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Abril, 2013

6.4.13

Primera y última vez que compro una botella de London dry gin, me produce una resaca que combina somnolencia, jaqueca y el comienzo de una arcada que aparece ocasionalmente sin conducir a nada, un efecto cercano a la intoxicación que nunca me produjo antes una bebida en dosis controladas, y aún descontroladas. Es el efecto que me acompaña en un recorrido por la autopista y vuelve el entorno absolutamente indiferente, como cuando un dolor se apodera del cuerpo y concentra toda la tensión.

Las excusas para hacer este tipo de viajes se volvieron cada vez menos frecuentes, como si cada vez menos cosas me movilizaran y el interés tuviera que estar muy expuesto. Por ejemplo, el dinero. Sigo sin saber bien para qué sirve pero logra que reorganice días y horarios. De pronto me encuentro de nuevo adentro de una oficina vacía al lado de una máquina para contar billetes y una calculadora donde todo ocurre fuera de cuadro. Escucho voces que hablan de operaciones bancarias, puertas que se abren y se cierran, y me quedo contemplando unas gomitas elásticas que me recuerdan las que mi abuelo usaba para envolver los billetes. Las teclas de la calculadora tienen siglas y símbolos que no llego a comprender. Recibo una suma de dinero pequeña pero siento que podría tratarse de una suma incalculable o de algo prohibido, una transacción con fines ocultos. Un leve desgaste en los billetes y el hecho de que se trate de una moneda extranjera hace que ya no sólo estén disociados de la actividad que me llevó a obtenerlos sino de la misma operatividad y realidad de la moneda, independizada de su poder de compra, absolutamente abstracta.

La presencia del dinero me lleva a prestar más atención a los precios de las cosas a mi alrededor y nuevamente me inavde la sensación de que no hay ninguna lógica: un portarretratos vale casi lo mismo que un par de auriculares, un café más que una entrada de cine, un diario igual que un paquete de cigarrillos, y así, todo muy fluctuante y sumando al efecto de irrealidad o absurdo. Es un poco la lógica de “Sopa de ganso”, que entro a ver para escapar del caos de la ciudad. Me resulta increíble y tan rápida que por momentos no la puedo seguir, además que sigo luchando contra los efectos somníferos de la bebida. Me produce esa impresión no tan frecuente de que mucho tiempo después va a seguir viéndose, de que tiene algo eterno. Primero se entrecruza con mis recuerdos como si me estuviera hablando en clave y después es pura fascinación y también curiosidad, como si no llegara a entender de dónde pudo salir o cómo se perdió esa libertad que parece anterior a la aparición de los géneros y su codificación. Groucho Marx actúa de una forma muy contenida, distinta a como aparece en otras películas, vaciado. La perspectiva sobre el poder y la guerra es rarísima, en particular sobre la guerra, es la perpectiva norteamericana de entreguerra, muy particular. Me doy cuenta de que es la primera película de los hermanos Marx que veo en el cine, aunque sea digitalizado, y esa también es una diferencia, el nivel de detalle es incomparable. Muchos diálogos en la línea de Lewis Carroll, que es una zona del lenguaje que el cine en algún momento abandonó.

Tengo el recuerdo de haber leído algún análisis de tipo filosófico sobre los hermanos Marx pero no lo encuentro, solo unas notas breves. Me reencuentro con el diccionario electrónico que me obsesionó durante días en mi antigua máquina con fondo de color billar y en el momento en que accedo deja de interesarme. No sé cómo se aplica este fenómeno a otras experiencias relacionadas con el software pero intuyo que es así en otras ocasiones también, que promueve un vínculo medio histérico donde el objeto deseado está siempre ausente y uno se encariña con características que ni siquiera sabe bien cuáles son hasta que las pierde.

A la mañana leo un cuento de Nicole Krauss, terrible, sobre la angustia existencial de un autor medio fracasado que se convierte en abuelo. Parece escrito por un hombre, pero es de una mujer. Algo en los nombres de los personajes hace que lo asocie a mi vida, y a pensar en la relación de mi yo actual, por llamarlo de algún modo, con mi antiguo yo, por llamarlo de algún modo, separados a veces por una brecha generacional. Después me sorprendo al descubrir que mi hermana la conoce y la leyó. En general tengo la impresión de haberlo leído todo, o de conocer los nombres de todos los autores que están de moda y que no lo están, pero no, los libros circulan de formas más extrañas de lo que parecería. Con mi hermana realizo el acto ritual de guardar libros en cajas. Me doy cuenta de que no puedo hacerlo por mi cuenta, y cuando lleva las pilas desde un punto a otro es como si transportara partes de mi cuerpo. Un poco tal vez exagero y a la vez, junto con la ropa, que está llena de prendas que no uso, es como si fuera mi única posesión material. El resto son cables y objetos de los que podría prescindir. Tal vez de los libros también. Es como si me reencontrara ensayando una escena que ya viví pero sin el glamour de otra época, como una operación que tiene que sobreponerse al cansancio y el peso, menos festiva que algunos años atrás aunque las cosas no hayan cambiado tanto, solo somos todos menos jóvenes. En la conversación me encuentro más rezongón pero sospecho que tiene que ver con un desfasaje, como si cada uno hablara con una versión desactualizada del otro, y no hubiera a la vista una forma de sincronizar del todo, que es algo que ya experimenté con mi familia, el hecho de haberme convertido en alguien desconocido. Es como su pudiera aceptar el hecho de ser un desconocido para mí mismo mucho mejor de lo que los otros lo son para mí y yo lo soy para los demás.

