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Imagen fugaz entrerriana

Consultando Internet en una estación de servicio, leyendo una frase de Clarice Lispector. Solo, al lado de una ruta vacía. Un recuerdo poco evocado por la dificultad para identificar las emociones, asociado a una sensación placentera infrecuente, la zona fronteriza, despoblada, la ausencia de coordenadas reconocibles, de controles, y algo que asocio a la afirmación, el rastreo y la expectativa, como si fuera la forma más palpable de la experiencia de la libertad, la posibilidad de no volver en la dirección de partida, muy distinta a la experiencia del viaje compartido o del errar urbano. Probablemente a causa del entrelazamiento solapado con fines eróticos de largo aliento, al escribir, deseo de recuperar algo de eso, del efecto de seguridad implícito en ese tipo de aventuras que desde entonces tienden a rehuir por algún motivo que desconozco, sustituido por la nada y sus múltiples encarnaciones bajo la forma del tedio el terror y la tristeza, una vida desligada, de supervivencia zombi, sin horizonte, crepuscular.

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Misterios

Cuando viajo a la casa de mis padres, me persigue la muerte. Es la mía, mi decadencia física, mis adicciones, mi sueño eterno, mis medicaciones, aunque en el fondo creo que se trata de una imagen reflejada, la de la vejez de mis padres. Mi papá tiene el pelo blanco y mi mamá problemas en la columna. Mi hermano está convertido en una mónada.

La idea, cuando los abandono, se me pasa. Dejo de ser el Hombre Perseguido por la Muerte para convertirme en el Hombre Perseguido por la Soledad. Entre la soledad y la muerte, ¿elijo la soledad? Escribo esto en silencio, sin que lo lea nadie, sin saber si algún día alguien lo va a leer. No sé a quién está dirigido, no sé cuándo ponerle un punto final.

Podría seguir, dejar que la conciencia fluya y me haga saber sus inquietudes. Pero también puedo ponerle un fin algo cruel y dejar lo que queda para otro momento. ¡No!, me grito. Nunca escribís. Sos el fantasma de un escritor. No sos tampoco demasiado bueno, los que te leen son tus amigos y a veces algún desconocido. Te cuesta sentarte, te cuesta soltarte, lo único que sabés hacer es encender cigarrillos. Odiás la literatura confesional: bueno, no, no la odiás, sólo te parece primitiva, o adolescente. No asumís que sos un escritor, no lo crees aunque hayas publicado dos libros y tengas planeado un tercero. Te considerás la imagen del fracaso: sin amor, sin trabajo, con una salud que tiende a mostrar sus hilachas.

Contra eso, la fuerza que a veces aparece, momentáneamente, la fantasía, los sueños, lo desconocido.

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Mi vecina (un rescate)

 

Mi vecina tiene un gato que toma sol en el balcón.

* * *

Mi vecina suele quedarse dormida a la noche con el televisor encendido. Si no se queda dormida con el televisor encendido, tiene problemas para dormir.

* * *

Un día le saqué una foto a mi vecina desde mi departamento y cuando la mandé a revelar, en el papel, sólo se veía una ventana a lo lejos.

* * *

Una noche toqué el timbre de mi vecina. Eran las tres de la mañana. Una voz de mujer preguntó por el portero quién es. Yo no supe qué contestar y me fui.

* * *

Cuando empecé a hacer de mi vecina un tema de conversación recurrente, se empezaron a multiplicarse a mi alrededor las anécdotas sobre romances entre vecinos. Ninguna de las historias que me contaron me quedó del todo clara. En algunos casos, no eran experiencias directas, sino el relato de la experiencia de un familiar o un amigo. Si eran directas, habían sido olvidadas o alojadas en una zona no muy comunicable de la experiencia.

* * *

Hay una película donde un chico que trabaja en un supermercado se enamora de una vecina. Él la espiaba, le sacaba fotos, la conoce, y en un momento, creo que porque la ve con otros hombres, se abre las venas con una gillette en una bañera.

* * *

Hubo una época, antes de que la casa de mi vecina tuviera cortinas, en que cruzamos miradas. Por un momento se me nubló la vista. Sólo veía la figura recortada contra el fondo blanco de la pared iluminada. Ahora veo el resplandor nocturno de la tele, el gato trepado contra el vidrio o la ropa que deja a secar en el balcón.

* * *

En esa época, antes de que pusiera las cortinas, intenté comunicarme con ella. Elegía ropa que combinara con la suya. Pensé en hacerle un regalo. Una vez escribí un cartel gigante que decía HOLA! en una hoja de papel que había servido para envolver una planta y lo apoyé contra el vidrio. Nunca supe si llegó a leerlo a la distancia.

* * *

Cuando le presenté mi vecina (o la ventana de mi vecina) a Ana, me dijo que yo estaba flasheando.

* * *

Con la ayuda de internet y algo de especulación, llegué a averiguar cuál es el número de teléfono de mi vecina. Lo anoté en una servilleta de papel, que ahora no sé dónde quedó. Cuando marqué el número y la llamé, vi su cuerpo moverse hacia otra habitación como se movería alguien que está por atender un teléfono. Antes de que atendiera colgué, y nunca más la volví a llamar.

