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Recordar

Enigma, la máquina de los mensajes de guerra cifrados.

***

More I remember

Recuerdo el sonido que hacía el plástico al saltar la soga, de cortar el aire.

Recuerdo haber hecho un rompecabezas que tenía la imagen de una casa cubierta de nieve y haberlo pegado sobre una plancha de telgopor.

Recuerdo los números del uno al diez en alemán antes de que empezaran los torneos de Telemach.

Recuerdo a Mazinger-Z.

Recuerdo el primer nunchaku que vi, en el cumpleaños de un amigo. Me parecía un arma letal e inmanejable.

Recuerdo cómo fallaba el botón de fuego de los joysticks con rapidez y ya no se podía seguir jugando.

Recuerdo el lápiz óptico.

Recuerdo haber descubierto a los rabanitos después de haberlos cosechado en la huerta de la escuela. Me gustaba la forma y no el sabor.

Recuerdo los experimentos que hacía con motorcitos, el hecho de que las pilas los hicieran girar me resultaba increíble.

Recuerdo haber participado de cinchadas.

Recuerdo el momento en que el auto de F-1 entraba a boxes y un equipo le cambiaba los neumáticos en el Pole Position.

Recuerdo haber hecho que el fuego tuviera un color verde.

Recuerdo alejarme para poner a prueba el alcance de los walkie-talkie hasta que se dejaba de escuchar.

Recuerdo, aunque muy vagamente, las fantasías que tenía con mis compañeras de la escuela.

Recuerdo haber jugado al amigo invisible.

Recuerdo haber jugado maniáticamente al ta-te-ti, llenando hojas y hojas.

Recuerdo haber hecho cuentas de multiplicar con muchos números para entretenerme en la sala de espera de la dentista.

Recuerdo unos chupetines que venían con sorpresa. La sorpresa era algún muñequito o un objeto de plástico que no estaba muy bueno y salían repetidos. Creo que se llamaba Topolín.

Recuerdo el mejor muñeco que me regalaron de chico. Se le podían poner patas de rana y una máscara para respirar bajo el agua.

Recuerdo el Chasqui-Bum.

***

Recuerdo un tocadisco que tenía una cobertura de acrílico ahumado. Como tenía problemas crónicos en la púa la experiencia de la música que tenía era visual y ausente, miraba las tapas de los discos que no podía escuchar.

Recuerdo unos cassettes raros con forma de cartucho que nunca pude escuchar tampoco. Estaban repartidos entre la casa de mis padres y la de mis abuelos. Eran objetos que no despertaban mucha curiosidad, un poco feos.

Recuerdo haber destruido un minicomponente arrojándolo repetidamente contra el piso hasta que la carcasa se deshizo. No recuerdo el por qué.

Recuerdo los cassttes con música que compilaba de los temas que pasaban en la radio. Lo hacía porque con el tiempo dejaban de pasar los temas pero lo cierto es que después casi nunca los escuchaba. Los numeré y llegaron a ser más de veinte. En todos anotaba los nombres de las canciones y los intérpretes.

Recuerdo la Z-95.

Recuerdo a Roxette.

Recuerdo a un montón de músicos que hoy me parecen patéticos o me avergüenzan y que preferiría no ser capaz de recordar.

Recuerdo una lapicera con la que se podía escribir en plateado. La usaba para ponerle los números a los cassettes con música compilada.

Recuerdo una serie donde había una niña robot. Tenía un vestido rojo y una batería en el pecho. Era una cruza entre hija adoptiva y empleada doméstica.

Recuerdo la tecla de copiado rápido de distintos pasacassttes. Todo se escuchaba agudo y acelerado. La copia completa de un cassette tenía algo mágico y también daba la sensación de estar atravesando algún tipo de límite que gráficamente estaba representado por una pestaña de plástico que había que romper o cubrir con una cinta.

Recuerdo la época en que se vendían cassettes copiados. En general la calidad del audio era deficiente y por eso no me gustaban.

Recuerdo las casas de computación donde se vendían juegos en cassette, y después en diskettes de 5″1/4. Tenían listas impresas con los títulos de los juegos adentro de carpetas que eran como un tesoro. Tengo la impresión de que estaban hechas con un cuidado extremo.

