Los materiales del poeta de Robert Filliou

El poeta adulto tiene una estatura promedio de 1,65 m. y suele pesar cerca de 65 kilos.

Su cuerpo está cubierto y protegido por una membrana delgada y elástica, la piel, compuesta por la epidermis y la dermis del poeta. El pelo y las uñas del poeta son simples derivados de su piel. La superficie de la piel cubre aproximadamente 2 m² del cuerpo del poeta promedio.

El cuerpo del poeta está sostenido por un armazón de huesos denominado esqueleto. Cuando el poeta es un recién nacido, los huesos todavía están blandos; pero a medida que el poeta crece, sus huesos se endurecen.

El esqueleto del poeta tiene tres componentes elementales: la cabeza, el torso y las extremidades.

La cabeza. Está compuesta, primero, por el cráneo, una caja hueca que contiene el cerebro del poeta, con orejas a los lados; luego, por el rostro, que posee aberturas para los ojos, los orificios nasales y la boca del poeta.

El torso. También está compuesto por dos partes, el pecho y el vientre del poeta, separadas por un leve estrechamiento denominado cintura. En el torso se encuentra la columna vertebral del poeta, formada por las costillas del poeta doce pares de huesos curvos que protegen la médula—, el esternón, dos clavículas, dos omóplatos y, en el extremo inferior, la pelvis del poeta. Obsérvese que se encontrarán diferencias mínimas en el caso de los poetas dislocados.

Las extremidades. Así se denomina a los brazos y las piernas del poeta. Los brazos en total: dos están formados por tres partes articuladas: el brazo, el antebrazo y la mano del poeta. Sería superfluo enumerar los múltiples usos de la mano; gracias a su perfección, y a la guía de la inteligencia, el poeta es capaz de hacer realidad las maravillas de su arte.

Las piernas. El poeta también posee dos, formadas por tres partes articuladas. Una de las características más importantes que diferencia al poeta de los animales es la postura erecta. Sin embargo, lo que realmente lo distingue del mundo animal es su inteligencia y arte sublime.

Todos los poetas poseen las características mencionadas, pero distintos cúmulos de poetas manifiestan significativas diferencias entre sí, lo que nos conduce a elaborar la siguiente división.

el poeta amarillo tiene la piel amarillenta, pómulos prominentes, pelo copioso, ojos rasgados, nariz prominente y labios gruesos.

el poeta negro tiene una piel oscura, del café con leche al azabache, pelo rizado, nariz roma, labios gruesos y mandíbulas muy fuertes y potentes.

el poeta blanco tiene piel rosada, rostro ovalado, pelo lacio, ojos ovalados, nariz recta y labios finos.

el poeta pelirrojo tiene piel cobriza, pelo rebelde, pómulos salientes, nariz aguileña y labios delgados.

 

i—Acerca de la necesidad de alimentación

 

Así como un motor a vapor necesita agua y carbón para funcionar, y el motor de un automóvil se detiene si se le acaba la nafta, se debe alimentar al poeta con frecuencia para que éste suministre poesía. El alimento abastece al poeta de fuerza y calor.

Lo primero que hace el poeta con el alimento es masticarlo. Se denomina masticación al triturado del alimento en pequeños trozos, a los que luego el poeta combina con saliva para facilitar la deglución y la digestión. A este fin, el poeta necesita una dentadura completa, es decir, 32 dientes subdivididos en maxilares superior e inferior, formados por dientes caninos, cuya función es desgarrar, y molares, encargados de triturar.

Una vez que masticó el alimento, el poeta lo traga, y éste pasa por su garganta (o “esófago”) en dirección al estómago del poeta. Allí los jugos digestivos del poeta reducen la comida a una pasta semilíquida y ésta pasa por un tubo largo y fino llamado el intestino delgado del poeta, y luego desde este pequeño intestino, cuando corresponda, hacia el tubo más amplio del intestino grueso.

El estómago del poeta sigue en funcionamiento por lo menos durante dos horas después de cada comida.

Si el poeta no cuidara su estómago, se agotaría fácilmente. Por este motivo:

el poeta se alimenta a horas regulares

el poeta no traga rápido, para evitar la indigestión

el poeta mastica con parsimonia para impregnar de saliva el alimento

el poeta lleva una dieta balanceada: mantiene su cuerpo fuerte con carne magra, pescado, queso, yema y clara de huevo, arvejas, porotos, etc.; acumula energía con pan, papas, azúcar, manteca y margarina, pescado y carne con grasa; y protege su salud con verduras, frutas frescas, grasas animales y pan integral. (Pero el mejor alimento de todos es la leche, que tiene proteínas, hidratos de carbono, lípidos, vitaminas y sales minerales. Esto explica por qué los poetas beben tanta como pueden)

el poeta se cepilla los dientes a la mañana y a la noche, y después de terminar cada comida, ya que si no se quita los restos de comida que le quedan entre los dientes, éstos se descomponen y dan al hálito del poeta un olor desagradable

el poeta defeca al menos una vez en el día, ya que sus deshechos digestivos, en caso de permanecer demasiado tiempo al interior del intestino grueso que termina en el ano del poeta provoca cierta indisposición.

 

ii—La sangre del poeta

 

Cuando se hace un tajo en la yugular de un poeta, sale sangre de la herida hasta que el poeta muere. Pero si serruchamos a un poeta al que matamos hace poco por estrangulamiento, su cuerpo no sangra. Esto se debe a que la sangre del poeta muerto está inmóvil, mientras que la sangre del poeta vivo siempre se mueve, impulsada por su corazón, que la hace circular por los vasos sanguíneos.

