convertido en Eso.C

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Siguiendo con la ola de honestidad brutal, que en realidad me inspira más el suburbio que la ciudad, hoy… fui a retirar unas fotografías digitalizadas y en el negocio había una chica que tenía unas calzas grises, gris y negro, con un diseño al estilo de william morris, que es el fondo que aparece en una página de internet porno que a veces visito. me pareció inconcebible el traslado y a la vez invisible, como si no pudiera tolerar la posibilidad de que un diseño observado en la intimidad se exteriorizara. es otra de esas situaciones que finalmente resultan frustrantes, en tanto no reproducen la fuente o el origen del placer sino solo su superficie, bellas piernas envueltas que se presentan como inaccesibles, no del modo en que lo que se muestra en la pantalla es inaccesible sino de una forma más despiadada, como si pudieran ser accesibles de alguna forma que desconozco. por otro lado, sólo estaba interesado en retirar las copias digitales de los negativos que había llevado, que eran como una suerte de recompensa o reconversión simbólica del hecho de que todos los momentos de mi vida que fueron fotografiados se encuentran por fuera del ámbito de lo digital, y que cuando la digitalización llegó mi vida en cierto modo desapareció o dejó de tener momento dignos de ser registrados o tuvo muchos momentos que no fueron registrados.
El tema de la fotografía, o las modificaciones que la informática incorporó a la fotografía como tema o como problema. No es algo que observe exclusivamente de forma abstracta sino como una parte de mi vida: la tendencia o la aparición de las imágenes de las vidas de personas que quiero y también desconocidas multiplicándose casi indefinidamente mientras mi imagen permanece oculta. ¿Qué significa esto, o tiene algún significado? Es ese efecto de la imagen digital de reafirmación de la existencia que es un poco irreal -a fin de cuentas todos existimos- pero que opera así. Lo veo al observar las fotos del pasado digitalizadas, de las que siento que en cierto modo fui expropiado por no conservar copias en las que poder observarme, o en las que poder observar los lugares en los que estuve, ¿es importante o no? ¿Me impulsa el hecho de verlas a querer viajar a otros lugares? El paisaje… me doy cuenta de que hace años que no veo un paisaje que me conmueva. Bueno, quizás ahora todo me conmueva un poco de una forma exagerada, los atardeceres y las paredes y los automóviles modernos, pero la montaña es la montaña y la ciudad extranjera es la ciudad extranjera, no el interior del propio departamento. Cómo se produjo esa transición, de la deriva o la circulación por territorios extranjeros a la introspección espacial es algo que no llego a comprender del todo. Tiene que ver con los problemas de dinero pero es algo que va más allá, de pronto es como si los paisajes hubieran rehuido de mi vida…
Esto puede ser interpretado de distintos modos… por ejemplo, como una señal de que privilegio la experiencia en la ciudad como ámbito de circulación, intercambio y producción, la ciudad propia que a la vez nunca termina de ser apropiada, el ámbito de lo inesperado, escindido del turismo que se presentaría como un divertimento pasajero, y sin embargo, la ciudad es agotadora, no ofrece una morada sino una sucesión de conflictos que parecen ir in crescendo, el problema de los servicios, el problema de los vecinos, el problema de la comunicación con la propia “manada”, algo que parecería reducirme al problema de la supervivencia en su carácter más elemental, a la pregunta acerca de cómo vivir y qué hacer con la propia vida, como una fuente continua de ansiedad y de insatisfacción y de desviación hacia caminos que se presentan como menores, o hacia los reinos de la apariencia y la falsedad como estrategias, o como estrategias de los otros con las que lidiar, la apariencia o la apariencia de apariencia que en el fondo son más o menos lo mismo.
Las fotos también son un recordatorio de la extensión de la vida en el planeta mucho más eficaz que los artículos de wikipedia o las fotos de mujeres árabes desconocidas o viajeros a los que conozco personalmente, en tanto muestran que yo estuve ahí, aún en el caso de que no lo recuerde bien, y que ahí es un sitio inasimilable, de costumbres exóticas, y cuerpos distintos, geográficamente disímil, y también que en el registro del pasado hay algo del orden de lo paradisíaco, en las fotos A. es más joven y los lugares capturados son sitios en los que sin duda preferiría estar o hubiera preferido estar en muchas ocasiones, tal vez en tanto eran el espacio del ocio despreocupado, o porque las preocupaciones que conllevaba no quedaron registradas en la imagen y fueron olvidadas y apenas sobreviven en cierta tensión que puedo observar en mi apariencia en algunas de las imágenes, como si no todo estuviera bien o no todo hubiese estado bien, tal vez la tensión de la experiencia de lo extranjero en sí o de las tensiones de la relación que la imagen capturó, Leo como animal amenazado en un terreno desconocido. La ausencia de argentinos, de todos modos, resulta estimulante.

También me doy cuenta, en comparación con fotos anteriores, o posteriores, que me gusta el ojo que capturó esas imágenes, como si tuviera cierto entrenamiento sin ser profesional, y se fijara en cosas que realmente llaman la atención, algo que también tal vez sea propio de la técnica, de la cámara analógica que lleva a concebir la imagen o la captura de la imagen de una forma que los medios digitales tal vez ya no permiten, como instantes privilegiados, en un sentido casi económico, en tanto la película es un bien escaso, a proteger, y la memoria digital se confunde demasiado fácilmente con el desperdicio o la saturación y conduce al exceso, a la repetición y al descarte, o tal vez al film, en todo caso a la explotación de otro tipo de capacidades. Algo que tal vez nunca llegué a experimentar plenamente, en tanto como fotógrafo digital arrastraba una lógica analógica, o lo que se presentó como objeto a fotografiar era menos significativo afectivamente o peor aún se perdió como se pueden perder los dispositivos digitales y sus memorias.

