La conjura contra América de Philip Roth

La conjura contra América (The Plot Against America, 2004) de Philip Roth. Buenos Aires: Mondadori, 2005. 432 p. Trad. Jordi Fibla.

Hasta la década del ochenta, a Philip Roth (1933) se lo recordaba por haber escrito una de las mejores y más divertidas escenas de masturbación de la literatura norteamericana. El tono confesional y efervescente de El lamento de Portnoy (1969) lo había convertido en el enfant terrible de las letras judías estadounidenses. Veinte libros después, el septuagenario Roth es lo que se suele denominar un “escritor consagrado”: año tras año se rumorea su candidatura al Nobel, fue elogiado por el feroz canónigo Harold Bloom, la lista completa de premios que recibió excederían el largo de esta página, y según se informa en el mismo libro que nos ocupa “Roth será el tercer escritor norteamericano vivo” cuya obra será publicada en una edición completa y definitiva por The Library of America en una serie de volúmenes hasta el año 2013.

Su anteúltimo libro, La conjura contra América, es una ucronía realista sobre el ascenso a la presidencia en los EE.UU. del famoso aviador (y simpatizante nazi) Charles Lindbergh antes del estallido de la II Guerra Mundial. La historia está contada por un narrador de nombre Philip Roth que evoca su infancia (real y alternativa a la vez) enmarcada en una familia de clase media judía.

Roth es sin duda un narrador de peso, hábil para articular las rencillas y las ilusiones de la vida doméstica con las abstracciones de los acontecimientos políticos; hábil para la elección de imágenes pregnantes (la colección de estampillas de Lindbergh, el muñón de un primo que se enrola en el ejército canadiense y pierde el brazo en la guerra contra el Eje, y hasta el caos y la incertidumbre producto de la tensión social creciente y la pérdida de las libertades individuales). La suma de habilidades, sin embargo, resulta insuficiente, y si bien se mantiene alejado de la chapucería novelada, termina escribiendo una suerte de best-seller high-brow: atrapante, sin traspies, práctico como tema de conversación o como objeto de un artículo periodístico, pero a fin de cuentas un poco soso.

La “seriedad” de la empresa le juega en contra: el libro incluye, por ejemplo, una addenda final de 30 páginas en cuerpo menor con biografías breves de los personajes históricos de la novela, además de fragmentos de un discurso xenófobo del verdadero Lindbergh. A fin de expresar el temor y la inseguridad de una comunidad judía bajo un gobierno filonazi, Roth construye una contrafigura nostálgica y edulcorada del gobierno de F.D.Roosevelt, que incluye hasta un patético y condescendiente recorrido turístico de la familia del protagonista por los monumentos de la ciudad de Washington, donde comienza a resquebrajarse esa seguridad personal que el narrador daba por supuesta “como hijo americano de padres americanos en una escuela americana de una ciudad americana en una América en paz con el mundo” (léase “estadounidense” e imagínese, como en inglés, en todos los casos con mayúsculas).

Este panegírico maniqueo –telón de fondo de toda la novela– a un tipo de gobierno liberal hoy en retroceso resulta casi incomprensible leído desde el otro extremo del hemisferio. Borges lo entendía ya en 1946 cuando señalaba que el argentino, a diferencia de los norteamericanos y de casi todos los europeos, no se identifica con el Estado. El mismo artículo advertía: “El europeo y el americano del Norte juzgan que ha de ser bueno un libro que ha merecido un premio cualquiera; el argentino admite la posibilidad de que no sea malo, a pesar del premio”.

Anuncios