Mapas auto-organizativos

 

Tehuvo declivaba orondo por los bulevares de Laponia urdiendo figuritas cefálicas. Al atravesar el cementerio alisado de la Plaza Discorde, por un instante se impregnó a sus lentejuelos un grupo de barbudos y cachirulas enmarañados que entronaban antiguas canciones de guerra en torno a un caloventor estatal. En uno de los extremos ajardinados de la plazoleta, entre vendedores ambulantes de gladiolos, una arañita roja alpinaba el tallo de un rododendro flanqueado por electroalambres. Tehuvo no percibía así el conjunto disperso de elementos, o sí, de a ráfagas, pero sin captar más que tirabuzones de color. No escuchaba el ronroneo de los sintagmas porque estaba entregado de lleno a la abstracción: cavilaba, y en su cavilar, el ADN de la levadura bailaba el paso del chal con el sindicato de una fábrica de fósforos.

En el piso veintitrés de una torre neoplástica, bañado por los haces fosforescentes del laboratorio, Tehuvo se abocó a su aparataje de simulación de redes neurales (“con múltiples usos, desde la medicina hasta las finanzas, y de la industria militar a la programación del ocio”). Pero mientras analizaba la interconectividad lateral inhibitoria, su sistema nervioso le hizo triqui-triqui. Triqui-triqui. Lo increpó de súbito la disposición desorganizada de las paredes, como si su inconsciente se hubiera materializado en la transcripción del sueño de un disléxico. Intuyó que por su intermedio algo pugnaba por manifestarse, sin adoptar aún denominación ni figura. Era una suerte de interpenetración de entes dispares, la resolución parcial de una criptografía privada que le permitiría encarar al antagonista proteiforme que venía acechándolo, y no sólo a él. Tenía que ser cauteloso, porque era muy fácil trastabillar y romperse la crisma, o trocar el nuevo orden en una oda esperpéntica. A la salida recibió un saludo que devolvió con el automatismo cifrado de un atún en conserva. Las ondulaciones sonoras de Velma en la asepsia del vestíbulo terminaron por hacer catálisis en su córtex. En silencio se interrogó por qué esa emisión hospitalada lo reenviaba al chiquichaque de lo intangible. Masticó por un tiempo la incerteza hasta deglutirla, sin especular sobre sus efectos.

En el camino de retorno a su cubilete, alelado por la llovizna entrópica, arrastró su marioneta por el pleroma. Sintió que la autopsia del Triángulo Nórdico demandaba algún tipo de ruptura epistémica: una vacilación terminal que desencajara los goznes, una intimación sobre el fragor del macadam. Mientras, en la pantallita móvil, un tejido propagante de adverbios construía relatos autónomos a base de cataplasmas. Si algo lo mantenía enredado, y la trama sin duda escondía sus vericuetos, esto no implicaba rehuir de la lógica difusa. Tehuvo creía que su hora de volquetear había terminado, o recién estaba por empezar, y que su bono contribución a la masa de los encontronazos consistiría en una alianza demiúrgica. Lo suyo, hasta entonces, había sido mimar el cosmos haciendo contraespionaje en las filas del deseo político. Oculto aún bajo el disfraz mudo de las multinacionales, entreabrió su bloc de notas caotizado y barruntó un algoritmo sobre la vecindad topológica. En sus garabatos apenas legibles parecía concentrarse el eslabón de una acción portentosa. Es que Tehuvo ansiaba el día en que los mapas se plieguen sobre lo real, lo envuelvan en un movimiento centrífugo, y lo vuelvan fritanga.

(Publicado originalmente en el diario Perfil)

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