En las imágenes parecerían acumularse así todos los viajes deseados y no realizados que tal vez sean solo un efecto de copia o dominó, pero que están ahí, como fantasía.

Extrañamente, reencuentro a A. después de mucho tiempo sin vernos y no le digo nada sobre el tema, como si guardara tal vez algún tipo de resentimiento (?) o sintiera que es una experiencia personal -mi reencuentro con nuestras imágenes del pasado- donde ella está y no está presente. Es como si tuviera este recuerdo de haberla necesitado en algún momento y de haber sido abandonado o rechazado, algo complejo, que se mezcla con su depresión, con belgrano, con las fotos de su vida donde aparecen otros hombres, o con la incomprensión de la situación actual en la que pareceríamos ser amigos desconocidos, que tiene algo intolerable, y el tiempo en que estuvimos juntos algo secreto que busca ser revelado para no desaparecer.

A esto se le agrega el reencuentro con Laura, que también me produce un efecto perturbador. Viajamos en un colectivo que hace mucho ruido y me doy cuenta de que es una de las pocas personas con las que puedo hablar de “la zona sucia” de mi vida. La zona sucia es la experiencia de la soledad, la incertidumbre, los conflictos con la ley, y también hechos concretos como mis estudios, los conflictos con los vecinos, pero ante todo mi fragilidad. No sé si esto es bueno o malo pero me devuelve o al menos me acerca a una zona de sanidad, como si hubiera alguien con quien entenderme. En un momento, afuera de su departamento, le digo algo que no sé bien qué es, algo que siento, y siento como si se transformara, como en una niña. Tiene una mirada que me seduce y rehuye mis ojos que es inocente, los ojos se le abren y el pelo se le desacomoda, y me dan ganas de besarla. Es como un reconocimiento momentáneo en el que no sé cómo avanzar o qué decir o hacer, que se extiende en el tiempo. Se parece a la vida de un modo en que la mayor parte de los acontecimientos de este último tiempo no lo parecen, y a la vez se me escapa. Me duele la cabeza, lo único que hice durante el día fue beber?, y siento que son demasiadas emociones para un único día. Me genera esa impresión de que recién nos conocimos ayer y tengo que hacer algo para alterar el curso de los acontecimientos y que no se repita lo que ocurrió hasta ahora, que es que no nos convertimos en “amantes” y a la vez es como si el hecho de que esto no haya ocurrido permitiera que nuestra relación mantuviera su apertura hacia algo incierto, eterno, definitivo, que puede ser modificado y conducido hacia el plano de la realidad, que claramente, según lo que cuentan los demás es un plano en el que vivo solo tangencialmente, en el que necesito recordarme quién soy, o qué edad tengo o cómo me llamo, porque podría ser cualquier cosa, o cualquier persona y vivir en cualquier tiempo de un modo que los demás, o las personas con las que conversé hoy, no sé si experimentan de la misma forma. Esa experiencia de encontrarme nuevamente como si se tratara de la primera vez constantemente, y de no saber qué hacer, de ser un adolescente, se repite un poco en distintos contextos. Tiene una parte que es divertida y otra que es fatal. Por supuesto, es una figura del lenguaje, porque cuando era realmente un adolescente era alguien que no hablaba prácticamente, según recuerdo, como esa chica que estuvo en un rincón toda la noche en silencio, y ahora hablo un poco por los codos casi, o como si cada conversación fuera la última o no tuviera a nadie que me escuchara, que en parte es verdad, demasiadas noches a solas jugando al solitario con la computadora me convirtieron en eso.

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Hundido en el metro de Helsinki

Hundido en el metro de Helsinki, enfundado en su gamulán negro de ojales metálicos, Tehuvo contempla a tres niñas parloteando sobre la sabiduría que miran de reojo sus pantallas de escolar.

–Para mí que el sabio es como el helado –dice una–. Viene en distintos sabores y consistencias, y si una se lleva uno a la boca de golpe le puede entumecer la nuca.

–¡Qué papa frita! –dice la segunda–. Si lo que sabe el sabio entrara en el cono del cucurucho todos seríamos felices, pero no es así. En todo caso será como la nieve que cae cuando se le canta y te mata si no estás bien protegida.

–¡Turuletas! –dice la tercera–. Con la nieve se pueden hacer muñecos y bolas de nieve para arrojar, pero con el sabio qué, es como si no sirviera de nada, se la pasa rumiando, nadie le da bolilla, y dice cosas que no se entienden, o que no se pueden compartir.

A Tehuvo lo impresiona la locuacidad del debate. Antes él mismo se interrogaba sobre el saber como si fuera un destino a alcanzar, la estación de Espoo en el espacio al que lo dirigen las vías –un camino inamovible, trazado– que nunca llegó o pasó de largo. Como Tehuvo es un especialista, se dice, un científico que se ocupa del movimiento browniano, estudia trayectorias de lo invisible con un grado de detalle que podría horrorizar a las niñas: un cuerpo humano, un seis seguido de veintiocho ceros…

Al pensar en ese número, la chica turquesa biaxial alza la vista de su pantallita russet y le guiña un ojo blando preguntándole si él destila el saber o si su saber está autocontenido, impermebale dentro de los límites de su esfera cógnica, que entonces la atrapa antes de que el despliegue de los tretagentes invada los resquicios libres de lo subterráneo.

En su respuesta los dos se van de paseo. En el paseo él es un gavilán migratorio y ella un lobo ártico que se cruzan con un pilar transportado hacia un puente colgante en construcción sobre un estrecho oceánico. Con el paso de los años, se desploma el pilar y el océano cubre los restos del puente sin dejar huellas.

