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Gran dodecaedro estrellado

Dodecaedro_Vicky

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agosto 26, 2017 · 11:50

convertido en Eso.C

Siguiendo con la ola de honestidad brutal, que en realidad me inspira más el suburbio que la ciudad, hoy… fui a retirar unas fotografías digitalizadas y en el negocio había una chica que tení…

Source: convertido en Eso.C

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Casa de cartón

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Vivís en una casa de cartón. No tenés vecinos, son solo extras que se pasean por los ascensores. La única que cobra más es la que vive en frente y podés ver por la ventana, una viejita entrada en años que un día dejaste de ver, antes de que su departamento fuera transformado por un pintor y luego alquilado. Podés comprobarlo bajando a la planta baja y quedándote afuera a ver quiénes entran y quiénes salen. No hay nadie. Es una estrctura vacía que sólo vos llenás.No sabés por qué se tomaron tantos recaudos. No deberías ser una persona tan especial. Y sin embargo, los distintos agentes se comunican con vos de formas indirectas. Uno lleva un bolso negro a su departamento. Una viejita de aspecto nazi te saluda demasiado afablemente. Ya no están las hermanas que vivían antes del incendio. Ya no está el portero patovica que te despertaba temor y aprecio a la vez.

Lo que quedan son fantasmas de la vida que viviste, más rica, más variada, más emocionante, más sensual. Ahora sólo te queda espiar a los vecinos de enfrente, que también se mudaron. Todo cambia para peor. La chica que se quedaba hasta tarde con la computadora fue reemplazada por una chica que sólo está despierta de día y lleva una vida muy regular aunque en el fondo misteriosa. El resto no se mueve. No hay cuchillos que corten ni planchas en manos de hombres. Apenas un hombre que saca la ropa a secar en la terraza. Esa terraza tiene muchas prendas colgadas, como si se tratara de más de una familia, o de ropa acumulada por un largo tiempo.

Durante el día no pasa nada, y durante la noche tampoco. Mi vida se volvió menos interesante, más gris, después de un período multicolor pero algo peligroso. No sé cómo hacer para volver a un mundo en technicolor. Tal vez debería enamorarme, pero no sé si es tan fácil. O dejarme enloquecer, que los estímulos salgan disparados en cualquier dirección, y perder la conciencia. Algo riesgoso, que ya demostró sus debilidades.

El policía me mira con ojos extrañados, no entiende que lo acuso de sostener la ficción de que vivo en un edificio habitado que necesita ser protegido. Todo esto parecerán especulaciones vanas, pero fueron experiencias vividas: quizás en el vano especular está lo vivo de la experiencia.

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Empty II

Me quedo mirando programas de deportes en la televisión. No sé si considerarlo un punto alto o bajo de mi experiencia. Nunca me interesaron los deportes, prácticamente. Y de pronto me encuentro viendo peleas, sets, fantasías en bicicleta, ski. No sé si es algo que permiten las nuevas tecnologías (el futuro de “El deporte y el hombre”) o si es que tengo un problema con el tiempo libre y no sé cómo utilizarlo, iba a decir, mejor. ¿Está bueno o no está bueno ver deportes en la televisión? Es como si solo necesitara una respuesta a esta pregunta, y al mismo tiempo me resultara absurda. Mi relación con la pantalla es ambivalente. Miro cosas que no me interesan mucho y me lo reprocho, lo interpreto como el signo de una caída. Podría estar: con otras personas, leyendo, escribiendo, mirando algo que me de un placer mayor, saliendo, jugando con mi gato, y estoy frente al televisor. Hasta podría estar trabajando. No llego a convertirme en un admirador, a encontrar figuras, el tiempo es insuficiente o los ídolos deportivos pertenecen a mi infancia, los nombres que se repetían en los medios, Sabatini, Navratilova, Vilas, Pumpido, un problemático Maradona, otros que ya no recuerdo. Confieso haber guardado una colección de diarios que cubría el mundial. Era un año en que Fontanarrosa tenía una columna que me gustaba, o incluso antes. Quedó en una caja de zapatillas durante años y es posible que en algún momento la haya tirado. No tenía que ver con convertirse en país campeón, era el modelo de la información registrada y guardada, como si en algún momento hubiera de tener necesidad de consultar los resultados de un partido. Es parecido a lo que me pasa con Facebook, lo uso pero me da un placer extraño, en general negativo, como una fiesta donde todos se divierten y que a mi no me causa mucha gracia excepto ocasionalmente. Escribo esto para mí con cierta sorpresa. como si estuviera descubriendo algo. Fumo de más, me aburro, a veces tengo la idea de que en pareja sería más feliz y después me parece un lugar común, no necesariamente cierto. De todos modos tendría algo que esperar y en este momento no es mucho lo que espero salvo algunas repeticiones.

