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Hundido en el metro de Helsinki

Hundido en el metro de Helsinki, enfundado en su gamulán negro de ojales metálicos, Tehuvo contempla a tres niñas parloteando sobre la sabiduría que miran de reojo sus pantallas de escolar.

–Para mí que el sabio es como el helado –dice una–. Viene en distintos sabores y consistencias, y si una se lleva uno a la boca de golpe le puede entumecer la nuca.

–¡Qué papa frita! –dice la segunda–. Si lo que sabe el sabio entrara en el cono del cucurucho todos seríamos felices, pero no es así. En todo caso será como la nieve que cae cuando se le canta y te mata si no estás bien protegida.

–¡Turuletas! –dice la tercera–. Con la nieve se pueden hacer muñecos y bolas de nieve para arrojar, pero con el sabio qué, es como si no sirviera de nada, se la pasa rumiando, nadie le da bolilla, y dice cosas que no se entienden, o que no se pueden compartir.

A Tehuvo lo impresiona la locuacidad del debate. Antes él mismo se interrogaba sobre el saber como si fuera un destino a alcanzar, la estación de Espoo en el espacio al que lo dirigen las vías –un camino inamovible, trazado– que nunca llegó o pasó de largo. Como Tehuvo es un especialista, se dice, un científico que se ocupa del movimiento browniano, estudia trayectorias de lo invisible con un grado de detalle que podría horrorizar a las niñas: un cuerpo humano, un seis seguido de veintiocho ceros…

Al pensar en ese número, la chica turquesa biaxial alza la vista de su pantallita russet y le guiña un ojo blando preguntándole si él destila el saber o si su saber está autocontenido, impermebale dentro de los límites de su esfera cógnica, que entonces la atrapa antes de que el despliegue de los tretagentes invada los resquicios libres de lo subterráneo.

En su respuesta los dos se van de paseo. En el paseo él es un gavilán migratorio y ella un lobo ártico que se cruzan con un pilar transportado hacia un puente colgante en construcción sobre un estrecho oceánico. Con el paso de los años, se desploma el pilar y el océano cubre los restos del puente sin dejar huellas.

Ahí es cuando se introduce una ola gélida en el ambiente que lo tienta a terciar en la conversación de las niñas como si el escalofrío que las amenazara le estuviera reclamando una opinión. Pero como el transporte móvil se había convertido en una extensión de sus bocas sobre el plano, se despierta entre los pasajeros un clamor de palacios y excesos que lo distrae.

En el palacio de los excesos él ya las conocía, eran tres ninfas que no sabían deletrear su nombre, con brazos colgantes que iban a crecer todavía para recorrerlo como los rodados a la autopista. Se iba a dejar seducir por sus palabras, por los desplazamientos mínimos de la lengua trabada por los incisivos, acostada sobre el paladar, prófuga del soplo, para decir cosas que venían de tierras distantes o de otras épocas, de las tierras donde el saber se había convertido en canto una vez agotado el tema del clima. El tema del clima tiene variaciones múltiples pero finalmente se agota, son cuatro combinaciones o cinco –el frío, el calor, la lluvia, la nieve, el viento, la lava– y se acabó. En cambio el saber podía llevar a intercambios de todo tipo porque siempre hay algo que no se sabe, verdaderas historias, y las cosas y las historias están cambiando todo el tiempo, como los cuerpos de las estudiantes, como los científicos compuestos de partículas.

Así fue como Tehuvo se distrajo de nuevo y perdió su estación de llegada, tuvo que ir y volver más de una vez y en el espacio vacío que dejaba lo ausente veía a las estudiantes de viaje, de vacaciones, con los cuerpos hasta la cintura en el agua color espárrago, distendidas, al sol, salpicándose, una arqueada en una malla roja hasta hundir el pelo en el agua, una de espaldas y cubierta hasta el pecho, la tercera con los ojos cerrados y las puntas de los dedos en el mentón.

 

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(Moebius) Mar del Plata

*Leve estado de melancolía.

Hoy estuve mirando a unos surfistas en la playa. Una chica se quebró una falange y me manchó con su sangre. Fue la única persona que toqué desde que llegué.

*En silencio me reprocho, entre otras cosas, no haber escrito antes sobre mis experiencias pero todo sucede demasiado rápido: entre las películas del festival de cine y también después en los recorridos más o menos azarosos.

*Y sin embargo, la vida es tranquila.

*Me lleva a ver a Buenos Aires como algo medio infernal en sus distintas manifestaciones.

*El mar también tiene algo peligroso: el mar de noche.