Ahí es cuando se introduce una ola gélida en el ambiente que lo tienta a terciar en la conversación de las niñas como si el escalofrío que las amenazara le estuviera reclamando una opinión. Pero como el transporte móvil se había convertido en una extensión de sus bocas sobre el plano, se despierta entre los pasajeros un clamor de palacios y excesos que lo distrae.

En el palacio de los excesos él ya las conocía, eran tres ninfas que no sabían deletrear su nombre, con brazos colgantes que iban a crecer todavía para recorrerlo como los rodados a la autopista. Se iba a dejar seducir por sus palabras, por los desplazamientos mínimos de la lengua trabada por los incisivos, acostada sobre el paladar, prófuga del soplo, para decir cosas que venían de tierras distantes o de otras épocas, de las tierras donde el saber se había convertido en canto una vez agotado el tema del clima. El tema del clima tiene variaciones múltiples pero finalmente se agota, son cuatro combinaciones o cinco –el frío, el calor, la lluvia, la nieve, el viento, la lava– y se acabó. En cambio el saber podía llevar a intercambios de todo tipo porque siempre hay algo que no se sabe, verdaderas historias, y las cosas y las historias están cambiando todo el tiempo, como los cuerpos de las estudiantes, como los científicos compuestos de partículas.

Así fue como Tehuvo se distrajo de nuevo y perdió su estación de llegada, tuvo que ir y volver más de una vez y en el espacio vacío que dejaba lo ausente veía a las estudiantes de viaje, de vacaciones, con los cuerpos hasta la cintura en el agua color espárrago, distendidas, al sol, salpicándose, una arqueada en una malla roja hasta hundir el pelo en el agua, una de espaldas y cubierta hasta el pecho, la tercera con los ojos cerrados y las puntas de los dedos en el mentón.

 

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Los materiales del poeta de Robert Filliou

El poeta adulto tiene una estatura promedio de 1,65 m. y suele pesar cerca de 65 kilos.

Su cuerpo está cubierto y protegido por una membrana delgada y elástica, la piel, compuesta por la epidermis y la dermis del poeta. El pelo y las uñas del poeta son simples derivados de su piel. La superficie de la piel cubre aproximadamente 2 m² del cuerpo del poeta promedio.

El cuerpo del poeta está sostenido por un armazón de huesos denominado esqueleto. Cuando el poeta es un recién nacido, los huesos todavía están blandos; pero a medida que el poeta crece, sus huesos se endurecen.

El esqueleto del poeta tiene tres componentes elementales: la cabeza, el torso y las extremidades.

La cabeza. Está compuesta, primero, por el cráneo, una caja hueca que contiene el cerebro del poeta, con orejas a los lados; luego, por el rostro, que posee aberturas para los ojos, los orificios nasales y la boca del poeta.

El torso. También está compuesto por dos partes, el pecho y el vientre del poeta, separadas por un leve estrechamiento denominado cintura. En el torso se encuentra la columna vertebral del poeta, formada por las costillas del poeta doce pares de huesos curvos que protegen la médula—, el esternón, dos clavículas, dos omóplatos y, en el extremo inferior, la pelvis del poeta. Obsérvese que se encontrarán diferencias mínimas en el caso de los poetas dislocados.

Las extremidades. Así se denomina a los brazos y las piernas del poeta. Los brazos en total: dos están formados por tres partes articuladas: el brazo, el antebrazo y la mano del poeta. Sería superfluo enumerar los múltiples usos de la mano; gracias a su perfección, y a la guía de la inteligencia, el poeta es capaz de hacer realidad las maravillas de su arte.

Las piernas. El poeta también posee dos, formadas por tres partes articuladas. Una de las características más importantes que diferencia al poeta de los animales es la postura erecta. Sin embargo, lo que realmente lo distingue del mundo animal es su inteligencia y arte sublime.

Todos los poetas poseen las características mencionadas, pero distintos cúmulos de poetas manifiestan significativas diferencias entre sí, lo que nos conduce a elaborar la siguiente división.

el poeta amarillo tiene la piel amarillenta, pómulos prominentes, pelo copioso, ojos rasgados, nariz prominente y labios gruesos.

el poeta negro tiene una piel oscura, del café con leche al azabache, pelo rizado, nariz roma, labios gruesos y mandíbulas muy fuertes y potentes.

el poeta blanco tiene piel rosada, rostro ovalado, pelo lacio, ojos ovalados, nariz recta y labios finos.

el poeta pelirrojo tiene piel cobriza, pelo rebelde, pómulos salientes, nariz aguileña y labios delgados.

 

i—Acerca de la necesidad de alimentación

 

Así como un motor a vapor necesita agua y carbón para funcionar, y el motor de un automóvil se detiene si se le acaba la nafta, se debe alimentar al poeta con frecuencia para que éste suministre poesía. El alimento abastece al poeta de fuerza y calor.

Lo primero que hace el poeta con el alimento es masticarlo. Se denomina masticación al triturado del alimento en pequeños trozos, a los que luego el poeta combina con saliva para facilitar la deglución y la digestión. A este fin, el poeta necesita una dentadura completa, es decir, 32 dientes subdivididos en maxilares superior e inferior, formados por dientes caninos, cuya función es desgarrar, y molares, encargados de triturar.

Una vez que masticó el alimento, el poeta lo traga, y éste pasa por su garganta (o “esófago”) en dirección al estómago del poeta. Allí los jugos digestivos del poeta reducen la comida a una pasta semilíquida y ésta pasa por un tubo largo y fino llamado el intestino delgado del poeta, y luego desde este pequeño intestino, cuando corresponda, hacia el tubo más amplio del intestino grueso.

El estómago del poeta sigue en funcionamiento por lo menos durante dos horas después de cada comida.

