Luz (Light) de M. John Harrison

Hay conceptos desarrollados en el campo de la genética, la neurología, la física cuántica y la informática –dice Italo Calvino– que recuerdan la levedad de algunas imágenes literarias. La analogía parece pertinente en esta novela que, por una extraña paradoja, deja traslucir el peso de la existencia en una poética de los fenómenos evanescentes ideados por la ciencia moderna.

Vísperas del nuevo milenio. Michael Kearney, el protagonista de la primera trama de la novela, es un físico que está a punto de hacer un descubrimiento trascendental en la historia de la astronáutica. La iluminación lo alcanza después de ver un programa malo de televisión a la madrugada. No es un dato menor que en sus ratos de ocio se convierta en asesino serial de mujeres. Esas muertes parecen ocultar un interrogante crucial: si se puede construir una ética secular sobre la base de un conocimiento científico que revela, en la materia que nos constituye, el principio de incertidumbre, y la teoría del caos en los procesos que la determinan.

Las otras dos historias suceden en el siglo XXV. Seres ya no humanos: Ed Chianese, un clon que vive escapándose de dos acreedoras salvajes y termina prediciendo el futuro en un espectáculo de circo; y Seria Mau Genlicher, una mujer-nave obsesionada por los recuerdos de su infancia que no encuentra cómo compensar una sexualidad imposible (“ella era una nave cohete y él era un hombre”). Son tramas deshilvanadas, plagadas de peripecias herméticas cuyo valor no se encuentra en los hechos sino en la interioridad de conciencias escindidas, dominadas por pulsiones que desconocen.

Si al final la novela parece tambalear un poco es porque batalló contra el cierre del sentido con todas las armas disponibles, dislocando coordenadas lógicas, espacio-temporales y cognitivas, sirviéndose de una batería estilística inusitada para crear un mundo en perpetuo estado de reconstrucción. Al final, la palabra “principio” reemplaza simbólicamente a su contrario más tradicional pero no evita la infracción de una máxima implícita: nada puede ser descripto ni explicado en su totalidad.

Así dijo alguna vez M. John Harrison (1945), aficionado al montañismo y durante años figura marginal de la ciencia ficción inglesa. De la docena de libros que escribió se tradujeron sólo tres al español. Es comprensible: si se dedicara a la música, no sería un cantautor romántico sino un guitarrista punk o un artista conceptual, uno de esos músicos que tropiezan con la belleza, y no por azar, entre el ruido o el silencio.

Luz (Light) de M. John Harrison. Madrid: Bibliópolis, 2003. 255 p. Traducido por Rafael Marín.

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