Las cosas de Georges Perec

Estaba, sobre todo, el cine. Y era sin duda el único campo en el que su sensibilidad lo había aprendido todo. No debían nada a ningún modelo. Pertenecían, por su edad, por su formación, a esa primera generación para la que el cine fue, más que un arte, una evidencia; lo habían conocido siempre, y no como forma balbuciente, sino de buenas a primeras con sus obras maestras, su mitología. A veces les parecía que habían crecido con él, que lo comprendían mejor de lo que nadie antes que ellos había sabido comprenderlo.
Eran cinéfilos. Era su pasión primera; se entregaban a ella cada noche, o casi. Les gustaban las imágenes, a poco que fueran bellas, que los arrastrasen, los encantasen, los fascinasen. Les gustaba la conquista del espacio, del tiempo, del movimiento, les gustaban el torbellino de las calles de Nueva York, la languidez de los trópicos, la violencia de los saloons. No eran ni demasiado sectarios, como esas mentes obtusas para las que no hay más que Eisenstein, Buñuel, o Antonioni, o también -de todo ha de haber en el mundo- Carné, Vidor, Aldrich o Hitchcock, ni demasiado eclécticos, como individuos infantiles que pierden todo sentido crítico y todo les parece genial a poco que un cielo azul sea azul celeste, o que el rojo pálido del vestido de Cyd Charisse contraste con el rojo oscuro del sofá de Robert Taylor. No carecían de gusto. Tenían una gran prevención contra el llamado cine serio que hacía que encontraran más bellas aún las obras que este calificaTIVO no bastaba para volver vanas (¡pero hombre, decían, y tenían razón, vaya mierda “Marienbad”!), una simpatía casi exagerada por los westerns, los thrillers, las comedias americanas, y por aquellas aventuras sorprendentes, llenas de arrebatos líricos, de imágenes suntuosas, de bellezas fulgurantes y casi inexplicables, tituladas, por ejemplo -todavía se acordaban-, “Lola”, “La encrucijada de los destinos”, “Los embrujados”, “Escrito en el viento”.

Georges Perec, Las cosas (1965), trad. Josep Escué.perec-2010-almiar

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Misterios

Cuando viajo a la casa de mis padres, me persigue la muerte. Es la mía, mi decadencia física, mis adicciones, mi sueño eterno, mis medicaciones, aunque en el fondo creo que se trata de una imagen reflejada, la de la vejez de mis padres. Mi papá tiene el pelo blanco y mi mamá problemas en la columna. Mi hermano está convertido en una mónada.

La idea, cuando los abandono, se me pasa. Dejo de ser el Hombre Perseguido por la Muerte para convertirme en el Hombre Perseguido por la Soledad. Entre la soledad y la muerte, ¿elijo la soledad? Escribo esto en silencio, sin que lo lea nadie, sin saber si algún día alguien lo va a leer. No sé a quién está dirigido, no sé cuándo ponerle un punto final.

Podría seguir, dejar que la conciencia fluya y me haga saber sus inquietudes. Pero también puedo ponerle un fin algo cruel y dejar lo que queda para otro momento. ¡No!, me grito. Nunca escribís. Sos el fantasma de un escritor. No sos tampoco demasiado bueno, los que te leen son tus amigos y a veces algún desconocido. Te cuesta sentarte, te cuesta soltarte, lo único que sabés hacer es encender cigarrillos. Odiás la literatura confesional: bueno, no, no la odiás, sólo te parece primitiva, o adolescente. No asumís que sos un escritor, no lo crees aunque hayas publicado dos libros y tengas planeado un tercero. Te considerás la imagen del fracaso: sin amor, sin trabajo, con una salud que tiende a mostrar sus hilachas.

Contra eso, la fuerza que a veces aparece, momentáneamente, la fantasía, los sueños, lo desconocido.

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Mi vecina (un rescate)

 

Mi vecina tiene un gato que toma sol en el balcón.

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Mi vecina suele quedarse dormida a la noche con el televisor encendido. Si no se queda dormida con el televisor encendido, tiene problemas para dormir.

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Un día le saqué una foto a mi vecina desde mi departamento y cuando la mandé a revelar, en el papel, sólo se veía una ventana a lo lejos.

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Una noche toqué el timbre de mi vecina. Eran las tres de la mañana. Una voz de mujer preguntó por el portero quién es. Yo no supe qué contestar y me fui.