La sangre del poeta es de un rojo vivo en las arterias, que son los vasos que recorre la sangre que sale del corazón. Tiene un color rojo amarronado o púrpura en las venas, que son los vasos que recorre la sangre cuando vuelve al corazón. La densidad de la sangre tiene un valor de entre 1050 y 1060 kg/m3. Su viscosidad es aproximadamente cinco o seis veces mayor que la del agua. En términos de magnitud, la sangre representa 5-7% del peso del cuerpo del poeta. Como un poeta adulto promedio pesa 65 kilos, esto equivaldría a entre 5 y 6 litros.

Aproximadamente el 59% de la sangre del poeta está compuesta de plasma, formada entre un 91 y 92% por agua. En consecuencia, hay algo evidente, y es que todos los poetas comparten una característica: el 55% de lo que corre por las venas y las arterias de un poeta es agua. El resto son glóbulos y plaquetas.

Como se demostrará a continuación, factores tales como la actividad y la gravitación determinan la distribución de la sangre del poeta. Si mientras lee un poema al público, el poeta levanta el brazo por encima de la cabeza, la piel de su mano se pondrá más blanca y las venas se ocultarán. Los poetas sedentarios a menudo tienen várices y congestiones venosas en el hígado y los intestinos. Los poetas trashumantes son menos propensos a esta dolencia, debido a que en su caso la circulación de la sangre a través de las venas recibe la ayuda de la acción estimulante de los músculos.

También se sabe que cuando un poeta está débil, se debe mantener su cabeza recostada, de modo tal que su cerebro reciba los nutrientes necesarios. En la mayoría de los casos, esto se asegura de forma automática mediante el desvanecimiento y la posterior caída del poeta al piso.

El corazón del poeta, una potente bomba con gruesas paredes musculares, impulsa la sangre a través del cuerpo del poeta. Su corazón está dividido en dos lados, derecho e izquierdo, y cada uno tiene una cavidad superior llamada “aurícula” y una cavidad inferior llamada “ventrículo”.

Alguna vez el difunto Pascal afirmó que el corazón es hueco y está lleno de basura. Sin embargo, no está claro qué quiso decir exactamente.

 

iii—La respiración del poeta

 

El poeta respira al escribir. De ahí la importancia de la respiración, que el poeta desarrolla con la ayuda de su nariz, su nasofaringe, su laringe, su tráquea, sus bronquios y sus pulmones. Si bien el poeta tiene fama de poder vivir durante varios días sin probar bocado, no podría estar ni un minuto sin absorber aire. Lo hace de forma constante, nunca se detiene, ni de día ni de noche.

Entre paréntesis, observemos no obstante que el poeta es incapaz de percibir que sus pulmones se deslizan de forma continua sobre las superficies internas de su pecho o, para el caso, que su estómago está en contacto con sus intestinos. Es evidente que el sentido del tacto del poeta se encuentra ausente en las zonas más profundas de su cuerpo. Se cree que en una época el poeta tenía conciencia de todos los mecanismos internos de su cuerpo pero decidió que sería mejor que se volvieran automáticos e inconscientes para que pudiera atender a cosas más elevadas.

Cuando dicho automatismo se interrumpe, cesan los movimientos respiratorios del poeta. Se los debe transmitir de forma artificial a la pared torácica hasta que el poeta reanude su respiración automática. Esto es muy importante en el caso del poeta que muestra signos de ahogo. La técnica de respiración artificial que se solía preferir era la descripta por Schafer: se colocaba al poeta boca abajo, con un almohadón o sobretodo plegado debajo de la parte inferior del pecho, y el resucitador se arrodillaba sobre el piso en posición transversal al poeta. Luego se inducía un movimiento del pecho hacia adelante y hacia atrás arrojando el peso del cuerpo sobre las manos, y a continuación se elevaba el cuerpo poco a poco a la posición erguida.

Otro método, preferido en la actualidad, se conoce como “respiración boca a boca”. El principio en el que se basa este método es que el aire expulsado por los pulmones del resucitador se introduzca al interior de los pulmones del poeta ahogado.

 

iv—La excreción del poeta

 

El cuerpo del poeta produce deshechos que hay que eliminar de distintos modos. Las glándulas sudoríparas eliminan una parte de los deshechos. Se trata de largo tubos enrollados que producen sudor, y el sudor abandona el cuerpo del poeta a través de pequeñas aberturas en su piel llamadas “poros”. Si se observa al poeta a través de una lupa se podrán ver sus poros.

Los riñones del poeta son sus órganos excretores más importantes. Se encuentran en la parte trasera del abdomen y la sangre circula a través de ellos. A través de un microscopio se puede observar que los riñones contienen muchos túbulos pequeños que filtran los deshechos de la sangre. El líquido amarillento que contiene estos deshechos recibe el nombre de la “orina” del poeta.

La orina desciende a través de dos conductos llamados “uréteres” a una bolsa denominada la “vejiga” del poeta, donde se la almacena hasta que deja el cuerpo. En los poetas de ambos sexos la orina deja la vejiga a través de un conducto llamado la “uretra”. Normalmente la uretra permanece cerrada por un aro de músculo debajo de la vejiga. Pero cuando la vejiga se llena, este músculo se relaja y permite que la orina del poeta corra.

