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Grisel, Joyce, la ciencia ficción y los besos

Me demoro en escribir estas notas. Hoy vi a Grisel después de mucho tiempo. Me produjo un efecto extraño. De familiaridad. Como si no hubiese pasado tanto tiempo desde la época en que salíamos juntos. Cuando le dije que me encontraba solitario y ermitaño me dijo que siempre fui así, lo que me tranquilizó un poco. Yo no recuerdo bien quién era en el pasado. Necesito testimonios. En mi casa, me puse a acomodar papeles y muebles de una forma peculiar.
Empecé a estudiar a Joyce. Se lo conté. Joyce. Está atravesado en o por o a través de mi vida igual que ella. Porque lo leí tempranamente, y porque lo seguí leyendo mientras estudiábamos juntos y después solo por mi cuenta. No puedo creer a veces todas las personas que se interesaron por Joyce en la historia. ¿Es un interés legítimo o es una respuesta melancólica a la vida, ocuparse de la obra de un escritor, o más de un escritor, de un traductor, etc.?
En mi caso tiene algo melancólico, pero a la vez festivo. Es como si dijera que las grandes obras (literarias o no) de la humanidad, me pertenecen, en tanto miembro de la historia de la humanidad. Es lo poco que queda en un mundo que se cae a pedazos día a día. Es algo sólido, que se sostiene, a pesar de sus irregularidaades, las distintas versiones, etc.
De repente en un encuentro sobre ciencia ficción me encuentro tomando la palabra como queriendo exponer mi punto de vista y hacer que se imponga en cierto modo sobre los demás, aunque todas son opiniones. Siento un deseo extremo de manifestarme, acicalado por el hecho de que la conversación se registra electrónicamente. Al mismo tiempo, pienso, es algo que quiero decir para manifestarme yo en el mundo de las sombras lectoras silenciosas de autores que permanecen como células ocultas del mundo excepto en el caso de que publiquen su opinión en elgún lado. Todas las lecturas de Joyce perdidas. SM, que me dijo, Joyce es Shakespeare. ¿Qué me quiso decir? ¿No exagera? ¿O es verdad? Es como el centro del canon occidental dentro del siglo xx, es decir, para el siglo xxi. Todo lo que se haga o se hizo tiene que ver con él, directa o indirectamente, porque se burla de ello o porque lo anticipó.
También experimenté algo raro en la semana (pasada): besarme con una desconocida a pedido. Una de esas cosas que suceden a través de Internet: una conciliación de los deseos pasajeros, y de las formas de escapar a la rutina que se combinana. Una ilusión romántica no perdida del todo. Eso que se manifiesta en la admiración por la belleza femenina o el candor que despiertan las parejas que se abrazan o caminan de la mano en la calle. Un tipo de historia muy joyceana: la vida familiar después del noviazgo, con todas sus complicaciones. Eso que no pudieron depurar Proust ni Kafka, la vida pequeñoburguesa desde la perspectiva del pater familias, bastante atribulado necesariamente en el caso dramático que me ocupa, en parte por necesidades de la trama (sé dramático) pero tambi{en porque se trata de las experiencias básicas, condensadas, en la vida de un ser humano de ciertas características: los celos, la convivencia, los apetitos carnales y culinarios, el paseo, el descentramiento, la multitud (“here comes everybody”), experiencias comunes a la vida de la ciudad a principios del siglo xx que se expandieron y multiplicaron exponencialmente con el paso de los años y los avances técnicos.
Escribo todo esto como si fuera un secreto. El punto en el que se cruzan mi experiencia individual y la de un autor reconocido mundialmente. Me remite de una forma directa, necesaria, a mi propia experiencia, a la idea de la paternidad, a la juventud (Stephen), a los celos, en mi caso muy variados según los casos, al deseo de un conocimiento del mundo lo suficientemente sólido como para sostenerlo en pie. El universo, las estrellas, y al mismo tiempo, los “homeless”, las pasiones instantáneas, los encuentros fortuitos que adquieren significados ocultos, la literatura popular, todo eso que los comentaristas señalaron o pasaron por alto porque se trata de la esencia, de algo intrínseco, que no puede ser abordado sin perder algo de la propia intimidad en el camino. Es como si nadie hubiese abordado a Joyce desde ese punto de vista, porque el problema de la intimidad no era tan acuciante como lo es ahora, o al menos como lo es para mí. La ausencia de la intimidad, la intimidad compartida con máquinas, todo eso ya estaba, “in nucce”, en el Ulises. Sólo que mediatizado por la técnica de la época: las cartas, el periodismo; no la radio ni la televisión ni internet, que son sus continuadoras directas.
Durante el día escucho después de mucho tiempo a Jesus and Mary Chain: Psychocandy. Es un efecto de planear el encuentro con Grisel y remitirme a la época en que lo escuchaba cuando era más chico. Con los parlantes de la computadora el sonido es mucho más sucio y potente que como lo escuchaba cuando era chico. Crea una pantalla protectora de ruido de la que me sirvo para no escuchar a los autos y a las motonetas que se toman el trabajo de pasar frente al edificio en el que vivo en la ciudad.
En la semana intercambio mensajes con Manuela. Tienen algo triste y algo festivo. Nos impulsan intereses comunes, o puedo ver algo que compartimos, que no es físico sino metafísico, el interés por los libros y las películas. Sigo enamorado de ella? Cuando aparece en el celular me alegra, que es algo que no me pasa con todo el mundo. A la vez, es como si sin esa intermediación no pudiéramos comunicarnos, pasamos mucho tiempo alejados uno del otro, y aparte ella me dijo que no tenía un interés romántico por mí, y yo le creí, que es lo que hago generalmente en este último tiempo. Por qué alguien va a decir algo que no siente? Si la conversación es clara todos nos entendemos. El problema es que la conversación no es clara, es ambigua, y lleva a todo tipo de malentendidos.