* * *

Hubo un período en que me olvidé de mi vecina, en que mi atención estuvo tan concentrada que prácticamente dejé de mirar por la ventana, o si lo hacía miraba sólo las nubes, las palomas o las antenas de televisión.

* * *

Antes de que llegara el período en que me olvidé de mi vecina, una paloma entró a mi casa. Por un rato se quedó apoyada sobre mi almohada. Llegué a creer que podía adoptarla, pero después empezó a chocarse contra los vidrios, con insistencia, incapaz de distinguir el interior del exterior.

* * *

Creo que mi obsesión por mi vecina nació en parte de la ausencia, hasta ese momento, de vecinas en mi vida.

* * *

Cuando le conté la historia de mi vecina a Laura, me sugirió comprar binoculares y me recomendó una casa de antigüedades donde hacerlo. Cuando fui, estaba cerrada, pero otro día en que iba caminando me crucé con un negocio que vendía, entre otras cosas, binoculares. Compré un modelo que tiene ocho aumentos pero nunca lo usé por temor a ser descubierto espiando.

* * *

Hubo dos ocasiones en que mi obsesión por mi vecina asumió un carácter, llamémoslo así, problemático. Una vez, de noche, hice sombras chinas sobre la pared con la ayuda de una vela, semidesnudo. Nunca supe si llegó a verlas. También encendí y apagué las luces muchas veces para llamar su atención o establecer un código secreto, tipo Morse, sin obtener respuesta.

* * *

El segundo momento en que mi obsesión asumió un carácter, llamémoslo así, problemático, creo que fue más problemático. Llegué a creer que mi vecina era una amiga mía que se había instalado ahí intencionalmente. Pensé que cuando yo “creía” ver a mi vecina, en realidad estaba viendo a mi amiga disfrazada, interpretando “el papel” de mi vecina. Era una idea absurda pero mi convicción era tan fuerte que la falta de solidez sólo le agregó solidez.

* * *

Ahora que lo pienso, hubo una tercera ocasión en que mi obsesión asumió etc. Una vez llegué a creer que mi vecina me espiaba. No sólo que me espiaba, sino que tenía un aparato (una cámara de video) registrando mis movimientos. No me imagino qué uso podría haberle dado a esa grabación.

* * *

Que mi obsesión por mi vecina no me abandonó lo indica una anotación que dejé anoche en unas fichas. Dice:

CARTA A MI VECINA

ESTIMADA SEÑORITA VECINA DE ENFRENTE,
NO SÉ NADA DE SU VIDA, PERO A VECES, SIN QUERER, LA OBSERVO, Y NOTÉ QUE MIRA MUCHA TELEVISIÓN DE NOCHE. YO TAMBIÉN TENGO PROBLEMAS PARA DORMIR. DEBEMOS SER TRES O CUATRO EN EL BARRIO.

* * *

Una noche vi a mi vecina bailar con dos amigas. Eso no lo imaginé. Fue unos días antes del comienzo de la primavera. Yo no suelo bailar, pero ese día hubiera bailado.

* * *

Al principio, incluso ahora, no estaba seguro de que mi vecina fuera una sola persona. Adoptaba al menos dos formas, como si fueran dos mujeres distintas, una chica de pelo lacio, oscuro, y otra más alta, de pelo enrulado. Durante un tiempo, sólo tenía el pelo enrulado. Ahora sólo tiene el pelo oscuro.

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Ana

Hoy me encontré con Ana. Se enojó conmigo porque abrí un archivo en su computadora. No lo hice a propósito, fue sin querer queriendo. Esto me pasa cuando estoy con ella y fumamos: hago algo que la molesta. A la vez, no puedo resistirme a fumar con ella. Estaba con una amiga y se había olvidado que iba a ir a visitarla. Hablamos poco. La vi a Holanda, que está más gorda. Con Holanda jugamos un poco con un palo mordido que tiene. La chica que estaba con Ana me cayó bien. Parecía normal (a diferencia de las personas que conocí últimamente por Internet) y hablaba de la relación con su madre. Le molestaba que la llamara todos los días.
El taller de Ana creció, ahora hay una máquina de coser, y espacios diferenciados, tiene algo de oficina punk. Ana contó que se peleó con una vecina porque le quería sacar un cactus que tiene afuera sin ni siquiera preguntarle. La amiga de Ana contó que vende casetes en Palermo y hace trabajos de camarera para una escuela. El encuentro tenía algo adolescente que me gustaba. Yo miraba a la chica como si fuera alguien con más experiencia, o hubiera vivido más cosas, pero no sé si es verdad.
No sé por qué Ana se enoja conmigo. ¿Lo que hice está mal? ¿Solo quería hablar a solas con su amiga? A mi me gustaba estar ahí, y no saber qué hacer con la colilla de mi cigarrillo esperando ver qué hacían los demás. La dejé sobre una mesa. No sé si fue lo mejor.
Con mi psicoanalista hablé de que los medicamentos me sacaron las ganas de escribir y de los pensamientos suicidas, fueron temas que me dijo que consulte con mi psiquiatra. Es como si uno se mandara la pelota al otro y ninguno me diera una respuesta sobre mí. Después me fui a tomar una cerveza, que era lo que quería hacer con Ana, que no quería (tal vez porque estaba trabajando) y caí en un bar muy amigable llamado “La esquina”, no sé si sobre San Juan. Tomé una cerveza negra Barba Roja y después una Heineken con unos maníes. Estaba todavía (estoy) bajo los efectos de la marihuana y todo adquiría un doble sentido. Unos parroquianos hablaban con el empleado del bar, que podía ser su dueño.
En el camino seguí a una chica rubia que me recordaba a Natassa Kinski de joven pero la perdí en la salida de mi propia estación de subte de una forma tonta, empezó a caminar en una dirección y después se dio la vuelta, y yo tardé en dar la vuelta también, y la perdí. Hace mucho que no seguía a una chica, ni siquiera en un trayecto tan corto.
Todo el tiempo, miedo, o sensación parecida al miedo, como de estar haciendo algo fuera de lugar, temor o aprehensión ante los policías, aunque no hacía nada malo, solo tomaba una cerveza después de ir a visitar a una amiga a la que quiero y hace mucho que no veo.

