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BARRIO

Andrómeda encadenada a una roca, de Gustave Doré

Then I’ll dig a tunnel from my window to yours.

Neighbourhood #1 (Tunnel), Arcade Fire

Y te quedaste mirando la nada.

«Amigo Piedra», El mató a un policía motorizado

Me quedé mirando la nada, la nada, la nada, la nada, la nada que anda y nada, por primera vez el 27 de septiembre de 1975, en el barrio de Almagro, seguramente, parado en el borde de piedra del cordón de una esquina a lo largo de algunas horas. No tenía nada para hacer porque tenía el día libre, y la idea de observar más detenidamente el mero transcurrir de la sucesión innumerable de  acontecimientos transcurridos en una porción minúscula de la urbe, con toda su carga de unicidad en la repetición, me produjo ese día una fascinación exhilarante. Lo primero que observé fue mi acto de observar, no es que yo mismo estuviera reflejado en ese momento en el cristal espejado de una vidriera comercial, si no que el mero hecho de haberme detenido, sin hacer nada, contra un poste de luz primero, y luego contra el tronco de un árbol ralo, primero con un cigarrillo en la boca, pero después ya más acostumbrado a ejercer el acto privado de no tener nada para hacer en público, generó a mi alrededor una oscura sensación de sospecha entre los transeúntes y los automovilistas que se cruzaban, raudos, ajenos a mis pensamientos, siempre en líneas rectas, excepto en los casos en que tenían que esquivarme, por ejemplo cuando un niño con su guardapolvo blanco manchado de barro en las bocamangas y de hollín en el bolsillo derecho se quedó por unos instantes mirándome fijamente a los ojos, como si le recordara a alguien conocido, un familiar, o el padre de un amigo, o tal vez el almacenero o el kiosquero. Tenía los ojos de un verde claro algo ambarino, con pequeñas manchas negras en las pupilas, y por su forma de pestañear, presurosa, para defenderse de los rayos del sol de la tarde que caían sobre ambos, vi en su pestañear no el batir de las alas de una mariposa o un ave, sino la certeza de que, habiendo empezado y dejado la carrera de oftalmología, ese niño iba a necesitar de grande anteojos para poder ver mejor, y que con el paso del tiempo el vidrio de los lentes iba a tener que ser cada vez más grueso, y que lo más probable es que terminara quedando ciego. Ese cálculo sobre el desarrollo de la acuidad ocular futura me había quedado muy interiorizado gracias a las clases del profesor Mendicutti, que decía que el mejor oftalmólogo no ve, como los amantes o las madres, el alma en el globo ocular, sino una miríada de potenciales patologías a primera vista, que solo un parpadeo de un ojo entrenado alcanza para comprender, sin necesidad de los costosos instrumentos que solo tienen los centros de ojos más avanzados de la ciudad, todo lo que el ojo vio y verá, la cantidad de túneles subterráneos que atravesará en su vida, si el sol lo enceguecerá o los decilitros por metro cúbico de llanto en la edad adulta, la posibilidad de una sequedad en el miotelio, la presbicia, el glaucoma, la perentoria necesidad de usar catalejos para observar las orillas distantes de las tierras de ultramar, sin mencionar los efectos a largo plazo nocivos de la contemplación del fuego de las pantallas de los televisores, que en ese momento ya habían empezado no solo a popularizarse sino a emitir unos rayos catódicos multicolores mucho más precisos que el triste blanco y negro y grises que en el pasaje del papel a la pantalla de cine y de ésta al pequeño formato del aparato de televisión, apodado “la tele”, claramente había perdido contraste, definición, profundidad de campo, grano, una relación química entre las emulsiones y los rayos de las luces solares o artificiales, que pasaron a ser barridos, barridos eléctricos diminutos, esas