Recuerdo los distintos métodos que había para vulnerar los sistemas de seguridad de los juegos, que eran todos pirateados. Algunas eran listas con dibujos que parecían jeroglíficos y en otros círculos de papel con perforaciones que había que girar para encontrar la clave.

* * *

Recuerdo “La aventura del hombre”.

Recuerdo las colecciones que tenía de chico antes de entender algo del arte de la colección. Son cosas que a la distancia me parece incomprensible querer haber reunido, como la etapa en la que junté tapas de envases de yogur, no caracterizadas precisamente por su atractivo.

Recuerdo juntar caracoles en el verano en la playa en baldes y llevarlos después a mi casa y no saber qué hacer con los caracoles y tirarlos cuando empezaban a dar olor.

Recuerdo la revista Micromanía. Tenía un formato tabloide gigantesco. Todos los meses anunciaba novedades en la tapa que para mí eran verdaderos acontecimientos.

Recuerdo haber visto en la televisón escenarios gigantes con piezas de dominó de distintos colores que iban cayendo en cascada. Sigo sin entender cómo alguien puede dedicar tanto tiempo a algo así.

Recuerdo uno de los primeros libros de un autor argentino que me impresionó. Era de Abelardo Castillo. En la tapa tenía un detalle de un cuadro de El Bosco, tal vez “El Jardín de las delicias”. Formaba una serie con otros libros, pero los otros no me gustaron.

* * *

Recuerdo las obras de teatro escolares en las que actuaba de chico. Solía tener papeles secundarios. Una vez fui el paje de un rey.

Recuerdo a Merlín, el mago electrónico.

Recuerdo la muerte de mi perro Mason. De alguna forma es como si su muerte hubiera ensombrecido los otros recuerdos que tengo de él. El recuerdo de los animales parece ser distinto a otro tipo de recuerdos.

Recuerdo las bolitas de los primeros mouse. Había que sacarlas de vez en cuando para limpiar unas rueditas internas que se llenaban de polvo solidificado y pelos y todo lo que se encontraban en el camino y si no se la limpiaba dejaba de funcionar en una dirección en particular.

Recuerdo haber tenido de forma recurrente e interrumpida durante años flashes de una película que vi de chico sobre un mundo sumergido y fantástico habitado por criaturas no humanas.

Recuerdo la época en que compraba paquetes de figuritas.

Recuerdo las competencias improvisadas por figuritas que consistían en ubicarlas en el piso y darlas vuelta con la mano en forma de cueva haciendo que las impulse el aire pero sin tocarlas.

Recuerdo haber completado así muchos álbumes.

Recuerdo la Commodore 64.

Recuerdo la Commodore 128, que no era tan buena como como la Commodore 64.

Recuerdo las PC XT, pero no exactamente el momento en que pasé de las Commodore a las PC, como si hubiera en el medio un período en blanco, en que no usaba ninguna computadora.

Recuerdo la época en que sólo yo sabía usar una computadora en mi familia.

Recuerdo haberme ocupado siempre de las conexiones de los cables entre dispositivos, como el televisor y el video.

Recuerdo leer detenidamente manuales de instrucciones de videograbadoras. Tenían una seriedad y un grado de detalle al principio que con el tiempo se fue simplificando hasta llegar a prácticamente la nada.

Recuerdo los manuales de instrucciones que acompañaban a las primeras computadoras hogareñas. Eran pequeños libritos espiralados impresos en un papel grueso y brillante.

Recuerdo cuando quise aprender por mi cuenta a programar en código máquina. Empezaba y abandonaba muy rápidamente.

Recuerdo los estuches para guardar discos de 5″1/4. Tenían una tapa deslizable que se levantaba hacia arriba como el puente levadizo de un castillo.

Recuerdo ir en auto por calles inundadas.

Recuerdo las canciones de María Elena Walsh que pasaban en la radio a la mañana. Las pasaban en una época en que ya no era chico.

Recuerdo haber jugado al fútbol, al hockey, al vóley, al softball, al rugby.

Recuerdo practicar cómo se hace un tacle.

Recuerdo haber tenido clases de baile folcrórico en la escuela. Eran pasos de baile medio desubicados.

Recuerdo haberme entusiasmado en esa época con el zapateo. Había siete posiciones que había que repetir con cada uno de los pies, indefinidamente.