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Juegos de invierno

Ese carácter apaciguador de la escritura, sin finalidad, parece haber desaparecido con la llegada de la medicación. No encuentro del todo la relación. Tal vez sea ansiedad-escritura y su negación. ¿O es el temor a escribir desde este estado de una cierta mayor frialdad? No lo sé. También es el hecho de escribir y acumular páginas que se van perdiendoo o son olvidadas en cajas y cuadernos. Como si esperara que tuvieran una finalidad, ¿pero cuál? En principio, la publicación. En un ámbito donde tenga algún tipo de seguridad de ser leído.

El efecto que ahora me producen los libros también es extraño. Los libros en mi biblioteca, dormidos. En las librerías, no despiertan interés, o por el contrario, son tantos los que despiertan el interés que es lo mismo que nada. El tiempo dedicado a la lectura, ya no sé cuál es. ¿Cómo pudieron acumularse los libros? ¿Cuánta dedicación les prestaba? Ahora, sin embargo, vuelvo sobre los no leídos y me sorprenden. Tal vez tenía que ser más grande para entenderlos realmente, en su amplitud y sus estrategias. Madame Bovary en una nueva traducción, la biografía de Walsh. Igual un poco me cansan. Como si ya lo hubiera leído todo (falso) o hubiera antes algo más urgente (¿pero qué?). A veces vuelvo a soñar con ser librero, actividad que desarrollé muy poco tiempo, que me hizo feliz y a la que no sabría bien cómo volver. Tal vez me resulte más difícil asociar cada libro a una época o una experiencia como hacía antes. Ansío guías: qué leer, cómo separar lo valioso de entre todo lo que se edita, y añoro el trabajo de traducción, el trabajo directo sobre el lenguaje, íntimo, casi con el autor sobre el hombro.

El resto de las cosas no tienen mucha importancia o significado, o son un poco teatrales (estoy yendo más al teatro). Un temor vago, que no sé definir, se adueña de mí, no es el de las películas de Woody Allen, a la ausencia de dios o sentido exactamente, aunque tiene punto de contacto. Es algo que tiene que ver con las relaciones entre las personas, siempre quiero que sean más íntimas tal vez, no acepto los rechazos, quiero amor en el sentido más banal del término o el más directo, el amor como lo experimenté cuando le daba, a pesar de lo que pueda creer ahora, toda la importancia que merece, lo dejaba organizar mi vida y guiarme de un modo que solo vi reproducido en las mitologías, como si fuera un dios.

Ahora me invade el vacío, hacer un llamado telefónico puede convertirse en una odisea, las imágenes de alegría que llegan por internet tienen algo afectado a veces y otras me producen cierta envidia. ¿Por qué mi contexto no es ese? ¿O por qué no hay un registro visual de los contextos de mi felicidad? Es un poco una trampa. Quiero decir, si se lo sigue de cerca.

Lo único que queda es lo que había hasta ahora: las amistades, las palabras, los trabajos precarios, la familia. Es como si de cada uno hubiera que sacar lo mejor. No dejarse atrapar por los aparatos de captura, o saber elegir por cuáles. La desazón, la esperanza, la indiferencia, se entrmezclan. Lo que euqeda de eso soy yo.

No escribir, definitivamente, no está bien. Hace poco, en una charla de información para artistas, una leve sensación de pertenencia: no sabía nada de nadie excepto como se veían y podía atribuirles obras imaginarias que nunca hicieron; en su mayoría eran jóvenes y dejaban traslucir sus problemas en vivo tan poco como yo. Tenían algo gracioso, algo que aparece en algunas películas sobre los talleres para artistas; una esfera de ficción que nos protegía mientras los demás se ocuparían de cosas “serias”: la arquitectura, la economía. Fue en la Universidad di Tella, que desconocía, cerca de la cancha de River, a la que nunca había visto tan de cerca. Extrañamente, me reencantó con el deporte como práctica. Después vi un poco de los juegos olímpicos de invierno, competencias extrñas, que parecían un juego de bochas, y uno de bailarinas en patines que nunca terminaban de colmar las expectativas, de los jueces, ni de las mías, que se repetían, o hacían movimientos demasiado independientes de la música, y al mismo tiempo seducían, con la velocidad, y algunos de los giros. Patinadoras rusas, estadounidenses, coreanas, que al terminar recibían flores envueltas en celofán (¿por el frío?) y en general tenían algo imperfecto en las coreografías que las volvía cándidas. Intenté imaginar cómo sería la vida de una deportista después de retirarse, que es algo que quiero hacer desde hace un tiempo, y no pude, o lo hice a mi manera incompleta. Parecía haber algo infeliz inevitable en la vida del atleta olímpico, un final anticipado que no podía verse de antemano en el que ya nada era igual, no había prácticas ni público y el cuerpo perdía la belleza y la gracia. Una mirada sobre el deporte que nunca vi representada, quizás no tan distinta del que recuerda su juventud perdida, solo con un plus de melancolía.