Si el poeta no cuidara su estómago, se agotaría fácilmente. Por este motivo:

el poeta se alimenta a horas regulares

el poeta no traga rápido, para evitar la indigestión

el poeta mastica con parsimonia para impregnar de saliva el alimento

el poeta lleva una dieta balanceada: mantiene su cuerpo fuerte con carne magra, pescado, queso, yema y clara de huevo, arvejas, porotos, etc.; acumula energía con pan, papas, azúcar, manteca y margarina, pescado y carne con grasa; y protege su salud con verduras, frutas frescas, grasas animales y pan integral. (Pero el mejor alimento de todos es la leche, que tiene proteínas, hidratos de carbono, lípidos, vitaminas y sales minerales. Esto explica por qué los poetas beben tanta como pueden)

el poeta se cepilla los dientes a la mañana y a la noche, y después de terminar cada comida, ya que si no se quita los restos de comida que le quedan entre los dientes, éstos se descomponen y dan al hálito del poeta un olor desagradable

el poeta defeca al menos una vez en el día, ya que sus deshechos digestivos, en caso de permanecer demasiado tiempo al interior del intestino grueso que termina en el ano del poeta provoca cierta indisposición.

 

ii—La sangre del poeta

 

Cuando se hace un tajo en la yugular de un poeta, sale sangre de la herida hasta que el poeta muere. Pero si serruchamos a un poeta al que matamos hace poco por estrangulamiento, su cuerpo no sangra. Esto se debe a que la sangre del poeta muerto está inmóvil, mientras que la sangre del poeta vivo siempre se mueve, impulsada por su corazón, que la hace circular por los vasos sanguíneos.

La sangre del poeta es de un rojo vivo en las arterias, que son los vasos que recorre la sangre que sale del corazón. Tiene un color rojo amarronado o púrpura en las venas, que son los vasos que recorre la sangre cuando vuelve al corazón. La densidad de la sangre tiene un valor de entre 1050 y 1060 kg/m3. Su viscosidad es aproximadamente cinco o seis veces mayor que la del agua. En términos de magnitud, la sangre representa 5-7% del peso del cuerpo del poeta. Como un poeta adulto promedio pesa 65 kilos, esto equivaldría a entre 5 y 6 litros.

Aproximadamente el 59% de la sangre del poeta está compuesta de plasma, formada entre un 91 y 92% por agua. En consecuencia, hay algo evidente, y es que todos los poetas comparten una característica: el 55% de lo que corre por las venas y las arterias de un poeta es agua. El resto son glóbulos y plaquetas.

Como se demostrará a continuación, factores tales como la actividad y la gravitación determinan la distribución de la sangre del poeta. Si mientras lee un poema al público, el poeta levanta el brazo por encima de la cabeza, la piel de su mano se pondrá más blanca y las venas se ocultarán. Los poetas sedentarios a menudo tienen várices y congestiones venosas en el hígado y los intestinos. Los poetas trashumantes son menos propensos a esta dolencia, debido a que en su caso la circulación de la sangre a través de las venas recibe la ayuda de la acción estimulante de los músculos.

También se sabe que cuando un poeta está débil, se debe mantener su cabeza recostada, de modo tal que su cerebro reciba los nutrientes necesarios. En la mayoría de los casos, esto se asegura de forma automática mediante el desvanecimiento y la posterior caída del poeta al piso.

El corazón del poeta, una potente bomba con gruesas paredes musculares, impulsa la sangre a través del cuerpo del poeta. Su corazón está dividido en dos lados, derecho e izquierdo, y cada uno tiene una cavidad superior llamada “aurícula” y una cavidad inferior llamada “ventrículo”.

Alguna vez el difunto Pascal afirmó que el corazón es hueco y está lleno de basura. Sin embargo, no está claro qué quiso decir exactamente.

 

iii—La respiración del poeta

 

El poeta respira al escribir. De ahí la importancia de la respiración, que el poeta desarrolla con la ayuda de su nariz, su nasofaringe, su laringe, su tráquea, sus bronquios y sus pulmones. Si bien el poeta tiene fama de poder vivir durante varios días sin probar bocado, no podría estar ni un minuto sin absorber aire. Lo hace de forma constante, nunca se detiene, ni de día ni de noche.

Entre paréntesis, observemos no obstante que el poeta es incapaz de percibir que sus pulmones se deslizan de forma continua sobre las superficies internas de su pecho o, para el caso, que su estómago está en contacto con sus intestinos. Es evidente que el sentido del tacto del poeta se encuentra ausente en las zonas más profundas de su cuerpo. Se cree que en una época el poeta tenía conciencia de todos los mecanismos internos de su cuerpo pero decidió que sería mejor que se volvieran automáticos e inconscientes para que pudiera atender a cosas más elevadas.

Cuando dicho automatismo se interrumpe, cesan los movimientos respiratorios del poeta. Se los debe transmitir de forma artificial a la pared torácica hasta que el poeta reanude su respiración automática. Esto es muy importante en el caso del poeta que muestra signos de ahogo. La técnica de respiración artificial que se solía preferir era la descripta por Schafer: se colocaba al poeta boca abajo, con un almohadón o sobretodo plegado debajo de la parte inferior del pecho, y el resucitador se arrodillaba sobre el piso en posición transversal al poeta. Luego se inducía un movimiento del pecho hacia adelante y hacia atrás arrojando el peso del cuerpo sobre las manos, y a continuación se elevaba el cuerpo poco a poco a la posición erguida.

Otro método, preferido en la actualidad, se conoce como “respiración boca a boca”. El principio en el que se basa este método es que el aire expulsado por los pulmones del resucitador se introduzca al interior de los pulmones del poeta ahogado.