*Pero en comparación, inofensivo.

Continuamente

Continuamente encuentro chicas lindas de las que me separan pocos centímetros o metros. Y en algún momento algo nos separa. Las multitudes. O la velocidad. Una butaca. Un empleo. Distancias cortas, que pueden ser fácilmente recorridas. Contra lo que conspira no sé bien qué. Tal vez […] que parecerían estar ahí para jugar con mis sentimientos, la afectividad, los recuerdos y la voluntad.

Ahí para jugar

A veces pienso: “bueno”, “eso es todo”. Unos pocos centímetros te separan de una mujer que mira una película en un cine y la luz de la pantalla se refleja en su rostro. En ocasiones te mira y después cierra los ojos y me lleva a cerrar los ojos a mi también y me doy cuenta de que la película se ve mejor así, como una banda sonora compuesta de alaridos y gemidos, que no se sabe bien qué significan. Es como una síntesis. De la historia de la vida concentrada en los momentos de emociones intensas. Nacimientos dolor placer agonía. Como si todo lo que estuviera en el medio fuera relleno.

No te deja precisamente en un estado, particularmente, comunicativo

En la sala del cine el público se la pasa riendo, nervioso, pero a solas no le provocaría –imagino– una mínima sonrisa. Se escuchan montones de risas, como si no pudieran tomárselo en serio, o como si no supieran qué hacer con eso, eso que tampoco se presenta en serio sino como acumulación de emoción chatarra mezclada con algo serio, la soledad, el reprocesamiento del periodismo, el avance de la “ciencia” y su difusión proliferante de las pequeñas incertidumbres cotidianas y sus efectos de incisión sobre los cuerpos.

Todas esas pequeñas muertes

Es “entertainment”, distracción, … desde cierto punto de vista, “novela hiperbreve”, con todos los componentes de distancia, identificación, y dilemática moral, expuestos a su extremo más irracional: actos inexplicables. Mutilaciones, violaciones, el goce de la violencia y del dolor, sin el orden ni la lógica franceses, sino pura acumulación que conduce rápido al hartazgo. La película más “gore” de KKD, como si la fantasía tradicional, la alegoría política, el angelismo, hubieran perdido su capacidad de representación (en todo caso, como si una vez transitados, se convirtieran en puentes por los que no se puede volver).

Casi una gansada

La novela familiar explota. De todas las (pocas) películas que vi, la única que a la salida (¿paradoja?) parecía generar un efecto comunitario −tranquilidad inquieta, testimonio del fin del arte ordenador, reenvío a la banalidad de la historia individual privada, o tal vez a la creación del espectador como obra, el espectador que se pregunta qué es lo que hay para ver, ahí, o en cualquier otra parte, comunión en el desasosiego, y también, por fin, la película que tus padres despreciarían o no entenderían; anti Hannah Arendt, anti 3-D, anti-todo.

Ese efecto de poner en cuestión el cine que se estrena

Que es como decir la vida que se vive. Por qué no se pueden ver −entre otras cosas− comedias americanas de los años ochenta en el cine, por qué las combinaciones de pantallas monitores proyectores streaming se volvieron tan patéticas − nostalgia de la época en que 20” era el límite y casi el punto de partida, del “stop” como innovación − Hoy es como si: todo estuviera dado para el replanteo definitivo de la distribución cinematográfica (tecnológicamente?) y la mano invisible del mercado operara en la dirección contraria: el cine como un presente absoluto vs. el cine como totalidad histórica, en la línea de la historia del arte, con sus is(t)mos, etc.

Fantasía recurrente

Me beso en la escalera caracol con la chica que está en la torre a la vuelta del hotel; ésta es una fantasía recurrente desde que me habló del agua. Cosas que ya no recuerdo; historia de la técnica, arquitectura, belleza natural, capacitación en la amabilidad. Como si se tratara del escenario de una película y yo James Stewart en recuperación. Fantasía recurrente, fantasía recurrente, fantasía recurrente, fantasía recurrente, fantasía recurrente…

