Archivo de la categoría: The Book of Quotes

La máquina de hacer aforismos

Marcel Bénabou concibió una máquina para fabricar aforismos; se compone de dos partes: una grmática y un léxico.
La gramática cuenta con cierta cantidad de fórmulas comúnmente utilizadas en la mayor parte de los aforismos; por ejemplo:

A es el camino más corto de B a C
A es la continuación de B por otros medios
Un poco de A nos aleja de B, mucho nos acerca
Los pequeños A hacen los grandes B
A no sería A si no fuera B
La felicidad está en A, no en B
A es una enfermedad cuyo remedio es B
Etcétera.

Si se inyecta el vocabulario en la gramática se produce ad libitum un sinfín de aforismos, algunos con más sentido que otros. De aquí en adelante, un programa de computación elaborado por Paul Braffort produce a pedido una buena docena en pocos segundos:

El recuerdo es una enfermedad cuyo remedio es el olvido
El recuerdo no sería recuerdo si no fuera olvido
Lo que viene por el recuerdo se va por el olvido
Los pequeños olvidos hacen los grandes recuerdos
El recuerdo multiplica nuestras penas, el olvido nuestros placeres
El recuerdo libera del olvido, pero ¿quién nos librará del recuerdo?
La felicidad está en el olvido, no en el recuerdo
Un poco de olvido nos aleja del recuerdo, mucho nos acerca
El olvido reúne a los hombres, el recuerdo los separa
El recuerdo nos engaña con mayor frecuencia que el olvido.
Etcétera.

Georges Perec, “Pensar/Clasificar” (trad. Carlos Gardini)

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo The Book of Quotes

Las cosas de Georges Perec

Estaba, sobre todo, el cine. Y era sin duda el único campo en el que su sensibilidad lo había aprendido todo. No debían nada a ningún modelo. Pertenecían, por su edad, por su formación, a esa primera generación para la que el cine fue, más que un arte, una evidencia; lo habían conocido siempre, y no como forma balbuciente, sino de buenas a primeras con sus obras maestras, su mitología. A veces les parecía que habían crecido con él, que lo comprendían mejor de lo que nadie antes que ellos había sabido comprenderlo.
Eran cinéfilos. Era su pasión primera; se entregaban a ella cada noche, o casi. Les gustaban las imágenes, a poco que fueran bellas, que los arrastrasen, los encantasen, los fascinasen. Les gustaba la conquista del espacio, del tiempo, del movimiento, les gustaban el torbellino de las calles de Nueva York, la languidez de los trópicos, la violencia de los saloons. No eran ni demasiado sectarios, como esas mentes obtusas para las que no hay más que Eisenstein, Buñuel, o Antonioni, o también -de todo ha de haber en el mundo- Carné, Vidor, Aldrich o Hitchcock, ni demasiado eclécticos, como individuos infantiles que pierden todo sentido crítico y todo les parece genial a poco que un cielo azul sea azul celeste, o que el rojo pálido del vestido de Cyd Charisse contraste con el rojo oscuro del sofá de Robert Taylor. No carecían de gusto. Tenían una gran prevención contra el llamado cine serio que hacía que encontraran más bellas aún las obras que este calificaTIVO no bastaba para volver vanas (¡pero hombre, decían, y tenían razón, vaya mierda “Marienbad”!), una simpatía casi exagerada por los westerns, los thrillers, las comedias americanas, y por aquellas aventuras sorprendentes, llenas de arrebatos líricos, de imágenes suntuosas, de bellezas fulgurantes y casi inexplicables, tituladas, por ejemplo -todavía se acordaban-, “Lola”, “La encrucijada de los destinos”, “Los embrujados”, “Escrito en el viento”.

