The Levrero Project

A fines del año 2004 decidí hacer un documental. No iba a ser un documental tradicional, descripción que hoy que mi catálogo personal es más extenso me resulta más imprecisa. Aún en esta época donde la imagen se presenta continuamente como simulacro, sigue pareciéndome un género imbatible, adelantado a su época, y prácticamente secreto. Lo gracioso es que, a diferencia de lo que ocurre con la ficción, uno hasta puede llegar a creer que se encuentra filmando incluso sin una cámara a la vista. Los temas del registro, la memoria, la investigación y la imaginación por supuesto ya estaban ahí, y si habían prescindido de cámaras de seguridad y satélites era porque no los necesitaban para crear ilusiones de realidad.

Me pregunto si esta reflexión no será la excusa que justifique cada uno de los desvíos por los que el proyecto original torció su camino hasta convertirse en cualquier otra cosa, en archivo privado, en fragmento de pesadilla, o a permanecer oculto mientras sus albaceas se ocupaban de asuntos menos lentos y complejos. Es que finalmente hacer un documental es más difícil de lo que parecería. Se pueden ver o estudiar las obras de los grandes directores, que no deben ser más de cinco, y ver las de los pequeños directores, de los que también algo se puede aprender, y al principio parecería que no, pero es así. A esto hay que agregar las dificultades “naturales” que acompañan toda búsqueda de apoyo financiero y la existencia de un sesgo naturalista-progresista (¿humanista-multiétnico?) que promueven muchas organizaciones. Allá ellos.

Así que acá estoy, años después, desbordado, para exagerar un poco, por el material de investigación para un proyecto que en términos estrictos no llegó a concretarse tal como había sido planteado, sin que esto haya hecho disminuir el cariño que me inspira. Es como si creyera que de todas las cosas que se pueden seguir percibiendo en las obras o las vidas de ciertos artistas hubiera algo que está mejor que todo lo demás, en todo caso están más o menos documentadas, ayudan a entender otras cosas, y a dar cuenta de algo del orden de la experiencia que la propia conciencia persevera en ocultar.

En fin, sigo creyendo que Mario Levrero fue un gran escritor. Que la difusión de su obra se haya extendido desde la fecha de su muerte me resulta una buena noticia, similar tal vez a lo que debe experimentar el simpatizante de un equipo de fútbol o un partido político que gana antes de volver a perder. Espero también que entre sus lectores o futuros biógrafos haya personas que puedan llegar a interesarse por el material que aparece a continuación, en principio unas entrevistas que disfruté haciendo y realizaron la fantasía de este lector que, por supuesto, era saberlo todo.

12 de febrero de 2013

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