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Crónica de los sentimientos

El sabor-textura de la remolacha. La infancia de la cocina atenta. Un trr-trr helado le recorre adentro. Impedir invasiones extraterrestres. O encontrar una fecha inmóvil. Para… ¿encontrar? Recrear la huella languidescente del moretón cúrcuma, los años de asilo en el deporte sudamericano, el signo de Saturno de las muñecas vestidas. Si solo pudiera entender las cien separaciones de las flores blancas, el disco rojo sentimental (de Dublín), nadie vendría a asaltarlo en los pórticos y en las arcadas como si fuera un teleadicto sónico. Hay que reinventar partes ocultas.

Friday I’m in love.

Lenguas muertas, comprimidas, envueltas, rellenas, sostenidas por una espalda rígida, incólumne.

El cielo

Una mujer me pide fuego. Le digo que no tengo. En realidad no sé dónde dejé el encendedor, tiene que estar en algún lado, pero no quiero que me vea mientras lo busco, puedo llegar a contorsionarme demasiado, hasta olvidar su presencia, o lo que estoy buscando.

Ocredad

Un perjuicio súbito, como la esperanza de un reencuentro fallido de un modo inesperado donde se vislumbra la utopía de la voz.

(20 9 08)

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Recordar

Enigma, la máquina de los mensajes de guerra cifrados.

***

More I remember

Recuerdo el sonido que hacía el plástico al saltar la soga, de cortar el aire.

Recuerdo haber hecho un rompecabezas que tenía la imagen de una casa cubierta de nieve y haberlo pegado sobre una plancha de telgopor.

Recuerdo los números del uno al diez en alemán antes de que empezaran los torneos de Telemach.

Recuerdo a Mazinger-Z.

Recuerdo el primer nunchaku que vi, en el cumpleaños de un amigo. Me parecía un arma letal e inmanejable.

Recuerdo cómo fallaba el botón de fuego de los joysticks con rapidez y ya no se podía seguir jugando.

Recuerdo el lápiz óptico.

Recuerdo haber descubierto a los rabanitos después de haberlos cosechado en la huerta de la escuela. Me gustaba la forma y no el sabor.

Recuerdo los experimentos que hacía con motorcitos, el hecho de que las pilas los hicieran girar me resultaba increíble.

Recuerdo haber participado de cinchadas.

Recuerdo el momento en que el auto de F-1 entraba a boxes y un equipo le cambiaba los neumáticos en el Pole Position.

Recuerdo haber hecho que el fuego tuviera un color verde.

Recuerdo alejarme para poner a prueba el alcance de los walkie-talkie hasta que se dejaba de escuchar.

Recuerdo, aunque muy vagamente, las fantasías que tenía con mis compañeras de la escuela.

Recuerdo haber jugado al amigo invisible.

Recuerdo haber jugado maniáticamente al ta-te-ti, llenando hojas y hojas.

Recuerdo haber hecho cuentas de multiplicar con muchos números para entretenerme en la sala de espera de la dentista.

Recuerdo unos chupetines que venían con sorpresa. La sorpresa era algún muñequito o un objeto de plástico que no estaba muy bueno y salían repetidos. Creo que se llamaba Topolín.

Recuerdo el mejor muñeco que me regalaron de chico. Se le podían poner patas de rana y una máscara para respirar bajo el agua.

Recuerdo el Chasqui-Bum.

***

Recuerdo un tocadisco que tenía una cobertura de acrílico ahumado. Como tenía problemas crónicos en la púa la experiencia de la música que tenía era visual y ausente, miraba las tapas de los discos que no podía escuchar.

Recuerdo unos cassettes raros con forma de cartucho que nunca pude escuchar tampoco. Estaban repartidos entre la casa de mis padres y la de mis abuelos. Eran objetos que no despertaban mucha curiosidad, un poco feos.

Recuerdo haber destruido un minicomponente arrojándolo repetidamente contra el piso hasta que la carcasa se deshizo. No recuerdo el por qué.

Recuerdo los cassttes con música que compilaba de los temas que pasaban en la radio. Lo hacía porque con el tiempo dejaban de pasar los temas pero lo cierto es que después casi nunca los escuchaba. Los numeré y llegaron a ser más de veinte. En todos anotaba los nombres de las canciones y los intérpretes.

Recuerdo la Z-95.

Recuerdo a Roxette.

Recuerdo a un montón de músicos que hoy me parecen patéticos o me avergüenzan y que preferiría no ser capaz de recordar.

Recuerdo una lapicera con la que se podía escribir en plateado. La usaba para ponerle los números a los cassettes con música compilada.