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Silencio eso.

Me miro en un espejo y no me reconozco. Mi cuerpo es una jaula. El dolor se extiende como una sombra sobre lo vivo y lo muerto. Es de día. Eso lo sé por la luz que entra de la ventana. Aunque es poca luz. Mejor sería que no hubiera luz. No vería este cuerpo envejecido que no sé si me pertenece. Cumplo órdenes. O no. Estoy vivo, eso es lo importante. ¿Pero para quién? Tengo una mente. La mente me dice que todo está mal, que todo va a ser peor. No quiero escuchar a mi mente. No sé cuánto tiempo me queda de vida. No sé qué vida llevé. ¿Tengo recuerdos? Todo es borroso. Como si se tratara de la vida de otro. Muchas impresiones, que se acumulan unas sobre otras, que se suceden unas a otras. Nada que me sirva para guiarme. Al menos tengo un cuerpo. Aunque no sé si es lo que quiero. El cuerpo que tengo me anuncia dolores que antes (¿antes?) no tenía. Si sólo pudiera salir. Pero no hay puertas. Sólo hay una ventana. O hay una puerta y está cerrada, es lo mismo. No puedo salir. Hay un espejo. No tolero la imagen que el espejo refleja. Es como si no fuera yo. Pero si no soy yo, ¿quién es? Entre los recuerdos aparecen nombres, pero sin imágenes. Nombres que la memoria registró. Igual tengo muy mala memoria. No sé quién soy. Sólo recuerdo nombres. Y si pudiera salir, ¿a dónde iría? No tengo a dónde ir. Tengo hambre. Hay un pan seco tirado en el piso que no quiero agarrar. Mejor pasar hambre que comer mal. Dejar que el hambre produzca sus efectos de debilitamiento. Perder la conciencia. Dejar de preocuparme. Eso necesito. Dormir. Olvidar lo poco que sé. No quiero recordar quién soy. Quiero dejar de existir. Aunque eso está más allá de mis posibilidades. ¿Seré un fantasma? Un fantasma que no tiene a quién asustar. Ni siquiera sé si estoy vivo. Este lugar es muy extraño. Si sólo pudiera encontrar a alguien, o recordar a alguien. Alguien que no sea un nombre nada más. Establecería un diálogo. No hablaría solo. Igual es inútil. El cuerpo que veo en el espejo tiene ropas andrajosas, quizás soy un pordiosero. O alguien que perdió todo lo que tenía. Ahora no tengo nada. Soy libre. Pero no sirve de nada. Al menos me entretengo pensando todo esto. Si no tuviera una voz interior estaría todavía más perdido. Así que permanezco inmóvil, atento a cada sonido. Pero no se escucha nada. Esto es como una cárcel. Pero no tiene la apariencia de una cárcel. Es como un departamento de un ambiente. Sólo que no se puede salir.
Si alguien me contara un cuento todo sería distinto. Pero no hay nadie. Y yo no sé ningún cuento. Un cuento o un chiste. Algo que me permita pasar el tiempo. El tiempo no pasa. La luz no cambia de lugar. Debo estar en la nada. Algo habré hecho. Si no estaría feliz, o infeliz, en otro lugar. Un lugar abierto, verde, natural. Mi vida no tiene progresión. Siento que estoy en este estado hace mucho tiempo. Un día como hoy parecido a un día como ayer o mañana. Si es que hay días. Eso no lo sé claramente. Quizás esto es la muerte. Un sitio donde permanecer sin nada para hacer. O el purgatorio. El lugar en el que recaen las almas tibias. ¿Fui tibio? ¿O me excedí? Fui muy apasionado. O no, fui nu pusilánime. Igual no lo puedo saber. No tengo buena memoria. Nada de lo que pasó tiene un significado claro. Lo único real es lo que percibo. Y no tengo muchos lugares donde detener la mirada. Quiero decir, fuera del espejo, la ventana, el pan seco y la puerta cerrada. Somos como un sistema. Y yo soy el único que cree estar vivo. Vivo a medias. Aunque quizás alguien va a abrir la puerta. Eso se llama una esperanza. No hay que perderla. O quizás es mejor no tenerla. No esperar nada. Dejar que el tiempo pase y decida. Alguna vez fui amado. Eso lo recuerdo. No sé si en