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Cuando empecé a hacer de mi vecina un tema de conversación recurrente, se empezaron a multiplicarse a mi alrededor las anécdotas sobre romances entre vecinos. Ninguna de las historias que me contaron me quedó del todo clara. En algunos casos, no eran experiencias directas, sino el relato de la experiencia de un familiar o un amigo. Si eran directas, habían sido olvidadas o alojadas en una zona no muy comunicable de la experiencia.

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Hay una película donde un chico que trabaja en un supermercado se enamora de una vecina. Él la espiaba, le sacaba fotos, la conoce, y en un momento, creo que porque la ve con otros hombres, se abre las venas con una gillette en una bañera.

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Hubo una época, antes de que la casa de mi vecina tuviera cortinas, en que cruzamos miradas. Por un momento se me nubló la vista. Sólo veía la figura recortada contra el fondo blanco de la pared iluminada. Ahora veo el resplandor nocturno de la tele, el gato trepado contra el vidrio o la ropa que deja a secar en el balcón.

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En esa época, antes de que pusiera las cortinas, intenté comunicarme con ella. Elegía ropa que combinara con la suya. Pensé en hacerle un regalo. Una vez escribí un cartel gigante que decía HOLA! en una hoja de papel que había servido para envolver una planta y lo apoyé contra el vidrio. Nunca supe si llegó a leerlo a la distancia.

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Cuando le presenté mi vecina (o la ventana de mi vecina) a Ana, me dijo que yo estaba flasheando.

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Con la ayuda de internet y algo de especulación, llegué a averiguar cuál es el número de teléfono de mi vecina. Lo anoté en una servilleta de papel, que ahora no sé dónde quedó. Cuando marqué el número y la llamé, vi su cuerpo moverse hacia otra habitación como se movería alguien que está por atender un teléfono. Antes de que atendiera colgué, y nunca más la volví a llamar.

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Hubo un período en que me olvidé de mi vecina, en que mi atención estuvo tan concentrada que prácticamente dejé de mirar por la ventana, o si lo hacía miraba sólo las nubes, las palomas o las antenas de televisión.

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Antes de que llegara el período en que me olvidé de mi vecina, una paloma entró a mi casa. Por un rato se quedó apoyada sobre mi almohada. Llegué a creer que podía adoptarla, pero después empezó a chocarse contra los vidrios, con insistencia, incapaz de distinguir el interior del exterior.

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Creo que mi obsesión por mi vecina nació en parte de la ausencia, hasta ese momento, de vecinas en mi vida.

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Cuando le conté la historia de mi vecina a Laura, me sugirió comprar binoculares y me recomendó una casa de antigüedades donde hacerlo. Cuando fui, estaba cerrada, pero otro día en que iba caminando me crucé con un negocio que vendía, entre otras cosas, binoculares. Compré un modelo que tiene ocho aumentos pero nunca lo usé por temor a ser descubierto espiando.

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Hubo dos ocasiones en que mi obsesión por mi vecina asumió un carácter, llamémoslo así, problemático. Una vez, de noche, hice sombras chinas sobre la pared con la ayuda de una vela, semidesnudo. Nunca supe si llegó a verlas. También encendí y apagué las luces muchas veces para llamar su atención o establecer un código secreto, tipo Morse, sin obtener respuesta.

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El segundo momento en que mi obsesión asumió un carácter, llamémoslo así, problemático, creo que fue más problemático. Llegué a creer que mi vecina era una amiga mía que se había instalado ahí intencionalmente. Pensé que cuando yo “creía” ver a mi vecina, en realidad estaba viendo a mi amiga disfrazada, interpretando “el papel” de mi vecina. Era una idea absurda pero mi convicción era tan fuerte que la falta de solidez sólo le agregó solidez.

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Ahora que lo pienso, hubo una tercera ocasión en que mi obsesión asumió etc. Una vez llegué a creer que mi vecina me espiaba. No sólo que me espiaba, sino que tenía un aparato (una cámara de video) registrando mis movimientos. No me imagino qué uso podría haberle dado a esa grabación.

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Que mi obsesión por mi vecina no me abandonó lo indica una anotación que dejé anoche en unas fichas. Dice:

CARTA A MI VECINA

ESTIMADA SEÑORITA VECINA DE ENFRENTE,
NO SÉ NADA DE SU VIDA, PERO A VECES, SIN QUERER, LA OBSERVO, Y NOTÉ QUE MIRA MUCHA TELEVISIÓN DE NOCHE. YO TAMBIÉN TENGO PROBLEMAS PARA DORMIR. DEBEMOS SER TRES O CUATRO EN EL BARRIO.