Links:

http://www.mardelplatafilmfest.com/28/evento/moebius/

http://www.osmgp.gov.ar/osse/visitas-guiadas/

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El día del meteorito

En Phoenix, Arizona se me ocurrió que podía llamarte, fue entonces que cayó un meteorito como de unas quince toneladas, y como había estado adentro de un supermercado sacando fotos a los paquetes de detergente para después pintarlos en mi estudio, lo primero que atiné fue a revisar el estado de la cámara después del impacto, que lamentablemente había perdido su objetivo, bueno, no era que lo hubiese perdido, sino que se había fragmentado, entonces al mirar por el visor se veían cosas de lo más extrañas, un poco como en un espejo deformante que hace gordos a los flacos y altos a los bajos, y cosas más extrañas también que no podría describirte, como personitas metidas adentro del lente que por más que apuntara la cámara en distintas direcciones seguían ahí, iban disfrazados como si se tratara de un carnaval, a veces se ponían a bailar pero en general se quedaban sentados charlando o dejando pasar el tiempo tomando mate, todo esto empezó a inquietarme porque era mi única cámara, un modelo simple y a la vez con cierta sofisticación, funciones que nunca llegué a entender del todo, que transformaban el día en noche y la oscuridad en luz, algo que el vendedor me quiso explicar sacando fotos a su alrededor pero combinando las teclas y los anillos de una forma que nunca pude reproducir, así que me enfrento a las personitas y les digo algo así como que qué se creen, que se meten en mi herramienta de trabajo y se ponen a bailar como si estuvieran en un carnaval, que yo tengo un proyecto (ahí les explico un poco sobre mis pinturas de envoltorios y paquetes, que parece interesarles, y al que asocian al arte pop) donde se están entrometiendo sin que nadie les diera permiso, primero, y después ensuciando todo, habiendo muchos lugares donde podrían instalarse, y ahí es cuando me dicen que para hablar más tranquilos que pase yo al lente porque se la tienen que pasar gritando para hacerse escuchar desde ahí, así que entro al lente y ahí aparece uno al que no había visto y me ataca por la espalda y me derriba y me patea y aparece otro y también me patea y todos se ponen a reír ja ja ja ja cómo cayó qué tarado mirá si vas a aceptar una invitación al lente de tu cámara, ja ja ja ja, no no, tarado no, reverendísimo tarado ja ja ja ja y así me quedo tumbado unas horas medio inconsciente desangrándome y sintiéndome miserable y atrapado mientras el grupo de personitas come unas barras de chocolate inmundas embadurnándose la cara con el chocolate que se les derrite alrededor de la comisura de los labios y escupiéndolo después de masticarlo, ahí es cuando me digo que tengo que buscar un lugar por donde escapar y no veo nada, uno se me acerca y se queda mirándome a los ojos como si yo fuera un animal de carga en un momento de reposo, y cuando se aleja un cambio en la luz hace que vea una abertura entreabierta que parece un túnel y me meto por ahí en un momento en que todos se habían puesto a bailar otra vez, ahora con un estilo distinto que parecía más agitado, con pasos que no daban bien porque requerían cierta destreza aunque mal que mal moviéndose al ritmo de una música mecánica un poco ruidosa que salía de un tocadiscos, ahora cómo salir de ahí me parece como querer sacar una foto a alguien ausente o que está muy lejos, y a la vez si quedara atrapado esto sería horrible como perspectiva, me vería obligado a interrumpir mi proyecto artístico al que llevo dedicados años y años de observación y reproducción, y no podría llamarte, eso si es que las líneas telefónicas no fueron afectadas por la caída del meteorito, que seguramente iba a aparecer como imagen en los periódicos y transmitida por la televisión y por internet hasta que todos se olvidaran salvo el meteorito, así que me digo que tengo que escapar de este destino horrible que es como si mi alma hubiera quedado atrapada en un meteorito lanzado al espacio para estrellarse contra la superficie de la tierra en una zona despoblada, entonces veo un sendero formado por haces de luces que forman un laberinto como los de los rayos láser que impiden que los ladrones roben joyas en las películas sin ser detectados antes de que suene una alarma y me meto por ahí, y detrás de mí escucho pasos como de alguien vestido de negro que me persigue a quien no puedo ver, y se me aparece un perro de tamaño medio de una raza desconocida que ladra y agita unas cadenas como si hubiera escapado de algún lado y pasa una moto a lo lejos a toda velocidad que levanta una polvareda, una moto antigua que larga un humo tóxico por el caño de escape, le hago señales al de la moto para que se detenga aunque no sé si las puede ver detrás del casco y cuando pasa a mi lado se detiene, ahí lo tiro al piso, le abro el visor del casco y le echo el polvo del camino en los ojos encegueciéndolo y enciendo la moto y salgo disparado, así voy recorriendo todo un camino donde no me cruzo con nadie salvo por unos camiones que transportan unas cargas que parecen vacas o alimento para vacas, y veo un cartel indicador en el camino que dice algo borroso y 10 MILLAS y una flecha curva en forma de ocho con la parte de arriba más amplia, o como dos ochos, qué se yo, me mando, igual ya no puedo volver al lugar de donde vengo, y además mi cuerpo parece haber adoptado una forma distinta, más grande o más pequeña, podría llegar a ser otra persona o no, y como no tengo donde mirarme reflejado no llego a poder comprobarlo.