formas de circular de los puntos que hacen que en los momentos en que se producen interferencias las imágenes se deformen de una manera particular, onduladamente sinusoidal, que la línea recta de una columna vertebral humana se quiebre como si se tratara de una serpiente arrastrándose por el desierto, y así la carne también, los contornos de la figura humana se desvanecen a partir de su forma original, analógica, la que captan los ojos de los satélites, y cuerpos gordos parecen esbeltos, y las chicas más delgaditas unas figuras morrudas, aunque claro que esto depende mucho de la altura de los cuerpos: el enano o el basquetbolista deformados por la lente retransmisora adquieren medidas inéditas a veces, pero no como si se enfrentaran a un espejo deformante que los volviera cómicos para sí mismos o para los demás, si no que aparecen en contextos nuevos, como cuando uno dice “enano” a un niño o “lungo” a alguien que solo es alto para la media de las alturas circundantes, esas alturas que hacen que el niño, cuando mira hacia arriba, hacia el adulto, alto o no, lo vea desde la perspectiva en que un caminante observa una catedral o un rascacielos, con ese mismo grado de extrañeza, como si se tratara no solo de una especie no humana, o mejor dicho, de una creación no humana, si no como si tampoco tuviera relación alguna con las torres que construyen las termitas o los hormigueros que se patean al quedar con el pie atrapado por una montaña de tierra y hormigas. ¿Pero quién diría que iba a ponerme a pensar en hormigas, rojas y negras y de otros tonos más sutiles, cuando lo que ocurría era que estaba parado, inmóvil, contra un poste de luz que se extendía hacia lo alto y transmitía la electricidad con una velocidad casi fotovoltaica, cables y cables tendidos por manos y cuerpos humanos coordinados que imaginaba más o menos así: el primer hombre dice, “Que el poste de luz sea”, y se hace el poste de luz; el eco llega hasta los oídos del contemplador ocioso de los bosques de abedules y pinos, y se hace eco, eco, eco, eko, eco que llega a los ojos y los oídos del leñador que va caminando por el monte con su hacha bajo el brazo, y la considera un instrumento idóneo, antes de que llegaran las motosierras eléctricas, para transformar un árbol caído en un poste de tendido de luz eléctrica eléctrica eléctrica, y así los árboles caídos se erigen nuevamente como postes para que el hombre recuerde que desciende del mono y de los gorilas en la niebla que los naturalistas y evolucionólogos hipotetizaron con tanto ahínco aunque sin tanto eco, el eco del árbol caído que se levanta totémico sobre el macadam de la ciudad sí, pero el impulso de trepar, latente, como los otros, no, ese queda un poco más sometido a las reglas de traslado espacial de la era espacial, o bien volar por los aires, teniendo cuidado de no caer, o bien llevar paracaídas en esos casos, o un instructor de ala delta, o bien avanzar rectilíneamente por las rutas y las calles que a veces sí, suben y bajan, forman lomas, pequeñas lomitas que ponen a prueba la tracción a sangre del ciclista y los caballos de fuerza de los automóviles, porque es verdad, solo a un idiota podría ocurrírsele construir una ciudad en la ladera de un monte o una montaña, produciría una cierta sensación de vértigo difícil de tragar, la idea de que avanzar y retroceder son operaciones que no se cumplen en el mismo lapso de tiempo, sino que siempre es más lento ascender, excepto en un ascensor, y bajar es algo que se hace rapidísimo, hay pendientes, uno puede caer rodando a toda velocidad y chocar contra piedras minerales en el camino, manojos de yuyos, arbustos, paredes de construcciones de distinto tipo y estructura y función, o que van a cambiar su función con el tiempo, porque nada sirve para siempre la misma función, esto es algo que se aplica