la infancia o después. Hubo personas que me cuidaron. Si no no podría haber llegado a esta edad. Amar, qué palabra. No se me ocurre otra. Hubo una época en que todo lo hacía de a dos. Dos que intentaban ser un solo cuerpo. Pero eso pasó. Ahora tengo un solo cuerpo. No sé dónde hay otros cuerpos. No sé qué se puede hacer con otros cuerpos. Para qué sirven. Ya no quiero que haya otros cuerpos. Algo debe haber pasado. Algo terrible. O que me parece terrible. Un castigo. Algo que me dejó en esta situación. Pero por qué. ¿Fui malvado? No creo. Igual pude haber hecho cosas que afectaron negativamente a otros. Como el que atropella a alguien en su auto. Va tranquilo por la ruta, alguien se interpone, y lo mata. Quizás maté a alguien. Maté a alguien o a algo. Debe ser eso. Maté ilusiones o expectativas. No fui un buen ciudadano. Todo es borroso, algo se interpone en mi recuerdo, pero creo que debe ser así. Quizás maté a alguien. O fui violento. No lo sé. No me está permitido recordar. Pero algo debe haberme llevado a este estado. Algo malo. Si hago un esfuerzo quizás lo recuerde. La diferencia entre las películas y la realidad. La diferencia abismal, que se acorta y se alarga.
Aunque quizás no. Fui bueno. Se equivocaron conmigo. No hice nada malo. Me tomaron por alguien que no era. Todo era muy difícil. Quizás hice cosas de las que no soy consciente. En ese caso no puedo ser culpable. Cosas hechas con inocencia. Una inocencia no reconocida. Me persiguieron. Me ataron las manos. Me golpearon. Me humillaron. Por eso estoy acá. Es el estadío final, o el estadío intermedio. No me mataron para que sufra intencionadamente. Como si mi destino fuera sufrir. Pero no quiero. Me rebelo. Quiero paz, pero no hay paz. Quizás pueda imaginar un estado distinto. Cerrar los ojos. Imaginar un lugar natural, verde, abierto. Pero sería inútil. Siempre hay que abrir los ojos. Y en ese momento volvería a la realidad. A esto. A lo que queda de mí. A la falta de todo. Al dolor. Aunque no sé bien qué tipo de dolor es. ¿Es físico? Es un cansancio. Que se manifiesta en todo el cuerpo. O no. Es algo mental, que invade el cuerpo, pero viene de afuera. No importa. Ese es mi estado. Yo soy la sombra que recorre el espacio que cubren lo vivo y lo muerto. Ya no soy un ser humano. Soy una sombra. Me trataron mal. Me convirtieron en una sombra. Nunca me voy a recuperar de eso. No porque sea sensible. Porque es así. Si sólo pudiera volver el tiempo atrás. Hasta el momento anterior a que esto ocurriera. Anterior a encontrarme acá. Seguramente lo pasaba mejor. Tenía cosas con las que entretenerme. Estaba relacionado con otros. Seguro que antes era mejor. Aunque no sé. Quizás siempre fue así. En ese caso… no hay salida. O la única salida es la muerte. Y no voy a morir todavía. La muerte se extiende por mi cuerpo pero lo hace poco a poco. No me va a dejar morir así como así. Quiere cobrarse cada minuto.
Quizás todo esto no es real. Eso sería bueno. Estar soñando. Una pesadilla. Algo que se va a acabar. Pero no. No tiene los signos de una pesadilla. Soy demasiado consciente. De mi cuerpo. De todo. Los colores no son ni muy brillantes ni muy opacos. La materialidad de las cosas es consistente. Las paredes son paredes. No tengo a dónde despertar. Sería fácil. Pensar que se trata de un sueño. Despertar a una vida mejor que ésta. A otro mundo. Un mundo donde alguien cuide de mí, donde el espacio no estuviera tan cerrado. Pero no. No es un sueño. Ya pasó tanto tiempo. Tendría que haber despertado. Hasta creo que desperté después de un sueño. Y el sueño se parecía a lo que veo. Podría seguir. Pero no voy a seguir. Mejor el silencio. Que todo lo que dije se destruya. Si dejara de pensar todo estaría más tranquilo. Dejar de pensar. Entrar en el silencio. Eso.