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Abril, 2013

6.4.13

Primera y última vez que compro una botella de London dry gin, me produce una resaca que combina somnolencia, jaqueca y el comienzo de una arcada que aparece ocasionalmente sin conducir a nada, un efecto cercano a la intoxicación que nunca me produjo antes una bebida en dosis controladas, y aún descontroladas. Es el efecto que me acompaña en un recorrido por la autopista y vuelve el entorno absolutamente indiferente, como cuando un dolor se apodera del cuerpo y concentra toda la tensión.

Las excusas para hacer este tipo de viajes se volvieron cada vez menos frecuentes, como si cada vez menos cosas me movilizaran y el interés tuviera que estar muy expuesto. Por ejemplo, el dinero. Sigo sin saber bien para qué sirve pero logra que reorganice días y horarios. De pronto me encuentro de nuevo adentro de una oficina vacía al lado de una máquina para contar billetes y una calculadora donde todo ocurre fuera de cuadro. Escucho voces que hablan de operaciones bancarias, puertas que se abren y se cierran, y me quedo contemplando unas gomitas elásticas que me recuerdan las que mi abuelo usaba para envolver los billetes. Las teclas de la calculadora tienen siglas y símbolos que no llego a comprender. Recibo una suma de dinero pequeña pero siento que podría tratarse de una suma incalculable o de algo prohibido, una transacción con fines ocultos. Un leve desgaste en los billetes y el hecho de que se trate de una moneda extranjera hace que ya no sólo estén disociados de la actividad que me llevó a obtenerlos sino de la misma operatividad y realidad de la moneda, independizada de su poder de compra, absolutamente abstracta.

La presencia del dinero me lleva a prestar más atención a los precios de las cosas a mi alrededor y nuevamente me inavde la sensación de que no hay ninguna lógica: un portarretratos vale casi lo mismo que un par de auriculares, un café más que una entrada de cine, un diario igual que un paquete de cigarrillos, y así, todo muy fluctuante y sumando al efecto de irrealidad o absurdo. Es un poco la lógica de “Sopa de ganso”, que entro a ver para escapar del caos de la ciudad. Me resulta increíble y tan rápida que por momentos no la puedo seguir, además que sigo luchando contra los efectos somníferos de la bebida. Me produce esa impresión no tan frecuente de que mucho tiempo después va a seguir viéndose, de que tiene algo eterno. Primero se entrecruza con mis recuerdos como si me estuviera hablando en clave y después es pura fascinación y también curiosidad, como si no llegara a entender de dónde pudo salir o cómo se perdió esa libertad que parece anterior a la aparición de los géneros y su codificación. Groucho Marx actúa de una forma muy contenida, distinta a como aparece en otras películas, vaciado. La perspectiva sobre el poder y la guerra es rarísima, en particular sobre la guerra, es la perpectiva norteamericana de entreguerra, muy particular. Me doy cuenta de que es la primera película de los hermanos Marx que veo en el cine, aunque sea digitalizado, y esa también es una diferencia, el nivel de detalle es incomparable. Muchos diálogos en la línea de Lewis Carroll, que es una zona del lenguaje que el cine en algún momento abandonó.

Tengo el recuerdo de haber leído algún análisis de tipo filosófico sobre los hermanos Marx pero no lo encuentro, solo unas notas breves. Me reencuentro con el diccionario electrónico que me obsesionó durante días en mi antigua máquina con fondo de color billar y en el momento en que accedo deja de interesarme. No sé cómo se aplica este fenómeno a otras experiencias relacionadas con el software pero intuyo que es así en otras ocasiones también, que promueve un vínculo medio histérico donde el objeto deseado está siempre ausente y uno se encariña con características que ni siquiera sabe bien cuáles son hasta que las pierde.