Todo esto por supuesto es más complejo, quizás incluye una fantasía sobre un mundo alternativo donde el encuentro no existe o adopta otra forma, no lo sé bien. Por eso finalmente antes y después me quedo mirando unos episodios de los Monthy Python, sketchs muy buenos, en una librería y en un tribunal, con la acidez que me falta y me tranquiliza. También exploro aspectos desconocidos de las conexiones de internet, algo sobre los DNS que no llego a entender del todo pero me interesa de esa forma un poco extraña que tiene internet de interesar, develando falsos secretos e incrementando el espacio que ocupa en la memoria los intentos de comprensión de su funcionamiento, que tal vez sea cierto tipo de contraprestación exigida a cambio del tiempo que se le dedica y el acceso que ofrece a información y todo el componente de fantasía y experimentación que propicia.

Cuando encuentro el disco indicado siento que puedo llegar a recuperar con suerte algo parecido a la vida que tenía antes de antes de la última mudanza pero esto ocurre en muy contadas ocasiones en que no me domina alguna forma de ansiedad, como creer que porque es sábado a la noche debería encontrarme en otro lugar incluso cuando la idea del sábado por la noche como algo especial pertenece a otro mundo al que de alguna forma ya no pertenezco. Es esa dificultad para estar en un lugar o para estar sin hacer nada en especial sin que se convierta en un problema o en un canal abierto al ruido y la confusión. En este momento siento que me encuentro en ese estado de tranquilidad, que a la vez es un estado muy frágil, hasta el hecho de mencionar su carácter frágil puede debilitarlo, como si requiriera de toda la atención y de todos los cuidados.

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The Hours

Se oye música afuera, de la casa de los vecinos, junto a voces de jóvenes y risas ocasionales.

Leo en Kilómetro 111 un artículo sobre los cuerpos “improductivos” en las películas P3nd3jo5 y Los posibles.

Si bien no me convence del todo me tranquiliza, la mirada, el hecho de leer.

Miro una película mala en internet: Mujer conejo de Verónica Chen, un intento de cine de género medio fallido. Por momentos me atemoriza.

Mi madre me dice que debería comer más frutas y le hago caso. Como una pera.

Me pregunto si es bueno o malo leer análisis sobre films que no se vieron.

En la estación de servicio no tienen cartones y compro un paquete de Camel, algo que hace tiempo que no hago.

Bebo un poco de fernet con cola sin muy buenos resultados en el plano de los estímulos.

En el desayuno como un alfajor que dice estar recubierto con un símil de chocolate.

Interpreto en gran medida el tiempo que paso frente a la computadora como tiempo perdido o de búsqueda de una satisfacción que no ofrece.

Despierto nuevamente con sueños extraños que no puedo recuperar.

Me atraganto mientras como pescado y levanto los brazos para recuperarme.

Reconozco en los cigarrillos Camel un aroma extraño que antes no tenían.

Siento que el escritorio de la computadora está desordenado, aunque no me dan ganas de ponerlo en orden.

Me siento extraño con mis nuevos lentes. Pienso en las características que muchas veces atribuí, inadvertidamente, a personas con lentes.

De todos modos, si uno se pone a mirar, hay de muchos estilos distintos.

Quizás más que usarlos me gustó hacer el test con la optometrista donde tenía que ver una pequeña casita al fondo de un camino.

A veces recupero esa antigua sensación de que internet es algo nuevo.

Y si ya está todo hecho, ¿entonces qué?

Me gusta la forma en que la gata mueve la punta de la cola, a veces, como si tuviera una vida propia.

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Teen Hardcore

Notas. Dificultades para escribir. ¿Dificultades para escribir? O bien: dificultades para corregir. Para el caso, tienen puntos de contacto. También podría decir: dificultades para vivir, dificultades para dormir, dificultades para encontrar trabajo. Qué sé yo. Dificultades para resolver problemas matemáticos relativamente simples. Si viajo en una van que va a 74 km/h y el tiempo que tarda en pasar a un camión es 2.34 segundos, ¿a qué velocidad va el camión? Intento resolverlo con la ayuda del teléfono y me falta una ecuación para terminar. Es una nueva versión de un problema clásico que nunca pude resolver: no el de Aquiles y la tortuga sino a qué velocidad voy cuando corro adentro de un tren en movimiento, que es como decir a qué velocidad me muevo cuando estoy inmóvil en un planeta en movimiento, casi. Parecerían ocupaciones ociosas pero me entretienen y son como parte de la transición desde el medioevo a la modernidad que en cierto modo nunca termino de completar; el abandono de la visión ingenua de las cosas.

Después: mantengo extrañas conversaciones con desconocidos, “amenas”, con algo caricaturesco, como si observara mis propias características o cierta faceta llevada a un extremo malo. Con un instructor de tiro y un librero. El instructor perdió casi una pierna en un accidente de moto y el librero misteriosamente tiene cada vez mejores libros, casi como si se fusionara con mis intereses de los últimos tiempos (poetas latinos, antropólogos, historiadores de la ciencia). Le compré una biografía medio sentimental de Heine, muy buena.