Georges Perec, Las cosas (1965), trad. Josep Escué.perec-2010-almiar

Deja un comentario

Archivado bajo The Book of Quotes

Beginnings: Espacio vacío

Anna Waterman oyó a dos gatos peleándose toda la tarde. A eso de las diez salió al patio y llamó al gato macho. Hacía unos diez años, su hija Marnie, de trece y ya insondable, le había otorgado a este animal el nombre “James”. El término del verano desplegaba arreboles sobre el fondo de un cielo estrellado. El patio de Anna era largo, tal vez de unos cincuenta metros por veinte, tenía manzanos con líquenes sobre un césped salvaje y un cobertizo torcido que parecía haber salido de una película rusa de los setenta: derruido, rodeado de canteros descuidados, cubierto por todas esas cosas que se abandonan sin tirarlas. La vitalidad de los canteros era insalubre. Todos los años, cuidados o no, producían unas mezcolanzas densas de hierbas autóctonas, flores silvestres y –desde el calentamiento de mediados de los 2000– unas plantas exóticas de pétalos enormes y hojas carnosas, arrastradas desde semillas quién sabe de dónde.

—¡James! —dijo Anna.

James no le hizo caso, pero tampoco se escuchaba que provinieran sonidos donde formara parte de una cacería, fuera el atacante o la presa. Anna estaba animada.

Lo encontró en el comienzo del seto al final del patio, donde guardaba algo arrinconado entre las raíces y tierra seca. Estaba oliéndolo, lo golpeó con las patas delanteras, ronroneaba para sí. Ella lo acarició y él hizo caso omiso.

—Tonto —le dijo.—¿Qué hallaste?

Eran unas cositas gelatinosas sueltas cubiertas de tierra. Excepto por el tamaño y el color, parecían órganos interiores. Tenían la curva henchida del riñón de cerdo y desprendían un resplandor leve.

Anna recogió uno y lo soltó de inmediato – era cálido al tacto. El gato, encantado, saltó sobre éste y lo derribó de un golpe.

—Eres tan asqueroso, James —dijo Anna.

Después se puso unos guantes de goma, deslizó dos o tres de los objetos en una bolsa de plástico y los llevó a la casa. Ahí los vació en un plato de vidrio. Hundidos en la mesada parecían entrañas, no acostumbradas a sostenerse por sí mismas. Los colores se parecían a los de los frascos con líquido que todavía se veían detrás de los vidrios de las farmacias cuando Anna era joven –azules, verdes y de un permanganato fuerte– ahora desteñidos y algo acidificados bajo una luz halógena. Anna extrajo su mejor cuchillo Wüsthof del taco y luego, sin el coraje suficiente, lo dejó donde estaba. Se quedó observando el contenido del plato desde ángulos distintos, después fue hasta el teléfono para hablar con Marnie.

—¿Para qué llamas? —dijo Marnie, cinco minutos después.

—Creo que sólo quería contarte lo afortunada que fui. En todo tipo de cosas.

A primera vista, Anna lo sabía, parecía absurdo. Fue anoréxica a los veinte; intentó suicidarse dos veces. Michael, su primer esposo, que no estaba mucho mejor, se había metido al mar a pie una noche en Mann Hill Beach, al sur de Boston. Nunca hallaron el cuerpo. Había sido un hombre brillante y desequilibrado.

—Fue un hombre brillante —decía Anna— que se tomó las cosas demasiado en serio.

Pero después se había vuelto a casar, parió a Marnie, tuvo una vida. La vida que construyó con el padre de Marnie fue una buena vida, primero en Londres, después en esta casa tranquila, cara, cercana al río. A Michael no le hubiera gustado. Para él la vida consistía en el esfuerzo; era una especie de castigo.

—Nosotros no sabíamos vivir —dijo ahora.

—Anna…

—Él tuvo algunas dificultades.

Marnie lo recibió en silencio.

—Ya sabes —dijo Anna—. Dificultades sexuales. Tu padre fue mucho mejor en ese sentido.