(2017)

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Draider y el caso del encuentro alienígena

Draider, debido a su familiaridad con la casa del ser, recibió un pedido especial de parte de una organización no gubernamental: fue convocado para intentar establecer algún tipo de contacto con los seres extraterrestres recién llegados de una galaxia lejana. Draider se preparó: decidió olvidar todas sus concenptualizaciones y abrirse al exterior como una planta en el momento de florecer. Lo llevaron en un auto automático hasta la casa de los alienígenas y salió con cierta precaución del vehículo. Se encontró con Eso. Eso era una formación que no pertenecía claramente a ninguno de los reinos conocidos por la humanidad. No era claramente una planta ni un animal ni un mineral. Era parecido a un puré de papas con membranas de insecto. Draider se colocó el traductor universal sobre la cabeza. Escuchó: Prrrffummrpffffff.

El Tiempo Financiero escribió, después del encuentro: “Ellos, antes, podían. Tripulaban, maltrechos, las naves, hasta llegar, exhaustos, a otras galaxias. No entendían, de la comunicación, nada. Se erguían, incólumnes, ante lo desconocido, y expectoraban, sobre el aire, palabras. Hoy, en cambio, el intercambio, no conduce, realmente, a nada”. Los Tiempos de Nueva York adscribieron: “Cada centrímetro en que la humanidad se acerca a lo extraterrestre es como el hundimiento en el fondo sin fondo de la posibilidad de establecer un contacto real. Si hasta ahora no nos entendíamos entre nosotros, ahora no nos entendemos tampoco con los seres de otro planeta”.

Draider no leyó nada de esto. Estiró su mano y habló por el traductor universal. Dijo: “Eso, nosotros, ellos, nada, el espacio, todo, cada uno, había una vez, como si mintieran, algo, comúnmente, rayos, años, segundos, pelícanos y mucho más allá”. El extraterrestre estiró una membrana y cubrió a Draider de una película de baba que le impedía moverse con facilidad. En ese momento Draider pensó, “Qué difícil es ser un intérprete de la voluntad humana. Mejor me quedo en mi casa mirando películas de ciencia ficción en la tele, en especial la de los años cincuenta, en que se especulaba con encuentros, antes de que se fingiera, a los fines del espectáculo político, encuentros inexistentes”.

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VIVO EN UNA CAJA DE ZAPATOS

Vivo en una caja de zapatos. Soy un hamster. No tengo que dar explicaciones. La caja tiene un hueco que a veces deja pasar luz. Lo llamo “la ventana”. Ahora, por ejemplo, hay luz. Tengo un plato. Regularmente, alguien deja en el plato un líquido verde al que llamo “comida”. No sé por qué lo hace. También tengo una rueda para entretenerme. Nadie me observa cuando lo hago. Giro para mí o para nadie, por el placer de girar.

No tengo muchos recuerdos. Nunca viví fuera de una caja de zapatos. Sí lo hice en una caja más chica, que compartía con otro hamster. No teníamos reglas claras de convivencia y eso generó muchos problemas. Prefiero olvidar esa época.

Durante un tiempo me intrigó saber si la luz que entraba por el hueco al que llamo “la ventana” era natural o artificial. Llevé anotaciones para determinar si se cumplía algún ciclo que permitiera hacer predicciones. Fue inútil. Si hay ciclos, no los pude descubrir. La luz se iba y volvía en cualquier momento. Ahora, por ejemplo, no hay luz.

Creo que prefiero la luz. En la oscuridad imagino que desaparecen el plato donde me sirven eso que llamo “comida”, la rueda donde giro (por el placer de girar) o “la ventana” que a veces deja pasar luz. Después, cuando la luz vuelve, el plato, la rueda y “la ventana” aparecen también, exactamente donde estaban, ajenos a mis fantasías.