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Una noche vi a mi vecina bailar con dos amigas. Eso no lo imaginé. Fue unos días antes del comienzo de la primavera. Yo no suelo bailar, pero ese día hubiera bailado.

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Al principio, incluso ahora, no estaba seguro de que mi vecina fuera una sola persona. Adoptaba al menos dos formas, como si fueran dos mujeres distintas, una chica de pelo lacio, oscuro, y otra más alta, de pelo enrulado. Durante un tiempo, sólo tenía el pelo enrulado. Ahora sólo tiene el pelo oscuro.

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Casa de cartón

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Vivís en una casa de cartón. No tenés vecinos, son solo extras que se pasean por los ascensores. La única que cobra más es la que vive en frente y podés ver por la ventana, una viejita entrada en años que un día dejaste de ver, antes de que su departamento fuera transformado por un pintor y luego alquilado. Podés comprobarlo bajando a la planta baja y quedándote afuera a ver quiénes entran y quiénes salen. No hay nadie. Es una estrctura vacía que sólo vos llenás.No sabés por qué se tomaron tantos recaudos. No deberías ser una persona tan especial. Y sin embargo, los distintos agentes se comunican con vos de formas indirectas. Uno lleva un bolso negro a su departamento. Una viejita de aspecto nazi te saluda demasiado afablemente. Ya no están las hermanas que vivían antes del incendio. Ya no está el portero patovica que te despertaba temor y aprecio a la vez.

Lo que quedan son fantasmas de la vida que viviste, más rica, más variada, más emocionante, más sensual. Ahora sólo te queda espiar a los vecinos de enfrente, que también se mudaron. Todo cambia para peor. La chica que se quedaba hasta tarde con la computadora fue reemplazada por una chica que sólo está despierta de día y lleva una vida muy regular aunque en el fondo misteriosa. El resto no se mueve. No hay cuchillos que corten ni planchas en manos de hombres. Apenas un hombre que saca la ropa a secar en la terraza. Esa terraza tiene muchas prendas colgadas, como si se tratara de más de una familia, o de ropa acumulada por un largo tiempo.

Durante el día no pasa nada, y durante la noche tampoco. Mi vida se volvió menos interesante, más gris, después de un período multicolor pero algo peligroso. No sé cómo hacer para volver a un mundo en technicolor. Tal vez debería enamorarme, pero no sé si es tan fácil. O dejarme enloquecer, que los estímulos salgan disparados en cualquier dirección, y perder la conciencia. Algo riesgoso, que ya demostró sus debilidades.

El policía me mira con ojos extrañados, no entiende que lo acuso de sostener la ficción de que vivo en un edificio habitado que necesita ser protegido. Todo esto parecerán especulaciones vanas, pero fueron experiencias vividas: quizás en el vano especular está lo vivo de la experiencia.

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Ana

Hoy me encontré con Ana. Se enojó conmigo porque abrí un archivo en su computadora. No lo hice a propósito, fue sin querer queriendo. Esto me pasa cuando estoy con ella y fumamos: hago algo que la molesta. A la vez, no puedo resistirme a fumar con ella. Estaba con una amiga y se había olvidado que iba a ir a visitarla. Hablamos poco. La vi a Holanda, que está más gorda. Con Holanda jugamos un poco con un palo mordido que tiene. La chica que estaba con Ana me cayó bien. Parecía normal (a diferencia de las personas que conocí últimamente por Internet) y hablaba de la relación con su madre. Le molestaba que la llamara todos los días.
El taller de Ana creció, ahora hay una máquina de coser, y espacios diferenciados, tiene algo de oficina punk. Ana contó que se peleó con una vecina porque le quería sacar un cactus que tiene afuera sin ni siquiera preguntarle. La amiga de Ana contó que vende casetes en Palermo y hace trabajos de camarera para una escuela. El encuentro tenía algo adolescente que me gustaba. Yo miraba a la chica como si fuera alguien con más experiencia, o hubiera vivido más cosas, pero no sé si es verdad.
No sé por qué Ana se enoja conmigo. ¿Lo que hice está mal? ¿Solo quería hablar a solas con su amiga? A mi me gustaba estar ahí, y no saber qué hacer con la colilla de mi cigarrillo esperando ver qué hacían los demás. La dejé sobre una mesa. No sé si fue lo mejor.
Con mi psicoanalista hablé de que los medicamentos me sacaron las ganas de escribir y de los pensamientos suicidas, fueron temas que me dijo que consulte con mi psiquiatra. Es como si uno se mandara la pelota al otro y ninguno me diera una respuesta sobre mí. Después me fui a tomar una cerveza, que era lo que quería hacer con Ana, que no quería (tal vez porque estaba trabajando) y caí en un bar muy amigable llamado “La esquina”, no sé si sobre San Juan. Tomé una cerveza negra Barba Roja y después una Heineken con unos maníes. Estaba todavía (estoy) bajo los efectos de la marihuana y todo adquiría un doble sentido. Unos parroquianos hablaban con el empleado del bar, que podía ser su dueño.
En el camino seguí a una chica rubia que me recordaba a Natassa Kinski de joven pero la perdí en la salida de mi propia estación de subte de una forma tonta, empezó a caminar en una dirección y después se dio la vuelta, y yo tardé en dar la vuelta también, y la perdí. Hace mucho que no seguía a una chica, ni siquiera en un trayecto tan corto.
Todo el tiempo, miedo, o sensación parecida al miedo, como de estar haciendo algo fuera de lugar, temor o aprehensión ante los policías, aunque no hacía nada malo, solo tomaba una cerveza después de ir a visitar a una amiga a la que quiero y hace mucho que no veo.