Deja un comentario

Archivado bajo Experimental Translation, The Book of Quotes

Océano

Nuestra mitología contiene muchos relatos sobre el comienzo de las cosas. Tal vez el más viejo es aquel al que se refiere nuestro poeta más antiguo, Homero, cuando llama a Océano «origen de los dioses»y «el origen de todas las cosas». Océano era un dios-río; un río o corriente y un dios en la misma persona, como cualquier otro dios-río. Tenía poderes de procreación inagotables, como los de nuestros ríos, en cuyas aguas acostumbrababan bañarse antes del matrimonio las muchachas de Grecia, y que por eso se suponía eran los primeros ancestros de las antiguas razas. Pero Océano no era un dios-río ordinario, pues su río no era un río ordinario. Desde los tiempos en que todas las cosas se originaron en él, ha continuado fluyendo a lo largo del borde más externo de la tierra, desaguando siempre sobre sí mismo en círculo. Los ríos, manantiales y fuentes, el mar todo en realidad, brotan continuamenten de su ancha, poderosa corriente. Cuando el mundo llegó a estar bajo el gobierno de Zeus, sólo a él se le permitió permanecer en su lugar primitivo, que en realidad no es un lugar sino solamente un flujo, un límite y barrera entre el mundo y el Más Allá.

Karl Kerenyi, Los dioses de los griegos

Deja un comentario

Archivado bajo The Book of Quotes

La existencia de Internet

La existencia de Internet ha trastocado la existencia del cine. No hay, sin embargo, entre el cine e internet nada en común, como tampoco lo había, en un principio, entre el cine y la TV o entre el cine y los videojuegos. De ahí también el terror del cine a ser suplantado por todo aquello que no es de su misma índole, pero que compite por él por ser la forma hegemónica de la industria del entretenimiento. Este terror se parece, en cierto sentido, al de los hombres a ser reemplazados por las máquinas: lo mismo que los hace superiores a ellas es lo que les hace temer la propia obsolescencia. Aquello por lo que el cine teme ser reemplazado siempre es algo que promete el mismo placer que él, pero con mayor comodidad en la recepción y, sobre todo, con una posibilidad inédita de interactuar con la pantalla, sin por eso dejar de ser espectador.

Aun cuando lo que se emitía en los primeros tiempos de la TV fuera más parecido a la radio que al cine, aun cuando la tendencia a la no ficción terminara por triunfar sobre la ficción televisiva (y hoy solo haya quedado de ella, como forma narrativa autónoma, la serie misma), el cine se sintió profundamente amenazado, como proyecto de envergadura industrial, por aquello que permitía no salir del hogar para disfrutar de sus contenidos. El temor siguiente fue más justificado. La lógica interactiva del videojuego superó con creces, como muestra la rentabilidad de la industria en los últimos años, a la regresión infantil o adolescente -según el film y la edad del espectador- a la que invita el cine en 3D (y que extiende su negocio al “merchandisign”, igual que al “comic” y el “animé”). Finalmente, la posibilidad que da internet de ver y juzgar, cuando uno quiera, lo que otro muestra, y de mostrar algo, cuando uno quiera, para que otros lo vean y lo juzguen cuando ellos quieran, es incomparable, como forma de entretenimiento, con las opciones que ofrecieron hasta ahora la TV y los videojuegos. Así no sólo se abandona la posición de espectador propia del cine (la de “voyeur”), sino que se potencian, en la interacción a través del comentario, los privilegios del anonimato.

