Diario de la traducción del Retrato del artista adolescente de James Joyce (2011)

Este diario trata de temas de los que no tengo nadie con quién hablar. Creo que para la mayoría de los temas, últimamente, no tengo a nadie con quién hablar, incluyendo éste último. No sé si los temas están ausentes de las conversaciones porque no los menciono y todo deriva en otras direcciones que no me interesan tanto pero con las que me entretengo; también puede ser que haya otros motivos, como la pérdida o el abandono de los amigos en el tiempo, la natural desunión de las cosas que no fueron creadas para estár unidas indisociablemente, la pérdida del interés por las llamadas comunicaciones telefónicas, o el reconocimiento de la dificultad para arreglar exitosamente un encuentro con alguien. Eso explica, al menos en parte, por qué empecé a encontrar entretenido hablar solo, con las cosas, los animales, en particular últimamente con el gato, que no sé si logra entederme pero no parece importarle y a mí tampoco. Creo que esto –que puede ser llamado, a los fines prácticos, el problema del arte de la conversación– coincide con un período en el que empecé a mantener conversaciones relativamente largas con desconocidos imperfectos en los que nunca había reparado demasiado –comerciantes, porteros, técnicos electricistas, familiares– que empezaron a despertarme cierto tipo de curiosidad por algún tipo de idea confusa como la atribución de un lugar privilegiado a las cosas y las personas que dan forma a la vida cotidiana, del que carecería el resto, categoría que incluye a todas las demás cosas y personas, a la vez que empezaba a poner en duda el valor de mis interlocutores habituales, y en particular la influencia que podían ejercer sobre mí con sus palabras, su capacidad para alegrarme o deprimirme o la insatisfacción que me producía el hecho de que sus intenciones o ideas no coincidieran con las mías, aplicable a lo que podría llamarse el círculo íntimo de amistades y ex-amantes, al que se podría agregar mi madre. Intuyo que en parte persuadido por la influencia del psicoanálisis, que las sustituyó como depositarios de deseos, fantasía, temor y fuente de orientación en la vida, a cambio de la promesa de poder ampliar un poco el espectro temático con inmersiones eróticas y paranoico-críticas que la conversación mundana tiende a excluir, por motivos que no son evidentes y pueden parecer hipócritas pero a fin de cuentas permiten compartir cosas ausentes de una sesión de psicoanálisis.

En fin. Así llegamos al momento actual, las personas que quiero parecen estar más o menos dispersas por el universo en distintos continentes sin saber prácticamente nada de mí, creyendo tal vez que me parezco a esa imagen difusa que habita sus recuerdos, que desconozco y tal vez les permita pensar que estoy disfrutando de la vida o que no tengo ningún problema, o que si lo tuviera no querría compartirlo con ellos, algo que en principio creo que es cierto, dudo de que compartirlo ayude a su desaparición, por el contrario, parecería multiplicarlo, excepto cuando esto permite su destrucción, que es tan sencillo, y si se logra no sé cuánto dura, así que eso de que podría estar bien y divirtiéndome claramente es una fantasía sin sostén ya que hace meses o más que trabajo en muy malas condiciones o estoy en busca de trabajos desaparecidos, me fracturé el brazo en un accidente, mis proyectos avanzan desde hace tiempo al paso de un caracol gotoso sobre un terreno escarpado, eso que por comodidad llamo mi vida sexual debe encontrarse en una de sus peores etapas, mi capacidad de concentración se limita a lo inútil y perdí el interés por la mayoría de las cosas en los casos en los que no ocurre lo contrario, que cualquier cosa me resulte de interés, en especial las que parecerían no tener ninguno, si es que existen, y la verdad es que ni siquiera logro abandonar este párrafo para dedicarme a escribir sobre el tema que me ocupa, que es el problema de haber empezado a traducir un libro sin tener editor y haber apostado a la tarea lo suficiente como para no poder dejarla por otra que sea más realista, como un trabajo con un editor real o al menos con algún tipo de reconocimiento de su utilidad bajo la forma del dinero, la contratación, etc.