A la mañana leo un cuento de Nicole Krauss, terrible, sobre la angustia existencial de un autor medio fracasado que se convierte en abuelo. Parece escrito por un hombre, pero es de una mujer. Algo en los nombres de los personajes hace que lo asocie a mi vida, y a pensar en la relación de mi yo actual, por llamarlo de algún modo, con mi antiguo yo, por llamarlo de algún modo, separados a veces por una brecha generacional. Después me sorprendo al descubrir que mi hermana la conoce y la leyó. En general tengo la impresión de haberlo leído todo, o de conocer los nombres de todos los autores que están de moda y que no lo están, pero no, los libros circulan de formas más extrañas de lo que parecería. Con mi hermana realizo el acto ritual de guardar libros en cajas. Me doy cuenta de que no puedo hacerlo por mi cuenta, y cuando lleva las pilas desde un punto a otro es como si transportara partes de mi cuerpo. Un poco tal vez exagero y a la vez, junto con la ropa, que está llena de prendas que no uso, es como si fuera mi única posesión material. El resto son cables y objetos de los que podría prescindir. Tal vez de los libros también. Es como si me reencontrara ensayando una escena que ya viví pero sin el glamour de otra época, como una operación que tiene que sobreponerse al cansancio y el peso, menos festiva que algunos años atrás aunque las cosas no hayan cambiado tanto, solo somos todos menos jóvenes. En la conversación me encuentro más rezongón pero sospecho que tiene que ver con un desfasaje, como si cada uno hablara con una versión desactualizada del otro, y no hubiera a la vista una forma de sincronizar del todo, que es algo que ya experimenté con mi familia, el hecho de haberme convertido en alguien desconocido. Es como su pudiera aceptar el hecho de ser un desconocido para mí mismo mucho mejor de lo que los otros lo son para mí y yo lo soy para los demás.

Todo esto por supuesto es más complejo, quizás incluye una fantasía sobre un mundo alternativo donde el encuentro no existe o adopta otra forma, no lo sé bien. Por eso finalmente antes y después me quedo mirando unos episodios de los Monthy Python, sketchs muy buenos, en una librería y en un tribunal, con la acidez que me falta y me tranquiliza. También exploro aspectos desconocidos de las conexiones de internet, algo sobre los DNS que no llego a entender del todo pero me interesa de esa forma un poco extraña que tiene internet de interesar, develando falsos secretos e incrementando el espacio que ocupa en la memoria los intentos de comprensión de su funcionamiento, que tal vez sea cierto tipo de contraprestación exigida a cambio del tiempo que se le dedica y el acceso que ofrece a información y todo el componente de fantasía y experimentación que propicia.

Cuando encuentro el disco indicado siento que puedo llegar a recuperar con suerte algo parecido a la vida que tenía antes de antes de la última mudanza pero esto ocurre en muy contadas ocasiones en que no me domina alguna forma de ansiedad, como creer que porque es sábado a la noche debería encontrarme en otro lugar incluso cuando la idea del sábado por la noche como algo especial pertenece a otro mundo al que de alguna forma ya no pertenezco. Es esa dificultad para estar en un lugar o para estar sin hacer nada en especial sin que se convierta en un problema o en un canal abierto al ruido y la confusión. En este momento siento que me encuentro en ese estado de tranquilidad, que a la vez es un estado muy frágil, hasta el hecho de mencionar su carácter frágil puede debilitarlo, como si requiriera de toda la atención y de todos los cuidados.

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Una palabra detrás de otra, así se forman las oraciones. Me lo recuerdo porque creo haberlo olvidado. Elegir las palabras, elegir qué contar, a quién. Al papel o a la pantalla le conté tantas cosas que nadie más sabe. Son cosas que están guardadas en cuadernos y fichas y archivos de computadora, que a veces encuentro por azar y me permiten volver al pasado. No sé si me interesan ahora. Ahora me interesaría decir algo nuevo, que no haya sido escrito. ¿Esto? Tal vez otra cosa. Una carta (también escribí muchas cartas). Así estoy, con esta incertidumbre, como si nada mereciera ser objeto de la escritura excepto la reflexión que provoca. Desear algo, felicidades, maldiciones, me parece exagerado.

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The Hours

Se oye música afuera, de la casa de los vecinos, junto a voces de jóvenes y risas ocasionales.

Leo en Kilómetro 111 un artículo sobre los cuerpos “improductivos” en las películas P3nd3jo5 y Los posibles.

Si bien no me convence del todo me tranquiliza, la mirada, el hecho de leer.

Miro una película mala en internet: Mujer conejo de Verónica Chen, un intento de cine de género medio fallido. Por momentos me atemoriza.

Mi madre me dice que debería comer más frutas y le hago caso. Como una pera.

Me pregunto si es bueno o malo leer análisis sobre films que no se vieron.

En la estación de servicio no tienen cartones y compro un paquete de Camel, algo que hace tiempo que no hago.

Bebo un poco de fernet con cola sin muy buenos resultados en el plano de los estímulos.

En el desayuno como un alfajor que dice estar recubierto con un símil de chocolate.

Interpreto en gran medida el tiempo que paso frente a la computadora como tiempo perdido o de búsqueda de una satisfacción que no ofrece.

Despierto nuevamente con sueños extraños que no puedo recuperar.

Me atraganto mientras como pescado y levanto los brazos para recuperarme.

Reconozco en los cigarrillos Camel un aroma extraño que antes no tenían.

Siento que el escritorio de la computadora está desordenado, aunque no me dan ganas de ponerlo en orden.

Me siento extraño con mis nuevos lentes. Pienso en las características que muchas veces atribuí, inadvertidamente, a personas con lentes.

De todos modos, si uno se pone a mirar, hay de muchos estilos distintos.

Quizás más que usarlos me gustó hacer el test con la optometrista donde tenía que ver una pequeña casita al fondo de un camino.