a las hojas en las que se imprimen los papeles de los diarios y mucho más allá, no hay silla que no sirva para sentarse y a su vez para alguna otra cosa más, sobre una silla se puede coger, aunque para algunos resulte incómodo o inusual o sucio, se puede trepar sobre la silla y saltar de una silla a otra, como si se tratara no de la silla que el domador usa en el circo para protegerse del león, sino como el salto entre rocas al borde de un arroyo, esas corrientes de agua que nacen en la profundidad de fuentes más amplias y profundas, hasta que todo desemboca en algún lado, pero ese lado es desconocido, sería imposible seguir el trayecto de cada arroyo y contar sus lechos y afluentes, sería una tarea de topógrafo, de maniático de la clasificación y la numeración o la nominalización, esos antiguos maniáticos que le dieron nombres a los ríos y a los lagos y a los arroyos, a algunos les gustaba contarlos y le pusieron Primero, Segundo, Tercero, pero no sé si avanzaron mucho más en esa dirección, se volvía difícil contabilizar las cosas cuando había muchas cosas y se prefirió darles nombres, decir “Ego te baptiso in nomine patri et figli et spiritu sancti” arroyo Maldonado, y que así sea por los siglos de los siglos, amén (sin el amén), y así logramos entendernos y si tenemos que unir coordenadas de longitud y latitud, que son nombres numéricos, cabe la posibilidad de que un lugar tenga un nombre un poco más poético, llamémoslo, que otro, “La plata”, el río de la guita, de la guitarra y el guitarrear, que poético decir argentum y no, por ejemplo, El día de los trífidos, o Andrómeda, parecería de algún modo que las huellas de los nombres del pasado horadan las tierras, echan raíces que se pudren, y así es como todos nos identificamos con un lugar o con un nombre o con un río nauseabundo, vertiginoso, convertido en la tierra del esquí acuático de los grandes saltimbanquis, inaccesible para quienes no quieren o no saben que no quieren saber nadar, porque si nadaran no se ahogarían, como temen y vaticinan los promotores del nado recreativo y el scuba-diving, si no que se convertirían en hombre-pez, abandonarían la tierra, que dejarían para que los nacionalistas luchen por las precisiones cartográficas de sus fronteras y los productores de postes de electricidad para la electrificación de los corrales y las tranqueras, y los productores de otras cosas para que produzcan todo lo demás, lo necesario y lo innecesario, que finalmente o en ocasiones es lo más necesario, y saldría en busca de una sirena, iría a algún pueblito de pescadores para que le cuenten leyendas, con la sospecha de que las leyendas siempre tienen algo de cierto y algo de inventado, leyendas sobre los productos de los fabricantes de postes eléctricos, leyendas por todas partes para que algo parezca cierto y algo inventado, leyendas como la de Andrómeda, hija de Cefeo y Casiopeia, según lo cuenta Higinio en su Astronomia Poetica, que dice así: La madre de Andrómeda pretendía ser más hermosa que todas las Nereidas. Estas, celosas, habían pedido al dios Poseidón que las vengase de tal insulto, y este, para complacerlas, envió un monstruo que asoló Etiopía, las tierras de Cefeo. Interrogado por el rey, el oráculo predijo que el reino se vería libre de aquella plaga si Andrómeda era expuesta como víctima expiatoria atada a una roca para luego ser sacrificada. Perseo, de regreso de su expedición contra la Gorgona, la vio, se enamoró de ella, y prometió a Cefeo liberar a su hija si se la daba por esposa. Cefeo aceptó, y Perseo dio muerte al monstruo y se casó con la doncella. Solo cabe agregar que Fineo, hermano de Cefeo, que había sido el prometido de la joven, urdió una conjura contra Perseo. Al descubrir Perseo esta conspiración, mostró a sus enemigos la cabeza de la Gorgona, que los transformó en piedra.