En la computadora me dedico un poco a aprender el funcionamiento del InDesign, fascinante, que es como la extensión de un antiguo sueño, el de dominar un programa de diseño gráfico aplicado a la edición de textos; también continúo con la investigación de mi silabario griego, comparando diccionarios y también haciéndome muchas preguntas sobre el sentido de las palabras, sobre el gran misterio de que un término sobreviva milenios casi sin modificaciones o permita agregarle todos los descubrimientos posteriores, y también sobre el sentido último de palabras oscuras, de dónde se extrae, cuánto de imprecisión y de imaginación hay en toda exégesis, cuanto de manipulación, y como, a pesar de todo, si se tiene fe, el texto está ahí, con su parte evidente y su parte oscura. Juego un poco a “Don’t Starve” y me aburro rápido con el tercer personaje de la serie, un fortachón sin mucha gracia, que parece estar por fuera del código “gótico” de los anteriores. También logro finalmente ver las dos últimas películas de MP que trabajan con textos de Shakespeare. Increíbles. Sutiles y también un poco tontas, como el recuerdo que tengo de las comedias, y con muchos actores que conozco personalmente, que es algo que despierta mi faceta más cholula: una actriz que en la vida real no me decía nada, espectacular ante la cámara, un pequeño papel de RP, todo nuevamente ordenado de ese modo que hace que crea por unos instantes, o quizás hoy todo el día, que fueron hechas para mí, bajo las órdenes de alguien que sabe que ahí hay un goce que puede contrarrestar todo lo malo que hay por fuera (aunque reconozco que esto es algo que siempre se extiende a un más allá, también en la lectura de la biografía de HH leo algo que está dirigido a mí). Pienso que debería escribir sobre esas películas, pensar ahí la traducción o la adaptación, como si fuera algo que no se le pudiera ocurrir antes a nadie y también porque me interesa algo del proceso de producción, algo gozoso o lúdico, rivettiano, que deja sus huellas.

En Quilmes, la pesadez de los constructores de edificios, sus gritos, algo bárbaro instalado en la proximidad absoluta. Después de pintar el interior del placard pierdo casi por completo las ilusiones sobre el “saber” del obrero. Son tareas mecánicas, estúpidas, que pueden conducir por igual a la creación de un matadero, un monumento al líder de turno o un monobloc sin que se produzca una modificación en la tarea. Es lo que observo en mi apartamento: la suma de deficiencias apenas compensadas por los méritos, y detrás siempre el imperativo económico, la reducción de costos.

En el subterráneo, malestar en la multitud, como si no creyera en nada, quiero decir, en nada de las convenciones sociales o de la mise-en-scene subterránea.

Por momentos… me gustaría ser un autor “realista”, describir mis encuentros con las personas en detalle, pero me doy cuenta de que no tengo la paciencia necesaria. O en todo caso, literalmente, requiere “trabajo”, tiempo y fe, tal vez tranquilidad. Sin contar que es algo en lo que ni siquiera creo del todo, como si lo inconexo de las ideas apenas suturadas fuera lo real y el resto de la comedia humana: los lisiados, etc., ¿qué saben o expresan que sea más interesante que la historia de las transformaciones del espacio estelar o cualquier otra cosa? Cada vez más los veo como publicidades de un humanismo barato, gratuito, con muchos abonados, un canal más. Pero como siempre los mejores canales son los menos vistos, que es un poco lo que pienso del amor últimamemte, toda esa confianza internalizada y en ocasiones perdida, su enigma y esa sensación de exterioridad o ahogo que en cierto modo me acosa a veces. En la lectura de la biografía entiendo en cierto modo que no hay magia a la vista que transforme las cosas; es cierto que es un poco sentimental, pero yo también lo soy, más sentimental que racional tal vez.

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(Moebius) Mar del Plata

*Leve estado de melancolía.

Hoy estuve mirando a unos surfistas en la playa. Una chica se quebró una falange y me manchó con su sangre. Fue la única persona que toqué desde que llegué.

*En silencio me reprocho, entre otras cosas, no haber escrito antes sobre mis experiencias pero todo sucede demasiado rápido: entre las películas del festival de cine y también después en los recorridos más o menos azarosos.

*Y sin embargo, la vida es tranquila.

*Me lleva a ver a Buenos Aires como algo medio infernal en sus distintas manifestaciones.

*El mar también tiene algo peligroso: el mar de noche.

*Pero en comparación, inofensivo.

Continuamente

Continuamente encuentro chicas lindas de las que me separan pocos centímetros o metros. Y en algún momento algo nos separa. Las multitudes. O la velocidad. Una butaca. Un empleo. Distancias cortas, que pueden ser fácilmente recorridas. Contra lo que conspira no sé bien qué. Tal vez […] que parecerían estar ahí para jugar con mis sentimientos, la afectividad, los recuerdos y la voluntad.

Ahí para jugar

A veces pienso: “bueno”, “eso es todo”. Unos pocos centímetros te separan de una mujer que mira una película en un cine y la luz de la pantalla se refleja en su rostro. En ocasiones te mira y después cierra los ojos y me lleva a cerrar los ojos a mi también y me doy cuenta de que la película se ve mejor así, como una banda sonora compuesta de alaridos y gemidos, que no se sabe bien qué significan. Es como una síntesis. De la historia de la vida concentrada en los momentos de emociones intensas. Nacimientos dolor placer agonía. Como si todo lo que estuviera en el medio fuera relleno.

