La otra parte de Alfred Kubin

Un hombre camina desnudo con los ojos cerrados. Sus piernas están bien desarrolladas, pero tiene el pecho de un hambriento. Quizás porque lleva clavado en el brazo un moscardón del tamaño de un pájaro. O porque de su sexo y de sus manos cuelgan víboras que no podrían tragarlo, pero sí chuparle la sangre hasta convertir su cuerpo en un envase vacío (Sauger, ca. 1901).

¿Se entiende por qué a Alfred Kubin (Bohemia, 1877 – Austria, 1959) se lo conoce mejor como dibujante? Aparte de algunos relatos, escribió sólo una novela a los treinta y un años –según se cuenta, en ocho semanas–, mientras que ilustró centenares de libros y trajo al mundo muchas imágenes tanto o más inquietantes que la del dibujo descripto en el comienzo.

Su biografía abunda en desgracias de tinte romántico: muerte de la madre en la infancia, esposa enferma durante toda su vida, intento de suicidio, melancolía, depresión, alucinaciones y otras patologías que la psiquiatría contemporánea disfruta catalogando. Perdida el aura que rodeaba en otras épocas a los artistas atormentados, bien pueden “tomarse con pinzas” estos datos, en su mayoría pregonados por el propio Kubin, así como su relación con su obra pictórica o narrativa.

Su única novela, La otra parte (1909), tiene un comienzo clásico: en un mundo ordenado, con preocupaciones cotidianas (p. ej., cómo llegar a fin de mes con el trabajo irregular de un ilustrador), se produce una alteración. Aparece un desconocido con una propuesta insólita: invita al protagonista y a su esposa a mudarse al Reino de los Sueños, una sociedad fundada por un antiguo amigo de la infancia que heredó una fortuna millonaria, con todos los gastos pagos. Entre otras particularidades que se descubren con la lectura, integra esta sociedad una fauna compuesta por “extraños casos de alcoholismo, gente descontenta consigo misma y con el mundo, hipocondríacos, espiritistas, temerarios rufianes, insatisfechos que andaban en busca de emociones y aventureros viejos que trataban de hallar la paz, prestidigitadores, acróbatas, refugiados políticos y ladrones”.

El Reino de los Sueños se diferencia de la miríada de sociedades utópicas o distópicas inglesas, donde incluso en la desgracia lo que reina es la razón. Aquí rige un absurdo siniestro (no lúdico) donde objetos y personas pierden su identidad en el tiempo. Basten unos ejemplos de la economía: los precios fluctúan constantemente (tomar un café puede costar todo un sueldo) y las personas pueden pasar de la riqueza a la pobreza, o viceversa, en cuestión de horas. Suceden otras cosas extrañas: los vecinos pueden entran a la casa de uno a reclamar muebles que les pertenecen o se puede recibir un pago por un trabajo que uno nunca hizo. En general, no importa mucho lo que uno es,sino la habilidad que se tiene para aparentarlo.

Con el paso del tiempo, la ilusión de felicidad que trajo la mudanza se desvanece. El Reino de los Sueños no sólo es un lugar inadecuado para un artista, sino que cuenta con la desventaja de ser un mundo literalmente sin salida. Claus Patera, amigo de la infancia del protagonista y autoridad suprema del lugar, es inaccesible como corresponde al poder. Con la llegada de un magnate americano de aspiraciones revolucionarias, el frágil orden de la naturaleza y el cuerpo social terminan de desintegrarse y la psicología del personaje estalla. El impulso desestabilizador del “Americano” convierte al Reino de los Sueños en un cúmulo dantesco de calamidades: matanzas, plagas, inundaciones, orgías, alimentos que se desintegran a las pocas horas, el olor putrefacto de los cuerpos muertos.

Cumbre secreta del expresionismo europeo, esta novela “menor”, que retrata la descomposición de un mundo, su lógica y sus habitantes, se interpreta hoy como la anticipación alegórica de los horrores del siglo XX. Esa lectura es apenas uno de los usos posibles de este artefacto extraño, construido sobre las desventuras de un protagonista sin nombre que se hunde en un fondo sin fin. Como en el caso de Kafka, su mundo siniestro y carente de sentido, fantástico sólo en apariencia, guarda demasiadas semejanzas con el nuestro.

La otra parte (Die Andere Seite, 1909), de Alfred Kubin. Barcelona: Minotauro, 2003. 265 p. Traducido por Juan José del Solar.

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