Recuerdo a los vendedores de “kits” escolares en la puerta de la escuela. Parecían fantásticos porque incluían muchas cosas pero al final eran muy decepcionantes por algún motivo. Creo que incluía objetos de mala calidad pero muy coloridos. En la parte de atrás tenía un plano donde estaban representados todos los objetos incluidos.

Recuerdo haber leido durante años la revista “Muy interesante” desde el principio hasta el fin.

Recuerdo una brújula en forma de globo que estaba en la guantera de un auto.

Recuerdo las manijas metálicas cromadas en las puerta de los autos.

Recuerdo los autos con dos puertas. Tenían este sistema que permitía levantar los asientos para llegar atrás pero era incómodo y había que desarrollar habilidades especiales para llegar hasta el otro lado sin quedar atrapado o golpearse en el camino.

Recuerdo haber sido reprendido por atravesar límites espaciales en la escuela. De chico, por haber trepado a una zona que era un techo o contrafrente. Después, por caminar por una zona dentro de una base militar que quedaba en el exterior de la escuela. Me molestaba porque no había ninguna indicación que estableciera que había cruzado un límite en el espacio. Era una época en que tenía conversaciones-caminata.

Recuerdo los “asaltos”. Tenía la impresión de que eran un fraude y que nunca pasaba nada de lo que prometían.

Recuerdo las peleas en la infancia. Una vez me dejaron un ojo morado y una vez le di una golpiza a un chico. Lo que no recuerdo es el motivo de las peleas.

Recuerdo a los chicos a los que tomaban “de punto”. En general tenían alguna debilidad física, eran frágiles o bajos.

Recuerdo una chica que había repetido de grado. Eso le daba un aura especial, como si supiera más cosas que los demás.

Recuerdo un chico que se ponía violento más seguido que los demás. Era el hijo de uno o más abogados.

Recuerdo cuando el mundo de los adultos no existía.

Recuerdo que de chico lo único que quería hacer era crecer para dejar de ser chico. Llegó un momento en que los demás chicos me parecían unos tarados y yo quería estar solo con gente más grande.

Recuerdo la primera vez que probé whisky. Fue en un bar. Me pareció horrible.

Recuerdo un verano en que todas las tardes iba en secreto a un bar y me tomaba una cerveza. Creo que no hacía nada más. Iba, la tomaba, y después me volvía.

Recuerdo escuchar la radio en un walkman en la escuela al mediodía. Era la época en que la escuela ya no me interesaba.

Recuerdo haber querido aprender a manejar antes de poder sacar el registro y que cuando podía sacarlo había dejado de interesarme.

Recuerdo los primeros CDs que compré en el extranjero.

Recuerdo haber leido “La peste” entero en un viaje de avión mientras todos los demás pasajeros estaban dormidos.

Recuerdo todos los viajes en avión que hice, que se confunden en un único mega-viaje. Extraño viajar en avión.

Recuerdo los juegos de luces y las máquinas de humo de las primeras discotecas a las que fui a bailar. La música no era buena pero la pasaba bien porque iba en grupo y era un inconsciente.

Recuerdo haber conocido a una chica a través de un programa de radio. Tenía una historia personal super-trágica. Hablamos por teléfono y nos vimos un par de veces y no pasó nada. Se llamaba Adriana. Creo que fue la primer chica con la que hablé por teléfono.

Recuerdo haber hecho amigos por correspondencia. En algunos casos nos encontrábamos personalmente y después los perdía de vista. Uno era un chico cordobés. El día en que nos encontramos un sacado quiso robarnos, le dio un cabezazo y terminamos en una sala de guardia.

Recuerdo lo difícil que era decidirnos a comprar una revista pornográfica con mis amigos de la escuela. Nadie quería hacerlo, todos querían que lo hiciera otro.

Recuerdo las tapas de las revistas pornográficas que tenía, que no eran muchas, los colores. Penthouse me gustaba más que Playboy.

Recuerdo que uno de mis platos favoritos de chico eran las papas noisette. Era la época en que los acompañamientos son más importantes que el plato principal. Después, no sé cómo ni por qué, no volví a verlas en mucho tiempo.

Recuerdo que otro plato que me gustaba y que pedía siempre que iba a un restaurante con mi familia era la suprema a la Maryland con papas fritas grillé.

Recuerdo los viajes en que había más de un auto yendo en la misma dirección, el momento en que uno pasaba al otro, y también mirar por el parabrisas hacia atrás para ver si estaba.

