un hombre, pero es de una mujer. Algo en los nombres de los personajes hace que lo asocie a mi vida, y a pensar en la relación de mi yo actual, por llamarlo de algún modo, con mi antiguo yo, por llamarlo de algún modo, separados a veces por una brecha generacional. Después me sorprendo al descubrir que mi hermana la conoce y la leyó. En general tengo la impresión de haberlo leído todo, o de conocer los nombres de todos los autores que están de moda y que no lo están, pero no, los libros circulan de formas más extrañas de lo que parecería. Con mi hermana realizo el acto ritual de guardar libros en cajas. Me doy cuenta de que no puedo hacerlo por mi cuenta, y cuando lleva las pilas desde un punto a otro es como si transportara partes de mi cuerpo. Un poco tal vez exagero y a la vez, junto con la ropa, que está llena de prendas que no uso, es como si fuera mi única posesión material. El resto son cables y objetos de los que podría prescindir. Tal vez de los libros también. Es como si me reencontrara ensayando una escena que ya viví pero sin el glamour de otra época, como una operación que tiene que sobreponerse al cansancio y el peso, menos festiva que algunos años atrás aunque las cosas no hayan cambiado tanto, solo somos todos menos jóvenes. En la conversación me encuentro más rezongón pero sospecho que tiene que ver con un desfasaje, como si cada uno hablara con una versión desactualizada del otro, y no hubiera a la vista una forma de sincronizar del todo, que es algo que ya experimenté con mi familia, el hecho de haberme convertido en alguien desconocido. Es como su pudiera aceptar el hecho de ser un desconocido para mí mismo mucho mejor de lo que los otros lo son para mí y yo lo soy para los demás.

Todo esto por supuesto es más complejo, quizás incluye una fantasía sobre un mundo alternativo donde el encuentro no existe o adopta otra forma, no lo sé bien. Por eso finalmente antes y después me quedo mirando unos episodios de los Monthy Python, sketchs muy buenos, en una librería y en un tribunal, con la acidez que me falta y me tranquiliza. También exploro aspectos desconocidos de las conexiones de internet, algo sobre los DNS que no llego a entender del todo pero me interesa de esa forma un poco extraña que tiene internet de interesar, develando falsos secretos e incrementando el espacio que ocupa en la memoria los intentos de comprensión de su funcionamiento, que tal vez sea cierto tipo de contraprestación exigida a cambio del tiempo que se le dedica y el acceso que ofrece a información y todo el componente de fantasía y experimentación que propicia.

Cuando encuentro el disco indicado siento que puedo llegar a recuperar con suerte algo parecido a la vida que tenía antes de antes de la última mudanza pero esto ocurre en muy contadas ocasiones en que no me domina alguna forma de ansiedad, como creer que porque es sábado a la noche debería encontrarme en otro lugar incluso cuando la idea del sábado por la noche como algo especial pertenece a otro mundo al que de alguna forma ya no pertenezco. Es esa dificultad para estar en un lugar o para estar sin hacer nada en especial sin que se convierta en un problema o en un canal abierto al ruido y la confusión. En este momento siento que me encuentro en ese estado de tranquilidad, que a la vez es un estado muy frágil, hasta el hecho de mencionar su carácter frágil puede debilitarlo, como si requiriera de toda la atención y de todos los cuidados.

Deja un comentario

Archivado bajo Autobiografía sucinta, The Films in my Life, The Suburbs

Empty

Una palabra detrás de otra, así se forman las oraciones. Me lo recuerdo porque creo haberlo olvidado. Elegir las palabras, elegir qué contar, a quién. Al papel o a la pantalla le conté tantas cosas que nadie más sabe. Son cosas que están guardadas en cuadernos y fichas y archivos de computadora, que a veces encuentro por azar y me permiten volver al pasado. No sé si me interesan ahora. Ahora me interesaría decir algo nuevo, que no haya sido escrito. ¿Esto? Tal vez otra cosa. Una carta (también escribí muchas cartas). Así estoy, con esta incertidumbre, como si nada mereciera ser objeto de la escritura excepto la reflexión que provoca. Desear algo, felicidades, maldiciones, me parece exagerado.