Recuerdo una serie donde había una niña robot. Tenía un vestido rojo y una batería en el pecho. Era una cruza entre hija adoptiva y empleada doméstica.

Recuerdo la tecla de copiado rápido de distintos pasacassttes. Todo se escuchaba agudo y acelerado. La copia completa de un cassette tenía algo mágico y también daba la sensación de estar atravesando algún tipo de límite que gráficamente estaba representado por una pestaña de plástico que había que romper o cubrir con una cinta.

Recuerdo la época en que se vendían cassettes copiados. En general la calidad del audio era deficiente y por eso no me gustaban.

Recuerdo las casas de computación donde se vendían juegos en cassette, y después en diskettes de 5″1/4. Tenían listas impresas con los títulos de los juegos adentro de carpetas que eran como un tesoro. Tengo la impresión de que estaban hechas con un cuidado extremo.

Recuerdo los distintos métodos que había para vulnerar los sistemas de seguridad de los juegos, que eran todos pirateados. Algunas eran listas con dibujos que parecían jeroglíficos y en otros círculos de papel con perforaciones que había que girar para encontrar la clave.

* * *

Recuerdo “La aventura del hombre”.

Recuerdo las colecciones que tenía de chico antes de entender algo del arte de la colección. Son cosas que a la distancia me parece incomprensible querer haber reunido, como la etapa en la que junté tapas de envases de yogur, no caracterizadas precisamente por su atractivo.

Recuerdo juntar caracoles en el verano en la playa en baldes y llevarlos después a mi casa y no saber qué hacer con los caracoles y tirarlos cuando empezaban a dar olor.

Recuerdo la revista Micromanía. Tenía un formato tabloide gigantesco. Todos los meses anunciaba novedades en la tapa que para mí eran verdaderos acontecimientos.

Recuerdo haber visto en la televisón escenarios gigantes con piezas de dominó de distintos colores que iban cayendo en cascada. Sigo sin entender cómo alguien puede dedicar tanto tiempo a algo así.

Recuerdo uno de los primeros libros de un autor argentino que me impresionó. Era de Abelardo Castillo. En la tapa tenía un detalle de un cuadro de El Bosco, tal vez “El Jardín de las delicias”. Formaba una serie con otros libros, pero los otros no me gustaron.

* * *

Recuerdo las obras de teatro escolares en las que actuaba de chico. Solía tener papeles secundarios. Una vez fui el paje de un rey.

Recuerdo a Merlín, el mago electrónico.

Recuerdo la muerte de mi perro Mason. De alguna forma es como si su muerte hubiera ensombrecido los otros recuerdos que tengo de él. El recuerdo de los animales parece ser distinto a otro tipo de recuerdos.

Recuerdo las bolitas de los primeros mouse. Había que sacarlas de vez en cuando para limpiar unas rueditas internas que se llenaban de polvo solidificado y pelos y todo lo que se encontraban en el camino y si no se la limpiaba dejaba de funcionar en una dirección en particular.

Recuerdo haber tenido de forma recurrente e interrumpida durante años flashes de una película que vi de chico sobre un mundo sumergido y fantástico habitado por criaturas no humanas.

Recuerdo la época en que compraba paquetes de figuritas.

Recuerdo las competencias improvisadas por figuritas que consistían en ubicarlas en el piso y darlas vuelta con la mano en forma de cueva haciendo que las impulse el aire pero sin tocarlas.

Recuerdo haber completado así muchos álbumes.

Recuerdo la Commodore 64.

Recuerdo la Commodore 128, que no era tan buena como como la Commodore 64.

Recuerdo las PC XT, pero no exactamente el momento en que pasé de las Commodore a las PC, como si hubiera en el medio un período en blanco, en que no usaba ninguna computadora.

Recuerdo la época en que sólo yo sabía usar una computadora en mi familia.

Recuerdo haberme ocupado siempre de las conexiones de los cables entre dispositivos, como el televisor y el video.

Recuerdo leer detenidamente manuales de instrucciones de videograbadoras. Tenían una seriedad y un grado de detalle al principio que con el tiempo se fue simplificando hasta llegar a prácticamente la nada.

Recuerdo los manuales de instrucciones que acompañaban a las primeras computadoras hogareñas. Eran pequeños libritos espiralados impresos en un papel grueso y brillante.

Recuerdo cuando quise aprender por mi cuenta a programar en código máquina. Empezaba y abandonaba muy rápidamente.

Recuerdo los estuches para guardar discos de 5″1/4. Tenían una tapa deslizable que se levantaba hacia arriba como el puente levadizo de un castillo.

Recuerdo ir en auto por calles inundadas.

Recuerdo las canciones de María Elena Walsh que pasaban en la radio a la mañana. Las pasaban en una época en que ya no era chico.