(2005)

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convertido en Eso.C

Siguiendo con la ola de honestidad brutal, que en realidad me inspira más el suburbio que la ciudad, hoy… fui a retirar unas fotografías digitalizadas y en el negocio había una chica que tení…

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convertido en Eso.C

Siguiendo con la ola de honestidad brutal, que en realidad me inspira más el suburbio que la ciudad, hoy… fui a retirar unas fotografías digitalizadas y en el negocio había una chica que tenía unas calzas grises, gris y negro, con un diseño al estilo de william morris, que es el fondo que aparece en una página de internet porno que a veces visito. me pareció inconcebible el traslado y a la vez invisible, como si no pudiera tolerar la posibilidad de que un diseño observado en la intimidad se exteriorizara. es otra de esas situaciones que finalmente resultan frustrantes, en tanto no reproducen la fuente o el origen del placer sino solo su superficie, bellas piernas envueltas que se presentan como inaccesibles, no del modo en que lo que se muestra en la pantalla es inaccesible sino de una forma más despiadada, como si pudieran ser accesibles de alguna forma que desconozco. por otro lado, sólo estaba interesado en retirar las copias digitales de los negativos que había llevado, que eran como una suerte de recompensa o reconversión simbólica del hecho de que todos los momentos de mi vida que fueron fotografiados se encuentran por fuera del ámbito de lo digital, y que cuando la digitalización llegó mi vida en cierto modo desapareció o dejó de tener momento dignos de ser registrados o tuvo muchos momentos que no fueron registrados.
El tema de la fotografía, o las modificaciones que la informática incorporó a la fotografía como tema o como problema. No es algo que observe exclusivamente de forma abstracta sino como una parte de mi vida: la tendencia o la aparición de las imágenes de las vidas de personas que quiero y también desconocidas multiplicándose casi indefinidamente mientras mi imagen permanece oculta. ¿Qué significa esto, o tiene algún significado? Es ese efecto de la imagen digital de reafirmación de la existencia que es un poco irreal -a fin de cuentas todos existimos- pero que opera así. Lo veo al observar las fotos del pasado digitalizadas, de las que siento que en cierto modo fui expropiado por no conservar copias en las que poder observarme, o en las que poder observar los lugares en los que estuve, ¿es importante o no? ¿Me impulsa el hecho de verlas a querer viajar a otros lugares? El paisaje… me doy cuenta de que hace años que no veo un paisaje que me conmueva. Bueno, quizás ahora todo me conmueva un poco de una forma exagerada, los atardeceres y las paredes y los automóviles modernos, pero la montaña es la montaña y la ciudad extranjera es la ciudad extranjera, no el interior del propio departamento. Cómo se produjo esa transición, de la deriva o la circulación por territorios extranjeros a la introspección espacial es algo que no llego a comprender del todo. Tiene que ver con los problemas de dinero pero es algo que va más allá, de pronto es como si los paisajes hubieran rehuido de mi vida…
Esto puede ser interpretado de distintos modos… por ejemplo, como una señal de que privilegio la experiencia en la ciudad como ámbito de circulación, intercambio y producción, la ciudad propia que a la vez nunca termina de ser apropiada, el ámbito de lo inesperado, escindido del turismo que se presentaría como un divertimento pasajero, y sin embargo, la ciudad es agotadora, no ofrece una morada sino una sucesión de conflictos que parecen ir in crescendo, el problema de los servicios, el problema de los vecinos, el problema de la comunicación con la propia “manada”, algo que parecería reducirme al problema de la supervivencia en su carácter más elemental, a la pregunta acerca de cómo vivir y qué hacer con la propia vida, como una fuente continua de ansiedad y de insatisfacción y de desviación hacia caminos que se presentan como menores, o hacia los reinos de la apariencia y la falsedad como estrategias, o como estrategias de los otros con las que lidiar, la apariencia o la apariencia de apariencia que en el fondo son más o menos lo mismo.
Las fotos también son un recordatorio de la extensión de la vida en el planeta mucho más eficaz que los artículos de wikipedia o las fotos de mujeres árabes desconocidas o viajeros a los que conozco personalmente, en tanto muestran que yo estuve ahí, aún en el caso de que no lo recuerde bien, y que ahí es un sitio inasimilable, de costumbres exóticas, y cuerpos distintos, geográficamente disímil, y también que en el registro del pasado hay algo del orden de lo paradisíaco, en las fotos A. es más joven y los lugares capturados son sitios en los que sin duda preferiría estar o hubiera preferido estar en muchas ocasiones, tal vez en tanto eran el espacio del ocio despreocupado, o porque las preocupaciones que conllevaba no quedaron registradas en la imagen y fueron olvidadas y apenas sobreviven en cierta tensión que puedo observar en mi apariencia en algunas de las imágenes, como si no todo estuviera bien o no todo hubiese estado bien, tal vez la tensión de la experiencia de lo extranjero en sí o de las tensiones de la relación que la imagen capturó, Leo como animal amenazado en un terreno desconocido. La ausencia de argentinos, de todos modos, resulta estimulante.