Quizás me identifique en relación a la traducción que no practico como antes, como si me hubiera retirado, aunque sin retirarme. Por el contrario, la impresión es que el dominio sobre el lenguaje con el tiempo no se pierde sino que alcanza nuevos grados de lucidez, o madurez, aunque no sé si es cierto.

Mientras tanto, todo sigue más o menos como siempre, o como me dijeron hace poco, escribir es menos difícil que vincularse con las personas de una forma comprometida.

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Petit Traité

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diciembre 25, 2013 · 22:57

Aproximación al vacío

Hoy vi a un africano en el microcentro intentando guiarse con un mapa turístico de Cusco.

Estuve releyendo “La Cartuja de Parma”.

Siguiendo una sugerencia de Georges Perec, me propuse agotar al azar espacios de la ciudad. Literal o literiamente. Me quedo parado en una esquina por un tiempo, hasta que no haya nada más para ver o escuchar o hacer, por ejemplo durante una hora al día. No en un café donde es fácil distraerse, haciendo girar la cucharita en la taza del café y esas cosas. Afuera. Las personas tienden a mirarme raro, o esa es la impresión que me dan, como si ellos estuvieran en lo cierto al moverse y tener puntos de destino o al estar quietos con un motivo y yo equivocado inmóvil sin hacer nada. El esfuerzo sin embargo parecería estar en la inmovilidad, en especial sin motivo, en sostener el cuerpo así sin tener nada que hacer o aparentar. En secreto pienso que podría convertirse en un movimiento: personas paradas sin hacer nada. Se multiplican, como en un paro de transeuntes. Una cantidad de horas al día en pausa, al aire libre, sin finalidad, excepto los días de lluvia. Todavía no produjo muchos resultados literarios, no escuché ni vi nada de interés significativo (prácticamente) a veces muy de forma ocasional algo exótico o bello pero muy pasajero. Nada comparable a hacer algo en cierto modo, pero parecería haber algo además de la piedad por lo vacío del movimiento o la contemplación de la multiplicidad de lo humano. Algo apocalíptico o del vacío, el vacío del dinero tal vez. Hoy, por ejemplo, muchos camiones de caudales, de empresas que nunca había visto.

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Post Tenebras Lux

Notas encontradas en un cuaderno

Un film apacible.

Sin la angustia existencial de Japón (2002), sin la seriedad de Stellet Licht (2007).

Muy interesante en la descripción de los contrastes de la sociedad mexicana, los paralelos –irreconciliables– entre las fiestas de la burguesía y las clases populares. Las que más soprenden son las primeras, porque desde hace años el mundo popular es un objeto privilegiado del cine arte latinoamericano: el cine como redentor ontológico de la pobreza.

Antológica: una secuencia de orgías semi-masónicas, en la línea de Eyes Wide Shut pero más naturalista y dicharachera.

También son muy bellas las escenas de la naturaleza –los bosques, el mar, los animales– y el retrato de la infancia, en especial en el comienzo, cuando tiene una carga siniestra, la amenaza de la oscuridad en el rostro de la niña que todavía no sabe hablar o dice palabras sueltas que pueden ser exclamaciones o preguntas o todo a la vez.

Todo el mundo infantil está muy bien representado, tiene el tono y el estilo del cine hogareño pero con una cámara poderosa detrás con algo que roza el tabú: no por el hecho de que sean los hijos del director sino por la forma en que se los muestra, como si uno fuera un invitado o un testigo mudo de su vida. Son escenas que reenvían directamente a la propia infancia, a la zona invisible al recuerdo, que se entremezclan con el deseo de paternidad o lo que sea que hay ahí –algo que va de los perros a los niños–.

La relación de pareja, banal, tonta, equívoca: puede ser un límite a la intimidad, una advertencia –el conflicto no se encuentra dentro de la relación de pareja, sino en su exterior, en todo lo que ésta no es– o un mero desinterés asociado a la sociedad mexicana, más machista hipotéticamente.