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Kenya

Leo sobre un atentado terrorista en Kenia. Busco entre los nombres de las víctimas con el temor o la esperanza de encontrar tu nombre. No estás ahí. SIgo leyendo y me doy cuenta de que no entiendo qué ocurrió ni quién se enfrenta a quién. Las fotos en Internet son ridículas, un poco falsas, excepto una que muestra un cuerpo muerto ensangrentado en la vereda tirado afuera de un shopping. El shopping no dice nada, se parece a esoso con un toque suburbano como el de Avellaneda que quedaba cerca de una de las sedes de la universidad. La cantidad de horas que necesitaría para tener una mínima idea de lo que ocurre me parece increíble, no sé para qué me serviría.
Había un montón de muertos de distintos países, y vos no estabas, me alivió y lo lamenté, llorarte -imagino- me liberaría; una muerte dramática, todos soñamos con eso, te sentaría bien o lo merecés.

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Abril, 2013

6.4.13

Primera y última vez que compro una botella de London dry gin, me produce una resaca que combina somnolencia, jaqueca y el comienzo de una arcada que aparece ocasionalmente sin conducir a nada, un efecto cercano a la intoxicación que nunca me produjo antes una bebida en dosis controladas, y aún descontroladas. Es el efecto que me acompaña en un recorrido por la autopista y vuelve el entorno absolutamente indiferente, como cuando un dolor se apodera del cuerpo y concentra toda la tensión.

Las excusas para hacer este tipo de viajes se volvieron cada vez menos frecuentes, como si cada vez menos cosas me movilizaran y el interés tuviera que estar muy expuesto. Por ejemplo, el dinero. Sigo sin saber bien para qué sirve pero logra que reorganice días y horarios. De pronto me encuentro de nuevo adentro de una oficina vacía al lado de una máquina para contar billetes y una calculadora donde todo ocurre fuera de cuadro. Escucho voces que hablan de operaciones bancarias, puertas que se abren y se cierran, y me quedo contemplando unas gomitas elásticas que me recuerdan las que mi abuelo usaba para envolver los billetes. Las teclas de la calculadora tienen siglas y símbolos que no llego a comprender. Recibo una suma de dinero pequeña pero siento que podría tratarse de una suma incalculable o de algo prohibido, una transacción con fines ocultos. Un leve desgaste en los billetes y el hecho de que se trate de una moneda extranjera hace que ya no sólo estén disociados de la actividad que me llevó a obtenerlos sino de la misma operatividad y realidad de la moneda, independizada de su poder de compra, absolutamente abstracta.