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Crónica de los sentimientos

El sabor-textura de la remolacha. La infancia de la cocina atenta. Un trr-trr helado le recorre adentro. Impedir invasiones extraterrestres. O encontrar una fecha inmóvil. Para… ¿encontrar? Recrear la huella languidescente del moretón cúrcuma, los años de asilo en el deporte sudamericano, el signo de Saturno de las muñecas vestidas. Si solo pudiera entender las cien separaciones de las flores blancas, el disco rojo sentimental (de Dublín), nadie vendría a asaltarlo en los pórticos y en las arcadas como si fuera un teleadicto sónico. Hay que reinventar partes ocultas.

Friday I’m in love.

Lenguas muertas, comprimidas, envueltas, rellenas, sostenidas por una espalda rígida, incólumne.

El cielo

Una mujer me pide fuego. Le digo que no tengo. En realidad no sé dónde dejé el encendedor, tiene que estar en algún lado, pero no quiero que me vea mientras lo busco, puedo llegar a contorsionarme demasiado, hasta olvidar su presencia, o lo que estoy buscando.

Ocredad

Un perjuicio súbito, como la esperanza de un reencuentro fallido de un modo inesperado donde se vislumbra la utopía de la voz.

(20 9 08)

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Silencio eso.

Me miro en un espejo y no me reconozco. Mi cuerpo es una jaula. El dolor se extiende como una sombra sobre lo vivo y lo muerto. Es de día. Eso lo sé por la luz que entra de la ventana. Aunque es poca luz. Mejor sería que no hubiera luz. No vería este cuerpo envejecido que no sé si me pertenece. Cumplo órdenes. O no. Estoy vivo, eso es lo importante. ¿Pero para quién? Tengo una mente. La mente me dice que todo está mal, que todo va a ser peor. No quiero escuchar a mi mente. No sé cuánto tiempo me queda de vida. No sé qué vida llevé. ¿Tengo recuerdos? Todo es borroso. Como si se tratara de la vida de otro. Muchas impresiones, que se acumulan unas sobre otras, que se suceden unas a otras. Nada que me sirva para guiarme. Al menos tengo un cuerpo. Aunque no sé si es lo que quiero. El cuerpo que tengo me anuncia dolores que antes (¿antes?) no tenía. Si sólo pudiera salir. Pero no hay puertas. Sólo hay una ventana. O hay una puerta y está cerrada, es lo mismo. No puedo salir. Hay un espejo. No tolero la imagen que el espejo refleja. Es como si no fuera yo. Pero si no soy yo, ¿quién es? Entre los recuerdos aparecen nombres, pero sin imágenes. Nombres que la memoria registró. Igual tengo muy mala memoria. No sé quién soy. Sólo recuerdo nombres. Y si pudiera salir, ¿a dónde iría? No tengo a dónde ir. Tengo hambre. Hay un pan seco tirado en el piso que no quiero agarrar. Mejor pasar hambre que comer mal. Dejar que el hambre produzca sus efectos de debilitamiento. Perder la conciencia. Dejar de preocuparme. Eso necesito. Dormir. Olvidar lo poco que sé. No quiero recordar quién soy. Quiero dejar de existir. Aunque eso está más allá de mis posibilidades. ¿Seré un fantasma? Un fantasma que no tiene a quién asustar. Ni siquiera sé si estoy vivo. Este lugar es muy extraño. Si sólo pudiera encontrar a alguien, o recordar a alguien. Alguien que no sea un nombre nada más. Establecería un diálogo. No hablaría solo. Igual es inútil. El cuerpo que veo en el espejo tiene ropas andrajosas, quizás soy un pordiosero. O alguien que perdió todo lo que tenía. Ahora no tengo nada. Soy libre. Pero no sirve de nada. Al menos me entretengo pensando todo esto. Si no tuviera una voz interior estaría todavía más perdido. Así que permanezco inmóvil, atento a cada sonido. Pero no se escucha nada. Esto es como una cárcel. Pero no tiene la apariencia de una cárcel. Es como un departamento de un ambiente. Sólo que no se puede salir.
Si alguien me contara un cuento todo sería distinto. Pero no hay nadie. Y yo no sé ningún cuento. Un cuento o un chiste. Algo que me permita pasar el tiempo. El tiempo no pasa. La luz no cambia de lugar. Debo estar en la nada. Algo habré hecho. Si no estaría feliz, o infeliz, en otro lugar. Un lugar abierto, verde, natural. Mi vida no tiene progresión. Siento que estoy en este estado hace mucho tiempo. Un día como hoy parecido a un día como ayer o mañana. Si es que hay días. Eso no lo sé claramente. Quizás esto es la muerte. Un sitio donde permanecer sin nada para hacer. O el purgatorio. El lugar en el que recaen las almas tibias. ¿Fui tibio? ¿O me excedí? Fui muy