(continuará.)

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Plástico

Las lápidas de este cementerio tienen inscripciones curiosas: son perfiles de Facebook y de Linkedin con fotos a color enmarcadas junto a una descripción de las actividades del muerto o la muerta. Las fotos son de distinto tipo. Están los que parecen haber elegido cómo ser ilustrado antes de morir y otros que claramente no lo eligieron, porque la imagen no los beneficia. Cabe la posibilidad de que hayan elegido especialmente ese tipo de imagen para que la muerte no parezca tan desagradable o una pérdida tan grande de belleza y vivacidad para el mundo, pero es difícil de determinar. En la mayoría de los casos el Ayuntamiento recoge los datos de los sitios web y pasa la información directamente a la Sede Oficial de Enterramientos Interbalnearios. Sé qué es así porque trabajé durante un tiempo en sus oficinas, en la intersección de Comercio Exterior y Defunciones Públicas, una dependencia imprecisa que se disputaban distintos sectores de la organización, hasta desaparecer, suplantada por el Despacho de Moribundos Internacional. Mis tareas eran sencillas. Tenía que organizar a los nuevos muertos y elegir qué zona del cementerio otorgarles de acuerdo con su contribución al Tesoro Nacional y su Capital Simbólico. Esta era una tarea delicada porque desde hace tiempo que los cementerios están superpoblados. Yo participé de la campaña Desháganse de los Cuerpos Ya que lamentablemente no tuvo mucho eco porque traía recuerdos de masacres que no pudieron ser eliminados todavía. Así que lo hicimos fui construir tumbas subterráneas, primero un piso, después otro, y también hacia arriba. El Cementerio Central hoy es un pequeño rascacielos construido con las últimas innovaciones de la arquitectura, vidrios refulgentes en el exterior que impiden el traspaso del calor y los olores, ascensores para muchos deudos, y todo un sistema de visitas para los turistas interesados en la muerte del país. Los turistas cambiaron mucho sus gustos últimamente. Cuando empecé les interesaban las grandes figuras de la política y el espectáculo y después, de a poco, las personas comunes fueron convirtiéndose en el centro de sus intereses. Querían saber sobre la vida cotidiana de los muertos: cuál era el relleno de los sánwiches que preferían, si profesaban alguna creencia en el más allá y los detalles de la intimidad, por ejemplo sobre su vida sexual. Así se empezaron a diseñar los itinerarios especializados, o los sectores específicos, según adhesión a preferencias y orientación sexuales y también a tipo de organización familiar. Los recorridos incluían relatos más o menos pormenorizados de las vidas ausentes, cosas que había que resumir en relatos bastante breves, y que se basaban en el uso de la imaginación del autor para volver interesante las cosas anodinas que conformaban las vidas de las personas. Quizás una vez habían tenido una mascota que se había accidentado, o se operaron la dentadura, o les cayó un baldazo de agua mientras caminaban por la Avenida del Descanso de un inquilino que estaba limpiando el balcón. De la acumulación y combinación de estos hechos nacían pequeñas vidas insignificantes que era lo que más interesaba a los viajeros, y a los visitantes locales también. En algún momento, que no sé bien cuál fue, la épica perdió eco. Las grandes vidas se volvieron inútiles e insignificantes porque ya nadie creía en su carácter ejemplar o extraordinario. Ni los millonarios creadores de multinacionales ni los capos mafiosos o los dictadores generaban el entusiasmo que inspiraba un adolescente pueblerino con escapadas ocasionales al submundo de la marginalidad. A fin de cuenta, si ninguno de los lugares era accesible, por qué uno iba a tener más interés que el otro, si lo que valía era la diferencia, pero siempre que no fuera excesiva, porque la envidia se había convertido en un problema, un síntoma vergonzante que los desposeídos nunca inspiraban. ¿Quién iba a querer haber tenido la vida miserable del adolescente que mató a su familia con un cuchillo Tramontina? Probablemente nadie, pero su vida miserable servía de ejemplo para volverse hacia la propia vida con ojos de asombro y agradecimiento, que a fin de cuentas era una de las funciones de los Cementerios, según lo había determinado el Boletín Oficial.

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