En el caso de la poeta, la uretra se abre al exterior de su cuerpo, entre sus piernas. Precisamente detrás de su abertura urinal se encuentra la vagina de la poeta, que, en el caso de la poeta adulta virgen se encuentra cubierta por una fina membrana conocida como el “himen”. Alrededor de estas dos aberturas hay pliegues o labios de carne que forman lo que se conoce como la “vulva” de la poeta. Pero por supuesto se la elogia también por sus poemas, que son igual de hermosos.

En el caso de los poetas, la uretra atraviesa un tubo carnoso llamado el pene del poeta, que cuelga entre sus piernas.

La excreción es tan importante para el buen funcionamiento del poeta que el difunto sabio Leonardo da Vinci insistía en que “el poeta es un maravilloso mecanismo que transforma buen vino en orina”.

 

v—El cerebro del poeta.

 

Cuando el poeta no lleva ropa, que lo protege del frío, la lluvia, el calor y la curiosidad, se pueden observar sus músculos, llamados bíceps, tríceps, tendones, etc. El movimiento de sus músculos es el que hace al poeta sonreír o fruncir el ceño, guiñar un ojo o arrugar la nariz.

El poeta tiene muchos músculos y cada uno debe acortarse o extenderse justo en el momento adecuado y justo en la medida adecuada. Cuando el poeta contonea los dedos, o presiona su lapicera sobre la página, se pueden observar los movimientos de las fibras moverse debajo de la piel en la palma de la mano. Si no se mueven de forma correcta, el poeta puede escribir “No” cuando quería escribir “Si”. Si no se mueven lo suficientemente rápido, es posible que el poeta no termine una oración donde tenía la intención de hacerlo. De hecho, si los músculos de todo el cuerpo del poeta no se contrajeran o extendieran en armonía entre sí, ni siquiera podría pararse para leer sus poemas.

El movimiento de los músculos del poeta está controlado por su sistema nervioso, que incluye el cerebro del poeta, su médula espinal y sus nervios. Los mensajes eléctricos pasan de una célula nerviosa a la siguiente, y así viajan desde la cabeza hasta el pie del poeta en la fracción de un segundo. Este es el motivo por el cual el poeta se puede mover con rapidez si alguien arroja un objeto contra él.

Una propiedad esencial de todos los actos reflejos del poeta es que sus respuestas son puramente automáticas e independientes de su voluntad o deseo. Si se le hacen cosquillas a la planta del pie del poeta, sus dedos se enrulan y retira su pie, sin importar a qué escuela pertenezca el poeta. Del mismo modo, el poeta adulto promedio pasa cerca de un tercio de su vida durmiendo. Sin embargo, a los poetas adultos ancianos les alcanza con apenas cinco horas de sueño por día.

El cerebro del poeta es en realidad la parte superior, ampliada y muy desarrollada, de su médula espinal. Un poeta dijo una vez que su cerebro no era más que un pedazo de médula espinal con unos nudos. Estaba en lo cierto, pero podría haber agregado que es el asiento de su intelecto, sus emociones, su habla, su equilibrio y muchas otras cosas más.

Se debe evitar todo lo que pueda excitar el sistema nervioso del poeta. La asistencia frecuente al cine o la televisión es dañina. Asimismo, el uso de tabaco, alcohol y drogas tiene un efecto funesto sobre el cerebro y los nervios del poeta. Las manos del poeta empiezan a temblar. Su visión disminuye, se vuelve triste, tiene ataques súbitos de irritación e ira. Poco a poco pierde toda la dignidad y hasta puede hundirse en la locura. Además, se le hace difícil reproducirse.

 

vi—Reproducción y sentidos del poeta macho adulto

 

Los principales órganos encargados de la reproducción del poeta macho adulto son los testículos y el pene del poeta. Cuando el poeta macho adulto ve a una hembra, su cerebro la da al pene, qué es un músculo, las instrucciones correspondientes. Se dice entonces que el poeta tiene, o que no tiene, una “erección”. Es razonable suponer que sólo cuando se alcanza la erección, y cuando se asegura el consentimiento de la hembra, el pene del poeta puede introducirse en la vagina.

La frecuencia de estos actos depende de la información que su cerebro posea respecto a lo que sucede alrededor del poeta. Este es el motivo por el cual órganos especiales permiten al poeta oír, oler, gustar, sentir y ver.

Usted puede preguntarse cómo hace el poeta para oír cosas y voces. Esto se debe a sus tímpanos. El tímpano del poeta es capaz de vibrar en respuesta a un amplio espectro de tonos. El rango preciso difiere de poeta a poeta. Algunos son capaces de oír el chillido agudo de un murciélago, y algunos no.

El sentido del olfato es el más misterioso de todos los sentidos especiales del poeta, y aquel del que menos sabemos. Mientras que la mayoría de los poetas puede distinguir entre el delicado perfume de una rosa y el olor hediondo de una fábrica de gas, hay algunos poetas que, si mastican una cebolla con los ojos cerrados y la nariz tapada, no pueden distinguirla de una frambuesa. Esto se indica para demostrar que lo que se suele describir como los gustos de un poeta en realidad son olores.

La lengua del poeta es sensible a una variedad de gustos. Algunos poetas aprecian la dulzura en la punta de su lengua y la amargura en el extremo posterior de su lengua. Hay otros que aprecian la amargura en la punta de la lengua y la dulzura en la parte posterior. Sin embargo, todos los poetas hacen un abundante uso de sus lenguas para modular y articular los sonidos y las palabras de sus poemas.