apasionado. O no, fui nu pusilánime. Igual no lo puedo saber. No tengo buena memoria. Nada de lo que pasó tiene un significado claro. Lo único real es lo que percibo. Y no tengo muchos lugares donde detener la mirada. Quiero decir, fuera del espejo, la ventana, el pan seco y la puerta cerrada. Somos como un sistema. Y yo soy el único que cree estar vivo. Vivo a medias. Aunque quizás alguien va a abrir la puerta. Eso se llama una esperanza. No hay que perderla. O quizás es mejor no tenerla. No esperar nada. Dejar que el tiempo pase y decida. Alguna vez fui amado. Eso lo recuerdo. No sé si en la infancia o después. Hubo personas que me cuidaron. Si no no podría haber llegado a esta edad. Amar, qué palabra. No se me ocurre otra. Hubo una época en que todo lo hacía de a dos. Dos que intentaban ser un solo cuerpo. Pero eso pasó. Ahora tengo un solo cuerpo. No sé dónde hay otros cuerpos. No sé qué se puede hacer con otros cuerpos. Para qué sirven. Ya no quiero que haya otros cuerpos. Algo debe haber pasado. Algo terrible. O que me parece terrible. Un castigo. Algo que me dejó en esta situación. Pero por qué. ¿Fui malvado? No creo. Igual pude haber hecho cosas que afectaron negativamente a otros. Como el que atropella a alguien en su auto. Va tranquilo por la ruta, alguien se interpone, y lo mata. Quizás maté a alguien. Maté a alguien o a algo. Debe ser eso. Maté ilusiones o expectativas. No fui un buen ciudadano. Todo es borroso, algo se interpone en mi recuerdo, pero creo que debe ser así. Quizás maté a alguien. O fui violento. No lo sé. No me está permitido recordar. Pero algo debe haberme llevado a este estado. Algo malo. Si hago un esfuerzo quizás lo recuerde. La diferencia entre las películas y la realidad. La diferencia abismal, que se acorta y se alarga.
Aunque quizás no. Fui bueno. Se equivocaron conmigo. No hice nada malo. Me tomaron por alguien que no era. Todo era muy difícil. Quizás hice cosas de las que no soy consciente. En ese caso no puedo ser culpable. Cosas hechas con inocencia. Una inocencia no reconocida. Me persiguieron. Me ataron las manos. Me golpearon. Me humillaron. Por eso estoy acá. Es el estadío final, o el estadío intermedio. No me mataron para que sufra intencionadamente. Como si mi destino fuera sufrir. Pero no quiero. Me rebelo. Quiero paz, pero no hay paz. Quizás pueda imaginar un estado distinto. Cerrar los ojos. Imaginar un lugar natural, verde, abierto. Pero sería inútil. Siempre hay que abrir los ojos. Y en ese momento volvería a la realidad. A esto. A lo que queda de mí. A la falta de todo. Al dolor. Aunque no sé bien qué tipo de dolor es. ¿Es físico? Es un cansancio. Que se manifiesta en todo el cuerpo. O no. Es algo mental, que invade el cuerpo, pero viene de afuera. No importa. Ese es mi estado. Yo soy la sombra que recorre el espacio que cubren lo vivo y lo muerto. Ya no soy un ser humano. Soy una sombra. Me trataron mal. Me convirtieron en una sombra. Nunca me voy a recuperar de eso. No porque sea sensible. Porque es así. Si sólo pudiera volver el tiempo atrás. Hasta el momento anterior a que esto ocurriera. Anterior a encontrarme acá. Seguramente lo pasaba mejor. Tenía cosas con las que entretenerme. Estaba relacionado con otros. Seguro que antes era mejor. Aunque no sé. Quizás siempre fue así. En ese caso… no hay salida. O la única salida es la muerte. Y no voy a morir todavía. La muerte se extiende por mi cuerpo pero lo hace poco a poco. No me va a dejar morir así como así. Quiere cobrarse cada minuto.
Quizás todo esto no es real. Eso sería bueno. Estar soñando. Una pesadilla. Algo que se va a acabar. Pero no. No tiene los signos de una pesadilla. Soy demasiado consciente. De mi cuerpo. De todo. Los colores no son ni muy brillantes ni muy opacos. La materialidad de las cosas es consistente. Las paredes son paredes. No tengo a dónde despertar. Sería fácil. Pensar que se trata de un sueño. Despertar a una vida mejor que ésta. A otro mundo. Un mundo donde alguien cuide de mí, donde el espacio no estuviera tan cerrado. Pero no. No es un sueño. Ya pasó tanto tiempo. Tendría que haber despertado. Hasta creo que desperté después de un sueño. Y el sueño se parecía a lo que veo. Podría seguir. Pero no voy a seguir. Mejor el silencio. Que todo lo que dije se destruya. Si dejara de pensar todo estaría más tranquilo. Dejar de pensar. Entrar en el silencio. Eso.