No te deja precisamente en un estado, particularmente, comunicativo

En la sala del cine el público se la pasa riendo, nervioso, pero a solas no le provocaría –imagino– una mínima sonrisa. Se escuchan montones de risas, como si no pudieran tomárselo en serio, o como si no supieran qué hacer con eso, eso que tampoco se presenta en serio sino como acumulación de emoción chatarra mezclada con algo serio, la soledad, el reprocesamiento del periodismo, el avance de la “ciencia” y su difusión proliferante de las pequeñas incertidumbres cotidianas y sus efectos de incisión sobre los cuerpos.

Todas esas pequeñas muertes

Es “entertainment”, distracción, … desde cierto punto de vista, “novela hiperbreve”, con todos los componentes de distancia, identificación, y dilemática moral, expuestos a su extremo más irracional: actos inexplicables. Mutilaciones, violaciones, el goce de la violencia y del dolor, sin el orden ni la lógica franceses, sino pura acumulación que conduce rápido al hartazgo. La película más “gore” de KKD, como si la fantasía tradicional, la alegoría política, el angelismo, hubieran perdido su capacidad de representación (en todo caso, como si una vez transitados, se convirtieran en puentes por los que no se puede volver).

Casi una gansada

La novela familiar explota. De todas las (pocas) películas que vi, la única que a la salida (¿paradoja?) parecía generar un efecto comunitario −tranquilidad inquieta, testimonio del fin del arte ordenador, reenvío a la banalidad de la historia individual privada, o tal vez a la creación del espectador como obra, el espectador que se pregunta qué es lo que hay para ver, ahí, o en cualquier otra parte, comunión en el desasosiego, y también, por fin, la película que tus padres despreciarían o no entenderían; anti Hannah Arendt, anti 3-D, anti-todo.

Ese efecto de poner en cuestión el cine que se estrena

Que es como decir la vida que se vive. Por qué no se pueden ver −entre otras cosas− comedias americanas de los años ochenta en el cine, por qué las combinaciones de pantallas monitores proyectores streaming se volvieron tan patéticas − nostalgia de la época en que 20” era el límite y casi el punto de partida, del “stop” como innovación − Hoy es como si: todo estuviera dado para el replanteo definitivo de la distribución cinematográfica (tecnológicamente?) y la mano invisible del mercado operara en la dirección contraria: el cine como un presente absoluto vs. el cine como totalidad histórica, en la línea de la historia del arte, con sus is(t)mos, etc.

Fantasía recurrente

Me beso en la escalera caracol con la chica que está en la torre a la vuelta del hotel; ésta es una fantasía recurrente desde que me habló del agua. Cosas que ya no recuerdo; historia de la técnica, arquitectura, belleza natural, capacitación en la amabilidad. Como si se tratara del escenario de una película y yo James Stewart en recuperación. Fantasía recurrente, fantasía recurrente, fantasía recurrente, fantasía recurrente, fantasía recurrente…

Links:

http://www.mardelplatafilmfest.com/28/evento/moebius/

http://www.osmgp.gov.ar/osse/visitas-guiadas/

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There is no there

Documental sobre Gerhard Richter en el Bafici. Como si estuviera en parte adentro de un sueño o una película, me regalan la entrada y encuentro conocidos en la fila. Voy al Village Recoleta, que si no recuerdo mal no visito desde que vi la última película de David Lynch. Todo me sorprende como si fuera un niño en un parque de diversiones nuevo, los afiches electrónicos de las películas, la ropa de las mujeres, la decoración del festival. La película misma me impresiona como si fuera del sueño su realización. En ocasiones la entrevistadora oculta parece hacer las preguntas equivocadas y me resulta algo distante pero es algo que ocurre en algunas de las escenas solo. No tengo claro en el recuerdo la estructura sino algunos momentos, ciertas reflexiones que produce. En principio es muy gracioso ver a Richter pintar en ocasiones vestido con saco y guantes de látex, como si entrara en contraste con la imagen dominante del artista caótico, sucio, que forma parte de su propio material de trabajo mezclándose con él. Siempre guarda distancia y cuando se lo ve pintar es frío y cerebral, como si estuviera realizando un acto mecánico del que deja observar todos los pasos. Hay una estructura o una combinación de colores donde se produce un desequilibrio en la tela que conduce al siguiente movimiento creando un nuevo estado de cosas que nuevamente necesita ser reordenado o corregido de un modo que reproduce la experiencia más intuitiva de la relación con las formas y los colores o el mismo sentido (algo que asocio a ciertos experimentos que pueden hacerse con los programas de dibujo de las computadoras pero llevado a un plano de gran formato, de masas espesas de color, que R aplica con una brocha gorda como si pudiera ser un pintor de una pared). Esas imágenes del proceso creativo es como si captaran el acto híbrido en el que se confuden la razón con lo intuitivo y que casi parecerían ilustrar su dominio, como ninguna sobrepasa a la otra sino que se confuden en la pincelada.

Definitivamente compruebo que tiene una sensibilidad exquisita o excepcional, algo que mis compañeros de visión no parecen compartir plenamente. Intentaría describir de qué se trata pero no es una tarea sencilla. O en todo caso nadie de los que aparecen en la película hablando sobre las obras parece ser capaz de decir algo certero, ni el propio GR, en especial cuando está obligado a responder preguntas bobas, ni el crítico ni el galerista ni los asistentes. La única persona que parece entender de qué se trata es la hija, que tiene una breve aparición donde se muestra una suerte de código privado compartido, o en todo caso una ilusión de complicidad o de comprensión que la hija es capaz de crear, como si habitara el mundo de las pinturas y pudiera hablar desde ese lugar, o desde el lugar de quien puede entrar y salir de ellas. Ese es un breve momento conmovedor que parece captar algo que nada del aparato que se construye y se muestra en torno a la obra es capaz de revelar.