También me doy cuenta, en comparación con fotos anteriores, o posteriores, que me gusta el ojo que capturó esas imágenes, como si tuviera cierto entrenamiento sin ser profesional, y se fijara en cosas que realmente llaman la atención, algo que también tal vez sea propio de la técnica, de la cámara analógica que lleva a concebir la imagen o la captura de la imagen de una forma que los medios digitales tal vez ya no permiten, como instantes privilegiados, en un sentido casi económico, en tanto la película es un bien escaso, a proteger, y la memoria digital se confunde demasiado fácilmente con el desperdicio o la saturación y conduce al exceso, a la repetición y al descarte, o tal vez al film, en todo caso a la explotación de otro tipo de capacidades. Algo que tal vez nunca llegué a experimentar plenamente, en tanto como fotógrafo digital arrastraba una lógica analógica, o lo que se presentó como objeto a fotografiar era menos significativo afectivamente o peor aún se perdió como se pueden perder los dispositivos digitales y sus memorias.

En las imágenes parecerían acumularse así todos los viajes deseados y no realizados que tal vez sean solo un efecto de copia o dominó, pero que están ahí, como fantasía.

Extrañamente, reencuentro a A. después de mucho tiempo sin vernos y no le digo nada sobre el tema, como si guardara tal vez algún tipo de resentimiento (?) o sintiera que es una experiencia personal -mi reencuentro con nuestras imágenes del pasado- donde ella está y no está presente. Es como si tuviera este recuerdo de haberla necesitado en algún momento y de haber sido abandonado o rechazado, algo complejo, que se mezcla con su depresión, con belgrano, con las fotos de su vida donde aparecen otros hombres, o con la incomprensión de la situación actual en la que pareceríamos ser amigos desconocidos, que tiene algo intolerable, y el tiempo en que estuvimos juntos algo secreto que busca ser revelado para no desaparecer.

A esto se le agrega el reencuentro con Laura, que también me produce un efecto perturbador. Viajamos en un colectivo que hace mucho ruido y me doy cuenta de que es una de las pocas personas con las que puedo hablar de “la zona sucia” de mi vida. La zona sucia es la experiencia de la soledad, la incertidumbre, los conflictos con la ley, y también hechos concretos como mis estudios, los conflictos con los vecinos, pero ante todo mi fragilidad. No sé si esto es bueno o malo pero me devuelve o al menos me acerca a una zona de sanidad, como si hubiera alguien con quien entenderme. En un momento, afuera de su departamento, le digo algo que no sé bien qué es, algo que siento, y siento como si se transformara, como en una niña. Tiene una mirada que me seduce y rehuye mis ojos que es inocente, los ojos se le abren y el pelo se le desacomoda, y me dan ganas de besarla. Es como un reconocimiento momentáneo en el que no sé cómo avanzar o qué decir o hacer, que se extiende en el tiempo. Se parece a la vida de un modo en que la mayor parte de los acontecimientos de este último tiempo no lo parecen, y a la vez se me escapa. Me duele la cabeza, lo único que hice durante el día fue beber?, y siento que son demasiadas emociones para un único día. Me genera esa impresión de que recién nos conocimos ayer y tengo que hacer algo para alterar el curso de los acontecimientos y que no se repita lo que ocurrió hasta ahora, que es que no nos convertimos en “amantes” y a la vez es como si el hecho de que esto no haya ocurrido permitiera que nuestra relación mantuviera su apertura hacia algo incierto, eterno, definitivo, que puede ser modificado y conducido hacia el plano de la realidad, que claramente, según lo que cuentan los demás es un plano en el que vivo solo tangencialmente, en el que necesito recordarme quién soy, o qué edad tengo o cómo me llamo, porque podría ser cualquier cosa, o cualquier persona y vivir en cualquier tiempo de un modo que los demás, o las personas con las que conversé hoy, no sé si experimentan de la misma forma. Esa experiencia de encontrarme nuevamente como si se tratara de la primera vez constantemente, y de no saber qué hacer, de ser un adolescente, se repite un poco en distintos contextos. Tiene una parte que es divertida y otra que es fatal. Por supuesto, es una figura del lenguaje, porque cuando era realmente un adolescente era alguien que no hablaba prácticamente, según recuerdo, como esa chica que estuvo en un rincón toda la noche en silencio, y ahora hablo un poco por los codos casi, o como si cada conversación fuera la última o no tuviera a nadie que me escuchara, que en parte es verdad, demasiadas noches a solas jugando al solitario con la computadora me convirtieron en eso.

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Casa de cartón

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Vivís en una casa de cartón. No tenés vecinos, son solo extras que se pasean por los ascensores. La única que cobra más es la que vive en frente y podés ver por la ventana, una viejita entrada en años que un día dejaste de ver, antes de que su departamento fuera transformado por un pintor y luego alquilado. Podés comprobarlo bajando a la planta baja y quedándote afuera a ver quiénes entran y quiénes salen. No hay nadie. Es una estrctura vacía que sólo vos llenás.No sabés por qué se tomaron tantos recaudos. No deberías ser una persona tan especial. Y sin embargo, los distintos agentes se comunican con vos de formas indirectas. Uno lleva un bolso negro a su departamento. Una viejita de aspecto nazi te saluda demasiado afablemente. Ya no están las hermanas que vivían antes del incendio. Ya no está el portero patovica que te despertaba temor y aprecio a la vez.