Silvia Schwarzböck, Kilómetro 111 Nº9

Deja un comentario

Archivado bajo The Book of Quotes

Ajedrez vs. Go

Veamos, por ejemplo, el ajedrez y el go, desde el punto de vista de las piezas, de las relaciones entre las piezas y del espacio concernido. El ajedrez es un juego de Estado, o de corte, el emperador de China lo practicaba. Las piezas de ajedrez están codificadas, tienen una naturaleza interna o propiedades intrínsecas, de las que derivan sus movimientos, sus posiciones, sus enfrentamientos. Están cualificadas, el caballo siempre es un caballo, el alfil un alfil, el peón un peón. Cada una es como un sujeto de enunciado, dotado de un poder relativo; y esos poderes relativos se combinan en un sujeto de enunciación, el propio jugador de ajedrez o la forma de interioridad del juego. Los peones del go, por el contrario, son bolas, fichas, simples unidades aritméticas, cuya única función es anónima, colectiva o de tercera persona: “El” avanza, puede ser un hombre, una mujer, una pulga o un elefante. Los peones del go son los elementos de un agenciamiento maquínico no subjetivado, sin propiedades intrínsecas, sino únicamente de situación. También las relaciones son muy diferentes en los dos casos. En su medio de interioridad, las piezas de ajedrez mantienen relaciones biunívocas entre sí, y con las del adversario: sus funciones son estructurales. Un peón de go, por el contrario, sólo tiene un medio de exterioridad, o relaciones extrínsecas con nebulosas, constelaciones, según las cuales desempeña funciones de inserción o de situación, como bordear, rodear, romper. Un solo peón de go puede aniquilar sincrónicamente toda una constelación, mientras que una pieza de ajedrez no puede hacerlo (o sólo puede hacerlo diacrónicamente). El ajedrez es claramente una guerra, pero una guerra institucionalizada, regulada, codificada, con un frente, una retaguardia, batallas. Lo propio del go, por el contrario, es una guerra sin final de combate, sin enfrentamiento y retaguardia, en último extremo, sin batalla: pura estrategia, mientras que el ajedrez es una semiología. Por último, no se trata del mismo espacio: en el caso del ajedrez, se trata de distribuir un espacio cerrado, así pues, de de un punto a otro, de ocupar un máximo de casillas con un mínimo de piezas. En el go, se trata de distribuirse en un espacio abierto, de ocupar el espacio, de conservar la posibilidad de surgir en cualquier punto: el movimiento ya no va de un punto a otro, sino que deviene perpetuo, sin meta ni destino, sin salida ni llegada. Espacio “liso” del go frente a espacio “estriado” del ajedrez. Nomos del go frente a Estado del ajedrez, nomos frente a polis. Pues el ajedrez codifica y descodifica el espacio, mientras que el go procede de otra forma, lo territorializa y lo desterritorializa (convertir el exterior en un territorio en el espacio, consolidar ese territorio mediante la construcción de un segundo territorio adyacente, desterritorializar al enemigo mediante ruptura interna de su territorio, desterritorializarse uno mismo renunciando, yendo a otra parte…). Otra justicia, otro movimiento, otro espacio-tiempo.

Gilles Deleuze y Félix Guattari, Mil Mesetas

Deja un comentario

Archivado bajo The Book of Quotes

After Babble

De pronto me encuentro dentro de la biblioteca nacional. Como el tiempo pasó desde la última vez en que fui ahora se ven más computadoras y cámaras, pero el espíritu sigue siendo más o menos el mismo.

Voy con la intención de leer los originales de las aguafuertes de Arlt publicadas en el diario El Mundo, que es algo que logro solo a medias porque no puedo entrar a la hemeroteca con libros (!) y ahí es donde está mi bibliografía completa. Mah sí. Me cruzo con investigadores y bibliotecarios que conozco, amigos de amigos, a los que no saludo porque me sorprende un poco encontrarlos ahí, es como si el tiempo hubiera pasado y me costara un poco aceptar que hay personas instaladas en un espacio al que vuelven después de años (a diferencia de lo que ocurre, paradójicamente, con… ¿quiénes?). Ya venía entusiasmado con la idea de la biblioteca porque había encontrado en internet el catálogo del centro editor de américa latina, que de todas las colecciones o ediciones que leí de origen nacional es una de las que siempre más me sedujo. No en su totalidad sino un par de colecciones, la de poesía, la de narrativa extranjera rara y una de literatura nacional contemporánea de los ochenta; después títulos dispersos, algo de crítica literaria; también las biografías, que leí de chico en reediciones. En el contexto suburbano y aburrido de los noventa adolescente ocultaban pequeños tesoros, incluyendo muchos de los libros que más me impactaron. Ver la lista en un catálogo es un poco pobre y triste, como si se declarara su acta de defunción, pero me permite ver quién dirigió las colecciones que me gustaban, cuáles eran los títulos que nunca encontré, y también la zona de los despropósitos editoriales o las zonas que no me interesan tanto, históricas, teóricas, que desconozco que tan buenas serán. Igual me sigue pareciendo un super-proyecto editorial, que preanuncia los proyectos digitalizadores omnívoros, y que probablemente se conecte con proyectos editoriales de otros países que desconozco. El catálogo histórico de una gran editorial francesa, alemana, inglesa, son cosas que nunca investigué, y que probablemente aumentarían aún más el efecto de empequeñecimiento que produce su lectura. La parte que me gusta es la del capricho, la de la colección personal, que me parece que -en términos literarios- es la que mejor funciona, algo que parece tener un carácter casi íntimo, o que ese es el efecto que produce; también el recorte, el plan, la inclusión o la exclusión, que terminan determinando las lecturas futuras, el mundo.