(2017)

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Draider y el caso del encuentro alienígena

Draider, debido a su familiaridad con la casa del ser, recibió un pedido especial de parte de una organización no gubernamental: fue convocado para intentar establecer algún tipo de contacto con los seres extraterrestres recién llegados de una galaxia lejana. Draider se preparó: decidió olvidar todas sus concenptualizaciones y abrirse al exterior como una planta en el momento de florecer. Lo llevaron en un auto automático hasta la casa de los alienígenas y salió con cierta precaución del vehículo. Se encontró con Eso. Eso era una formación que no pertenecía claramente a ninguno de los reinos conocidos por la humanidad. No era claramente una planta ni un animal ni un mineral. Era parecido a un puré de papas con membranas de insecto. Draider se colocó el traductor universal sobre la cabeza. Escuchó: Prrrffummrpffffff.

El Tiempo Financiero escribió, después del encuentro: «Ellos, antes, podían. Tripulaban, maltrechos, las naves, hasta llegar, exhaustos, a otras galaxias. No entendían, de la comunicación, nada. Se erguían, incólumnes, ante lo desconocido, y expectoraban, sobre el aire, palabras. Hoy, en cambio, el intercambio, no conduce, realmente, a nada». Los Tiempos de Nueva York adscribieron: «Cada centrímetro en que la humanidad se acerca a lo extraterrestre es como el hundimiento en el fondo sin fondo de la posibilidad de establecer un contacto real. Si hasta ahora no nos entendíamos entre nosotros, ahora no nos entendemos tampoco con los seres de otro planeta».

Draider no leyó nada de esto. Estiró su mano y habló por el traductor universal. Dijo: «Eso, nosotros, ellos, nada, el espacio, todo, cada uno, había una vez, como si mintieran, algo, comúnmente, rayos, años, segundos, pelícanos y mucho más allá». El extraterrestre estiró una membrana y cubrió a Draider de una película de baba que le impedía moverse con facilidad. En ese momento Draider pensó, «Qué difícil es ser un intérprete de la voluntad humana. Mejor me quedo en mi casa mirando películas de ciencia ficción en la tele, en especial la de los años cincuenta, en que se especulaba con encuentros, antes de que se fingiera, a los fines del espectáculo político, encuentros inexistentes».

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VIVO EN UNA CAJA DE ZAPATOS

Vivo en una caja de zapatos. Soy un hamster. No tengo que dar explicaciones. La caja tiene un hueco que a veces deja pasar luz. Lo llamo “la ventana”. Ahora, por ejemplo, hay luz. Tengo un plato. Regularmente, alguien deja en el plato un líquido verde al que llamo “comida”. No sé por qué lo hace. También tengo una rueda para entretenerme. Nadie me observa cuando lo hago. Giro para mí o para nadie, por el placer de girar.

No tengo muchos recuerdos. Nunca viví fuera de una caja de zapatos. Sí lo hice en una caja más chica, que compartía con otro hamster. No teníamos reglas claras de convivencia y eso generó muchos problemas. Prefiero olvidar esa época.

Durante un tiempo me intrigó saber si la luz que entraba por el hueco al que llamo “la ventana” era natural o artificial. Llevé anotaciones para determinar si se cumplía algún ciclo que permitiera hacer predicciones. Fue inútil. Si hay ciclos, no los pude descubrir. La luz se iba y volvía en cualquier momento. Ahora, por ejemplo, no hay luz.

Creo que prefiero la luz. En la oscuridad imagino que desaparecen el plato donde me sirven eso que llamo “comida”, la rueda donde giro (por el placer de girar) o “la ventana” que a veces deja pasar luz. Después, cuando la luz vuelve, el plato, la rueda y “la ventana” aparecen también, exactamente donde estaban, ajenos a mis fantasías.

(2005)