En la piel del poeta hay terminaciones nerviosas sensibles que le indican cuándo, qué y a quién está tocando. Si se estudia un trozo de piel del poeta bajo un microscopio, se pueden observar estos “nervios táctiles” justo debajo de la superficie.

 

vii—Conclusiones

 

Supongamos, entonces, que el poeta ve pasar a una mujer. La mira, es decir, el lente de su ojo hace foco en ella. Su imagen se forma en la retina del poeta, pequeña e invertida. El nervio óptico del poeta transmite a su cerebro la información permitiéndole enteder el significado de la posición, la forma y el color exactos de la mujer ubicada frente al ojo del poeta.

El poeta debe luego decidir si esta mujer es su mujer, o mi mujer, o tu mujer, o la mujer de ella, o nuestra mujer, o la mujer de ustedes, o la mujer de ellos.

O, nuevamente, suponiendo que la mujer a la que mira es mayor, el poeta debe decidir si es su madre, o mi madre, o tu madre, o la madre de ella, o nuestra madre, o la madre de ustedes, o la madre de ellos.

Y si está saliendo de un auto, si es el auto de él, o tu auto, o el auto de ella, o nuestro auto, o el auto de ustedes, o el auto de ellos.

Y si todo esto ocurre en una ciudad, si es la ciudad del poeta, o mi ciudad, o tu ciudad, o la ciudad de ella, o nuestra ciudad, o la ciudad de ustedes, o la ciudad de ellos.

Y si es de noche, si es la noche de él, o mi noche, o tu noche, o la noche de ella, o nuestra noche, o la noche de ustedes, o la noche de ellos.

Y si la hora es de él, mía, tuya, de ella, nuestra, de ustedes, o de ellos.

E incluso antes de decidir, tal vez sea aburrido decidir. Mejor, piensa, es aceptar de antemano todas las posibilidades. Lo mejor es aceptar todas las posibilidades de antemano y aceptarlas siempre, para estar más allá de la región donde todo está repartido y todos pertenecen a aquello que les pertenece.

Éste, al menos, es su ideal.

Y expresa este ideal en un poema, porque es un poeta.

 

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La máquina de hacer aforismos

Marcel Bénabou concibió una máquina para fabricar aforismos; se compone de dos partes: una grmática y un léxico.
La gramática cuenta con cierta cantidad de fórmulas comúnmente utilizadas en la mayor parte de los aforismos; por ejemplo:

A es el camino más corto de B a C
A es la continuación de B por otros medios
Un poco de A nos aleja de B, mucho nos acerca
Los pequeños A hacen los grandes B
A no sería A si no fuera B
La felicidad está en A, no en B
A es una enfermedad cuyo remedio es B
Etcétera.

Si se inyecta el vocabulario en la gramática se produce ad libitum un sinfín de aforismos, algunos con más sentido que otros. De aquí en adelante, un programa de computación elaborado por Paul Braffort produce a pedido una buena docena en pocos segundos:

El recuerdo es una enfermedad cuyo remedio es el olvido
El recuerdo no sería recuerdo si no fuera olvido
Lo que viene por el recuerdo se va por el olvido
Los pequeños olvidos hacen los grandes recuerdos
El recuerdo multiplica nuestras penas, el olvido nuestros placeres
El recuerdo libera del olvido, pero ¿quién nos librará del recuerdo?
La felicidad está en el olvido, no en el recuerdo
Un poco de olvido nos aleja del recuerdo, mucho nos acerca
El olvido reúne a los hombres, el recuerdo los separa
El recuerdo nos engaña con mayor frecuencia que el olvido.
Etcétera.

Georges Perec, “Pensar/Clasificar” (trad. Carlos Gardini)

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Imagen fugaz entrerriana

Consultando Internet en una estación de servicio, leyendo una frase de Clarice Lispector. Solo, al lado de una ruta vacía. Un recuerdo poco evocado por la dificultad para identificar las emociones, asociado a una sensación placentera infrecuente, la zona fronteriza, despoblada, la ausencia de coordenadas reconocibles, de controles, y algo que asocio a la afirmación, el rastreo y la expectativa, como si fuera la forma más palpable de la experiencia de la libertad, la posibilidad de no volver en la dirección de partida, muy distinta a la experiencia del viaje compartido o del errar urbano. Probablemente a causa del entrelazamiento solapado con fines eróticos de largo aliento, al escribir, deseo de recuperar algo de eso, del efecto de seguridad implícito en ese tipo de aventuras que desde entonces tienden a rehuir por algún motivo que desconozco, sustituido por la nada y sus múltiples encarnaciones bajo la forma del tedio el terror y la tristeza, una vida desligada, de supervivencia zombi, sin horizonte, crepuscular.

