White Chappel, trazos rojos de Iain Sinclair

Los títulos de las tres partes en que se divide el libro —MANAC, MANAC ES CEM, JK— juegan con la idea de un significado oculto en las iniciales de las cinco víctimas de Jack el Destripador. En el mismo año en que se publicó en forma de libro Estudio en escarlata (1888), la novela que popularizó a Sherlock Holmes, cinco prostitutas fueron asesinadas en Whitechapel, Londres. El encuentro fortuito de muertes reales e imaginarias —los asesinatos y la publicación— establece entre la ficción y la realidad un puente inestable.

En la Inglaterra de fines del siglo XX, cuatro corredores de libros trafican primeras ediciones de Conan Doyle y discuten sobre la identidad del asesino de Whitechapel. Leen a Stephen Knight, autor de Jack el Destripador. La solución final (1976), donde éste sugiere que las muertes fueron el resultado de una conspiración liderada por William Gull, médico de la reina Victoria y miembro de una secta de masones. La trama de la novela, sin embargo, es elusiva como un poema en prosa. La forma es abierta, multifocal (“Nuestro relato comienza en todas partes. Queremos reunir todos los movimientos incompletos, como cubistas, hasta que lleguemos al punto en el que el crimen pueda cometerse a sí mismo”). A mitad del libro se puede encontrar una carta del poeta y erudito Douglas Oliver, amigo del autor, discurriendo sobre el tema del mal. El gesto parece inusitado pero es comprensible. La novela de Sinclair está lejos de ser una sucesión de personajes entrando y saliendo de habitaciones. Es la delicada cartografía de una búsqueda espiritual.

Una característica distintiva del libro es su singular relación con el espacio urbano. Sinclair tiene una pluma ambulante, atenta al rastro de los otros en el tiempo. En el camino deja las frases a la deriva; las impresiones, los recuerdos y las intuiciones se combinan por asociación libre. Por momentos recuerda a otro viajero, el alemán W.G. Sebald, aunque sin la carga de “responsabilidad” de éste; con cierta elegancia amateur. En su errar por el lenguaje se revela afecto a los poderes ocultos, el misticismo, la violencia, las subculturas. Para describir su método de composición utiliza el término “psicogeografía” tomado en préstamo de los situacionistas: una forma de referirse al estudio del paisaje en relación con el comportamiento de los individuos. El procedimiento es muy personal: meditar sobre ciertas áreas o estructuras, visitarlas y caminar hasta encontrar algún tipo de contacto con la historia. Devenir médium.

Hace unos años Sinclair publicó un ensayo incisivo sobre Crash (BFI, 1999), el libro y su adaptación al cine, donde ajustaba cuentas con el retratista suburbano de la psicopatología moderna. Ahí citaba el prólogo a la edición francesa de la novela, donde J.G. Ballard señalaba que en un mundo gobernado por ficciones la tarea del escritor era inventar la realidad. Sinclair parece coincidir, pero su alternativa a la inexistencia del pasado no es declarar la muerte del futuro sino establecer relaciones de simultaneidad temporal. Su propuesta es que nos interroguemos acerca de la identidad y la naturaleza de nuestro propio Destripador.

White Chappell, trazos rojos (White Chappell, Scarlet Tracings, 1987) de Iain Sinclair. Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 2005. 233 p. Traducido por Matías Serra Bradford.

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