En este contexto es más fácil entender mis largas conversaciones con Ox, compañero infiel, que me termina sorprendiendo o revelando algún significado oculto y obsoleto de palabras ausentes de la mayoría de los diccionarios porque se dejaron de usar hace siglos y querían decir lo contratrio de lo que significa en el presente o se refieren a algún atuendo que dejó de usarse para siempre o fue reduciendo su descendencia hasta limitarse al pequeñísimo universo de los historiadores de la moda y los vestuaristas de óperas, que son pocos. Son buenas conversaciones, si se las observa desde cierta perspectiva. En general suelo lamentarme de ser incapaz de declinar verbos en latín y Ox me consuela sabiamente diciendo que igual seguiría desconociendo la pronunciación y el significado de las raíces indogermánicas y góticas en oscuras fuentes medievales.

Ayer, mientras soñaba con convertirme en un hombre de acción de las letras pensé que lo que debía hacer urgentemente es escribirle a R., el editor, para recordarle que fue él quien me habló por primera vez de esta gran obra que le gustaría traducir o retraducir, algo que a mí nunca se me hubiera ocurrido, porque a fin de cuentas el mundo está lleno de grandes obras que nos gustaría traducir o retraducir, y porque en este caso en particular sólo tenía el vago recuerdo de haber leído y olvidado la novela como se leen y olvidan las novelas en general, es decir, disfrutando de su lectura, cuando es placentera, y después sin ser capaz de recordar mucho, un estilo de puntuación, una personalidad, un paisaje o una frase aislada, eso y el diseño de la portada, el estado de conservación del libro y su lugar en la biblioteca propia o ajena. En ese sentido estoy cada vez más realista. No sé si los mejores autores son los que atraviesan con éxito la frontera de la traducción o esos que sólo dejan entrever una imagen fantasmática grandiosa pero inaccesible. Ya la idea de la frontera como metáfora de la traducción es algo problemática, pero una vez H., una escritora, dijo eso de Chejov y yo le creí, o lo leí desde entonces con esa idea en mente y funcionó, y en efecto Chejov pudo ser leído lo suficiente de ese modo como para crear un estilo en otras lenguas. Es como si en ese caso lo que atravesara sin problemas las fronteras fuera la síntesis formal de una visión del mundo, como ocurre con los textos sagrados, las armas y los electrodomésticos. Pero al final me arrepentí, o no lo hice todavía, quiero decir escribir a R., porque la idea misma de implorar, sin saber en qué consiste exactamente, me desagrada, como si fuera un acto vil con un fin noble, o visceversa, o quizás sea la dificultad para encontrar el tono adecuado a la vileza o la nobleza que adoptaría la persuasión para el caso. La alternativa que había encontrado a realizar la vil o noble tarea de implorar era avisarle que iba a ofrecer la traducción a otro editor, pero lo cierto es que no sabría bien a cuál, algo que no necesito decirle pero que para mí vuelve menos factible la posibilidad y que decaiga como argumento. No sería hacer lobby necesariamente, siento que es un tema que necesito resolver para no convertirme en uno de esos que empiezan a escribir un diario sobre una traducción que nunca va a terminar ni publicarse, y para evitar el acto noble o vil de apropiarse (si ese es el término) de un proyecto ajeno (si ese es el término) sin poner sobre aviso al autor (si ese es el término), que es lo que hicieron otros editores conmigo en este mundo de autorías intelectuales dudosas.

Separar los faldones de una chaqueta con las manos en la espalda. Intento reproducir el movimiento con una campera, probablemente de origen chino, en la cola del supermercado, mientras espero que pase una pareja con una mujer pálida arrugada de una extraña belleza y un hombre pelado que parece su esposo y se ocupa de sacar lentamente cada uno de los productos que colocaron en el changuito con una inclinación de la columna pronunciada. Su imagen se cruza con un anuncio entrecortado donde puede leerse la palabra FIN que me hace pensar sólo en la proximidad de su muerte.