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Las cosas de Georges Perec

Estaba, sobre todo, el cine. Y era sin duda el único campo en el que su sensibilidad lo había aprendido todo. No debían nada a ningún modelo. Pertenecían, por su edad, por su formación, a esa primera generación para la que el cine fue, más que un arte, una evidencia; lo habían conocido siempre, y no como forma balbuciente, sino de buenas a primeras con sus obras maestras, su mitología. A veces les parecía que habían crecido con él, que lo comprendían mejor de lo que nadie antes que ellos había sabido comprenderlo.
Eran cinéfilos. Era su pasión primera; se entregaban a ella cada noche, o casi. Les gustaban las imágenes, a poco que fueran bellas, que los arrastrasen, los encantasen, los fascinasen. Les gustaba la conquista del espacio, del tiempo, del movimiento, les gustaban el torbellino de las calles de Nueva York, la languidez de los trópicos, la violencia de los saloons. No eran ni demasiado sectarios, como esas mentes obtusas para las que no hay más que Eisenstein, Buñuel, o Antonioni, o también -de todo ha de haber en el mundo- Carné, Vidor, Aldrich o Hitchcock, ni demasiado eclécticos, como individuos infantiles que pierden todo sentido crítico y todo les parece genial a poco que un cielo azul sea azul celeste, o que el rojo pálido del vestido de Cyd Charisse contraste con el rojo oscuro del sofá de Robert Taylor. No carecían de gusto. Tenían una gran prevención contra el llamado cine serio que hacía que encontraran más bellas aún las obras que este calificaTIVO no bastaba para volver vanas (¡pero hombre, decían, y tenían razón, vaya mierda “Marienbad”!), una simpatía casi exagerada por los westerns, los thrillers, las comedias americanas, y por aquellas aventuras sorprendentes, llenas de arrebatos líricos, de imágenes suntuosas, de bellezas fulgurantes y casi inexplicables, tituladas, por ejemplo -todavía se acordaban-, “Lola”, “La encrucijada de los destinos”, “Los embrujados”, “Escrito en el viento”.

Georges Perec, Las cosas (1965), trad. Josep Escué.perec-2010-almiar

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Misterios

Cuando viajo a la casa de mis padres, me persigue la muerte. Es la mía, mi decadencia física, mis adicciones, mi sueño eterno, mis medicaciones, aunque en el fondo creo que se trata de una imagen reflejada, la de la vejez de mis padres. Mi papá tiene el pelo blanco y mi mamá problemas en la columna. Mi hermano está convertido en una mónada.

La idea, cuando los abandono, se me pasa. Dejo de ser el Hombre Perseguido por la Muerte para convertirme en el Hombre Perseguido por la Soledad. Entre la soledad y la muerte, ¿elijo la soledad? Escribo esto en silencio, sin que lo lea nadie, sin saber si algún día alguien lo va a leer. No sé a quién está dirigido, no sé cuándo ponerle un punto final.

Podría seguir, dejar que la conciencia fluya y me haga saber sus inquietudes. Pero también puedo ponerle un fin algo cruel y dejar lo que queda para otro momento. ¡No!, me grito. Nunca escribís. Sos el fantasma de un escritor. No sos tampoco demasiado bueno, los que te leen son tus amigos y a veces algún desconocido. Te cuesta sentarte, te cuesta soltarte, lo único que sabés hacer es encender cigarrillos. Odiás la literatura confesional: bueno, no, no la odiás, sólo te parece primitiva, o adolescente. No asumís que sos un escritor, no lo crees aunque hayas publicado dos libros y tengas planeado un tercero. Te considerás la imagen del fracaso: sin amor, sin trabajo, con una salud que tiende a mostrar sus hilachas.

Contra eso, la fuerza que a veces aparece, momentáneamente, la fantasía, los sueños, lo desconocido.

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Mi vecina (un rescate)

 

Mi vecina tiene un gato que toma sol en el balcón.

* * *

Mi vecina suele quedarse dormida a la noche con el televisor encendido. Si no se queda dormida con el televisor encendido, tiene problemas para dormir.

* * *

Un día le saqué una foto a mi vecina desde mi departamento y cuando la mandé a revelar, en el papel, sólo se veía una ventana a lo lejos.

* * *

Una noche toqué el timbre de mi vecina. Eran las tres de la mañana. Una voz de mujer preguntó por el portero quién es. Yo no supe qué contestar y me fui.

* * *

Cuando empecé a hacer de mi vecina un tema de conversación recurrente, se empezaron a multiplicarse a mi alrededor las anécdotas sobre romances entre vecinos. Ninguna de las historias que me contaron me quedó del todo clara. En algunos casos, no eran experiencias directas, sino el relato de la experiencia de un familiar o un amigo. Si eran directas, habían sido olvidadas o alojadas en una zona no muy comunicable de la experiencia.

* * *

Hay una película donde un chico que trabaja en un supermercado se enamora de una vecina. Él la espiaba, le sacaba fotos, la conoce, y en un momento, creo que porque la ve con otros hombres, se abre las venas con una gillette en una bañera.

* * *

Hubo una época, antes de que la casa de mi vecina tuviera cortinas, en que cruzamos miradas. Por un momento se me nubló la vista. Sólo veía la figura recortada contra el fondo blanco de la pared iluminada. Ahora veo el resplandor nocturno de la tele, el gato trepado contra el vidrio o la ropa que deja a secar en el balcón.

* * *

En esa época, antes de que pusiera las cortinas, intenté comunicarme con ella. Elegía ropa que combinara con la suya. Pensé en hacerle un regalo. Una vez escribí un cartel gigante que decía HOLA! en una hoja de papel que había servido para envolver una planta y lo apoyé contra el vidrio. Nunca supe si llegó a leerlo a la distancia.

* * *

Cuando le presenté mi vecina (o la ventana de mi vecina) a Ana, me dijo que yo estaba flasheando.

* * *

Con la ayuda de internet y algo de especulación, llegué a averiguar cuál es el número de teléfono de mi vecina. Lo anoté en una servilleta de papel, que ahora no sé dónde quedó. Cuando marqué el número y la llamé, vi su cuerpo moverse hacia otra habitación como se movería alguien que está por atender un teléfono. Antes de que atendiera colgué, y nunca más la volví a llamar.