Sobre el tema del aparato es muy interesante la forma en que aparece de repente toda una carrada de fotógrafos que parecerían estar disparándole en el sentido más balístico del término, de una forma un tanto carroñera, apresándolo, ante lo que él permanece más o menos indiferente, como si hubiera aprendido a interpretar su papel de artista reconocido. Hay una mirada medio sociológica sobre la figura del artista que es interesante o parecería desnudarlo un poco que apunta a la construcción del lugar de poder: GR es mostrado continuamente rodeado por quienes lo aprecian exclusivamente, como si fuera de algún modo alguien a quien se le hizo creer que es bueno, o tiene un talento especial, que es algo que él termina creyendo, como si fuera siempre acompañado por un séquito que va construyendo a su paso alrededor el mundo en el que él ocupa un rol central, que la cámara duplica con su presencia en la intimidad. Termina ubicando al artista en un lugar medio gracioso, de genio ingenuo, de emperador desnudo, ante el que éste reacciona burlándose, de las modas del mundo del arte y como alguien ajeno a su aparato pero de una forma susurrada y ubicado paradójicamente en una posición central. El artista de la zona en la que se diluye la idea de la paranoia porque encarna el sostenimiento mismo de un mundo que gira a su alrededor: museos, galerías, oficinas, película, mercado, que sin su presencia no existirían. De forma muy discreta, no hay referencia a cuestiones económicas como el valor de las obras o nada parecido, no sé si decir por suerte o en contradicción con ese tono de deconstrucción del lugar social del artista.

En cierto modo tal vez ese enfoque algo cerebral se corresponda bien con la obra mejor de lo que parecería a primera vista, es lo que lleva a ver la elección de reunir todos los retratos familiares en una sola sala en el NPG creo como un acto medio brutal o vulgar, porque la obra va claramente en otra dirección, es fragmentaria, espectral, repetitiva, vacua y triste, y se la intenta organizar bajo la lógica del álbum de fotos o el retrato ilustre. Creo que de la totalidad de la obra se muestra muy poco, todo está concentrado en unas últimas obras abstractas dejando de lado afanes más analíticos que quizás tampoco vienen al caso pero que crean una imagen que no sé que tan representativa es.

Dejando de lado los eventos sociales que son muy acartonados y otras partes que también resultan accesorias lo mejor son los momentos en que habla de su vida personal y cuando comenta unas reproducciones que tiene colgadas en su estudio. Son los momentos íntimos, más secretos, que en el fondo terminan siendo los más esclarecedores o los que realmente permiten intentar establecer alguna hipótesis explicativa sobre el carácter de la obra, de dónde provienen, si es que provienen de algún lado, o a qué pueden anclarse, todos esos efectos de disolución, de esfumatura, de suciedad, ese fondo oscuro que en el fondo es el que vuelve a las imágenes atractivas, como si pudieran dar cuenta de algún tipo de experiencia del horror, de la desconfianza, y también de la palidez de la esperanza, pero de un modo casi sistemático, hipertrofiado, y casi sin desvíos a lo largo del tiempo, de exploración y búsqueda y agotamiento de los medios hasta llegar a la síntesis del procedimiento que de alguna forma permitiría la creación de infinitas obras bajo una misma línea de trabajo y que lo vuelven casi innecesario, como si desapareciera en la forma.

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De una de las series que más me gusta, las fotografías pintadas, no se muestra nada. Imagino que es como una serie menor, medio secreta*, y también muy perturbadora, ajena a la historia conocida del arte abstracto hasta donde la conozco, son obras medio salvajes o infantiles, con algo de desprecio, de rabia acumulada, y también de interrogación sobre los medios y el tiempo, obras feas, anti-ornamentales, desesperadas, con algo de tabú en la era de la imagen fotográfica instrumentalizada y convertida en tantas cosas para las que ninguno de sus inventores probablemente haya siquiera podido imaginar un destino. Es la síntesis de la imagen del rechazo, que está en el resto de la obra, a veces de forma lúdica, combinatoria, sensual, y acá como puro gesto contenido, visceral y a la vez muy reflexivo, como el resultado de una larga cavilación y de una vida entera dedicada al trabajo con las formas, con algo de advertencia y de impugnación del arte futuro y del mundo presente, manchas que son como vómitos, informes, de materia que no fue bien digerida, la historia personal no digerida y la historia social no digerida, también con algo excrementicio, de defecación sobre la fotografía, es decir sobre sus poderes que tienen algo impropio o profano, a lo que estamos habituados solo por haber nacido en un mundo donde ya estaba ahí, algo que está presente en unas reflexiones sobre las fotografías de infancia de GR, que tienen la sencillez de lo inadvertido, sobre la relación entre el espacio que la imagen enmarca, la memoria y el olvido, ese efecto de traición que producen las imágenes sobre el propio pasado, no como si el mecanismo supliera una falta en la naturaleza, a la manera de la rueda, sino que la plegara sobre sí misma en un acto violento, como si tuviera algo del orden de lo prohibido ―a diferencia de la reproducción no mecánica― por la facilidad que tiene para confundirse con lo que es. Ese es el efecto que me produce ver antes de llegar al cine un televisor encendido en un edificio donde las imágenes de los torsos luminosos inmóviles detrás de una ventana abierta parecen confundirse con presencias reales de cuerpos vistos a la distancia a los que superan en brillo y actividad. La confusión que dura solo unos instantes me resulta algo graciosa y a la vez espeluznante. Parece querer decir algo sobre la televisión que no llego a comprender del todo.