Lo que quedan son fantasmas de la vida que viviste, más rica, más variada, más emocionante, más sensual. Ahora sólo te queda espiar a los vecinos de enfrente, que también se mudaron. Todo cambia para peor. La chica que se quedaba hasta tarde con la computadora fue reemplazada por una chica que sólo está despierta de día y lleva una vida muy regular aunque en el fondo misteriosa. El resto no se mueve. No hay cuchillos que corten ni planchas en manos de hombres. Apenas un hombre que saca la ropa a secar en la terraza. Esa terraza tiene muchas prendas colgadas, como si se tratara de más de una familia, o de ropa acumulada por un largo tiempo.

Durante el día no pasa nada, y durante la noche tampoco. Mi vida se volvió menos interesante, más gris, después de un período multicolor pero algo peligroso. No sé cómo hacer para volver a un mundo en technicolor. Tal vez debería enamorarme, pero no sé si es tan fácil. O dejarme enloquecer, que los estímulos salgan disparados en cualquier dirección, y perder la conciencia. Algo riesgoso, que ya demostró sus debilidades.

El policía me mira con ojos extrañados, no entiende que lo acuso de sostener la ficción de que vivo en un edificio habitado que necesita ser protegido. Todo esto parecerán especulaciones vanas, pero fueron experiencias vividas: quizás en el vano especular está lo vivo de la experiencia.

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Empty II

Me quedo mirando programas de deportes en la televisión. No sé si considerarlo un punto alto o bajo de mi experiencia. Nunca me interesaron los deportes, prácticamente. Y de pronto me encuentro viendo peleas, sets, fantasías en bicicleta, ski. No sé si es algo que permiten las nuevas tecnologías (el futuro de “El deporte y el hombre”) o si es que tengo un problema con el tiempo libre y no sé cómo utilizarlo, iba a decir, mejor. ¿Está bueno o no está bueno ver deportes en la televisión? Es como si solo necesitara una respuesta a esta pregunta, y al mismo tiempo me resultara absurda. Mi relación con la pantalla es ambivalente. Miro cosas que no me interesan mucho y me lo reprocho, lo interpreto como el signo de una caída. Podría estar: con otras personas, leyendo, escribiendo, mirando algo que me de un placer mayor, saliendo, jugando con mi gato, y estoy frente al televisor. Hasta podría estar trabajando. No llego a convertirme en un admirador, a encontrar figuras, el tiempo es insuficiente o los ídolos deportivos pertenecen a mi infancia, los nombres que se repetían en los medios, Sabatini, Navratilova, Vilas, Pumpido, un problemático Maradona, otros que ya no recuerdo. Confieso haber guardado una colección de diarios que cubría el mundial. Era un año en que Fontanarrosa tenía una columna que me gustaba, o incluso antes. Quedó en una caja de zapatillas durante años y es posible que en algún momento la haya tirado. No tenía que ver con convertirse en país campeón, era el modelo de la información registrada y guardada, como si en algún momento hubiera de tener necesidad de consultar los resultados de un partido. Es parecido a lo que me pasa con Facebook, lo uso pero me da un placer extraño, en general negativo, como una fiesta donde todos se divierten y que a mi no me causa mucha gracia excepto ocasionalmente. Escribo esto para mí con cierta sorpresa. como si estuviera descubriendo algo. Fumo de más, me aburro, a veces tengo la idea de que en pareja sería más feliz y después me parece un lugar común, no necesariamente cierto. De todos modos tendría algo que esperar y en este momento no es mucho lo que espero salvo algunas repeticiones.

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Juegos de invierno

Ese carácter apaciguador de la escritura, sin finalidad, parece haber desaparecido con la llegada de la medicación. No encuentro del todo la relación. Tal vez sea ansiedad-escritura y su negación. ¿O es el temor a escribir desde este estado de una cierta mayor frialdad? No lo sé. También es el hecho de escribir y acumular páginas que se van perdiendoo o son olvidadas en cajas y cuadernos. Como si esperara que tuvieran una finalidad, ¿pero cuál? En principio, la publicación. En un ámbito donde tenga algún tipo de seguridad de ser leído.