* * *

Hubo un período en que me olvidé de mi vecina, en que mi atención estuvo tan concentrada que prácticamente dejé de mirar por la ventana, o si lo hacía miraba sólo las nubes, las palomas o las antenas de televisión.

* * *

Antes de que llegara el período en que me olvidé de mi vecina, una paloma entró a mi casa. Por un rato se quedó apoyada sobre mi almohada. Llegué a creer que podía adoptarla, pero después empezó a chocarse contra los vidrios, con insistencia, incapaz de distinguir el interior del exterior.

* * *

Creo que mi obsesión por mi vecina nació en parte de la ausencia, hasta ese momento, de vecinas en mi vida.

* * *

Cuando le conté la historia de mi vecina a Laura, me sugirió comprar binoculares y me recomendó una casa de antigüedades donde hacerlo. Cuando fui, estaba cerrada, pero otro día en que iba caminando me crucé con un negocio que vendía, entre otras cosas, binoculares. Compré un modelo que tiene ocho aumentos pero nunca lo usé por temor a ser descubierto espiando.

* * *

Hubo dos ocasiones en que mi obsesión por mi vecina asumió un carácter, llamémoslo así, problemático. Una vez, de noche, hice sombras chinas sobre la pared con la ayuda de una vela, semidesnudo. Nunca supe si llegó a verlas. También encendí y apagué las luces muchas veces para llamar su atención o establecer un código secreto, tipo Morse, sin obtener respuesta.

* * *

El segundo momento en que mi obsesión asumió un carácter, llamémoslo así, problemático, creo que fue más problemático. Llegué a creer que mi vecina era una amiga mía que se había instalado ahí intencionalmente. Pensé que cuando yo “creía” ver a mi vecina, en realidad estaba viendo a mi amiga disfrazada, interpretando “el papel” de mi vecina. Era una idea absurda pero mi convicción era tan fuerte que la falta de solidez sólo le agregó solidez.

* * *

Ahora que lo pienso, hubo una tercera ocasión en que mi obsesión asumió etc. Una vez llegué a creer que mi vecina me espiaba. No sólo que me espiaba, sino que tenía un aparato (una cámara de video) registrando mis movimientos. No me imagino qué uso podría haberle dado a esa grabación.

* * *

Que mi obsesión por mi vecina no me abandonó lo indica una anotación que dejé anoche en unas fichas. Dice:

CARTA A MI VECINA

ESTIMADA SEÑORITA VECINA DE ENFRENTE,
NO SÉ NADA DE SU VIDA, PERO A VECES, SIN QUERER, LA OBSERVO, Y NOTÉ QUE MIRA MUCHA TELEVISIÓN DE NOCHE. YO TAMBIÉN TENGO PROBLEMAS PARA DORMIR. DEBEMOS SER TRES O CUATRO EN EL BARRIO.

* * *

Una noche vi a mi vecina bailar con dos amigas. Eso no lo imaginé. Fue unos días antes del comienzo de la primavera. Yo no suelo bailar, pero ese día hubiera bailado.

* * *

Al principio, incluso ahora, no estaba seguro de que mi vecina fuera una sola persona. Adoptaba al menos dos formas, como si fueran dos mujeres distintas, una chica de pelo lacio, oscuro, y otra más alta, de pelo enrulado. Durante un tiempo, sólo tenía el pelo enrulado. Ahora sólo tiene el pelo oscuro.

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Casa de cartón

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Vivís en una casa de cartón. No tenés vecinos, son solo extras que se pasean por los ascensores. La única que cobra más es la que vive en frente y podés ver por la ventana, una viejita entrada en años que un día dejaste de ver, antes de que su departamento fuera transformado por un pintor y luego alquilado. Podés comprobarlo bajando a la planta baja y quedándote afuera a ver quiénes entran y quiénes salen. No hay nadie. Es una estrctura vacía que sólo vos llenás.No sabés por qué se tomaron tantos recaudos. No deberías ser una persona tan especial. Y sin embargo, los distintos agentes se comunican con vos de formas indirectas. Uno lleva un bolso negro a su departamento. Una viejita de aspecto nazi te saluda demasiado afablemente. Ya no están las hermanas que vivían antes del incendio. Ya no está el portero patovica que te despertaba temor y aprecio a la vez.

Lo que quedan son fantasmas de la vida que viviste, más rica, más variada, más emocionante, más sensual. Ahora sólo te queda espiar a los vecinos de enfrente, que también se mudaron. Todo cambia para peor. La chica que se quedaba hasta tarde con la computadora fue reemplazada por una chica que sólo está despierta de día y lleva una vida muy regular aunque en el fondo misteriosa. El resto no se mueve. No hay cuchillos que corten ni planchas en manos de hombres. Apenas un hombre que saca la ropa a secar en la terraza. Esa terraza tiene muchas prendas colgadas, como si se tratara de más de una familia, o de ropa acumulada por un largo tiempo.

Durante el día no pasa nada, y durante la noche tampoco. Mi vida se volvió menos interesante, más gris, después de un período multicolor pero algo peligroso. No sé cómo hacer para volver a un mundo en technicolor. Tal vez debería enamorarme, pero no sé si es tan fácil. O dejarme enloquecer, que los estímulos salgan disparados en cualquier dirección, y perder la conciencia. Algo riesgoso, que ya demostró sus debilidades.

El policía me mira con ojos extrañados, no entiende que lo acuso de sostener la ficción de que vivo en un edificio habitado que necesita ser protegido. Todo esto parecerán especulaciones vanas, pero fueron experiencias vividas: quizás en el vano especular está lo vivo de la experiencia.