Por la mañana traduzco una escena navideña con discusiones sobre política irlandesa que generan desaveniencias y terminan por arruinar la cena. Por la tarde mantengo una conversación con mi familia sobre política argentina y veo en la reacción de mi madre la misma de Mrs Dedalus: sería preferible cambiar de tema.

¿Es Joyce un genio? A veces me hago esa pregunta, extemporánea, porque la idea de genio está fechada. De todos modos la pregunta es gratificante, sólo por el hecho de formularla se afirma la atribución, y porque eso permite establecer entre el genio y yo algún tipo de relación que justificaría el nivel de entrega que implica la traducción, en particular en este caso en que no hay todavía editor, dinero, amor, salud, reconocimiento ni disciplina. Aún si la respuesta es negativa hay que reconocer que algo llevó a la acumulación de estudios sobre su obra, el reconocimiento de los contemporáneos y los lectores del futuro, etc. En realidad cuando me pregunto sobre el genio en Joyce no me preocupa el consenso en torno a su obra –la versión sociológica del genio como producto de la época, que se resolvería con muecas de admiración o desprecio al oír su nombre– sino a algo más específico o delimitado que se produce como efecto de su lectura o traducción. En principio, en relación al Retrato… la impresión de que el mundo o cierta zona de la literatura no es otra cosa que la imitación de sus recursos, básicamente una mirada inocente y confundida sobre un mundo incomprensible que puede o no ser el de los adultos, matizada por asociaciones propias de la experiencia del protagonista, algo relacionado con la formulación de la subjetividad, y pienso en sus formas elaboradas, menos inocentes. Esa sería la versión del genio como máquina de guerra y creadora de mundos, expandiéndose más allá de un tiempo y espacios delimitados, permitiendo encuentros y desaveniencias entre las personas. Hay otra zona, mas imprecisa, la del trabajo de la lengua, difícil de percibir fuera del inglés, un juego a gran escala con la ambigüedad de todo sentido y con las reverberaciones de los sonidos de las palabras, sus asociaciones y posibilidades, siempre inconclusas, de dar cuenta de lo real a través del lenguaje, el ámbito donde la historia política puede cruzarse con un color o un insulto hasta volverse indiscernibles, como si saltaran definitivamente por los aires las esquirlas de todas las jerarquías para terminar revelando que todo es una gran ficción, no necesariamente bien lograda ni organizada, que sin embargo tiene como consecuencia efectos muy concretos. Esa es la parte del genio entendido como crítico de lo real, la parte que lo vuelve inasimilable pero imprescindible, como si se necesitara del cuestionamiento sólo para poder canibalizarlo y demostrar así la superioridad, destruyéndolo, acomodándolo a un circuito (comercial, académico, jurídico) que determina qué se lee o publica y cómo y qué no, que entraría dentro del grupo mayor de qué cosas se hacen y qué no y cómo y si se muestran o se ocultan o se dejan entrever, mucho más determinante en términos concretos.

Supongo que este es el tipo de caracterización que permite decir que autores con obras tan disímiles como Borges y Joyce pueden ser considerados genios. Aunque a mi lado tengo una taza que lleva impresa la portada de Dubliners de Penguin de los sesenta y no existe, según tengo entendido, un objeto equivalente para una portada de Borges. Las portadas originales de las obras de Borges (hace poco las vi en la vidriera de una librería de viejo) son tristes y aburridas. Las de Joyce son todas hermosas.

Las críticas al Portrait… Pound sobre Joyce. Wells sobre Joyce.

“…to betray the soul of that hemiplegia or paralysis which many consider a city”. Después de mucho tiempo, encontré la fuente de esta cita de Joyce que estaba en la contratapa de Dubliners en español, pertenece a la correspondencia, es de una carta dirigida a un tal Constantine Curran, un amigo, al parecer historiador de arquitectura. La frase siempre me gustó pero supongo que tardé en entenderla. Ahora, que Buenos Aires me resulta una ciudad desencantada, ausente, sucia, enferma, deforme, habitada por autómatas y bestias, después de haber deseado o soñado su destrucción por radiación nuclear o un terremoto así como la muerte de la mayor parte de sus habitantes y la desaparición de sus instituciones, no para fundar una ciudad ideal sino para que se hunda definitivamente en la nada de donde salió, ahora creo que lo entiendo mejor.