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convertido en Eso.C

Siguiendo con la ola de honestidad brutal, que en realidad me inspira más el suburbio que la ciudad, hoy… fui a retirar unas fotografías digitalizadas y en el negocio había una chica que tenía unas calzas grises, gris y negro, con un diseño al estilo de william morris, que es el fondo que aparece en una página de internet porno que a veces visito. me pareció inconcebible el traslado y a la vez invisible, como si no pudiera tolerar la posibilidad de que un diseño observado en la intimidad se exteriorizara. es otra de esas situaciones que finalmente resultan frustrantes, en tanto no reproducen la fuente o el origen del placer sino solo su superficie, bellas piernas envueltas que se presentan como inaccesibles, no del modo en que lo que se muestra en la pantalla es inaccesible sino de una forma más despiadada, como si pudieran ser accesibles de alguna forma que desconozco. por otro lado, sólo estaba interesado en retirar las copias digitales de los negativos que había llevado, que eran como una suerte de recompensa o reconversión simbólica del hecho de que todos los momentos de mi vida que fueron fotografiados se encuentran por fuera del ámbito de lo digital, y que cuando la digitalización llegó mi vida en cierto modo desapareció o dejó de tener momento dignos de ser registrados o tuvo muchos momentos que no fueron registrados.
El tema de la fotografía, o las modificaciones que la informática incorporó a la fotografía como tema o como problema. No es algo que observe exclusivamente de forma abstracta sino como una parte de mi vida: la tendencia o la aparición de las imágenes de las vidas de personas que quiero y también desconocidas multiplicándose casi indefinidamente mientras mi imagen permanece oculta. ¿Qué significa esto, o tiene algún significado? Es ese efecto de la imagen digital de reafirmación de la existencia que es un poco irreal -a fin de cuentas todos existimos- pero que opera así. Lo veo al observar las fotos del pasado digitalizadas, de las que siento que en cierto modo fui expropiado por no conservar copias en las que poder observarme, o en las que poder observar los lugares en los que estuve, ¿es importante o no? ¿Me impulsa el hecho de verlas a querer viajar a otros lugares? El paisaje… me doy cuenta de que hace años que no veo un paisaje que me conmueva. Bueno, quizás ahora todo me conmueva un poco de una forma exagerada, los atardeceres y las paredes y los automóviles modernos, pero la montaña es la montaña y la ciudad extranjera es la ciudad extranjera, no el interior del propio departamento. Cómo se produjo esa transición, de la deriva o la circulación por territorios extranjeros a la introspección espacial es algo que no llego a comprender del todo. Tiene que ver con los problemas de dinero pero es algo que va más allá, de pronto es como si los paisajes hubieran rehuido de mi vida…
Esto puede ser interpretado de distintos modos… por ejemplo, como una señal de que privilegio la experiencia en la ciudad como ámbito de circulación, intercambio y producción, la ciudad propia que a la vez nunca termina de ser apropiada, el ámbito de lo inesperado, escindido del turismo que se presentaría como un divertimento pasajero, y sin embargo, la ciudad es agotadora, no ofrece una morada sino una sucesión de conflictos que parecen ir in crescendo, el problema de los servicios, el problema de los vecinos, el problema de la comunicación con la propia «manada», algo que parecería reducirme al problema de la supervivencia en su carácter más elemental, a la pregunta acerca de cómo vivir y qué hacer con la propia vida, como una fuente continua de ansiedad y de insatisfacción y de desviación hacia caminos que se presentan como menores, o hacia los reinos de la apariencia y la falsedad como estrategias, o como estrategias de los otros con las que lidiar, la apariencia o la apariencia de apariencia que en el fondo son más o menos lo mismo.
Las fotos también son un recordatorio de la extensión de la vida en el planeta mucho más eficaz que los artículos de wikipedia o las fotos de mujeres árabes desconocidas o viajeros a los que conozco personalmente, en tanto muestran que yo estuve ahí, aún en el caso de que no lo recuerde bien, y que ahí es un sitio inasimilable, de costumbres exóticas, y cuerpos distintos, geográficamente disímil, y también que en el registro del pasado hay algo del orden de lo paradisíaco, en las fotos A. es más joven y los lugares capturados son sitios en los que sin duda preferiría estar o hubiera preferido estar en muchas ocasiones, tal vez en tanto eran el espacio del ocio despreocupado, o porque las preocupaciones que conllevaba no quedaron registradas en la imagen y fueron olvidadas y apenas sobreviven en cierta tensión que puedo observar en mi apariencia en algunas de las imágenes, como si no todo estuviera bien o no todo hubiese estado bien, tal vez la tensión de la experiencia de lo extranjero en sí o de las tensiones de la relación que la imagen capturó, Leo como animal amenazado en un terreno desconocido. La ausencia de argentinos, de todos modos, resulta estimulante.