Web: http://www.gerhard-richter.com

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Anna Magdalena Bach

Hace años que vengo leyendo noticias sobre el cine de Straub y Huillet y vi muy pocas películas de ellos, por no decir que vi una sola, una adaptación de los Diálogos con Leucó de Pavese, un libro que siempre me gustó mucho y que a primera vista parecería imposible de adaptar, por no decir antes imposible de escribir. Es una adaptación de ciertos diálogos, reproducidos literalmente, de una forma muy ascética, en planos fijos, con actores que visten como supuestamente vestirían los griegos, con un respeto al texto que de alguna forma reproduce el respeto del texto a la sensibilidad antigua, a la creencia en una multiplicidad de dioses y en el destino de una forma precristiana, con esas cosas que experimentan los personajes de las tragedias, las pasiones desenfrenadas y también la fatalidad, la traición, la muerte, todo eso que forma parte de la vida y que los relatos contemporáneos dominantes banalizan o relegan al melodrama como un asunto menor, femenino, casi a comedia de enredos.
El ascetismo es también la marca de esta película, pero ahí donde, más de treinta años después, el plano tenía algo de monótono y plano -¡un plano plano!- acá son de un detalle y de una amplitud inconcebibles. Esto creo que es algo muy difícil de describir porque es a la vez muy poco común, al punto de crear la impresión —por momentos— de que es una película que se lleva puesta o por delante toda la historia del cine posterior o que plantea un punto de inflexión que no fue muy perseguido, que paradójicamente se conecta, bajo su forma más vulgar, con muchas cosas que se pueden ver hoy en internet. Se tocan en el punto en que la narración o la representación deja de tener importancia y el plano adquiere poderío, el plano del registro documental, quiero decir, literalmente, de los documentos y su problemática o la serie de reflexiones que pueden despertar. Quizás ahí se acaban las similitudes, pero lo cierto es que la primera vez que vi una partitura antigua, por no decir una partitura en sí, fue en un monitor, y de no ser por los monitores o la infraestructura que tienen detrás nunca las hubiera visto.
En la película el misterio de la partitura se conecta con el misterio de la escritura, o del registro de la escritura y de la creación de una forma que se vuelve indisociable.
Muchos misterios se presentan indisociables en la película en realidad, y es como si permanecieran siendo misterios y hubieran manifestado algo que mantenían oculto.
Es un film tan misterioso… ya desde el principio en que se ve a un intérprete casi de espaldas con un instrumento que combina el piano y la pianola en un único aparato, y no solo eso, sino que el intérprete es un actor que está representando a Bach. ¿Quién sabe cómo era Bach, o qué gestos exactos hacía al tocar? Y a la vez, qué tiene eso para decir sobre su obra, ¿o tiene algo para decir? ¿Qué es eso teatral que tiene el músico que toca un instrumento, hay que creerle o son payasadas, formas de ocultar algo que lo excede, que conecta épocas y culturas dispares y saca provecho de un fenómeno físico que es indiferente a los usos que se hacen de él? El misterio del sonido, del canto de las aves, de la voz, que son los prototipos de la lengua o de todo lo que la lengua permite.
¿Y Bach? ¿Por qué es tan admirado por los músicos de una forma tan próxima a la divinización? ¿Y qué es lo que hizo que se resiste a la comprensión del lego? No sé, tengo el recuerdo de la lectura de Escher, Gödel, Bach, que de alguna forma imagino que sintetiza algo que encontré en otras partes, una visión sobre su lugar en el universo de la música que no es equiparable al de otros compositores o artistas. Bueno, quizás los músicos generan eso, los músicos alemanes, o la recepción alemana de los músicos, el problema es que les creo, no sé si es que creo en la idea de genio o hay algún tipo de club secreto al que me gustaría pertenecer, que es el de aquellos que pueden combinar una concepción de la belleza con cuestiones formales, y en el fondo medio religiosa, como de que habría algo del orden de lo divino que se revelara al menos en el hecho de que se hayan creado instrumentos para el placer de los sentidos y que se hayan explorado sus posibilidades y descubierto la armonía y que los músicos se entrenen y reproduzcan partituras, un montón de cosas que en sí es como si no tuvieran sentido fuera de su mismo ejercicio y que por eso devuelven hacia el misterio de la existencia y de la percepción y de la identidad.
Todas estas cosas en la película están muy presentes, al punto de que parecerían encarnar esta idea de Deleuze que siempre me llamó la atención y me parecía estar al borde del juego de palabras, la idea de que lo propio del cine es precisamente pensar con imágenes, como si el cine estuviera adelantado en relación a la filosofía o pudiera plantear en segundos problemas o cuestiones que arrastran milenios.
Cómo es que se produce esto es el gran achievement del film… su capacidad, su exceso. De pronto hay un plano inmóvil de unos músicos, que muy básicamente, en términos muy banales, es lo que compone gran parte de la película, y es como si algo no funcionara, hay un leve desajuste en la posición de la cámara, o la luz se cuela de una forma extraña que parece estar diciendo algo distinto sobre lo que se ve, como si tuviera un discurso propio que desnaturaliza la percepción del cuadro y de la pantalla, o lleva a preguntarse a dónde habría que mirar habiendo tantos focos posibles de atención, y a veces ninguno, que también es un problema a la hora de mirar, no tener qué mirar.
Al escribir esto por momentos tengo la impresión de que exagero un poco (por momentos) y después llego a la conclusión de que no. Por ejemplo, en la entrada del cine encuentro a unos manifestantes con banderas de la cta y algún tipo de conflicto gremial en el teatro pero es como si el tipo de asuntos que la película plantea fueran en cierto modo más importantes y también más urgentes, más a futuro también, y sólo a primera vista más ideales.
Porque hay que decir que es una película filmada con una mueca de desprecio hacia el estado de las cosas, de 1968 y del presente y del futuro, una mueca de indiferencia y hartazgo hacia todo lo podrido de la vida en sociedad, que niega la diferencia entre el siglo XVIII —ese misterio— y la actualidad, y elige, de la totalidad de los fenómenos que se pueden reproducir, una sola vida, desde una perspectiva muy particular —la de la mujer de Bach— y con un distanciamiento absoluto en relación a todo lo que compone las preocupaciones o las codificaciones de la vida burguesa o popular. Los hijos nacen y mueren, los príncipes ascienden y caen, y esto son apenas notas marginales en el relato, leídas apresuradamente, relegadas al lugar que merecen tal vez y que pocos relatos le otorgan (a excepción de cierto tipo de relato científico o corporativo, el primero no muy difundido, el segundo excesivamente difundido y algunos autores); es el mundo donde el arte como vía de existencia tiene un lugar primordial y es indiferente a todo lo que lo rodea.