El encuentro con Arlt, rarísimo. Leo solo tres meses del diario, uno en papel y dos microfilmados. El microfilm me gusta porque me retrotrae a imágenes de películas donde se usa el dispositivo, y también porque parece tener un efecto en el desplazamiento no muy distinto al de ciertos programas de lectura electrónica: la forma en que la página rueda, en un ciclo, con distintas velocidades, perdiendo su naturaleza de origen. Igual el efecto de lectura de microfilms es muy agotador, algo cercano al efecto que produce el uso de un aparato en una sala de montaje pero en mi caso sin finalidad, sin acción, sin escena a reconstruir. Me impresiona que no haya casi nadie ahí porque como experiencia está buenísima: las huellas del pasado en general en el papel son muy raras. Los diarios, cómo pueden mutar de estilo en tan poco tiempo, las publicidades antiguas de marcas que aún existen, y los recortes: las noticias sobre la guerra, muy caóticas, casi sin mapas, muy confusas, excesivas y poco clarificadoras (en oposición a la lectura de libros de historia). Muy sensacionalistas. Arlt, genial, siempre que lo encuentro. El final de la década del veinte, muy aburrido, como si nunca ocurriera nada. La impresión que me da es que el diario se vuelve más “arltiano” con los años, más reo, menos acartonado, pero también sin una ideología clara.

La sección de cine, increíble. Todo Buenos Aires parece plagado de salas de cine que ya no existen más, muchas en los alrededores de donde estoy, y las funciones, impresionantes también, en continuado, y todos los días películas distintas, un poco a la manera de la televisión hoy, si es que leí bien. Igual, muy poca información, el título, el nombre de un actor, y un sistema estelar poco desarrollado, o que promueve actores hoy olvidados casi, como Adolphe Menjou.

Por algún lado se cuelan las lecturas de McLuhan sobre la prensa, pero él era malo y sarcástico sobre su presente o pasado inmediato y mi mirada es más de sorpresa y también de impugnación de la prensa contemporánea, o de cuestionamiento de aquello que perdió y estaba bueno, o de cómo agrandó cosas que tenían un papel menor hasta la sección o la publicación independiente. El deporte, por ejemplo, muy poco espacio, como si a nadie le interesara, solo recuerdo un titular, Independiente gana 8 a 1 a Botafogo, muchas carreras de caballos, y cosas raras, water-polo (?).

Por momento me parece que hay muchos textos a partir de los que escribir, o cosas que simplemente reproducidas hoy se convertirían en algo digno de interés solo por la distancia temporal, pero no tengo anotador, la cámara no enfoca bien, y me gusta la idea de ir olvidando las cosas a medida que las leo para ir creando la ilusión de que llevo la vida de alguien que vivía en esas décadas y seguía de cerca las noticias. Si leía ese diario la visión que podía tener es más bien confusa, pero igual me atrae: el enfrentamiento entre Rusia y Finlandia, del que no tengo un registro prácticamente, ya ni siquiera recuerdo bien quiénes eran los aliados en la segunda guerra, todo está tan filtrado por el cine y la cultura norteamericana que es fácil sentirse en un nuevo 1984. Creo que fue Orwell también quien comparaba los precios de los productos de distintas épocas en unidades de paquetes de cigarrillos; es un efecto espontáneo casi al leer la publicidad, cuál es la relación entre el precio de un diario y un paquete de cigarrillos, entre un diario y una entrada de cine, un par de zapatos, etc. Son cálculos rápidos que producen algunos efectos sorpresivos que después se olvidan.