Toda la película desprende una impresión de extremo realismo muy misterioso, sin efectismos, con mucha jerga mexicana, pero es como si por fuera de eso que ofrece a la contemplación no hubiera un hilo conductor claro. Esto es muy liberador; finalmente, en la sucesión ni siquiera alternada de escenas de la vida burguesa y familiar con exploraciones hacia ámbitos más extraños y bajos y la naturaleza lo que aparece es un autorretrato al que se le subió el volumen en algunas partes y se distorsionó en otras.

Esto deja esa sensación de que no hya nada, fuera de la concatenación de escenas, ordenador, nada tiene ya un carácter trágico pero tampoco hay promesas de felicidad; todo es un poco inmóvil; y rígido; el tono es otoñal.

Creo que me gusta así un poco. Parece también la película de un cavador de túneles –cómo hizo todo eso para llegar hasta mí?– y despierta unas ganas terribles de vivir fuera de la ciudad, en una cabaña, alejado del ruido y de las masas, de llevar una vida simple, y de no hacer mucho. Quizás uno compra su entrada para que de vez en cuando se lo recuerden, es fácil de olvidar.

Por momentos aparecen escenas turbias, de cierta violencia sin explicación –unos golpes, un disparo– pero es como si se perdieran en la totalidad de algo que es más grande, tal vez lo natural.

El protagonista, muy bueno. Tiene algo que resulta familair y a la vez cierto anonimato, y es como un personaje sin psicología casi, o que nada de lo que dice o hace parece ser el resultado de una convicción o una reflexión, sino alguien que “está ahí”. Dejándose llevar, ni muy cariñoso ni muy distante, sin autoridad, sin rumbo, como alguien que cayó al mundo y más o menos intenta articular con lo que lo rodea pero desapasionadamente, no desafectado a la manera de cierto cine de vanguardia de base teatral sino con un cuerpo activo y atento que al mismo tiempo tiene algo vencido –son solo los empresarios y los obreros los que parecen ser lo suficientemente “ciegos” o haberse confundido con su máscara–, el protagonista, en comparación, es alguien que está desnudo, más cerca (¿existencialmente?) de los borrachos de la reunión de alcohólicos anónimos a la que claramente no pertenece.

Después hay hecho inexplicables y simpáticos como un personaje que empieza tirando de su pelo y termina arrancándose la cabeza (?). Es una metáfora visual tonta y al mismo tiempo seductora, una especie de suicidio imposible con el que uno se puede identificar. ¿No están nuestras cabezas demasiado llenas de cosas? ¿No es hora de sacárselas de encima? Pero en el momento en el que se lo hace el que muere es el cuerpo.

Por supuesto, todo esto casi susurrado entre la sucesión de planos extremadamente delicados, de orfebrería, diáfanos, despojados de todo lo accesorio excepto algunos pequeños vicios del cine de festivales. Un interrogante abierto sobre el arte de narrar y el pequeño mundo propio.

Post Tenebras Lux
(México, Francia, Holanda, 2012)

Carlos Reygadas

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Él caminó al supermercadó

Camino al supermercado, la ilusión de que existe un lugar (¿un depósito?) donde uno encuentra a su disposición todo lo que es, o todo lo que es y está la venta. Un lugar físico. No llego a concebir que sea inexistente ni imposible, me alegra.

Después pienso que si de todas las cosas existentes el conjunto de las que conozco es una parte muy reducida del total ese sitio hipotético podría ubicarse en un lugar pequeño que además prescinda de las cosas muy grandes sustituyéndolas por su versión en miniatura (pequeños rascacielos, pequeños submarinos). No importaría que las cosas reunidas estuvieran o no a la venta ni sería imprescindible incluir a todas las especies y minerales. Anticipadamente, es la impresión que me produce la perspectiva de la visita al supermercado, que es lo más parecido que encuentro a la colección más grande de objetos distintos entre sí. Es esa idea sintetizada en las famosas latas de sopa Campbell’s, que para mostrar lo extenso que es todo lo que hay elige dejar de lado casi todo. Antes de salir encuentro una de esas latas en una góndola cerca de la caja, y no la compro porque es de tomate. Habiendo tantos sabores…

A veces este tipo de fantasía me genera un cierto desaliento: ¿no debería volver a un museo real (¿pero cuál, a ver qué?) o visitar sitios exóticos? La pregunta se diluye antes de que entienda que se dirige a mí. Entonces imagino un mundo ideal donde el supermercado deja de reproducirse, no para regresar a las formas anteriores de hacer compras sino reemplazadas por un medio alternativo donde nadie las hace y cada uno recibe lo que le gusta con leves modificaciones en el tiempo. El dinero se reserva para cosas más importantes, tal vez la conquista del espacio.

Warhol, Campbell's Soup Can 1964

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McLuhan’s Folklore

McLuhan

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febrero 12, 2013 · 23:50