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Hay una escena donde una niña juega con un muñeco al lado de Anna M. que muestra de algún modo la diferencia, y el contacto, entre el niño que juega y el intérprete musical, pero la niña es como si no supiera qué hacer con su muñeco, el muñeco se agota, y la música permite un ejercicio sin fin. Al mismo tiempo el que toca el instrumento, ¿no es como el niño que juega, solo que más limitado en sus posibilidades? De ese tipo de imágenes la película está llena, son como preguntas que no se terminan de resolver.
Bach, cuando no está de espaldas, frente a un instrumento o un grupo de músicos, tiene algo plebeyo, también de poseso, más cercano al operario de una máquina que a todos los retratos de gordito rechoncho y medio bonachón que recuerdo haber visto, esa imagen medio solidificada del genio satisfecho, esto también es interesante sobre el tema de la representación del pasado en general, el hecho de que plantea abiertamente su apertura, muy anti-wikipedista en este sentido, que a pesar de permitir la reescritura tiene a clausurar o impide la irrupción, tiene algo que es muy manipulador y se presenta oculto, que es el hecho de que una vida puede contarse de muchas formas posibles y que el registro de todos los relatos sobre una vida no es necesariamente el mejor de los relatos posibles. Que los fragmentos de las vidas pueden ordenarse de muchas formas. Y también que siempre tienen una orientación o una agenda detrás. Acá Bach aparece como un revolucionario casi por momentos, y alcanza con elegir el texto de ciertas obras y dejar otras de lado.
También por supuesto queda la impresión de que un conocimiento mayor de su obra permitiría entender más o mejor qué es lo que ocurre, pero es una película generosa en ese sentido, más una invitación que un recordatorio del desconocimiento.
Pero de todo aquello que la película lleva a pensar mientras se la ve no creo haber dicho casi nada porque es demasiado genial, en el sentido de que lleva a pensar en un cine posible, futuro, que demanda la exhibición en una sala, donde la narración ocupa un lugar no marginal sino extrañado, en un gesto que otros adoptaron —¿Kluge?— pero sin la misma sensibilidad, que tiene algo táctil, tridimensional, no lisérgico sino puro, como un mineral, la mirada que podría tener un mineral sobre los asuntos humanos, cierta dureza, cierto desprecio que otorga la duración hacia las cosas transitorias que pasan a su lado.

Crónica de Anna Magdalena Bach
(Chronick der Anna Magdalena Bach, RFA/Italia), 1968
Jean-Marie Straub, Danièle Huillet

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La ardilla roja

Hoy fui a una veterinaria en busca de un conejo. Había una pareja de jóvenes muy rara que me generó cierta inquietud. En realidad ya estaba inquieto de antes y fui con la idea de que tener un animalito cerca o en los alrededores que no se pueda escapar como un gato y que no plantee tantas exigencias como un perro podía hacerme bien. Es como si pronosticara días de soledad frente a la computadora y necesitara contrarrestarlos con algo que no sea yo o una actividad de la que participe, algo que tenga cierta independencia y también que provenga de una época en que no existían las seres humanos.

Creo que la inquietud tiene que ver en parte con encontrarme traduciendo nuevamente con cierta regularidad, no con el hecho de traducir sino con el contenido. Son lecciones para alumnos estadounidenses de la escuela que me resultan muy absorbentes. No solo absorbentes, sino que parecen muy avanzadas en relación al recuerdo que tengo de mi educación en esa época, por momentos parecerían tener cierto cinismo, pero dejando esto de lado, es como la preparación para una relación con el mundo completamente distinta a la que recibí y también a la que tengo. Esto me ubica en un lugar un poco extraño. Quizás, como en otras ocasiones, son culturas superiores, más poderosas, en todo sentido, con las que tengo que lidiar, y de alguna forma me golpean, o el hecho de tener que traducirlas me lleva a tener que atajar sus golpes. Como en otras ocasiones, son condiciones de trabajo muy precarias también, algo que en otra época no me preocupaba mucho, hasta que los efectos de la precariedad me afectaron personalmente.