A veces recupero esa antigua sensación de que internet es algo nuevo.

Y si ya está todo hecho, ¿entonces qué?

Me gusta la forma en que la gata mueve la punta de la cola, a veces, como si tuviera una vida propia.

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Teen Hardcore

Notas. Dificultades para escribir. ¿Dificultades para escribir? O bien: dificultades para corregir. Para el caso, tienen puntos de contacto. También podría decir: dificultades para vivir, dificultades para dormir, dificultades para encontrar trabajo. Qué sé yo. Dificultades para resolver problemas matemáticos relativamente simples. Si viajo en una van que va a 74 km/h y el tiempo que tarda en pasar a un camión es 2.34 segundos, ¿a qué velocidad va el camión? Intento resolverlo con la ayuda del teléfono y me falta una ecuación para terminar. Es una nueva versión de un problema clásico que nunca pude resolver: no el de Aquiles y la tortuga sino a qué velocidad voy cuando corro adentro de un tren en movimiento, que es como decir a qué velocidad me muevo cuando estoy inmóvil en un planeta en movimiento, casi. Parecerían ocupaciones ociosas pero me entretienen y son como parte de la transición desde el medioevo a la modernidad que en cierto modo nunca termino de completar; el abandono de la visión ingenua de las cosas.

Después: mantengo extrañas conversaciones con desconocidos, “amenas”, con algo caricaturesco, como si observara mis propias características o cierta faceta llevada a un extremo malo. Con un instructor de tiro y un librero. El instructor perdió casi una pierna en un accidente de moto y el librero misteriosamente tiene cada vez mejores libros, casi como si se fusionara con mis intereses de los últimos tiempos (poetas latinos, antropólogos, historiadores de la ciencia). Le compré una biografía medio sentimental de Heine, muy buena.

En la computadora me dedico un poco a aprender el funcionamiento del InDesign, fascinante, que es como la extensión de un antiguo sueño, el de dominar un programa de diseño gráfico aplicado a la edición de textos; también continúo con la investigación de mi silabario griego, comparando diccionarios y también haciéndome muchas preguntas sobre el sentido de las palabras, sobre el gran misterio de que un término sobreviva milenios casi sin modificaciones o permita agregarle todos los descubrimientos posteriores, y también sobre el sentido último de palabras oscuras, de dónde se extrae, cuánto de imprecisión y de imaginación hay en toda exégesis, cuanto de manipulación, y como, a pesar de todo, si se tiene fe, el texto está ahí, con su parte evidente y su parte oscura. Juego un poco a “Don’t Starve” y me aburro rápido con el tercer personaje de la serie, un fortachón sin mucha gracia, que parece estar por fuera del código “gótico” de los anteriores. También logro finalmente ver las dos últimas películas de MP que trabajan con textos de Shakespeare. Increíbles. Sutiles y también un poco tontas, como el recuerdo que tengo de las comedias, y con muchos actores que conozco personalmente, que es algo que despierta mi faceta más cholula: una actriz que en la vida real no me decía nada, espectacular ante la cámara, un pequeño papel de RP, todo nuevamente ordenado de ese modo que hace que crea por unos instantes, o quizás hoy todo el día, que fueron hechas para mí, bajo las órdenes de alguien que sabe que ahí hay un goce que puede contrarrestar todo lo malo que hay por fuera (aunque reconozco que esto es algo que siempre se extiende a un más allá, también en la lectura de la biografía de HH leo algo que está dirigido a mí). Pienso que debería escribir sobre esas películas, pensar ahí la traducción o la adaptación, como si fuera algo que no se le pudiera ocurrir antes a nadie y también porque me interesa algo del proceso de producción, algo gozoso o lúdico, rivettiano, que deja sus huellas.

En Quilmes, la pesadez de los constructores de edificios, sus gritos, algo bárbaro instalado en la proximidad absoluta. Después de pintar el interior del placard pierdo casi por completo las ilusiones sobre el “saber” del obrero. Son tareas mecánicas, estúpidas, que pueden conducir por igual a la creación de un matadero, un monumento al líder de turno o un monobloc sin que se produzca una modificación en la tarea. Es lo que observo en mi apartamento: la suma de deficiencias apenas compensadas por los méritos, y detrás siempre el imperativo económico, la reducción de costos.

En el subterráneo, malestar en la multitud, como si no creyera en nada, quiero decir, en nada de las convenciones sociales o de la mise-en-scene subterránea.

Por momentos… me gustaría ser un autor “realista”, describir mis encuentros con las personas en detalle, pero me doy cuenta de que no tengo la paciencia necesaria. O en todo caso, literalmente, requiere “trabajo”, tiempo y fe, tal vez tranquilidad. Sin contar que es algo en lo que ni siquiera creo del todo, como si lo inconexo de las ideas apenas suturadas fuera lo real y el resto de la comedia humana: los lisiados, etc., ¿qué saben o expresan que sea más interesante que la historia de las transformaciones del espacio estelar o cualquier otra cosa? Cada vez más los veo como publicidades de un humanismo barato, gratuito, con muchos abonados, un canal más. Pero como siempre los mejores canales son los menos vistos, que es un poco lo que pienso del amor últimamemte, toda esa confianza internalizada y en ocasiones perdida, su enigma y esa sensación de exterioridad o ahogo que en cierto modo me acosa a veces. En la lectura de la biografía entiendo en cierto modo que no hay magia a la vista que transforme las cosas; es cierto que es un poco sentimental, pero yo también lo soy, más sentimental que racional tal vez.