La presencia del dinero me lleva a prestar más atención a los precios de las cosas a mi alrededor y nuevamente me inavde la sensación de que no hay ninguna lógica: un portarretratos vale casi lo mismo que un par de auriculares, un café más que una entrada de cine, un diario igual que un paquete de cigarrillos, y así, todo muy fluctuante y sumando al efecto de irrealidad o absurdo. Es un poco la lógica de “Sopa de ganso”, que entro a ver para escapar del caos de la ciudad. Me resulta increíble y tan rápida que por momentos no la puedo seguir, además que sigo luchando contra los efectos somníferos de la bebida. Me produce esa impresión no tan frecuente de que mucho tiempo después va a seguir viéndose, de que tiene algo eterno. Primero se entrecruza con mis recuerdos como si me estuviera hablando en clave y después es pura fascinación y también curiosidad, como si no llegara a entender de dónde pudo salir o cómo se perdió esa libertad que parece anterior a la aparición de los géneros y su codificación. Groucho Marx actúa de una forma muy contenida, distinta a como aparece en otras películas, vaciado. La perspectiva sobre el poder y la guerra es rarísima, en particular sobre la guerra, es la perpectiva norteamericana de entreguerra, muy particular. Me doy cuenta de que es la primera película de los hermanos Marx que veo en el cine, aunque sea digitalizado, y esa también es una diferencia, el nivel de detalle es incomparable. Muchos diálogos en la línea de Lewis Carroll, que es una zona del lenguaje que el cine en algún momento abandonó.

Tengo el recuerdo de haber leído algún análisis de tipo filosófico sobre los hermanos Marx pero no lo encuentro, solo unas notas breves. Me reencuentro con el diccionario electrónico que me obsesionó durante días en mi antigua máquina con fondo de color billar y en el momento en que accedo deja de interesarme. No sé cómo se aplica este fenómeno a otras experiencias relacionadas con el software pero intuyo que es así en otras ocasiones también, que promueve un vínculo medio histérico donde el objeto deseado está siempre ausente y uno se encariña con características que ni siquiera sabe bien cuáles son hasta que las pierde.

A la mañana leo un cuento de Nicole Krauss, terrible, sobre la angustia existencial de un autor medio fracasado que se convierte en abuelo. Parece escrito por un hombre, pero es de una mujer. Algo en los nombres de los personajes hace que lo asocie a mi vida, y a pensar en la relación de mi yo actual, por llamarlo de algún modo, con mi antiguo yo, por llamarlo de algún modo, separados a veces por una brecha generacional. Después me sorprendo al descubrir que mi hermana la conoce y la leyó. En general tengo la impresión de haberlo leído todo, o de conocer los nombres de todos los autores que están de moda y que no lo están, pero no, los libros circulan de formas más extrañas de lo que parecería. Con mi hermana realizo el acto ritual de guardar libros en cajas. Me doy cuenta de que no puedo hacerlo por mi cuenta, y cuando lleva las pilas desde un punto a otro es como si transportara partes de mi cuerpo. Un poco tal vez exagero y a la vez, junto con la ropa, que está llena de prendas que no uso, es como si fuera mi única posesión material. El resto son cables y objetos de los que podría prescindir. Tal vez de los libros también. Es como si me reencontrara ensayando una escena que ya viví pero sin el glamour de otra época, como una operación que tiene que sobreponerse al cansancio y el peso, menos festiva que algunos años atrás aunque las cosas no hayan cambiado tanto, solo somos todos menos jóvenes. En la conversación me encuentro más rezongón pero sospecho que tiene que ver con un desfasaje, como si cada uno hablara con una versión desactualizada del otro, y no hubiera a la vista una forma de sincronizar del todo, que es algo que ya experimenté con mi familia, el hecho de haberme convertido en alguien desconocido. Es como su pudiera aceptar el hecho de ser un desconocido para mí mismo mucho mejor de lo que los otros lo son para mí y yo lo soy para los demás.

Todo esto por supuesto es más complejo, quizás incluye una fantasía sobre un mundo alternativo donde el encuentro no existe o adopta otra forma, no lo sé bien. Por eso finalmente antes y después me quedo mirando unos episodios de los Monthy Python, sketchs muy buenos, en una librería y en un tribunal, con la acidez que me falta y me tranquiliza. También exploro aspectos desconocidos de las conexiones de internet, algo sobre los DNS que no llego a entender del todo pero me interesa de esa forma un poco extraña que tiene internet de interesar, develando falsos secretos e incrementando el espacio que ocupa en la memoria los intentos de comprensión de su funcionamiento, que tal vez sea cierto tipo de contraprestación exigida a cambio del tiempo que se le dedica y el acceso que ofrece a información y todo el componente de fantasía y experimentación que propicia.