También me doy cuenta, en comparación con fotos anteriores, o posteriores, que me gusta el ojo que capturó esas imágenes, como si tuviera cierto entrenamiento sin ser profesional, y se fijara en cosas que realmente llaman la atención, algo que también tal vez sea propio de la técnica, de la cámara analógica que lleva a concebir la imagen o la captura de la imagen de una forma que los medios digitales tal vez ya no permiten, como instantes privilegiados, en un sentido casi económico, en tanto la película es un bien escaso, a proteger, y la memoria digital se confunde demasiado fácilmente con el desperdicio o la saturación y conduce al exceso, a la repetición y al descarte, o tal vez al film, en todo caso a la explotación de otro tipo de capacidades. Algo que tal vez nunca llegué a experimentar plenamente, en tanto como fotógrafo digital arrastraba una lógica analógica, o lo que se presentó como objeto a fotografiar era menos significativo afectivamente o peor aún se perdió como se pueden perder los dispositivos digitales y sus memorias.

En las imágenes parecerían acumularse así todos los viajes deseados y no realizados que tal vez sean solo un efecto de copia o dominó, pero que están ahí, como fantasía.

Extrañamente, reencuentro a A. después de mucho tiempo sin vernos y no le digo nada sobre el tema, como si guardara tal vez algún tipo de resentimiento (?) o sintiera que es una experiencia personal -mi reencuentro con nuestras imágenes del pasado- donde ella está y no está presente. Es como si tuviera este recuerdo de haberla necesitado en algún momento y de haber sido abandonado o rechazado, algo complejo, que se mezcla con su depresión, con belgrano, con las fotos de su vida donde aparecen otros hombres, o con la incomprensión de la situación actual en la que pareceríamos ser amigos desconocidos, que tiene algo intolerable, y el tiempo en que estuvimos juntos algo secreto que busca ser revelado para no desaparecer.

A esto se le agrega el reencuentro con Laura, que también me produce un efecto perturbador. Viajamos en un colectivo que hace mucho ruido y me doy cuenta de que es una de las pocas personas con las que puedo hablar de «la zona sucia» de mi vida. La zona sucia es la experiencia de la soledad, la incertidumbre, los conflictos con la ley, y también hechos concretos como mis estudios, los conflictos con los vecinos, pero ante todo mi fragilidad. No sé si esto es bueno o malo pero me devuelve o al menos me acerca a una zona de sanidad, como si hubiera alguien con quien entenderme. En un momento, afuera de su departamento, le digo algo que no sé bien qué es, algo que siento, y siento como si se transformara, como en una niña. Tiene una mirada que me seduce y rehuye mis ojos que es inocente, los ojos se le abren y el pelo se le desacomoda, y me dan ganas de besarla. Es como un reconocimiento momentáneo en el que no sé cómo avanzar o qué decir o hacer, que se extiende en el tiempo. Se parece a la vida de un modo en que la mayor parte de los acontecimientos de este último tiempo no lo parecen, y a la vez se me escapa. Me duele la cabeza, lo único que hice durante el día fue beber?, y siento que son demasiadas emociones para un único día. Me genera esa impresión de que recién nos conocimos ayer y tengo que hacer algo para alterar el curso de los acontecimientos y que no se repita lo que ocurrió hasta ahora, que es que no nos convertimos en «amantes» y a la vez es como si el hecho de que esto no haya ocurrido permitiera que nuestra relación mantuviera su apertura hacia algo incierto, eterno, definitivo, que puede ser modificado y conducido hacia el plano de la realidad, que claramente, según lo que cuentan los demás es un plano en el que vivo solo tangencialmente, en el que necesito recordarme quién soy, o qué edad tengo o cómo me llamo, porque podría ser cualquier cosa, o cualquier persona y vivir en cualquier tiempo de un modo que los demás, o las personas con las que conversé hoy, no sé si experimentan de la misma forma. Esa experiencia de encontrarme nuevamente como si se tratara de la primera vez constantemente, y de no saber qué hacer, de ser un adolescente, se repite un poco en distintos contextos. Tiene una parte que es divertida y otra que es fatal. Por supuesto, es una figura del lenguaje, porque cuando era realmente un adolescente era alguien que no hablaba prácticamente, según recuerdo, como esa chica que estuvo en un rincón toda la noche en silencio, y ahora hablo un poco por los codos casi, o como si cada conversación fuera la última o no tuviera a nadie que me escuchara, que en parte es verdad, demasiadas noches a solas jugando al solitario con la computadora me convirtieron en eso.

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