 

iv—La excreción del poeta

 

El cuerpo del poeta produce deshechos que hay que eliminar de distintos modos. Las glándulas sudoríparas eliminan una parte de los deshechos. Se trata de largo tubos enrollados que producen sudor, y el sudor abandona el cuerpo del poeta a través de pequeñas aberturas en su piel llamadas “poros”. Si se observa al poeta a través de una lupa se podrán ver sus poros.

Los riñones del poeta son sus órganos excretores más importantes. Se encuentran en la parte trasera del abdomen y la sangre circula a través de ellos. A través de un microscopio se puede observar que los riñones contienen muchos túbulos pequeños que filtran los deshechos de la sangre. El líquido amarillento que contiene estos deshechos recibe el nombre de la “orina” del poeta.

La orina desciende a través de dos conductos llamados “uréteres” a una bolsa denominada la “vejiga” del poeta, donde se la almacena hasta que deja el cuerpo. En los poetas de ambos sexos la orina deja la vejiga a través de un conducto llamado la “uretra”. Normalmente la uretra permanece cerrada por un aro de músculo debajo de la vejiga. Pero cuando la vejiga se llena, este músculo se relaja y permite que la orina del poeta corra.

En el caso de la poeta, la uretra se abre al exterior de su cuerpo, entre sus piernas. Precisamente detrás de su abertura urinal se encuentra la vagina de la poeta, que, en el caso de la poeta adulta virgen se encuentra cubierta por una fina membrana conocida como el “himen”. Alrededor de estas dos aberturas hay pliegues o labios de carne que forman lo que se conoce como la “vulva” de la poeta. Pero por supuesto se la elogia también por sus poemas, que son igual de hermosos.

En el caso de los poetas, la uretra atraviesa un tubo carnoso llamado el pene del poeta, que cuelga entre sus piernas.

La excreción es tan importante para el buen funcionamiento del poeta que el difunto sabio Leonardo da Vinci insistía en que “el poeta es un maravilloso mecanismo que transforma buen vino en orina”.

 

v—El cerebro del poeta.

 

Cuando el poeta no lleva ropa, que lo protege del frío, la lluvia, el calor y la curiosidad, se pueden observar sus músculos, llamados bíceps, tríceps, tendones, etc. El movimiento de sus músculos es el que hace al poeta sonreír o fruncir el ceño, guiñar un ojo o arrugar la nariz.

El poeta tiene muchos músculos y cada uno debe acortarse o extenderse justo en el momento adecuado y justo en la medida adecuada. Cuando el poeta contonea los dedos, o presiona su lapicera sobre la página, se pueden observar los movimientos de las fibras moverse debajo de la piel en la palma de la mano. Si no se mueven de forma correcta, el poeta puede escribir “No” cuando quería escribir “Si”. Si no se mueven lo suficientemente rápido, es posible que el poeta no termine una oración donde tenía la intención de hacerlo. De hecho, si los músculos de todo el cuerpo del poeta no se contrajeran o extendieran en armonía entre sí, ni siquiera podría pararse para leer sus poemas.

El movimiento de los músculos del poeta está controlado por su sistema nervioso, que incluye el cerebro del poeta, su médula espinal y sus nervios. Los mensajes eléctricos pasan de una célula nerviosa a la siguiente, y así viajan desde la cabeza hasta el pie del poeta en la fracción de un segundo. Este es el motivo por el cual el poeta se puede mover con rapidez si alguien arroja un objeto contra él.

Una propiedad esencial de todos los actos reflejos del poeta es que sus respuestas son puramente automáticas e independientes de su voluntad o deseo. Si se le hacen cosquillas a la planta del pie del poeta, sus dedos se enrulan y retira su pie, sin importar a qué escuela pertenezca el poeta. Del mismo modo, el poeta adulto promedio pasa cerca de un tercio de su vida durmiendo. Sin embargo, a los poetas adultos ancianos les alcanza con apenas cinco horas de sueño por día.

El cerebro del poeta es en realidad la parte superior, ampliada y muy desarrollada, de su médula espinal. Un poeta dijo una vez que su cerebro no era más que un pedazo de médula espinal con unos nudos. Estaba en lo cierto, pero podría haber agregado que es el asiento de su intelecto, sus emociones, su habla, su equilibrio y muchas otras cosas más.

Se debe evitar todo lo que pueda excitar el sistema nervioso del poeta. La asistencia frecuente al cine o la televisión es dañina. Asimismo, el uso de tabaco, alcohol y drogas tiene un efecto funesto sobre el cerebro y los nervios del poeta. Las manos del poeta empiezan a temblar. Su visión disminuye, se vuelve triste, tiene ataques súbitos de irritación e ira. Poco a poco pierde toda la dignidad y hasta puede hundirse en la locura. Además, se le hace difícil reproducirse.

 

vi—Reproducción y sentidos del poeta macho adulto

 

Los principales órganos encargados de la reproducción del poeta macho adulto son los testículos y el pene del poeta. Cuando el poeta macho adulto ve a una hembra, su cerebro la da al pene, qué es un músculo, las instrucciones correspondientes. Se dice entonces que el poeta tiene, o que no tiene, una “erección”. Es razonable suponer que sólo cuando se alcanza la erección, y cuando se asegura el consentimiento de la hembra, el pene del poeta puede introducirse en la vagina.

La frecuencia de estos actos depende de la información que su cerebro posea respecto a lo que sucede alrededor del poeta. Este es el motivo por el cual órganos especiales permiten al poeta oír, oler, gustar, sentir y ver.

Usted puede preguntarse cómo hace el poeta para oír cosas y voces. Esto se debe a sus tímpanos. El tímpano del poeta es capaz de vibrar en respuesta a un amplio espectro de tonos. El rango preciso difiere de poeta a poeta. Algunos son capaces de oír el chillido agudo de un murciélago, y algunos no.