También veo en la estructura de collage del diario de la época el modelo de los resultados de la búsqueda de Internet. Ahí no sé qué pensar: si mis búsquedas reproducen algo que se puede encontrar con mayor facilidad, aunque limitadas temporalmente, en una colección de diarios antiguos, o si el montaje del diario es un modelo tan fuerte que atravesó las décadas hasta el mundo de las computadoras y ofrece, en ciertas zonas, algo parecido: muchos datos, poca sustancia, algo de parque de diversiones para la mente, que sirve de distracción pero en el fondo no ofrece mucho. Claro que Internet bien usado es poderoso; la prensa, no sé. Imagino que a falta de un buen archivo radial o televisivo es lo más cerca que se puede llegar a la experiencia del pasado por fuera de la literatura, por un lado no dice nada, y a la vez es casi lo único que hay, quiero decir, desde una perspectiva baja, micro, de reconstrucción de lo cotidiano.

Lo que me llama la atención es que la segunda guerra mundial tuvo últimamente un efecto muy perturbador sobre mí, y que al ver la visión de la prensa pierde su carácter singular o amenazador. Es solo otro conflicto en el que no se puede intervenir y que me excede y del que no se entiende mucho. Hay algo ahí que tiene que ver con los medios nortemaericanos y europeos que leo últimamente, la prensa y también wikipedia, que ofrece al instante noticias sobre masacres y juicios sobre personas y épocas. Tienen un efecto que es realista -el mundo es/fue eso- pero está muy en tensión con el entorno, creo. Como si ofreciera continuamente la visión de especialistas o el resultado de investigaciones cuando lo que predomina, entre los usuarios no entendidos de computadoras, los no usuarios, y hasta entre los usuarios entendidos fuera… no sé, ¿cierta indiferencia?

Son cosas que a largo plazo posiblemente tengan un efecto positivo pero que por ahora o en la ciudad de buenos aires apenas si se observan. Es decir, sigo sin encontrar respuesta a los ruidos molestos que hacen los colectivos a mi alrededor, que en el plano más inmediato de la vida cotidiana (viajar y volver desde la biblioteca) es relativamente importante. Ya bastante grande es el dolor de cabeza que produce consultar archivos antiguos: me veo por momentos como en esa foto de Benjamin acodado sobre documentos antiguos pero en mi caso sin proyecto (casi), en una época aparentemente menos violenta pero de todos modos molesta, mentirosa.

En la biblioteca también veo algunas chicas lindas, que no sé bien qué imagen pueden llegar a tener de mí. Espero no dar la imagen del investigador sesudo porque en el fondo sigo siendo un diletante con afición a las letras. Como siempre, no se me ocurre qué decir para iniciar una conversación y hasta llego a aceptar la posibilidad de que dos chicas que están sentadas fumando en el exterior de la biblioteca simplemente sean dos chicas que estén fumando en el exterior de la biblioteca, sin interés alguno en iniciar una conversación o ser abordadas por un desconocido, felices de que cada uno habite su mundo independiente en el que lo único que se cruzan son las imágenes de los cuerpos. Es una idea que no me convence del todo pero con la que puedo llegar a convivir cuando estoy absorbido por un tema o actividad.

Por otro lado me pregunto también si debo seguir en esta dirección o no, como si estuviera por un lado la figura de Arlt, que me interesa literariamente, y que puede disparar en muchas direcciones, y la investigación o la edición fuese de las distintas alternativas una medio extraña y un poco melancólica; también está la que conduce a la actividad literaria o el periodismo en el presente, o a la lectura del mundo del presente, que es una con la que me identifico aunque en ocasiones me vea bajo ciertas limitaciones; la del investigador se presenta como una tarea medio extraña, en particular cuando no están involucradas perspectivas reales de publicación o dinero; es un puro capricho que tiene algo placentero, como si atravesara una frontera que el presente crea para que no se pueda tener contacto con el pasado, que en general es lo que pienso del presente local en general, todo lo destruye, todo lo reemplaza, todo lo oscurece, y de lo que sobrevive nada explica del todo bien por qué lo hace, ciertas instituciones, ciertas formas de las relaciones sociales, ciertos objetos.