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Tus fotos: los días

el dia en que te convertiste en programador
el día en que te convertiste en empresario
el día en que te convertiste en escritor

el día en que te convertiste en activista
el día en que te convertiste en corrector
el día en que te convertiste en director de cine

el día en que te convertiste en ensayista
el día en que te convertiste en coleccionista
el día en que te convertiste en lector

el día en que te convertiste en el mejor de algo
el día en que te convertiste en solitario

el día en que nadie supo qué hiciste
el día en que nadie supo qué pensás

el día en que viviste en otro país
el día en que visitaste otro “planeta”
el día en que naciste
el día en que querías matarte
el día en que todos se olvidaron de vos
el día en que le declaraste la “guerra” a todos
el día en que te declararon la “guerra”
el día en que sufriste “bajas”
el día en que te convertiste en idiota
el día en que te convertiste en idiota y dio un resultado inesperado
el día en que te confundieron con un idiota
el día en que dudaste que alguien pueda confundir a otro con un idiota
el día en que dejaste de protegerte de la lluvia
el día en que quisiste viajar a cualquier lugar
el día en que viajaste al lugar equivocado
el día en que pensaste que podías cambiar de vida y lo hiciste
el día en que te asustaste
el día en que una chica te sorprendió
el día en que experimentaste la muerte
el día en que no atendiste el teléfono
el día en que llamaste a cualquier número
el día en que hablaste con una máquina
el día en que todos te entendieron
el día en que viste una película que te “cambió la vida”
el día en que creíste entender el mono no aware
el día en que te tendieron una trampa
el día en que no volviste nunca más
el día en que te quedaste esperando
el día en que todo se volvió confuso
el día en que todo te aburría
el día en que olvidaste un nombre

* * *

Ayer. Soñé con tijeras y en la calle encontré un afilador. Había estado leyendo sobre el Japón preindustrial, un mundo feudal envuelto en historias de fantasmas. Después sentí que hicimos algún tipo de intercambio. Próximo a la magia y los rituales, temas sobre los que estuve leyendo. Muy delicado.

* * *

También continué con mis exploraciones sobre la inmovilidad. Esta vez con una cámara. Hay chicos que pasan creyendo que pasar por delante de un lente implica ser grabado o visto. Es una ilusión que me gusta. Me hago muchas preguntas en esas circunstancias, como por qué la cámara perdió el visor que se ubicaba en el ojo. Ver qué capta el lente y qué capta el ojo, compararlo. Preguntarse si esta es una buena pregunta, un accidente o una derivación previsible desde la época de las primeras invenciones fotográficas.

* * *

más notas.

a veces tengo una impresión o llego a una conclusión. no llego a entender qué ocurre exactamente en mi vida, esto no impide la acción pero la reduce a una zona más pequeña. a veces me pregunto cómo o por qué las distintas cosas.

sigo conmoviéndome con una facilidad extrema. hoy, en el gimnasio, ante una serie de chicas. evocadoras de los detalles no pasados por alto sino perdidos, el rubor, la nuca, la proximidad. todo eso que choca con la breve historia de la soledad que no sé qué me pide. Imágenes de un niño con una remera azul que ubica las manos y los pies de una forma anómala y se relaciona con las cosas de una forma distinta, más libre, un poco autista, en la que me reconozco. No llego a entender si tiene algún tipo de problema o es así y simplemente revela la rigidez  de los actos de los adultos, su duplicidad, una renuncia al juego y a la libertad. una tendencia a la repetición que aparece en otros lados. alguien pinta un graffiti y los graffitis se multiplican. alguien abre un gimnasio y los gimnasios se multiplican. todos los días siento que aprendo cosas que no puedo describir o sintetizar. esto también está relacionado. a la vez en la repetición veo el saber, es como escribir, que en tanto se repite permite decir cosas distintas o nuevas.

a veces camino como si todo a mi alrededor fuera una puesta en escena. esto me entristece un poco. cómo ocurrió. y es bueno como el ángulo imprevisto o el lente que muestra aquello que no se ve o es un retorno a la barbarie? esa impresión de haber sido convertido en un salvaje o un ser primitivo que tiene que reinventarlo todo: cómo contar, o qué dedos usar para contar, cómo relacionarse con las personas de una forma en la que no tenga que destruirse algo. el retorno de los deseos más simples, ser abrazado, protegido. el shock de la reinstalación del cable, como si construyera la idea del hogar, y también  algo arbitrario, sentirse menos incomprendido al descubrir canales nuevos, enfrentar el peso excesivo de ciertas plataformas informáticas. me entusiasmo con planos acuáticos y con los nombres de las ciudades del mundo y los infinitos acentos del inglés, eso que nunca voy a comprender plenamente, a qué remite un tono o una variedad, que es algo que apenas logro vislumbrar en español argentino o de la ciudad, algo que me fascina y que no tiene más que una forma secreta, teorías inciertas, alambicadas, sobre particularidades individuales que se reproducen y mutan hasta cierto límite. y como si en el origen de la variación hubiera siempre algo doloroso, el shock o las estrategias para enfrentar algo intolerable (sexual, político).