El sentido del olfato es el más misterioso de todos los sentidos especiales del poeta, y aquel del que menos sabemos. Mientras que la mayoría de los poetas puede distinguir entre el delicado perfume de una rosa y el olor hediondo de una fábrica de gas, hay algunos poetas que, si mastican una cebolla con los ojos cerrados y la nariz tapada, no pueden distinguirla de una frambuesa. Esto se indica para demostrar que lo que se suele describir como los gustos de un poeta en realidad son olores.

La lengua del poeta es sensible a una variedad de gustos. Algunos poetas aprecian la dulzura en la punta de su lengua y la amargura en el extremo posterior de su lengua. Hay otros que aprecian la amargura en la punta de la lengua y la dulzura en la parte posterior. Sin embargo, todos los poetas hacen un abundante uso de sus lenguas para modular y articular los sonidos y las palabras de sus poemas.

En la piel del poeta hay terminaciones nerviosas sensibles que le indican cuándo, qué y a quién está tocando. Si se estudia un trozo de piel del poeta bajo un microscopio, se pueden observar estos “nervios táctiles” justo debajo de la superficie.

 

vii—Conclusiones

 

Supongamos, entonces, que el poeta ve pasar a una mujer. La mira, es decir, el lente de su ojo hace foco en ella. Su imagen se forma en la retina del poeta, pequeña e invertida. El nervio óptico del poeta transmite a su cerebro la información permitiéndole enteder el significado de la posición, la forma y el color exactos de la mujer ubicada frente al ojo del poeta.

El poeta debe luego decidir si esta mujer es su mujer, o mi mujer, o tu mujer, o la mujer de ella, o nuestra mujer, o la mujer de ustedes, o la mujer de ellos.

O, nuevamente, suponiendo que la mujer a la que mira es mayor, el poeta debe decidir si es su madre, o mi madre, o tu madre, o la madre de ella, o nuestra madre, o la madre de ustedes, o la madre de ellos.

Y si está saliendo de un auto, si es el auto de él, o tu auto, o el auto de ella, o nuestro auto, o el auto de ustedes, o el auto de ellos.

Y si todo esto ocurre en una ciudad, si es la ciudad del poeta, o mi ciudad, o tu ciudad, o la ciudad de ella, o nuestra ciudad, o la ciudad de ustedes, o la ciudad de ellos.

Y si es de noche, si es la noche de él, o mi noche, o tu noche, o la noche de ella, o nuestra noche, o la noche de ustedes, o la noche de ellos.

Y si la hora es de él, mía, tuya, de ella, nuestra, de ustedes, o de ellos.

E incluso antes de decidir, tal vez sea aburrido decidir. Mejor, piensa, es aceptar de antemano todas las posibilidades. Lo mejor es aceptar todas las posibilidades de antemano y aceptarlas siempre, para estar más allá de la región donde todo está repartido y todos pertenecen a aquello que les pertenece.

Éste, al menos, es su ideal.

Y expresa este ideal en un poema, porque es un poeta.

 

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La máquina de hacer aforismos

Marcel Bénabou concibió una máquina para fabricar aforismos; se compone de dos partes: una grmática y un léxico.
La gramática cuenta con cierta cantidad de fórmulas comúnmente utilizadas en la mayor parte de los aforismos; por ejemplo:

A es el camino más corto de B a C
A es la continuación de B por otros medios
Un poco de A nos aleja de B, mucho nos acerca
Los pequeños A hacen los grandes B
A no sería A si no fuera B
La felicidad está en A, no en B
A es una enfermedad cuyo remedio es B
Etcétera.

Si se inyecta el vocabulario en la gramática se produce ad libitum un sinfín de aforismos, algunos con más sentido que otros. De aquí en adelante, un programa de computación elaborado por Paul Braffort produce a pedido una buena docena en pocos segundos:

El recuerdo es una enfermedad cuyo remedio es el olvido
El recuerdo no sería recuerdo si no fuera olvido
Lo que viene por el recuerdo se va por el olvido
Los pequeños olvidos hacen los grandes recuerdos
El recuerdo multiplica nuestras penas, el olvido nuestros placeres
El recuerdo libera del olvido, pero ¿quién nos librará del recuerdo?
La felicidad está en el olvido, no en el recuerdo
Un poco de olvido nos aleja del recuerdo, mucho nos acerca
El olvido reúne a los hombres, el recuerdo los separa
El recuerdo nos engaña con mayor frecuencia que el olvido.
Etcétera.

Georges Perec, “Pensar/Clasificar” (trad. Carlos Gardini)

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Imagen fugaz entrerriana

Consultando Internet en una estación de servicio, leyendo una frase de Clarice Lispector. Solo, al lado de una ruta vacía. Un recuerdo poco evocado por la dificultad para identificar las emociones, asociado a una sensación placentera infrecuente, la zona fronteriza, despoblada, la ausencia de coordenadas reconocibles, de controles, y algo que asocio a la afirmación, el rastreo y la expectativa, como si fuera la forma más palpable de la experiencia de la libertad, la posibilidad de no volver en la dirección de partida, muy distinta a la experiencia del viaje compartido o del errar urbano. Probablemente a causa del entrelazamiento solapado con fines eróticos de largo aliento, al escribir, deseo de recuperar algo de eso, del efecto de seguridad implícito en ese tipo de aventuras que desde entonces tienden a rehuir por algún motivo que desconozco, sustituido por la nada y sus múltiples encarnaciones bajo la forma del tedio el terror y la tristeza, una vida desligada, de supervivencia zombi, sin horizonte, crepuscular.