Recuerdo haber jugado al fútbol, al hockey, al vóley, al softball, al rugby.

Recuerdo practicar cómo se hace un tacle.

Recuerdo haber tenido clases de baile folcrórico en la escuela. Eran pasos de baile medio desubicados.

Recuerdo haberme entusiasmado en esa época con el zapateo. Había siete posiciones que había que repetir con cada uno de los pies, indefinidamente.

Recuerdo a los vendedores de “kits” escolares en la puerta de la escuela. Parecían fantásticos porque incluían muchas cosas pero al final eran muy decepcionantes por algún motivo. Creo que incluía objetos de mala calidad pero muy coloridos. En la parte de atrás tenía un plano donde estaban representados todos los objetos incluidos.

Recuerdo haber leido durante años la revista “Muy interesante” desde el principio hasta el fin.

Recuerdo una brújula en forma de globo que estaba en la guantera de un auto.

Recuerdo las manijas metálicas cromadas en las puerta de los autos.

Recuerdo los autos con dos puertas. Tenían este sistema que permitía levantar los asientos para llegar atrás pero era incómodo y había que desarrollar habilidades especiales para llegar hasta el otro lado sin quedar atrapado o golpearse en el camino.

Recuerdo haber sido reprendido por atravesar límites espaciales en la escuela. De chico, por haber trepado a una zona que era un techo o contrafrente. Después, por caminar por una zona dentro de una base militar que quedaba en el exterior de la escuela. Me molestaba porque no había ninguna indicación que estableciera que había cruzado un límite en el espacio. Era una época en que tenía conversaciones-caminata.

Recuerdo los “asaltos”. Tenía la impresión de que eran un fraude y que nunca pasaba nada de lo que prometían.

Recuerdo las peleas en la infancia. Una vez me dejaron un ojo morado y una vez le di una golpiza a un chico. Lo que no recuerdo es el motivo de las peleas.

Recuerdo a los chicos a los que tomaban “de punto”. En general tenían alguna debilidad física, eran frágiles o bajos.

Recuerdo una chica que había repetido de grado. Eso le daba un aura especial, como si supiera más cosas que los demás.

Recuerdo un chico que se ponía violento más seguido que los demás. Era el hijo de uno o más abogados.

Recuerdo cuando el mundo de los adultos no existía.

Recuerdo que de chico lo único que quería hacer era crecer para dejar de ser chico. Llegó un momento en que los demás chicos me parecían unos tarados y yo quería estar solo con gente más grande.

Recuerdo la primera vez que probé whisky. Fue en un bar. Me pareció horrible.

Recuerdo un verano en que todas las tardes iba en secreto a un bar y me tomaba una cerveza. Creo que no hacía nada más. Iba, la tomaba, y después me volvía.

Recuerdo escuchar la radio en un walkman en la escuela al mediodía. Era la época en que la escuela ya no me interesaba.

Recuerdo haber querido aprender a manejar antes de poder sacar el registro y que cuando podía sacarlo había dejado de interesarme.

Recuerdo los primeros CDs que compré en el extranjero.

Recuerdo haber leido “La peste” entero en un viaje de avión mientras todos los demás pasajeros estaban dormidos.

Recuerdo todos los viajes en avión que hice, que se confunden en un único mega-viaje. Extraño viajar en avión.

Recuerdo los juegos de luces y las máquinas de humo de las primeras discotecas a las que fui a bailar. La música no era buena pero la pasaba bien porque iba en grupo y era un inconsciente.

Recuerdo haber conocido a una chica a través de un programa de radio. Tenía una historia personal super-trágica. Hablamos por teléfono y nos vimos un par de veces y no pasó nada. Se llamaba Adriana. Creo que fue la primer chica con la que hablé por teléfono.

Recuerdo haber hecho amigos por correspondencia. En algunos casos nos encontrábamos personalmente y después los perdía de vista. Uno era un chico cordobés. El día en que nos encontramos un sacado quiso robarnos, le dio un cabezazo y terminamos en una sala de guardia.

Recuerdo lo difícil que era decidirnos a comprar una revista pornográfica con mis amigos de la escuela. Nadie quería hacerlo, todos querían que lo hiciera otro.

Recuerdo las tapas de las revistas pornográficas que tenía, que no eran muchas, los colores. Penthouse me gustaba más que Playboy.

Recuerdo que uno de mis platos favoritos de chico eran las papas noisette. Era la época en que los acompañamientos son más importantes que el plato principal. Después, no sé cómo ni por qué, no volví a verlas en mucho tiempo.

Recuerdo que otro plato que me gustaba y que pedía siempre que iba a un restaurante con mi familia era la suprema a la Maryland con papas fritas grillé.