Imagino que dentro del contexto actual de ocio o disponibilidad en la ciudad no es una mala opción para alguien con fantasías de viajero en el tiempo. Igual sigue lejos de mi ideal, que no sé bien cuál es.

Deja un comentario

Archivado bajo Autobiografía sucinta, The Book of Quotes

Dagbok

Deja un comentario

Archivado bajo Letters to You, The Book of Quotes

Murder Ballads

Una familia que se morfa a uno de sus integrantes. Cada tanto aparece alguno de estos casos, emerge: alguna familia que se morfa a uno de sus integrantes. Esta vez es en el Reino Unido. En un suburbio. Bien, una familia funcional, constituida, tal vez un tanto numerosa: padre, madre y once hijos. Uno de ellos, el de veintiuno, casado con una chica de veinte, Rachel, que acaba de dar a luz a su segundo hijo. Huchon el apellido. En algún momento ella desaparece para el mundo, para su familia. Los Huchon dicen que huyó, que abandonó su domicilio. Pero no es cierto, la tienen encerrada por ahí. La torturan. Le pegan con un bate de béisbol, la queman con cigarrillos y vaya uno a saber cuántas cosas más que ya nunca se conocerán porque su cuerpo va a hablar, un poco aunque sea, pero ella ya no. Esto sucede un mes de marzo. La encuentran o, mejor dicho, encuentran un cuerpo tiempo después en los jardines de una abadía. No sólo no pueden saber al instante que se trata de Rachel sino que ni siquiera se dan cuenta de que se trata del cuerpo de una chica, por el estado de descomposición. Ah, y envuelto en una alfombra. Después, la ronda de encubrimientos dado que, claro, se trata de una familia, de un clan familiar. Esto entorpece la investigación que, de todos modos, llega a buen puerto y se efectúan las condenas. Los que reciben la pena más alta son los padres, los suegros. Su marido también, algunos cuñados y, más levemente, algunas concuñadas también, por encubrimiento o por entorpecer la investigación, no sé muy bien. Todo lo que Rachel nunca va a poder contar. Lo poco que su cuerpo descompuesto pudo contar, todo lo que calló. Por qué la familia la fue a elegir a ella, nada más y nada menos, como su mártir, habiéndole dado dos hijos. ¿El sadismo se extendería a todos? ¿Su marido la defendería o sería el primero en someterla? ¿Ella habría podido huir o pedir ayuda antes del encierro absoluto? ¿Estuvo, en efecto, absolutamente encerrada? ¿O simplemente no podía huir? ¿Qué en ella la hizo sucumbir a esa familia y no poder salvarse? La historia de aquellos que lo llevan a cabo, que lo actúan, que lo dejan llegar lejos. Se morfan a una, para poder seguir adelante. Y para no tener que comerse a la carne de su carne, arremeten con lo más parecido, lo más cercano. La pobre de Rachel, pudriéndose en vida ya, qué espíritu. Como hámsters, como hámsters que se comen a sus crías, como eso, morfarse la propia carne, alimentarse de uno mismo, ser el/nuestro propio alimento.

Agosto, Romina Paula

Deja un comentario

Archivado bajo A History of Violence, The Book of Quotes

The Last Days of Disco

“Opposites attract,” they say –and it’s true. Scoundrels are forever being smitten with angels, and vice versa, and if such terms are objectionable, replace them with the secular equivalent, but it’s still true. Like so much that verges on the hackneyed, a wealth of human experience looks out from behind it. Opposites attracts, unfortunately, and the cost, in terms of subsequent despair, ruinous legal actions, divorce, fatherless –or motherless– families, cracks in the social welfare system and people falling through those cracks, even suicide and violence, is incalculably horrible. For that reason I pledged myself to oppose the whole sexy “opposites attract” dynamic any way I could.

Whit Stillman

Deja un comentario

Archivado bajo The Book of Quotes