No sé, me mantiene ocupado y aprendo un montón de nombres de animales, eso está bien. Después, es como si no tuviera casi una vida. Los únicos momentos de tranquilidad que encuentro son los diálogos imaginarios que tengo con Inés, pienso y pienso en escribirle y eso me tranquiliza, siento que nos entendemos. Después pienso que necesito identificar mejor qué cosas me hacen bien y qué cosas me hacen mal en la vida cotidiana. Creo que escucho demasiada música y eso me hace un poco bien y bastante mal, quiero decir, a veces me entrega demasiado fácilmente a una intensidad emocional que me excede. Lo hago porque me acostumbré a las emociones fuertes, o las extraño y mi vida es un poco vacía. A diferencia de lo que pasa con la música, los libros y las películas no me hacen daño, quizás porque operan en otra duración, son otros códigos. Claramente el lugar de la música en mi vida se volvió excesivo. Está bueno porque la variedad que ofrece es casi infinita y permite hacer viajes sin esfuerzo pero tiene algo un poco demoníaco. Facebook también me hace mal en general, lo estoy usando menos, lo veo como un entretenimiento de oficinistas para descargar tensiones, y si uno se engancha las recibe todas juntas, quiero decir, no es que sea eso, sino que es usado así en general, me cansa. Internet me hace primero bien y después muy mal, demasiado vasta, demasiado informe, demasiadas conexiones posibles, muchos pequeños mundos autónomos a explorar de los que no sé qué se saca en claro, mucha gente aparentando y demasiados datos y cosas de las que se puede prescindir. La desconectaría de poder hacerlo, pero también la necesito para averiguar cosas concretas. El diario, ni fu ni fa, lo leo evocando un poco mis lecturas del pasado, y en general siempre encuentro al menos una nota de interés, un relato, noticias policiales exóticas que permiten creerse por unos minutos sherlock holmes o el caballero dupin resolviendo crímenes sin salir de la casa. El gimnasio, bien y mal a la vez, me libera y me ata, me deja dolorido, a la vez funciona como entretenimiento ver a los levantadores de pesas y las chicas sobre máquinas, hay una en particular que hace algo raro con el cuerpo que parece reproducir el movimiento que se hace al escalar que me gusta o produce un efecto armónico y erótico a la vez.

En fin, no sé bien qué pensar. Mantenerme ocupado hace que piense menos en parte pero a la vez me revuelve un poco interiormente de una forma parecida a como lo hace la máquina en general, generando estímulos múltiples, continuos, que se asociacian a recuerdos, que a veces abren puertas y otras hacen que me sienta atacado, o peor sometido a algún tipo de orden impersonal (el conjunto de las mentes de los programadores? o de sus jefes o de los accionistas, qué se yo).

También veo “La ardilla roja” en internet y me convenzo de que en realidad ese o muy parecido a ese es mi mundo, o es mi mundo o es donde viví o donde me gustaría haber vivido o donde me gustaría vivir, que es un mundo imaginario que tiene algo de real, me produjo un efecto muy extraño, también reconfortante, en contraste con otros relatos que pululan hoy que mre resultan más desestabilizadores. Medem mismo, no sé si las cosas que hizo después están tan buenas. Es una de esas películas con un aura especial, con leves toques lyncheanos que en otro momento no había llegado a percibir. Me pregunto cómo habrá que hacer para poder seguir habitando ese mundo después de que la película termina, si es que hay que hacer una película o recobrar algo que me parece perdido en la vida, o si es que no existe, que es solo una ilusión, como esa idea que crea la literatura de que existe un mundo donde solo existe la literatura y que no está en ningún lado, o que está solo en algunos encuentros pero físicamente no, como una proyección. Es como si propusiera un tipo de relato para entender la vida que me interesa pero no es fácil de sostener, y aparte qué estaría haciendo ahora acá escribiendo esto si formo parte de un relato de ese tipo, ¿estoy conectado con las personas para las que esa película significa algo nada más? No parece suficiente. Muestra además esas formas de vida que existen fuera de las grandes ciudades que son finalmente con las que más me identifico, que tienen algo siniestro pero no tan siniestro como la ciudad y su suciedad y su encierro. Es como si me recordara que quiero otro tipo de vida y que en ocasiones apareció o pude vislumbrarla pero se me escapó y tenía la impresión de que era algo que ocurría solo, o en todo caso cuando ocurrió medio que ocurrió solo, y ahora solo no ocurre casi nada, excepto que la máquina envíe mensajes en mi nombre sin mi autorización, que no es una buena noticia a fin de cuentas, es solo un grano de arena más en la historia de las cosas siniestras.

Mentalmente, a lo largo de los días, muchas idas y vueltas alrededor de mujeres, que la película organizó un poco, pero que me deja agotado. Algo como planes que parecen estar siempre al borde de la realización y que no avanzan, fantasías sobre futuros posibles que se presentan un poco como bloques de mármol o algo así, soluciones definitvas, algo muy idealizado que no tiene mucho fundamento pero que es como opera mi mente o la mente, por momentos tiene el efecto de una limpieza y otras veces no, son encuentros proyectados o que se realizan en el interior, más diálogos en secreto con las figuras de lo romántico o personas concretas que imagino a mi lado antes de dormir, nos quedamos dormidos juntos y al otro día no están.

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