Chronic City de Jonathan Lethem

Chronic City. Jonathan Lethem.

Por algún extraño motivo, me encuentro relatándole los pormenores de esta novela a una amiga a quien hace tiempo que no veo, antes, durante y tal vez también después de su viaje a la Antártida. No recuerdo bien qué me impulsó, estaba poniéndola al tanto de las últimas noticias de mi vida y de pronto había ocasiones en que lo más importante en ese momento era lo que le estaba pasando a los personajes de la novela que estaba leyendo. Quizás ésta no sea una experiencia tan infrecuente. Le contaba las cosas que me llamaban más la atención, como el hecho de que el protagonista fuera una ex-estrella infantil de la televisión con una novia varada en una nave espacial en órbita que por un desperfecto técnico no podía volver a la Tierra. Ellos también intercambiaban cartas, o era Janice quién le escribía sobre sus aventuras en el espacio, que en su mayoría eran un poco anodinas, porque estaba adentro de una cápsula a la deriva con unos astronautas rusos y sin muchos entretenimientos. Por algún extraño motivo, todo el mundo parecía enterarse del contenido de lo que decían, eran objeto del cotilleo de los noticiarios y todo lo que ella le contaba era vox populi, la gente lo paraba en la calle para hacerle comentarios sobre su vida, y en cambio para él ella era como una carga de su pasado, algo que se había creado a su alrededor sin que entendiera bien cómo ocurrió.

Igual ésta era sólo una de las tramas que me interesaba. Había otras, más mundanas, sobre las derivas del protagonista terrestre, su circulación por los cócteles de inauguración de las galerías de arte posmoderno y la vida en los suburbios neoyorquinos, un lugar donde todos parecían ocupados en dormir durante el día y había drogas y políticos y millonarios pero nadie había encontrado la ciudad donde quería vivir ni la vida que quería llevar. Ahí habitaba Oona, una escritora profesional de biografías que lo manipulaba y lo envolvía un poco y lo seducía sin entregarse nunca del todo, y un ex-periodista del under musical que estaba atravesando una mala racha y era el que más veces reaparecía, como un espejo deformado de la desorientación de Chase Insteadman. Éste era Perkus Tooth, un visionario de la cultura local que había formado a su alrededor un culto secreto y a cambio llevaba una vida absolutamente marginal, como si hubiera sido descatalogado del mundo, al punto de que termina viviendo en una jaula de un departamento convertido en guardería canina junto a la perra Ava en una de las escenas más tristes y perturbadoras de las que tiene noticia la literatura (en el capítulo 19). Toda la novela tiene ese tono un poco melancólico de esta relación desgarrada entre Perkus y Ava, las esculturas están construidas con deshechos, y es como si a cada personaje le hubiera tocado una porción de soledad y desconcierto demasiado grande para su vida, una soledad que los empuja a abrazar lo primero que se les cruza, sintetizada en el entusiasmo desmedido que despierta la búsqueda de un cáliz exótico en las subastas de Ebay al que se le atribuyen cualidades milagrosas o mágicas.

De los grandes tópicos clásicos de la ciencia-ficción quedan apenas retazos, como los restos deshilachados de un lienzo arrojados a un terreno baldío donde no queda nada. En ese sentido esta novela es más una cartografía de las patologías del presente y sus zonas inexploradas que una fantasía futurista tradicional, con una de sus patas afirmadas en las decepciones que acompañaron el modernismo europeo y otra en la imaginación suburbana de un Philip Dick y sus retratos de desclasados o drogados. Al terminar de leerlo, o al abandonarlo antes de terminarlo para no tener que hacerlo, se puede llegar a la conclusión de que se trata de un autor en quien se puede delegar sin culpas el deseo de escribir. Sabemos que lo va a hacer bien, y quizás llegamos a esa etapa de la vida en que ya no nos importunan los nombres de los artistas y sus carreras o las teorías en boga sobre la autoría y hasta el límite entre qué hacen los demás y cada uno. Nos alcanza con que de vez en cuando, en el amontonamiento residual del ruido, haga su aparición alguien que se comunique con nuestra experiencia. Con suerte podrá ofrecernos un reconocimiento mutuo del carácter extranjero del mundo y de la propia vida, eso que aparece en breves momentos de lucidez solo a veces y se desvanece nuevamente como si nunca lo hubiéramos sabido.