El efecto que ahora me producen los libros también es extraño. Los libros en mi biblioteca, dormidos. En las librerías, no despiertan interés, o por el contrario, son tantos los que despiertan el interés que es lo mismo que nada. El tiempo dedicado a la lectura, ya no sé cuál es. ¿Cómo pudieron acumularse los libros? ¿Cuánta dedicación les prestaba? Ahora, sin embargo, vuelvo sobre los no leídos y me sorprenden. Tal vez tenía que ser más grande para entenderlos realmente, en su amplitud y sus estrategias. Madame Bovary en una nueva traducción, la biografía de Walsh. Igual un poco me cansan. Como si ya lo hubiera leído todo (falso) o hubiera antes algo más urgente (¿pero qué?). A veces vuelvo a soñar con ser librero, actividad que desarrollé muy poco tiempo, que me hizo feliz y a la que no sabría bien cómo volver. Tal vez me resulte más difícil asociar cada libro a una época o una experiencia como hacía antes. Ansío guías: qué leer, cómo separar lo valioso de entre todo lo que se edita, y añoro el trabajo de traducción, el trabajo directo sobre el lenguaje, íntimo, casi con el autor sobre el hombro.

El resto de las cosas no tienen mucha importancia o significado, o son un poco teatrales (estoy yendo más al teatro). Un temor vago, que no sé definir, se adueña de mí, no es el de las películas de Woody Allen, a la ausencia de dios o sentido exactamente, aunque tiene punto de contacto. Es algo que tiene que ver con las relaciones entre las personas, siempre quiero que sean más íntimas tal vez, no acepto los rechazos, quiero amor en el sentido más banal del término o el más directo, el amor como lo experimenté cuando le daba, a pesar de lo que pueda creer ahora, toda la importancia que merece, lo dejaba organizar mi vida y guiarme de un modo que solo vi reproducido en las mitologías, como si fuera un dios.

Ahora me invade el vacío, hacer un llamado telefónico puede convertirse en una odisea, las imágenes de alegría que llegan por internet tienen algo afectado a veces y otras me producen cierta envidia. ¿Por qué mi contexto no es ese? ¿O por qué no hay un registro visual de los contextos de mi felicidad? Es un poco una trampa. Quiero decir, si se lo sigue de cerca.

Lo único que queda es lo que había hasta ahora: las amistades, las palabras, los trabajos precarios, la familia. Es como si de cada uno hubiera que sacar lo mejor. No dejarse atrapar por los aparatos de captura, o saber elegir por cuáles. La desazón, la esperanza, la indiferencia, se entrmezclan. Lo que euqeda de eso soy yo.

No escribir, definitivamente, no está bien. Hace poco, en una charla de información para artistas, una leve sensación de pertenencia: no sabía nada de nadie excepto como se veían y podía atribuirles obras imaginarias que nunca hicieron; en su mayoría eran jóvenes y dejaban traslucir sus problemas en vivo tan poco como yo. Tenían algo gracioso, algo que aparece en algunas películas sobre los talleres para artistas; una esfera de ficción que nos protegía mientras los demás se ocuparían de cosas “serias”: la arquitectura, la economía. Fue en la Universidad di Tella, que desconocía, cerca de la cancha de River, a la que nunca había visto tan de cerca. Extrañamente, me reencantó con el deporte como práctica. Después vi un poco de los juegos olímpicos de invierno, competencias extrñas, que parecían un juego de bochas, y uno de bailarinas en patines que nunca terminaban de colmar las expectativas, de los jueces, ni de las mías, que se repetían, o hacían movimientos demasiado independientes de la música, y al mismo tiempo seducían, con la velocidad, y algunos de los giros. Patinadoras rusas, estadounidenses, coreanas, que al terminar recibían flores envueltas en celofán (¿por el frío?) y en general tenían algo imperfecto en las coreografías que las volvía cándidas. Intenté imaginar cómo sería la vida de una deportista después de retirarse, que es algo que quiero hacer desde hace un tiempo, y no pude, o lo hice a mi manera incompleta. Parecía haber algo infeliz inevitable en la vida del atleta olímpico, un final anticipado que no podía verse de antemano en el que ya nada era igual, no había prácticas ni público y el cuerpo perdía la belleza y la gracia. Una mirada sobre el deporte que nunca vi representada, quizás no tan distinta del que recuerda su juventud perdida, solo con un plus de melancolía.

Quizás me identifique en relación a la traducción que no practico como antes, como si me hubiera retirado, aunque sin retirarme. Por el contrario, la impresión es que el dominio sobre el lenguaje con el tiempo no se pierde sino que alcanza nuevos grados de lucidez, o madurez, aunque no sé si es cierto.

Mientras tanto, todo sigue más o menos como siempre, o como me dijeron hace poco, escribir es menos difícil que vincularse con las personas de una forma comprometida.

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Petit Traité

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diciembre 25, 2013 · 22:57