Recuerdo la letra que tenía de chico. Era más alargada.

Recuerdo el día en que decidí dejar la escuela. En la memoria se presenta como una decisión categórica y definitiva, pero en los hechos fue el resultado lento de una larga ebullición en la que día tras días me rompieron las pelotas de distinto modo por estupideces, durante años.

Recuerdo haber hecho un video documental semiclandestino sobre la escuela secundaria. En las imágenes tiene el mismo grado de inocencia que los desfiles que filmó Leni RIefensthal, solo que mucho menos espectaculares por supuesto.

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Abril, 2013

6.4.13

Primera y última vez que compro una botella de London dry gin, me produce una resaca que combina somnolencia, jaqueca y el comienzo de una arcada que aparece ocasionalmente sin conducir a nada, un efecto cercano a la intoxicación que nunca me produjo antes una bebida en dosis controladas, y aún descontroladas. Es el efecto que me acompaña en un recorrido por la autopista y vuelve el entorno absolutamente indiferente, como cuando un dolor se apodera del cuerpo y concentra toda la tensión.

Las excusas para hacer este tipo de viajes se volvieron cada vez menos frecuentes, como si cada vez menos cosas me movilizaran y el interés tuviera que estar muy expuesto. Por ejemplo, el dinero. Sigo sin saber bien para qué sirve pero logra que reorganice días y horarios. De pronto me encuentro de nuevo adentro de una oficina vacía al lado de una máquina para contar billetes y una calculadora donde todo ocurre fuera de cuadro. Escucho voces que hablan de operaciones bancarias, puertas que se abren y se cierran, y me quedo contemplando unas gomitas elásticas que me recuerdan las que mi abuelo usaba para envolver los billetes. Las teclas de la calculadora tienen siglas y símbolos que no llego a comprender. Recibo una suma de dinero pequeña pero siento que podría tratarse de una suma incalculable o de algo prohibido, una transacción con fines ocultos. Un leve desgaste en los billetes y el hecho de que se trate de una moneda extranjera hace que ya no sólo estén disociados de la actividad que me llevó a obtenerlos sino de la misma operatividad y realidad de la moneda, independizada de su poder de compra, absolutamente abstracta.

La presencia del dinero me lleva a prestar más atención a los precios de las cosas a mi alrededor y nuevamente me inavde la sensación de que no hay ninguna lógica: un portarretratos vale casi lo mismo que un par de auriculares, un café más que una entrada de cine, un diario igual que un paquete de cigarrillos, y así, todo muy fluctuante y sumando al efecto de irrealidad o absurdo. Es un poco la lógica de “Sopa de ganso”, que entro a ver para escapar del caos de la ciudad. Me resulta increíble y tan rápida que por momentos no la puedo seguir, además que sigo luchando contra los efectos somníferos de la bebida. Me produce esa impresión no tan frecuente de que mucho tiempo después va a seguir viéndose, de que tiene algo eterno. Primero se entrecruza con mis recuerdos como si me estuviera hablando en clave y después es pura fascinación y también curiosidad, como si no llegara a entender de dónde pudo salir o cómo se perdió esa libertad que parece anterior a la aparición de los géneros y su codificación. Groucho Marx actúa de una forma muy contenida, distinta a como aparece en otras películas, vaciado. La perspectiva sobre el poder y la guerra es rarísima, en particular sobre la guerra, es la perpectiva norteamericana de entreguerra, muy particular. Me doy cuenta de que es la primera película de los hermanos Marx que veo en el cine, aunque sea digitalizado, y esa también es una diferencia, el nivel de detalle es incomparable. Muchos diálogos en la línea de Lewis Carroll, que es una zona del lenguaje que el cine en algún momento abandonó.

Tengo el recuerdo de haber leído algún análisis de tipo filosófico sobre los hermanos Marx pero no lo encuentro, solo unas notas breves. Me reencuentro con el diccionario electrónico que me obsesionó durante días en mi antigua máquina con fondo de color billar y en el momento en que accedo deja de interesarme. No sé cómo se aplica este fenómeno a otras experiencias relacionadas con el software pero intuyo que es así en otras ocasiones también, que promueve un vínculo medio histérico donde el objeto deseado está siempre ausente y uno se encariña con características que ni siquiera sabe bien cuáles son hasta que las pierde.