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After Babble

De pronto me encuentro dentro de la biblioteca nacional. Como el tiempo pasó desde la última vez en que fui ahora se ven más computadoras y cámaras, pero el espíritu sigue siendo más o menos el mismo.

Voy con la intención de leer los originales de las aguafuertes de Arlt publicadas en el diario El Mundo, que es algo que logro solo a medias porque no puedo entrar a la hemeroteca con libros (!) y ahí es donde está mi bibliografía completa. Mah sí. Me cruzo con investigadores y bibliotecarios que conozco, amigos de amigos, a los que no saludo porque me sorprende un poco encontrarlos ahí, es como si el tiempo hubiera pasado y me costara un poco aceptar que hay personas instaladas en un espacio al que vuelven después de años (a diferencia de lo que ocurre, paradójicamente, con… ¿quiénes?). Ya venía entusiasmado con la idea de la biblioteca porque había encontrado en internet el catálogo del centro editor de américa latina, que de todas las colecciones o ediciones que leí de origen nacional es una de las que siempre más me sedujo. No en su totalidad sino un par de colecciones, la de poesía, la de narrativa extranjera rara y una de literatura nacional contemporánea de los ochenta; después títulos dispersos, algo de crítica literaria; también las biografías, que leí de chico en reediciones. En el contexto suburbano y aburrido de los noventa adolescente ocultaban pequeños tesoros, incluyendo muchos de los libros que más me impactaron. Ver la lista en un catálogo es un poco pobre y triste, como si se declarara su acta de defunción, pero me permite ver quién dirigió las colecciones que me gustaban, cuáles eran los títulos que nunca encontré, y también la zona de los despropósitos editoriales o las zonas que no me interesan tanto, históricas, teóricas, que desconozco que tan buenas serán. Igual me sigue pareciendo un super-proyecto editorial, que preanuncia los proyectos digitalizadores omnívoros, y que probablemente se conecte con proyectos editoriales de otros países que desconozco. El catálogo histórico de una gran editorial francesa, alemana, inglesa, son cosas que nunca investigué, y que probablemente aumentarían aún más el efecto de empequeñecimiento que produce su lectura. La parte que me gusta es la del capricho, la de la colección personal, que me parece que -en términos literarios- es la que mejor funciona, algo que parece tener un carácter casi íntimo, o que ese es el efecto que produce; también el recorte, el plan, la inclusión o la exclusión, que terminan determinando las lecturas futuras, el mundo.

El encuentro con Arlt, rarísimo. Leo solo tres meses del diario, uno en papel y dos microfilmados. El microfilm me gusta porque me retrotrae a imágenes de películas donde se usa el dispositivo, y también porque parece tener un efecto en el desplazamiento no muy distinto al de ciertos programas de lectura electrónica: la forma en que la página rueda, en un ciclo, con distintas velocidades, perdiendo su naturaleza de origen. Igual el efecto de lectura de microfilms es muy agotador, algo cercano al efecto que produce el uso de un aparato en una sala de montaje pero en mi caso sin finalidad, sin acción, sin escena a reconstruir. Me impresiona que no haya casi nadie ahí porque como experiencia está buenísima: las huellas del pasado en general en el papel son muy raras. Los diarios, cómo pueden mutar de estilo en tan poco tiempo, las publicidades antiguas de marcas que aún existen, y los recortes: las noticias sobre la guerra, muy caóticas, casi sin mapas, muy confusas, excesivas y poco clarificadoras (en oposición a la lectura de libros de historia). Muy sensacionalistas. Arlt, genial, siempre que lo encuentro. El final de la década del veinte, muy aburrido, como si nunca ocurriera nada. La impresión que me da es que el diario se vuelve más “arltiano” con los años, más reo, menos acartonado, pero también sin una ideología clara.

La sección de cine, increíble. Todo Buenos Aires parece plagado de salas de cine que ya no existen más, muchas en los alrededores de donde estoy, y las funciones, impresionantes también, en continuado, y todos los días películas distintas, un poco a la manera de la televisión hoy, si es que leí bien. Igual, muy poca información, el título, el nombre de un actor, y un sistema estelar poco desarrollado, o que promueve actores hoy olvidados casi, como Adolphe Menjou.

Por algún lado se cuelan las lecturas de McLuhan sobre la prensa, pero él era malo y sarcástico sobre su presente o pasado inmediato y mi mirada es más de sorpresa y también de impugnación de la prensa contemporánea, o de cuestionamiento de aquello que perdió y estaba bueno, o de cómo agrandó cosas que tenían un papel menor hasta la sección o la publicación independiente. El deporte, por ejemplo, muy poco espacio, como si a nadie le interesara, solo recuerdo un titular, Independiente gana 8 a 1 a Botafogo, muchas carreras de caballos, y cosas raras, water-polo (?).