Deja un comentario

Archivado bajo Autobiografía sucinta

The Hours

Se oye música afuera, de la casa de los vecinos, junto a voces de jóvenes y risas ocasionales.

Leo en Kilómetro 111 un artículo sobre los cuerpos “improductivos” en las películas P3nd3jo5 y Los posibles.

Si bien no me convence del todo me tranquiliza, la mirada, el hecho de leer.

Miro una película mala en internet: Mujer conejo de Verónica Chen, un intento de cine de género medio fallido. Por momentos me atemoriza.

Mi madre me dice que debería comer más frutas y le hago caso. Como una pera.

Me pregunto si es bueno o malo leer análisis sobre films que no se vieron.

En la estación de servicio no tienen cartones y compro un paquete de Camel, algo que hace tiempo que no hago.

Bebo un poco de fernet con cola sin muy buenos resultados en el plano de los estímulos.

En el desayuno como un alfajor que dice estar recubierto con un símil de chocolate.

Interpreto en gran medida el tiempo que paso frente a la computadora como tiempo perdido o de búsqueda de una satisfacción que no ofrece.

Despierto nuevamente con sueños extraños que no puedo recuperar.

Me atraganto mientras como pescado y levanto los brazos para recuperarme.

Reconozco en los cigarrillos Camel un aroma extraño que antes no tenían.

Siento que el escritorio de la computadora está desordenado, aunque no me dan ganas de ponerlo en orden.

Me siento extraño con mis nuevos lentes. Pienso en las características que muchas veces atribuí, inadvertidamente, a personas con lentes.

De todos modos, si uno se pone a mirar, hay de muchos estilos distintos.

Quizás más que usarlos me gustó hacer el test con la optometrista donde tenía que ver una pequeña casita al fondo de un camino.

A veces recupero esa antigua sensación de que internet es algo nuevo.

Y si ya está todo hecho, ¿entonces qué?

Me gusta la forma en que la gata mueve la punta de la cola, a veces, como si tuviera una vida propia.

Deja un comentario

Archivado bajo Autobiografía sucinta, The Films in my Life

Teen Hardcore

Notas. Dificultades para escribir. ¿Dificultades para escribir? O bien: dificultades para corregir. Para el caso, tienen puntos de contacto. También podría decir: dificultades para vivir, dificultades para dormir, dificultades para encontrar trabajo. Qué sé yo. Dificultades para resolver problemas matemáticos relativamente simples. Si viajo en una van que va a 74 km/h y el tiempo que tarda en pasar a un camión es 2.34 segundos, ¿a qué velocidad va el camión? Intento resolverlo con la ayuda del teléfono y me falta una ecuación para terminar. Es una nueva versión de un problema clásico que nunca pude resolver: no el de Aquiles y la tortuga sino a qué velocidad voy cuando corro adentro de un tren en movimiento, que es como decir a qué velocidad me muevo cuando estoy inmóvil en un planeta en movimiento, casi. Parecerían ocupaciones ociosas pero me entretienen y son como parte de la transición desde el medioevo a la modernidad que en cierto modo nunca termino de completar; el abandono de la visión ingenua de las cosas.

Después: mantengo extrañas conversaciones con desconocidos, “amenas”, con algo caricaturesco, como si observara mis propias características o cierta faceta llevada a un extremo malo. Con un instructor de tiro y un librero. El instructor perdió casi una pierna en un accidente de moto y el librero misteriosamente tiene cada vez mejores libros, casi como si se fusionara con mis intereses de los últimos tiempos (poetas latinos, antropólogos, historiadores de la ciencia). Le compré una biografía medio sentimental de Heine, muy buena.