Cuando encuentro el disco indicado siento que puedo llegar a recuperar con suerte algo parecido a la vida que tenía antes de antes de la última mudanza pero esto ocurre en muy contadas ocasiones en que no me domina alguna forma de ansiedad, como creer que porque es sábado a la noche debería encontrarme en otro lugar incluso cuando la idea del sábado por la noche como algo especial pertenece a otro mundo al que de alguna forma ya no pertenezco. Es esa dificultad para estar en un lugar o para estar sin hacer nada en especial sin que se convierta en un problema o en un canal abierto al ruido y la confusión. En este momento siento que me encuentro en ese estado de tranquilidad, que a la vez es un estado muy frágil, hasta el hecho de mencionar su carácter frágil puede debilitarlo, como si requiriera de toda la atención y de todos los cuidados.

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Empty II

Me quedo mirando programas de deportes en la televisión. No sé si considerarlo un punto alto o bajo de mi experiencia. Nunca me interesaron los deportes, prácticamente. Y de pronto me encuentro viendo peleas, sets, fantasías en bicicleta, ski. No sé si es algo que permiten las nuevas tecnologías (el futuro de “El deporte y el hombre”) o si es que tengo un problema con el tiempo libre y no sé cómo utilizarlo, iba a decir, mejor. ¿Está bueno o no está bueno ver deportes en la televisión? Es como si solo necesitara una respuesta a esta pregunta, y al mismo tiempo me resultara absurda. Mi relación con la pantalla es ambivalente. Miro cosas que no me interesan mucho y me lo reprocho, lo interpreto como el signo de una caída. Podría estar: con otras personas, leyendo, escribiendo, mirando algo que me de un placer mayor, saliendo, jugando con mi gato, y estoy frente al televisor. Hasta podría estar trabajando. No llego a convertirme en un admirador, a encontrar figuras, el tiempo es insuficiente o los ídolos deportivos pertenecen a mi infancia, los nombres que se repetían en los medios, Sabatini, Navratilova, Vilas, Pumpido, un problemático Maradona, otros que ya no recuerdo. Confieso haber guardado una colección de diarios que cubría el mundial. Era un año en que Fontanarrosa tenía una columna que me gustaba, o incluso antes. Quedó en una caja de zapatillas durante años y es posible que en algún momento la haya tirado. No tenía que ver con convertirse en país campeón, era el modelo de la información registrada y guardada, como si en algún momento hubiera de tener necesidad de consultar los resultados de un partido. Es parecido a lo que me pasa con Facebook, lo uso pero me da un placer extraño, en general negativo, como una fiesta donde todos se divierten y que a mi no me causa mucha gracia excepto ocasionalmente. Escribo esto para mí con cierta sorpresa. como si estuviera descubriendo algo. Fumo de más, me aburro, a veces tengo la idea de que en pareja sería más feliz y después me parece un lugar común, no necesariamente cierto. De todos modos tendría algo que esperar y en este momento no es mucho lo que espero salvo algunas repeticiones.

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Una palabra detrás de otra, así se forman las oraciones. Me lo recuerdo porque creo haberlo olvidado. Elegir las palabras, elegir qué contar, a quién. Al papel o a la pantalla le conté tantas cosas que nadie más sabe. Son cosas que están guardadas en cuadernos y fichas y archivos de computadora, que a veces encuentro por azar y me permiten volver al pasado. No sé si me interesan ahora. Ahora me interesaría decir algo nuevo, que no haya sido escrito. ¿Esto? Tal vez otra cosa. Una carta (también escribí muchas cartas). Así estoy, con esta incertidumbre, como si nada mereciera ser objeto de la escritura excepto la reflexión que provoca. Desear algo, felicidades, maldiciones, me parece exagerado.

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(Old) Found Papers

Recorro el interior del túnel del subterráneo por primera vez, admiro las técnicas que desconozco, sus huellas, como si se tratara de una obra de arte a la que se puede observar desde distintos ángulos, con detenimiento. Experiencia del topo en su madriguera, deseo y temor de cruzar estaciones a pie, como un arquitecto, o un obrero de la construcción. Nada me detiene a excepción de mi mismo; recuerdo: del tonto que murió en un conducto subterráneo de la ciudad un día de lluvia, ¿un ningunista?, de las últimas escenas de “El tercer hombre”; deseo: de invitar a alguien a hacer ese recorrido conmigo una noche como entretenimiento o diversión inusitada para el orden de lo cotidiano pero… cuántos, quiénes ya lo hicieron, y cuántos no van a hacerlo nunca, ni siquiera lo contemplan como posibilidad u objeto remoto de interés, como si alguien te invitara a revolver los desechos de un basural, sin ser capaces de encontrarle un sentido a eso, tan desagradable…

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