Por momento me parece que hay muchos textos a partir de los que escribir, o cosas que simplemente reproducidas hoy se convertirían en algo digno de interés solo por la distancia temporal, pero no tengo anotador, la cámara no enfoca bien, y me gusta la idea de ir olvidando las cosas a medida que las leo para ir creando la ilusión de que llevo la vida de alguien que vivía en esas décadas y seguía de cerca las noticias. Si leía ese diario la visión que podía tener es más bien confusa, pero igual me atrae: el enfrentamiento entre Rusia y Finlandia, del que no tengo un registro prácticamente, ya ni siquiera recuerdo bien quiénes eran los aliados en la segunda guerra, todo está tan filtrado por el cine y la cultura norteamericana que es fácil sentirse en un nuevo 1984. Creo que fue Orwell también quien comparaba los precios de los productos de distintas épocas en unidades de paquetes de cigarrillos; es un efecto espontáneo casi al leer la publicidad, cuál es la relación entre el precio de un diario y un paquete de cigarrillos, entre un diario y una entrada de cine, un par de zapatos, etc. Son cálculos rápidos que producen algunos efectos sorpresivos que después se olvidan.

También veo en la estructura de collage del diario de la época el modelo de los resultados de la búsqueda de Internet. Ahí no sé qué pensar: si mis búsquedas reproducen algo que se puede encontrar con mayor facilidad, aunque limitadas temporalmente, en una colección de diarios antiguos, o si el montaje del diario es un modelo tan fuerte que atravesó las décadas hasta el mundo de las computadoras y ofrece, en ciertas zonas, algo parecido: muchos datos, poca sustancia, algo de parque de diversiones para la mente, que sirve de distracción pero en el fondo no ofrece mucho. Claro que Internet bien usado es poderoso; la prensa, no sé. Imagino que a falta de un buen archivo radial o televisivo es lo más cerca que se puede llegar a la experiencia del pasado por fuera de la literatura, por un lado no dice nada, y a la vez es casi lo único que hay, quiero decir, desde una perspectiva baja, micro, de reconstrucción de lo cotidiano.

Lo que me llama la atención es que la segunda guerra mundial tuvo últimamente un efecto muy perturbador sobre mí, y que al ver la visión de la prensa pierde su carácter singular o amenazador. Es solo otro conflicto en el que no se puede intervenir y que me excede y del que no se entiende mucho. Hay algo ahí que tiene que ver con los medios nortemaericanos y europeos que leo últimamente, la prensa y también wikipedia, que ofrece al instante noticias sobre masacres y juicios sobre personas y épocas. Tienen un efecto que es realista -el mundo es/fue eso- pero está muy en tensión con el entorno, creo. Como si ofreciera continuamente la visión de especialistas o el resultado de investigaciones cuando lo que predomina, entre los usuarios no entendidos de computadoras, los no usuarios, y hasta entre los usuarios entendidos fuera… no sé, ¿cierta indiferencia?

Son cosas que a largo plazo posiblemente tengan un efecto positivo pero que por ahora o en la ciudad de buenos aires apenas si se observan. Es decir, sigo sin encontrar respuesta a los ruidos molestos que hacen los colectivos a mi alrededor, que en el plano más inmediato de la vida cotidiana (viajar y volver desde la biblioteca) es relativamente importante. Ya bastante grande es el dolor de cabeza que produce consultar archivos antiguos: me veo por momentos como en esa foto de Benjamin acodado sobre documentos antiguos pero en mi caso sin proyecto (casi), en una época aparentemente menos violenta pero de todos modos molesta, mentirosa.

En la biblioteca también veo algunas chicas lindas, que no sé bien qué imagen pueden llegar a tener de mí. Espero no dar la imagen del investigador sesudo porque en el fondo sigo siendo un diletante con afición a las letras. Como siempre, no se me ocurre qué decir para iniciar una conversación y hasta llego a aceptar la posibilidad de que dos chicas que están sentadas fumando en el exterior de la biblioteca simplemente sean dos chicas que estén fumando en el exterior de la biblioteca, sin interés alguno en iniciar una conversación o ser abordadas por un desconocido, felices de que cada uno habite su mundo independiente en el que lo único que se cruzan son las imágenes de los cuerpos. Es una idea que no me convence del todo pero con la que puedo llegar a convivir cuando estoy absorbido por un tema o actividad.

Por otro lado me pregunto también si debo seguir en esta dirección o no, como si estuviera por un lado la figura de Arlt, que me interesa literariamente, y que puede disparar en muchas direcciones, y la investigación o la edición fuese de las distintas alternativas una medio extraña y un poco melancólica; también está la que conduce a la actividad literaria o el periodismo en el presente, o a la lectura del mundo del presente, que es una con la que me identifico aunque en ocasiones me vea bajo ciertas limitaciones; la del investigador se presenta como una tarea medio extraña, en particular cuando no están involucradas perspectivas reales de publicación o dinero; es un puro capricho que tiene algo placentero, como si atravesara una frontera que el presente crea para que no se pueda tener contacto con el pasado, que en general es lo que pienso del presente local en general, todo lo destruye, todo lo reemplaza, todo lo oscurece, y de lo que sobrevive nada explica del todo bien por qué lo hace, ciertas instituciones, ciertas formas de las relaciones sociales, ciertos objetos.

Imagino que dentro del contexto actual de ocio o disponibilidad en la ciudad no es una mala opción para alguien con fantasías de viajero en el tiempo. Igual sigue lejos de mi ideal, que no sé bien cuál es.

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