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Las cosas de Georges Perec

Estaba, sobre todo, el cine. Y era sin duda el único campo en el que su sensibilidad lo había aprendido todo. No debían nada a ningún modelo. Pertenecían, por su edad, por su formación, a esa primera generación para la que el cine fue, más que un arte, una evidencia; lo habían conocido siempre, y no como forma balbuciente, sino de buenas a primeras con sus obras maestras, su mitología. A veces les parecía que habían crecido con él, que lo comprendían mejor de lo que nadie antes que ellos había sabido comprenderlo.
Eran cinéfilos. Era su pasión primera; se entregaban a ella cada noche, o casi. Les gustaban las imágenes, a poco que fueran bellas, que los arrastrasen, los encantasen, los fascinasen. Les gustaba la conquista del espacio, del tiempo, del movimiento, les gustaban el torbellino de las calles de Nueva York, la languidez de los trópicos, la violencia de los saloons. No eran ni demasiado sectarios, como esas mentes obtusas para las que no hay más que Eisenstein, Buñuel, o Antonioni, o también -de todo ha de haber en el mundo- Carné, Vidor, Aldrich o Hitchcock, ni demasiado eclécticos, como individuos infantiles que pierden todo sentido crítico y todo les parece genial a poco que un cielo azul sea azul celeste, o que el rojo pálido del vestido de Cyd Charisse contraste con el rojo oscuro del sofá de Robert Taylor. No carecían de gusto. Tenían una gran prevención contra el llamado cine serio que hacía que encontraran más bellas aún las obras que este calificaTIVO no bastaba para volver vanas (¡pero hombre, decían, y tenían razón, vaya mierda “Marienbad”!), una simpatía casi exagerada por los westerns, los thrillers, las comedias americanas, y por aquellas aventuras sorprendentes, llenas de arrebatos líricos, de imágenes suntuosas, de bellezas fulgurantes y casi inexplicables, tituladas, por ejemplo -todavía se acordaban-, “Lola”, “La encrucijada de los destinos”, “Los embrujados”, “Escrito en el viento”.

Georges Perec, Las cosas (1965), trad. Josep Escué.perec-2010-almiar

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Misterios

Cuando viajo a la casa de mis padres, me persigue la muerte. Es la mía, mi decadencia física, mis adicciones, mi sueño eterno, mis medicaciones, aunque en el fondo creo que se trata de una imagen reflejada, la de la vejez de mis padres. Mi papá tiene el pelo blanco y mi mamá problemas en la columna. Mi hermano está convertido en una mónada.

La idea, cuando los abandono, se me pasa. Dejo de ser el Hombre Perseguido por la Muerte para convertirme en el Hombre Perseguido por la Soledad. Entre la soledad y la muerte, ¿elijo la soledad? Escribo esto en silencio, sin que lo lea nadie, sin saber si algún día alguien lo va a leer. No sé a quién está dirigido, no sé cuándo ponerle un punto final.

Podría seguir, dejar que la conciencia fluya y me haga saber sus inquietudes. Pero también puedo ponerle un fin algo cruel y dejar lo que queda para otro momento. ¡No!, me grito. Nunca escribís. Sos el fantasma de un escritor. No sos tampoco demasiado bueno, los que te leen son tus amigos y a veces algún desconocido. Te cuesta sentarte, te cuesta soltarte, lo único que sabés hacer es encender cigarrillos. Odiás la literatura confesional: bueno, no, no la odiás, sólo te parece primitiva, o adolescente. No asumís que sos un escritor, no lo crees aunque hayas publicado dos libros y tengas planeado un tercero. Te considerás la imagen del fracaso: sin amor, sin trabajo, con una salud que tiende a mostrar sus hilachas.

Contra eso, la fuerza que a veces aparece, momentáneamente, la fantasía, los sueños, lo desconocido.

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Mi vecina (un rescate)

 

Mi vecina tiene un gato que toma sol en el balcón.

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Mi vecina suele quedarse dormida a la noche con el televisor encendido. Si no se queda dormida con el televisor encendido, tiene problemas para dormir.

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Un día le saqué una foto a mi vecina desde mi departamento y cuando la mandé a revelar, en el papel, sólo se veía una ventana a lo lejos.

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Una noche toqué el timbre de mi vecina. Eran las tres de la mañana. Una voz de mujer preguntó por el portero quién es. Yo no supe qué contestar y me fui.

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Cuando empecé a hacer de mi vecina un tema de conversación recurrente, se empezaron a multiplicarse a mi alrededor las anécdotas sobre romances entre vecinos. Ninguna de las historias que me contaron me quedó del todo clara. En algunos casos, no eran experiencias directas, sino el relato de la experiencia de un familiar o un amigo. Si eran directas, habían sido olvidadas o alojadas en una zona no muy comunicable de la experiencia.

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Hay una película donde un chico que trabaja en un supermercado se enamora de una vecina. Él la espiaba, le sacaba fotos, la conoce, y en un momento, creo que porque la ve con otros hombres, se abre las venas con una gillette en una bañera.

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Hubo una época, antes de que la casa de mi vecina tuviera cortinas, en que cruzamos miradas. Por un momento se me nubló la vista. Sólo veía la figura recortada contra el fondo blanco de la pared iluminada. Ahora veo el resplandor nocturno de la tele, el gato trepado contra el vidrio o la ropa que deja a secar en el balcón.

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En esa época, antes de que pusiera las cortinas, intenté comunicarme con ella. Elegía ropa que combinara con la suya. Pensé en hacerle un regalo. Una vez escribí un cartel gigante que decía HOLA! en una hoja de papel que había servido para envolver una planta y lo apoyé contra el vidrio. Nunca supe si llegó a leerlo a la distancia.

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Cuando le presenté mi vecina (o la ventana de mi vecina) a Ana, me dijo que yo estaba flasheando.