En la computadora me dedico un poco a aprender el funcionamiento del InDesign, fascinante, que es como la extensión de un antiguo sueño, el de dominar un programa de diseño gráfico aplicado a la edición de textos; también continúo con la investigación de mi silabario griego, comparando diccionarios y también haciéndome muchas preguntas sobre el sentido de las palabras, sobre el gran misterio de que un término sobreviva milenios casi sin modificaciones o permita agregarle todos los descubrimientos posteriores, y también sobre el sentido último de palabras oscuras, de dónde se extrae, cuánto de imprecisión y de imaginación hay en toda exégesis, cuanto de manipulación, y como, a pesar de todo, si se tiene fe, el texto está ahí, con su parte evidente y su parte oscura. Juego un poco a “Don’t Starve” y me aburro rápido con el tercer personaje de la serie, un fortachón sin mucha gracia, que parece estar por fuera del código “gótico” de los anteriores. También logro finalmente ver las dos últimas películas de MP que trabajan con textos de Shakespeare. Increíbles. Sutiles y también un poco tontas, como el recuerdo que tengo de las comedias, y con muchos actores que conozco personalmente, que es algo que despierta mi faceta más cholula: una actriz que en la vida real no me decía nada, espectacular ante la cámara, un pequeño papel de RP, todo nuevamente ordenado de ese modo que hace que crea por unos instantes, o quizás hoy todo el día, que fueron hechas para mí, bajo las órdenes de alguien que sabe que ahí hay un goce que puede contrarrestar todo lo malo que hay por fuera (aunque reconozco que esto es algo que siempre se extiende a un más allá, también en la lectura de la biografía de HH leo algo que está dirigido a mí). Pienso que debería escribir sobre esas películas, pensar ahí la traducción o la adaptación, como si fuera algo que no se le pudiera ocurrir antes a nadie y también porque me interesa algo del proceso de producción, algo gozoso o lúdico, rivettiano, que deja sus huellas.

En Quilmes, la pesadez de los constructores de edificios, sus gritos, algo bárbaro instalado en la proximidad absoluta. Después de pintar el interior del placard pierdo casi por completo las ilusiones sobre el “saber” del obrero. Son tareas mecánicas, estúpidas, que pueden conducir por igual a la creación de un matadero, un monumento al líder de turno o un monobloc sin que se produzca una modificación en la tarea. Es lo que observo en mi apartamento: la suma de deficiencias apenas compensadas por los méritos, y detrás siempre el imperativo económico, la reducción de costos.

En el subterráneo, malestar en la multitud, como si no creyera en nada, quiero decir, en nada de las convenciones sociales o de la mise-en-scene subterránea.

Por momentos… me gustaría ser un autor “realista”, describir mis encuentros con las personas en detalle, pero me doy cuenta de que no tengo la paciencia necesaria. O en todo caso, literalmente, requiere “trabajo”, tiempo y fe, tal vez tranquilidad. Sin contar que es algo en lo que ni siquiera creo del todo, como si lo inconexo de las ideas apenas suturadas fuera lo real y el resto de la comedia humana: los lisiados, etc., ¿qué saben o expresan que sea más interesante que la historia de las transformaciones del espacio estelar o cualquier otra cosa? Cada vez más los veo como publicidades de un humanismo barato, gratuito, con muchos abonados, un canal más. Pero como siempre los mejores canales son los menos vistos, que es un poco lo que pienso del amor últimamemte, toda esa confianza internalizada y en ocasiones perdida, su enigma y esa sensación de exterioridad o ahogo que en cierto modo me acosa a veces. En la lectura de la biografía entiendo en cierto modo que no hay magia a la vista que transforme las cosas; es cierto que es un poco sentimental, pero yo también lo soy, más sentimental que racional tal vez.

Deja un comentario

Archivado bajo Autobiografía sucinta, Experimental Translation, The Films in my Life