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Ana

Hoy me encontré con Ana. Se enojó conmigo porque abrí un archivo en su computadora. No lo hice a propósito, fue sin querer queriendo. Esto me pasa cuando estoy con ella y fumamos: hago algo que la molesta. A la vez, no puedo resistirme a fumar con ella. Estaba con una amiga y se había olvidado que iba a ir a visitarla. Hablamos poco. La vi a Holanda, que está más gorda. Con Holanda jugamos un poco con un palo mordido que tiene. La chica que estaba con Ana me cayó bien. Parecía normal (a diferencia de las personas que conocí últimamente por Internet) y hablaba de la relación con su madre. Le molestaba que la llamara todos los días.
El taller de Ana creció, ahora hay una máquina de coser, y espacios diferenciados, tiene algo de oficina punk. Ana contó que se peleó con una vecina porque le quería sacar un cactus que tiene afuera sin ni siquiera preguntarle. La amiga de Ana contó que vende casetes en Palermo y hace trabajos de camarera para una escuela. El encuentro tenía algo adolescente que me gustaba. Yo miraba a la chica como si fuera alguien con más experiencia, o hubiera vivido más cosas, pero no sé si es verdad.
No sé por qué Ana se enoja conmigo. ¿Lo que hice está mal? ¿Solo quería hablar a solas con su amiga? A mi me gustaba estar ahí, y no saber qué hacer con la colilla de mi cigarrillo esperando ver qué hacían los demás. La dejé sobre una mesa. No sé si fue lo mejor.
Con mi psicoanalista hablé de que los medicamentos me sacaron las ganas de escribir y de los pensamientos suicidas, fueron temas que me dijo que consulte con mi psiquiatra. Es como si uno se mandara la pelota al otro y ninguno me diera una respuesta sobre mí. Después me fui a tomar una cerveza, que era lo que quería hacer con Ana, que no quería (tal vez porque estaba trabajando) y caí en un bar muy amigable llamado “La esquina”, no sé si sobre San Juan. Tomé una cerveza negra Barba Roja y después una Heineken con unos maníes. Estaba todavía (estoy) bajo los efectos de la marihuana y todo adquiría un doble sentido. Unos parroquianos hablaban con el empleado del bar, que podía ser su dueño.
En el camino seguí a una chica rubia que me recordaba a Natassa Kinski de joven pero la perdí en la salida de mi propia estación de subte de una forma tonta, empezó a caminar en una dirección y después se dio la vuelta, y yo tardé en dar la vuelta también, y la perdí. Hace mucho que no seguía a una chica, ni siquiera en un trayecto tan corto.
Todo el tiempo, miedo, o sensación parecida al miedo, como de estar haciendo algo fuera de lugar, temor o aprehensión ante los policías, aunque no hacía nada malo, solo tomaba una cerveza después de ir a visitar a una amiga a la que quiero y hace mucho que no veo.

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Kenya

Leo sobre un atentado terrorista en Kenia. Busco entre los nombres de las víctimas con el temor o la esperanza de encontrar tu nombre. No estás ahí. SIgo leyendo y me doy cuenta de que no entiendo qué ocurrió ni quién se enfrenta a quién. Las fotos en Internet son ridículas, un poco falsas, excepto una que muestra un cuerpo muerto ensangrentado en la vereda tirado afuera de un shopping. El shopping no dice nada, se parece a esoso con un toque suburbano como el de Avellaneda que quedaba cerca de una de las sedes de la universidad. La cantidad de horas que necesitaría para tener una mínima idea de lo que ocurre me parece increíble, no sé para qué me serviría.
Había un montón de muertos de distintos países, y vos no estabas, me alivió y lo lamenté, llorarte -imagino- me liberaría; una muerte dramática, todos soñamos con eso, te sentaría bien o lo merecés.

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Abril, 2013

6.4.13

Primera y última vez que compro una botella de London dry gin, me produce una resaca que combina somnolencia, jaqueca y el comienzo de una arcada que aparece ocasionalmente sin conducir a nada, un efecto cercano a la intoxicación que nunca me produjo antes una bebida en dosis controladas, y aún descontroladas. Es el efecto que me acompaña en un recorrido por la autopista y vuelve el entorno absolutamente indiferente, como cuando un dolor se apodera del cuerpo y concentra toda la tensión.

Las excusas para hacer este tipo de viajes se volvieron cada vez menos frecuentes, como si cada vez menos cosas me movilizaran y el interés tuviera que estar muy expuesto. Por ejemplo, el dinero. Sigo sin saber bien para qué sirve pero logra que reorganice días y horarios. De pronto me encuentro de nuevo adentro de una oficina vacía al lado de una máquina para contar billetes y una calculadora donde todo ocurre fuera de cuadro. Escucho voces que hablan de operaciones bancarias, puertas que se abren y se cierran, y me quedo contemplando unas gomitas elásticas que me recuerdan las que mi abuelo usaba para envolver los billetes. Las teclas de la calculadora tienen siglas y símbolos que no llego a comprender. Recibo una suma de dinero pequeña pero siento que podría tratarse de una suma incalculable o de algo prohibido, una transacción con fines ocultos. Un leve desgaste en los billetes y el hecho de que se trate de una moneda extranjera hace que ya no sólo estén disociados de la actividad que me llevó a obtenerlos sino de la misma operatividad y realidad de la moneda, independizada de su poder de compra, absolutamente abstracta.