Recuerdo los viajes en que había más de un auto yendo en la misma dirección, el momento en que uno pasaba al otro, y también mirar por el parabrisas hacia atrás para ver si estaba.

Recuerdo la letra que tenía de chico. Era más alargada.

Recuerdo el día en que decidí dejar la escuela. En la memoria se presenta como una decisión categórica y definitiva, pero en los hechos fue el resultado lento de una larga ebullición en la que día tras días me rompieron las pelotas de distinto modo por estupideces, durante años.

Recuerdo haber hecho un video documental semiclandestino sobre la escuela secundaria. En las imágenes tiene el mismo grado de inocencia que los desfiles que filmó Leni RIefensthal, solo que mucho menos espectaculares por supuesto.

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Imagen fugaz entrerriana

Consultando Internet en una estación de servicio, leyendo una frase de Clarice Lispector. Solo, al lado de una ruta vacía. Un recuerdo poco evocado por la dificultad para identificar las emociones, asociado a una sensación placentera infrecuente, la zona fronteriza, despoblada, la ausencia de coordenadas reconocibles, de controles, y algo que asocio a la afirmación, el rastreo y la expectativa, como si fuera la forma más palpable de la experiencia de la libertad, la posibilidad de no volver en la dirección de partida, muy distinta a la experiencia del viaje compartido o del errar urbano. Probablemente a causa del entrelazamiento solapado con fines eróticos de largo aliento, al escribir, deseo de recuperar algo de eso, del efecto de seguridad implícito en ese tipo de aventuras que desde entonces tienden a rehuir por algún motivo que desconozco, sustituido por la nada y sus múltiples encarnaciones bajo la forma del tedio el terror y la tristeza, una vida desligada, de supervivencia zombi, sin horizonte, crepuscular.

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Ana

Hoy me encontré con Ana. Se enojó conmigo porque abrí un archivo en su computadora. No lo hice a propósito, fue sin querer queriendo. Esto me pasa cuando estoy con ella y fumamos: hago algo que la molesta. A la vez, no puedo resistirme a fumar con ella. Estaba con una amiga y se había olvidado que iba a ir a visitarla. Hablamos poco. La vi a Holanda, que está más gorda. Con Holanda jugamos un poco con un palo mordido que tiene. La chica que estaba con Ana me cayó bien. Parecía normal (a diferencia de las personas que conocí últimamente por Internet) y hablaba de la relación con su madre. Le molestaba que la llamara todos los días.
El taller de Ana creció, ahora hay una máquina de coser, y espacios diferenciados, tiene algo de oficina punk. Ana contó que se peleó con una vecina porque le quería sacar un cactus que tiene afuera sin ni siquiera preguntarle. La amiga de Ana contó que vende casetes en Palermo y hace trabajos de camarera para una escuela. El encuentro tenía algo adolescente que me gustaba. Yo miraba a la chica como si fuera alguien con más experiencia, o hubiera vivido más cosas, pero no sé si es verdad.
No sé por qué Ana se enoja conmigo. ¿Lo que hice está mal? ¿Solo quería hablar a solas con su amiga? A mi me gustaba estar ahí, y no saber qué hacer con la colilla de mi cigarrillo esperando ver qué hacían los demás. La dejé sobre una mesa. No sé si fue lo mejor.
Con mi psicoanalista hablé de que los medicamentos me sacaron las ganas de escribir y de los pensamientos suicidas, fueron temas que me dijo que consulte con mi psiquiatra. Es como si uno se mandara la pelota al otro y ninguno me diera una respuesta sobre mí. Después me fui a tomar una cerveza, que era lo que quería hacer con Ana, que no quería (tal vez porque estaba trabajando) y caí en un bar muy amigable llamado “La esquina”, no sé si sobre San Juan. Tomé una cerveza negra Barba Roja y después una Heineken con unos maníes. Estaba todavía (estoy) bajo los efectos de la marihuana y todo adquiría un doble sentido. Unos parroquianos hablaban con el empleado del bar, que podía ser su dueño.
En el camino seguí a una chica rubia que me recordaba a Natassa Kinski de joven pero la perdí en la salida de mi propia estación de subte de una forma tonta, empezó a caminar en una dirección y después se dio la vuelta, y yo tardé en dar la vuelta también, y la perdí. Hace mucho que no seguía a una chica, ni siquiera en un trayecto tan corto.
Todo el tiempo, miedo, o sensación parecida al miedo, como de estar haciendo algo fuera de lugar, temor o aprehensión ante los policías, aunque no hacía nada malo, solo tomaba una cerveza después de ir a visitar a una amiga a la que quiero y hace mucho que no veo.

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Dagbok

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