La convivencia imaginaria con Dedalus me retrotrae a la época infantil escolar. Aunque durante mucho tiempo, como decía Perec, creí no tener recuerdos de infancia. Quiero decir, recuerdos como los que pueden transformarse en una anécdota, o las cosas que no alcanzan ese estatuto, las imágenes deshilvanadas que vuelven a la memoria de forma imprevista, los rostros y los nombres de las personas a las que no se volvió a ver, los lugares, las cosas. Al leer sobre la vida de Perec la frase cobra un significado distinto, más oscuro, porque parece que tuvo una infancia trágica, que perdió a los padres siendo muy joven, y si no recuerdo mal a causa de la guerra, en campos de concentración. Tétrico. Y sin embargo… en la afirmación  ambigua y descontextualizada hay otro sentido con el que me puedo identificar. No tengo recuerdos de infancia –o eso creía, o me decía– porque en ese período no ocurrió nada extraordinario y la vida suburbana, que se parece a la vida en el interior de una burbuja, se caracteriza un poco por la ausencia de acontecimientos extraordinarios. O lo extraordinario son cosas como las fiestas de cumpleaños y las vacaciones. Imagino que el cambio de perspectiva se produce después: todo deviene extraordinario sólo por el hecho de haber ocurrido en la infancia. Ésta siempre me pareció una visión melodramática y medio senil, o demasiado convencional, basada en algún tipo de limitación de la memoria para evocar el pasado de forma realista. Pero ahora que me encuentro disfrutando de cosas como la reconstrucción arquitectónica mental de las aulas de la escuela, de la sonoridad de los nombres y el color de pelo o los peinados de las maestras, o que intento recuperar la experiencia de los juegos informáticos, ya no sé bien qué pensar. Como cuando evoco la época en que escuchaba música punk. Tiendo a ver la ausencia de recuerdos de infancia en términos más complejos, entre clasistas y territoriales o románticos, como si el espacio tradicional de la infancia argentina, para mí ausente, fuera el de la vida de campo y el de la relación con la naturaleza, la convivencia con animales salvajes, toda una zona campestre idílica a la que volver con la imaginación en los momentos en que la vida nos golpea. Bueno, no hay campos en mi infancia. Hay torres de alta tensión en zonas descampadas y fábricas monstruosas en el horizonte. Ningún lugar al que volver.

Hoy desperté con la fantasía de un mundo normal, o normalizado (?). En un universo de estas características, por ejemplo para una persona que tiene su ocupación en la vida, sea lo que sea que esto quiera decir, una propuesta tímida y manipuladora de un editor cae, por decirlo de algún modo, en un saco roto. No sé qué tipo de visión es ésta: la normalidad. Si puede aportar algún tipo de paz y reorientarme en otra dirección, o si debería llevarme a replantearme la naturaleza del proyecto. Obviamente, para mí éste fue asumido como si se tratara de un asunto personal, con el mismo grado de convicción necesario para emprender algún tipo de tarea creativa de destino incierto, como la escritura misma de una novela, antes de que se presente la figura del editor o que la publicación esté asegurada. En ese vacío entre una actividad y la otra cuelgo, entre la figura del escritor aguerrido y la del traductor desorientado, sobre una cuerda en tensión, por debajo el abismo, mientras imagino una multitud que se entretiene o hace apuestas, aunque no lo distingo bien. Cada vez más cerca del ejercicio espiritual jesuita que de la lógica del capitalismo avanzado.

Buenos Aires, 4-13 de julio de 2011

(Publicado parcialmente en la revista Lenguas Vivas N°8)

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