La presencia del dinero me lleva a prestar más atención a los precios de las cosas a mi alrededor y nuevamente me inavde la sensación de que no hay ninguna lógica: un portarretratos vale casi lo mismo que un par de auriculares, un café más que una entrada de cine, un diario igual que un paquete de cigarrillos, y así, todo muy fluctuante y sumando al efecto de irrealidad o absurdo. Es un poco la lógica de “Sopa de ganso”, que entro a ver para escapar del caos de la ciudad. Me resulta increíble y tan rápida que por momentos no la puedo seguir, además que sigo luchando contra los efectos somníferos de la bebida. Me produce esa impresión no tan frecuente de que mucho tiempo después va a seguir viéndose, de que tiene algo eterno. Primero se entrecruza con mis recuerdos como si me estuviera hablando en clave y después es pura fascinación y también curiosidad, como si no llegara a entender de dónde pudo salir o cómo se perdió esa libertad que parece anterior a la aparición de los géneros y su codificación. Groucho Marx actúa de una forma muy contenida, distinta a como aparece en otras películas, vaciado. La perspectiva sobre el poder y la guerra es rarísima, en particular sobre la guerra, es la perpectiva norteamericana de entreguerra, muy particular. Me doy cuenta de que es la primera película de los hermanos Marx que veo en el cine, aunque sea digitalizado, y esa también es una diferencia, el nivel de detalle es incomparable. Muchos diálogos en la línea de Lewis Carroll, que es una zona del lenguaje que el cine en algún momento abandonó.

Tengo el recuerdo de haber leído algún análisis de tipo filosófico sobre los hermanos Marx pero no lo encuentro, solo unas notas breves. Me reencuentro con el diccionario electrónico que me obsesionó durante días en mi antigua máquina con fondo de color billar y en el momento en que accedo deja de interesarme. No sé cómo se aplica este fenómeno a otras experiencias relacionadas con el software pero intuyo que es así en otras ocasiones también, que promueve un vínculo medio histérico donde el objeto deseado está siempre ausente y uno se encariña con características que ni siquiera sabe bien cuáles son hasta que las pierde.

A la mañana leo un cuento de Nicole Krauss, terrible, sobre la angustia existencial de un autor medio fracasado que se convierte en abuelo. Parece escrito por un hombre, pero es de una mujer. Algo en los nombres de los personajes hace que lo asocie a mi vida, y a pensar en la relación de mi yo actual, por llamarlo de algún modo, con mi antiguo yo, por llamarlo de algún modo, separados a veces por una brecha generacional. Después me sorprendo al descubrir que mi hermana la conoce y la leyó. En general tengo la impresión de haberlo leído todo, o de conocer los nombres de todos los autores que están de moda y que no lo están, pero no, los libros circulan de formas más extrañas de lo que parecería. Con mi hermana realizo el acto ritual de guardar libros en cajas. Me doy cuenta de que no puedo hacerlo por mi cuenta, y cuando lleva las pilas desde un punto a otro es como si transportara partes de mi cuerpo. Un poco tal vez exagero y a la vez, junto con la ropa, que está llena de prendas que no uso, es como si fuera mi única posesión material. El resto son cables y objetos de los que podría prescindir. Tal vez de los libros también. Es como si me reencontrara ensayando una escena que ya viví pero sin el glamour de otra época, como una operación que tiene que sobreponerse al cansancio y el peso, menos festiva que algunos años atrás aunque las cosas no hayan cambiado tanto, solo somos todos menos jóvenes. En la conversación me encuentro más rezongón pero sospecho que tiene que ver con un desfasaje, como si cada uno hablara con una versión desactualizada del otro, y no hubiera a la vista una forma de sincronizar del todo, que es algo que ya experimenté con mi familia, el hecho de haberme convertido en alguien desconocido. Es como su pudiera aceptar el hecho de ser un desconocido para mí mismo mucho mejor de lo que los otros lo son para mí y yo lo soy para los demás.

Todo esto por supuesto es más complejo, quizás incluye una fantasía sobre un mundo alternativo donde el encuentro no existe o adopta otra forma, no lo sé bien. Por eso finalmente antes y después me quedo mirando unos episodios de los Monthy Python, sketchs muy buenos, en una librería y en un tribunal, con la acidez que me falta y me tranquiliza. También exploro aspectos desconocidos de las conexiones de internet, algo sobre los DNS que no llego a entender del todo pero me interesa de esa forma un poco extraña que tiene internet de interesar, develando falsos secretos e incrementando el espacio que ocupa en la memoria los intentos de comprensión de su funcionamiento, que tal vez sea cierto tipo de contraprestación exigida a cambio del tiempo que se le dedica y el acceso que ofrece a información y todo el componente de fantasía y experimentación que propicia.

Cuando encuentro el disco indicado siento que puedo llegar a recuperar con suerte algo parecido a la vida que tenía antes de antes de la última mudanza pero esto ocurre en muy contadas ocasiones en que no me domina alguna forma de ansiedad, como creer que porque es sábado a la noche debería encontrarme en otro lugar incluso cuando la idea del sábado por la noche como algo especial pertenece a otro mundo al que de alguna forma ya no pertenezco. Es esa dificultad para estar en un lugar o para estar sin hacer nada en especial sin que se convierta en un problema o en un canal abierto al ruido y la confusión. En este momento siento que me encuentro en ese estado de tranquilidad, que a la vez es un estado muy frágil, hasta el hecho de mencionar su carácter frágil puede debilitarlo, como si requiriera de toda la atención y de todos los cuidados.

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