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Con la ayuda de internet y algo de especulación, llegué a averiguar cuál es el número de teléfono de mi vecina. Lo anoté en una servilleta de papel, que ahora no sé dónde quedó. Cuando marqué el número y la llamé, vi su cuerpo moverse hacia otra habitación como se movería alguien que está por atender un teléfono. Antes de que atendiera colgué, y nunca más la volví a llamar.

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Hubo un período en que me olvidé de mi vecina, en que mi atención estuvo tan concentrada que prácticamente dejé de mirar por la ventana, o si lo hacía miraba sólo las nubes, las palomas o las antenas de televisión.

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Antes de que llegara el período en que me olvidé de mi vecina, una paloma entró a mi casa. Por un rato se quedó apoyada sobre mi almohada. Llegué a creer que podía adoptarla, pero después empezó a chocarse contra los vidrios, con insistencia, incapaz de distinguir el interior del exterior.

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Creo que mi obsesión por mi vecina nació en parte de la ausencia, hasta ese momento, de vecinas en mi vida.

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Cuando le conté la historia de mi vecina a Laura, me sugirió comprar binoculares y me recomendó una casa de antigüedades donde hacerlo. Cuando fui, estaba cerrada, pero otro día en que iba caminando me crucé con un negocio que vendía, entre otras cosas, binoculares. Compré un modelo que tiene ocho aumentos pero nunca lo usé por temor a ser descubierto espiando.

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Hubo dos ocasiones en que mi obsesión por mi vecina asumió un carácter, llamémoslo así, problemático. Una vez, de noche, hice sombras chinas sobre la pared con la ayuda de una vela, semidesnudo. Nunca supe si llegó a verlas. También encendí y apagué las luces muchas veces para llamar su atención o establecer un código secreto, tipo Morse, sin obtener respuesta.

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El segundo momento en que mi obsesión asumió un carácter, llamémoslo así, problemático, creo que fue más problemático. Llegué a creer que mi vecina era una amiga mía que se había instalado ahí intencionalmente. Pensé que cuando yo “creía” ver a mi vecina, en realidad estaba viendo a mi amiga disfrazada, interpretando “el papel” de mi vecina. Era una idea absurda pero mi convicción era tan fuerte que la falta de solidez sólo le agregó solidez.

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Ahora que lo pienso, hubo una tercera ocasión en que mi obsesión asumió etc. Una vez llegué a creer que mi vecina me espiaba. No sólo que me espiaba, sino que tenía un aparato (una cámara de video) registrando mis movimientos. No me imagino qué uso podría haberle dado a esa grabación.

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Que mi obsesión por mi vecina no me abandonó lo indica una anotación que dejé anoche en unas fichas. Dice:

CARTA A MI VECINA

ESTIMADA SEÑORITA VECINA DE ENFRENTE,
NO SÉ NADA DE SU VIDA, PERO A VECES, SIN QUERER, LA OBSERVO, Y NOTÉ QUE MIRA MUCHA TELEVISIÓN DE NOCHE. YO TAMBIÉN TENGO PROBLEMAS PARA DORMIR. DEBEMOS SER TRES O CUATRO EN EL BARRIO.

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Una noche vi a mi vecina bailar con dos amigas. Eso no lo imaginé. Fue unos días antes del comienzo de la primavera. Yo no suelo bailar, pero ese día hubiera bailado.

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Al principio, incluso ahora, no estaba seguro de que mi vecina fuera una sola persona. Adoptaba al menos dos formas, como si fueran dos mujeres distintas, una chica de pelo lacio, oscuro, y otra más alta, de pelo enrulado. Durante un tiempo, sólo tenía el pelo enrulado. Ahora sólo tiene el pelo oscuro.

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Casa de cartón

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Vivís en una casa de cartón. No tenés vecinos, son solo extras que se pasean por los ascensores. La única que cobra más es la que vive en frente y podés ver por la ventana, una viejita entrada en años que un día dejaste de ver, antes de que su departamento fuera transformado por un pintor y luego alquilado. Podés comprobarlo bajando a la planta baja y quedándote afuera a ver quiénes entran y quiénes salen. No hay nadie. Es una estrctura vacía que sólo vos llenás.No sabés por qué se tomaron tantos recaudos. No deberías ser una persona tan especial. Y sin embargo, los distintos agentes se comunican con vos de formas indirectas. Uno lleva un bolso negro a su departamento. Una viejita de aspecto nazi te saluda demasiado afablemente. Ya no están las hermanas que vivían antes del incendio. Ya no está el portero patovica que te despertaba temor y aprecio a la vez.

Lo que quedan son fantasmas de la vida que viviste, más rica, más variada, más emocionante, más sensual. Ahora sólo te queda espiar a los vecinos de enfrente, que también se mudaron. Todo cambia para peor. La chica que se quedaba hasta tarde con la computadora fue reemplazada por una chica que sólo está despierta de día y lleva una vida muy regular aunque en el fondo misteriosa. El resto no se mueve. No hay cuchillos que corten ni planchas en manos de hombres. Apenas un hombre que saca la ropa a secar en la terraza. Esa terraza tiene muchas prendas colgadas, como si se tratara de más de una familia, o de ropa acumulada por un largo tiempo.

Durante el día no pasa nada, y durante la noche tampoco. Mi vida se volvió menos interesante, más gris, después de un período multicolor pero algo peligroso. No sé cómo hacer para volver a un mundo en technicolor. Tal vez debería enamorarme, pero no sé si es tan fácil. O dejarme enloquecer, que los estímulos salgan disparados en cualquier dirección, y perder la conciencia. Algo riesgoso, que ya demostró sus debilidades.

El policía me mira con ojos extrañados, no entiende que lo acuso de sostener la ficción de que vivo en un edificio habitado que necesita ser protegido. Todo esto parecerán especulaciones vanas, pero fueron experiencias vividas: quizás en el vano especular está lo vivo de la experiencia.

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