A la mañana leo un cuento de Nicole Krauss, terrible, sobre la angustia existencial de un autor medio fracasado que se convierte en abuelo. Parece escrito por un hombre, pero es de una mujer. Algo en los nombres de los personajes hace que lo asocie a mi vida, y a pensar en la relación de mi yo actual, por llamarlo de algún modo, con mi antiguo yo, por llamarlo de algún modo, separados a veces por una brecha generacional. Después me sorprendo al descubrir que mi hermana la conoce y la leyó. En general tengo la impresión de haberlo leído todo, o de conocer los nombres de todos los autores que están de moda y que no lo están, pero no, los libros circulan de formas más extrañas de lo que parecería. Con mi hermana realizo el acto ritual de guardar libros en cajas. Me doy cuenta de que no puedo hacerlo por mi cuenta, y cuando lleva las pilas desde un punto a otro es como si transportara partes de mi cuerpo. Un poco tal vez exagero y a la vez, junto con la ropa, que está llena de prendas que no uso, es como si fuera mi única posesión material. El resto son cables y objetos de los que podría prescindir. Tal vez de los libros también. Es como si me reencontrara ensayando una escena que ya viví pero sin el glamour de otra época, como una operación que tiene que sobreponerse al cansancio y el peso, menos festiva que algunos años atrás aunque las cosas no hayan cambiado tanto, solo somos todos menos jóvenes. En la conversación me encuentro más rezongón pero sospecho que tiene que ver con un desfasaje, como si cada uno hablara con una versión desactualizada del otro, y no hubiera a la vista una forma de sincronizar del todo, que es algo que ya experimenté con mi familia, el hecho de haberme convertido en alguien desconocido. Es como su pudiera aceptar el hecho de ser un desconocido para mí mismo mucho mejor de lo que los otros lo son para mí y yo lo soy para los demás.

Todo esto por supuesto es más complejo, quizás incluye una fantasía sobre un mundo alternativo donde el encuentro no existe o adopta otra forma, no lo sé bien. Por eso finalmente antes y después me quedo mirando unos episodios de los Monthy Python, sketchs muy buenos, en una librería y en un tribunal, con la acidez que me falta y me tranquiliza. También exploro aspectos desconocidos de las conexiones de internet, algo sobre los DNS que no llego a entender del todo pero me interesa de esa forma un poco extraña que tiene internet de interesar, develando falsos secretos e incrementando el espacio que ocupa en la memoria los intentos de comprensión de su funcionamiento, que tal vez sea cierto tipo de contraprestación exigida a cambio del tiempo que se le dedica y el acceso que ofrece a información y todo el componente de fantasía y experimentación que propicia.

Cuando encuentro el disco indicado siento que puedo llegar a recuperar con suerte algo parecido a la vida que tenía antes de antes de la última mudanza pero esto ocurre en muy contadas ocasiones en que no me domina alguna forma de ansiedad, como creer que porque es sábado a la noche debería encontrarme en otro lugar incluso cuando la idea del sábado por la noche como algo especial pertenece a otro mundo al que de alguna forma ya no pertenezco. Es esa dificultad para estar en un lugar o para estar sin hacer nada en especial sin que se convierta en un problema o en un canal abierto al ruido y la confusión. En este momento siento que me encuentro en ese estado de tranquilidad, que a la vez es un estado muy frágil, hasta el hecho de mencionar su carácter frágil puede debilitarlo, como si requiriera de toda la atención y de todos los cuidados.

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Time is Out of Joint

El ataque del presente al resto de los tiempos.

El ataque −los ataques− del pasado al presente.

Los ataques del pasado al futuro.

Los tiempos intersticiales: el pasado-futuro, el presente-pasado, el futuro-presente.

Los tiempos no conceptualizables: el pasado remoto, el futuro remoto, el presente.

Los mundos alternativos donde se llevan vidas paralelas, a veces las vidas de otros.

Los mundos alternativos inconcebibles o desconocidos.

La vida fuera del orden del tiempo, donde todo es presente.

La vida fuera del orden del tiempo, donde simultáneamente se está en distintos lugares y se llevan vidas distintas.

La vida fuera del orden del tiempo, fuera del orden del tiempo, fuera del orden, fuera del tiempo, fuera.

La vida de los muertos.

La aparición y la desaparición de los muertos.

La aparición y la desaparición de los muertos.

La vida fuera del tiempo.

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